eat your heart out

miércoles, 12 de abril de 2017

El frasco de las cosas.



Inside a living room where only I live and never go in-

Te sacamos todo lo que está mal con vos y te lo podés llevar a tu casa en un frasco, dicen unos dientes blancos que sonríen. Imagen de un quirófano. No te va a doler nada, dice la doctora y sonríe, algo aliviada de que no haya optado por la anestesia total. Ella viste de azul o celeste y tiene guantes blancos, como sus dientes. Me desnudo entre temblores, porque hace frío y tengo miedo y siento vergüenza de mi cuerpo, siempre sentí vergüenza de mi cuerpo, a veces pienso que preferiría morir antes que quitarme la ropa. Pero no es verdad, de hecho, me aterra la muerte. Por eso dije que no a la anestesia total. Tuve varias operaciones y es la primera vez que digo que no a la anestesia total. No sé cuándo pasó, en qué momento comencé a sentir miedo; ahora todo lo que siento viene acompañado del miedo. No te muevas, dice la doctora, no trates de moverte, si no, es peor, aclara. Usa las palabras precisas, como una persona confortando a alguien que quiere y va directo al desastre. Pero la doctora no me quiere, no creo que me quiera, no me conoce. Pensá en algo bonito dice, dando por hecho que la escena de una persona recostada inmóvil en una camilla, rodeada de otras personas que sostienen instrumentos quirúrgicos, no cuenta como algo bonito. Imagen de una mujer mirando la tele. Por algún motivo pienso en vos. Quizás es el olor a hospital que siempre me pareció que tenía el interior del espejo del baño. Ese espejo en el que guardabas más cosas de las que entraban. Así creo que debe estar mi interior. Repleto de cosas de más. Ponés la pava para el té, la tele dice que el martes va a llover, yo te digo que tengo cosas adentro que no me permiten mover con soltura, la tele está a un volumen demasiado alto, vos me mirás y me decís que todo va a estar bien. Me sonreís y tu sonrisa me recuerda a la de la doctora.  Si no te sacamos lo que tenés dentro, las cosas se van a extender, dice. Es un proceso simple, solo tenemos que abrirte y hurgarte. Y ya sé que suena horrible, dice. Abrir y hurgarme. Cortarme en pedacitos. Sacarme las cosas y ponerlas en un frasco. Quitarme el peso que me hunde en el pantano. Hundirme en el pantano. Pienso en vos. Imagen de una mujer mirando la tele. Imagen de una mujer preparando un té, abriendo el paquete de galletitas. Va a llover el martes. El olor del té que se enfría en la taza. Pienso en vos. Vos escribís un poema sobre una persona que dice albergar un pantano en su interior. Vos no me decís nada, pero escribís un poema sobre una persona que dice tener la sangre inundada de marismas. Una persona que dice, no una persona que es. Siento las cosas girar a mi alrededor, fuera de foco. No sé si es la anestesia o la conmoción de darme cuenta de que no pensabas que mis dramas eran reales. Pienso en vos. Vos nunca creíste en mí. Nunca me creíste. Imagino el escalpelo. Pienso en moverme, en un pequeño giro que acabe con todo. Pero me aterra la muerte y no puedo moverme. Nunca había visto tanto, dice la doctora. Temo. Pienso en vos. ¿Pensás en mí? Cuando tomás el té y tus labios arden, cuando abrís el paquete de galletitas y tomás una. ¿Pensás en mí? ¿Te das vuelta en la cama esperando tocar mi espalda? ¿Te detenés, dejás que el té se enfríe cuando mi imagen reposa fija en tu mente? Pienso en vos, en la tormenta que fuiste, en la inundación, en los árboles derribados al costado de la ruta. En todas las cosas lindas. Cucharaditas de azúcar en la taza. En todas las cosas malas. Tormenta, inundación, árboles al costado de la ruta. Pienso en todas las cosas. Pienso en mostrarte el mosaico con todas las cosas cuando llegue a casa, pero ahora estoy solo y la tele está apagada. No va a llover el martes.  La doctora me dice que puedo vestirme. Me entrega un paquete. Es del color de la madera y no pesa mucho. Me dice que puedo irme y me voy. Sigo pensando en vos. Todavía siento la forma de las cosas articulándose dentro. Abandono el hospital por la puerta grande, me duele un poco el cuerpo y todavía siento nauseas. Abro el paquete, tiene un contenedor de vidrio transparente en su interior. Tomo el frasco repleto de toda la mierda que tenía dentro, no pesa mucho y es azul. Un líquido azul que no pesa mucho es el resumen clínico de mis fracasos. Miro el frasco otra vez,  no me siento más ligero, no me siento mejor. Pienso en ponerlo en el escritorio, al lado de un dibujo que hiciste una vez para mí. La parada del colectivo está a dos cuadras, cerca de la plaza que tiene hamacas. La última vez hicimos el camino de la mano  y estaba nublado. Caminabas apoyando tu peso en mi cuerpo porque estabas mareada. Paramos cerca del edificio abandonado porque querías vomitar pero al final no lo hiciste. Me abrazaste y estabas pálida y helada y fuimos a un lugar a que comieras algo. Pediste un cortado con un tostado. Salía vapor de la taza de café. Fuiste al baño y cuando volviste tenías más color en tu cara. Tenías un mechón de pelo adherido a tu frente mojada. Dijiste te amo.

domingo, 26 de marzo de 2017

Ecs Di


Hay una pecera con peces invisibles. Tengo que concentrar la mirada por horas para poder empezar a pensar que no son un invento. Después de un tiempo con los ojos cerrados y la respiración contenida, puedo sentir que hay partes en mi que no son de mi pertenencia.  Cuando estás cerca, cada parte de mi cuerpo que tocás vuelve a mi zona de control. Puedo sentir tus dedos y tus labios y puedo estremecerme de manera acorde.
Con un poco más de tiempo, puedo perder el control y hasta el conocimiento. Como con el mundo. Todos los objetos prestados que no puedo romper no me pertenecen. Todas las cosas que nunca dijiste, como peces invisibles escapan a mi ojo,  y no importa cuánto tiempo pase no puedo dilucidar si son o no un invento. Cuando nos conocimos eras tan frágil como yo, pero vos te hiciste fuerte, vos sos fuerte y yo no. Vos te cristalizás mientras yo me evaporo. Como el resto de las cosas.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Umi



Ella entre las rocas. Su cuerpo pálido y desnudo, como la marea, se baña en incoloras aguas y aroma a sal.  Vierte de sus ojos la gris matriz de los arrecifes de coral que se pierden en el desvestido fondo. Sus ojos como resplandecientes perlas reflejan la luz del sol. Pálida y cristalina, luna impulsora de las mareas que todo lo limpian, de su cuerpo pálido y desnudo, como la ternura, brotan los ríos y el océano. Ella es la corriente, a la vez tan sólida y tan vacía, sus escamas se convierten en vellos y piel al abandonar la orilla. Dorada entre las rocas, asoman sus piernas de mujer y reprocha al sol por esos infinitos colores que la bañan en arcoíris. Toma unas prendas anónimas y se disfraza de ciudad. Alejada de la costa es quien no es. Pocos conocen su identidad real, sus aletas, su templo de coral, amarillo de peces e hipocampos.
Eventualmente vuelve, se desnuda y se zambulle. Infinita entre las olas. Entre la más pura agua pura y sincera como el amor, como sus inacabados vestidos de color y luz.
La observa pero ya no más. Imposible ocultar la herida emanando arroyos que desembocan en su desgracia, cristalina de pétalos. Ya nunca va a nadar en aguas turbias. Porque ahora la ve, entre las olas nadando, mientras su rojo anaranjado de las flores del cielo se vuelve negro como la inmensidad de los vértices y los pliegues en las rocas, como una reconocida aleta de delfín deformándose en dientes infinitos de tiburón arrancando la carne, la sangre, los pelos, los huesos, como el miedo que escala por la espina congelándolo todo con su beso frío como los besos. Y rehúye, en la penumbra, entre la cortina de lluvia, ese encuentro buscado y ahora indeseado, indeseado y amado; porque ahora piensa, en la lluvia, en su rojo coral, en los ojos de la sirenita tendiéndose sobre las sábanas, en sus uñas inhalando temores. Impolutas perlas, esculpidas esmeraldas brillan en la oscuridad y no recuerda haber sido jamás tocado por esas glaucas manos que se postran inertes sobre las rocas; esas no eran las manos que tocaban la lluvia, nunca tan verdes ni tan mamíferas manos de pez y sirenita y escamas. Y cuántas otras máscaras emergen mientras se acerca a la orilla y largas, tersas piernas surgen y se deshace de las películas y el olor a mar.
La observa irse entre las rocas, menuda de signos; ya no por amor, sino por la necesidad imperante de combatir la soledad. Como si fuera incapaz de procesar las evidencias crueles que bailan en el ambiente, incapaz de admitir que ningún rostro atlántico llegará jamás a la superficie. En lo profundo de los arrecifes están las suaves manos que erizaron cada vello en su cuerpo, las revoluciones secretas; tanto empeño y momentos sepultados en la arena fina, en cofres de agua, cadáveres desteñidos de caras y amor naufragando entre los peñascos, recuerdos felices estrellándose entre las rocas mientras la sirenita, indómita, toma su cuerpo irreal y lo torna real. O no. Espejos. Torbellinos bajo el agua volteando todos los paradigmas. Descubrirse parte del espejismo, el espejismo; interminable pesadilla que se reitera.
Perdido y el sol increpando los ojos exprimidos entre arena y dolor, húmedo y golpeado entre los restos del naufragio, arañando la corteza de un árbol en búsqueda de alimento. Arañando los vértices. Recordando cuando llegaron las olas, cuando hundieron los barcos, cuando arrasaron las huellas, cuando inundaron los pasillos de los castillos en la ribera. Los recuerdos fluyen. Cómo era el calor. Cómo llegaron. Cómo subieron las escaleras, estropeando la alfombra. Cómo abrieron la puerta, cómo tomaron asiento y se lavaron las manchas, las marcas en las paredes. Ahora el gran océano lo clama todo. La ve vestirse, la ve tomar la llave y zambullirse en silencio.  Otra vez, infinita entre las olas.

domingo, 22 de enero de 2017

Ciencias naturales


Hace frío. Me gusta ponerle una cucharadita de café instantáneo al mate cocido. Veo la taza y sé que falta un rato para el primer sorbo. Prefiero hervir el agua y luego esperar a que se entibie. Cuando todo es demasiado cálido o demasiado gélido, siento que mis dientes pueden caer y hacerse añicos en este piso de cemento. Los pensamientos nunca se detienen y nunca avanzan tampoco. Ayer pensé en escribirte, decir que no sos el único motivo de que no se detengan ni avancen los pensamientos. Los nefastos engranajes de la maquinaria aun giran impiadosos dentro de mi cerebro. Todo me guía a un inapelable descenso. Incluso las plantas parecen crecer hacia abajo. La enredadera repta lentamente por los rincones más fríos hacia la lamparita de la habitación. Buscan adueñarse de este espacio húmedo como si ya no existiéramos. Todo se me va de las manos, como si estuviera tratando de aferrarme a un mundo hecho de arena.
En la mesa grande, Isaac escribe en su cuaderno rayado, copia definiciones del diccionario. Fo. To. Sín. Te. Sis. "Proceso químico que tiene lugar en las plantas con clorofila y que permite, gracias a la energía de la luz, transformar un sustrato inorgánico en materia orgánica rica en energía.". A su lado, en el aparador, se apilan boletas de luz y de teléfono que nunca serán pagadas. Mi madre solía coleccionarlas, decía que algún día podían servir, aunque no recuerdo que hayan servido nunca. Tenía un cajón especial para las del gas, siempre se quejaba porque le seguían llegando con el apellido de casada, el apellido de mi padre. No sé por qué pienso en vos cuando pienso. Pienso que te hablo. Me pregunto si mi madre pensaba en mi padre cuando pensaba, si tenía conversaciones imaginarias o esto es solo cosa mía, otro producto de mis imperfecciones.
Cuando te fuiste, te llevaste cinco peones blancos y dos alfiles negros que no te sirven para nada sin el resto de las piezas. De tanto en tanto vuelvo sobre ese detalle, trato de comprender, dilucidar si fue simple torpeza de tu parte, o pura malicia de dejarme con la mayor parte de algo que ya no sirve. Busqué las piezas por días antes de percatarme del siniestro detalle. Me pregunto qué más te llevaste, con qué más me dejaste.
Ahora es cuando se corta la luz, siempre cortan la luz a esta hora. Isaac busca las velas en la alacena. Y las prende en la mesa, cerca de su cuaderno. Las sombras fatales no dicen nada, solo son manchas en la pared plagada de manchas. Las paredes que nunca pintaste y nunca se quejaron, y nunca me quejé. Isaac debe estudiar. El enorme diccionario ocupa el lugar de aquel que se sentaba a dictarle para luego jugar unas escondidas, carreras por el patio y risas excluyentes. Porque nunca fui yo la del amor y las sonrisas repletas de dientes de leche. Siempre la bruja, la de las ojeras y las uñas carcomidas. Aquella que se iba y olvidaba. Aquella que no estaba. En la oscuridad ahora lo contemplo como por vez primera. Trata de aprehender conceptos, repitiendo muertas definiciones de ciencias naturales frente a un espejo de fuego que lo deforma todo. Le dedico una sonrisa que no ve, pero no importa, porque es algo que no puedo evitar.
En soledad, pienso. Te hablo en silencio y aunque no escuches y dejo a las ideas fluir. O eso digo, porque sé que, aún sin mi permiso, los pensamientos seguirán brotando, calmándome o torturándome a su antojo y eso me aterra. Me aterra seguir descubriendo cosas que te llevaste, cosas con las que me dejaste. En la biblioteca falta el tomo uno de Visiones Peligrosas, tampoco está El Anticristo, y no encuentro El llano en llamas por ningún lado. ¿Realmente necesitabas esos libros? ¿Específicamente esos libros? ¿O los tomaste al azar?, ignorando el hecho de que buscaría en ellos, en sus nombres, en sus letras, un código secreto que me explique el por qué de la tragedia. Nunca hacías nada al azar, nunca te lo permití.
Por la noche narro a Isaac la vieja historia de aquél hombre que recibe una misiva de su esposa fallecida, diciendo que lo espera en ese hermoso y especial lugar y decide ir a su encuentro. No es una historia romántica, no es una historia bella; es la historia del fracaso de las cosas, del óxido que lo cubre todo, de las evidentes fallas en las veneradas piezas de relojería que construyen la vida. Isaac tiembla cada vez que narro la escena de la chica y el fuego, de ese mundo permanentemente en llamas y todas las noches me asalta la idea cada vez más plausible de que ese mundo no es diferente al nuestro.
Ahora los sonidos se acrecientan, acercándose a donde no deberían. Pienso en vos, te pienso, pienso en tu cuerpo y en la vacía promesa de hacer callar a las armas que siempre me apuntaron y ahora a Isaac también. Esas armas que, como taladros, nos guían pacientemente hacia el centro de la tierra donde reina un silencio cuyo trono peligra. Bajamos siete sótanos más, pero aún se percibe el leve ondeo de la pólvora en el aire. Me pregunto si Isaac volverá a ver el cielo, ¿vos crees que Isaac volverá a ver el cielo? Yo creo que sí, por eso llenamos las paredes de libros, y, aunque falten algunos, aunque te hayas llevado cucharas de la cocina y tornillos del escritorio, creo que aún así pensaste en el futuro de nuestro hijo al hacerlo. Ahora pienso en su futuro, en sus estudios superiores y la incorporación en el mundo del trabajo. Porque aun después del fin las instituciones seguirán configuradas para desarrollar el proceso de socialización de las nuevas generaciones, garantizando la supervivencia de la sociedad mediante la reproducción social y cultural de prácticas conservadoras que llevan a las personas a naturalizar las desgracias y los atropellos cometidos y pienso en que si no fuera porque moriríamos asfixiados, quemaría ahora todos los libros e instigaría a nuestro hijo a cavar un hoyo en la tierra y seguir cavando hasta dónde no llegue el gran aparato empaquetador buscándolo para convertirlo en otra caja mal sellada en el gran depósito de cuerpos. Me pregunto de qué sirve luchar cuando ya perdimos. Entonces miro a Isaac desde el otro lado de la mesa y creo que todo vale la pena.
No puedo ver las luces y el fuego desde este sepulcro. Tanto calor y sigo con frío. Debería ponerme otro abrigo. Las llamas recalcitrantes no nos afectan, amor; pero los temblores me alcanzan en carne propia. Por eso aguardo a las seis para decirle a Isaac que se esconda debajo de la mesa y espero a que los frascos de vidrio del aparador bailen tres veces. O mejor dicho, espero que no lo hagan, aunque cada día espero menos. Porque cada día me convenzo más del fracaso de las cosas, porque las bombas siguen cayendo y creo que todas las piezas van a quedar obsoletas.

miércoles, 4 de enero de 2017

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de enfundarme en petróleo  de manchar mi vestido de enredaderas vacías de sacarme los dientes de tragarme los dedos sin masticarlos de revolcarme en botellas de nadar por encima de todo de hundirme en la cama de hundirme en la silla de hundirme en palabras de enredaderas vacías de nadar en petróleo de vestirme en miseria de fotografiar al espejo de mandar a la mierda de ir a buscarla de volver a abrazarla de mandar a la mierda de abrigarme de ruina disfrazarme de mueble  de decirme que sí de convencerme que sí de nadar en petróleo de mostrarme que no de agarrarme las manos de apagar los objetos de arrancarme los pelos de arañarme los ojos de incendiar lo que tengo de insultar las cenizas de nadar entre nauseas de naufragar en la cama de esperar un mensaje que diga que todo va a estar bien que todo va a estar bien que todo va a estar bien que todo va a estar bien de mandar a la mierda-

martes, 27 de diciembre de 2016

Have a nice life.


Viniste como algo más que un fantasma, una entidad tangible repleta de ejes y vértices que tocaban la tierra y se manchaban de una esencia tan nítida que tocarte con los dedos era la única prueba necesaria de la realidad.  Y me pregunto qué fue lo que viste en mí, si fue un retazo de memoria paleoprotozoica, de aquellos tiempos en los que no eramos más que bacterias esperando a causar la gran oxidación; o acaso cierta herencia genética de  algunos ancestros eslavos que medio que se parecían a nosotros dos; o, tal vez, simplemente una concordancia cósmica de estímulos secretos provocó que tu hipotálamo liberará la correcta cantidad de endorfinas y giladas mágicas en el momento preciso en el que pasaba por ahí. De cualquier manera,  creo que si vos te enamoraste de mi en algún momento, entonces no está todo tan mal conmigo.

domingo, 25 de diciembre de 2016


Puedo reírme de lo que me atraviesa porque me pertenece. 
¿Vos de qué podés reírte?

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Spaghetti.

Esto es lo que estuve haciendo este tiempo:
 
https://drive.google.com/open?id=0B3ykQKSeBW_cLUIyX0dGTWNDWHM


Espero que no sea tan choto como me parece. Si alguien  pregunta, no está en mis planes hacer una edición de esto en papel, o de cualquier otra cosa.
Con amor, niñita.

Árboles del cielo.

Regina se sienta en la butaca que da a la ventanilla y piensa en Alan, que en este momento debería estar llevando a Nieves al colegio en su auto gris con vidrios polarizados. Piensa en esa cara fría que no hace por ocultar el hielo trastocado en la transparencia de sus ojos, esos ojos limpios la estremecen; piensa en su hija, sus rizos plateados meciéndose como hojas en el viento, sus rizos plateados la reconfortan y se relame en el rígido asiento semi-cama de esa lúgubre empresa de ómnibus de larga distancia. Dobla el boleto con sumo cuidado y lo guarda en el bolsillo de su camisa celeste.

Alan obliga a Nieves, con una gentileza dolorosa, a ajustarse el cinturón de seguridad mientras toma 7 y sale del Cruce Varela. La niña ve los árboles transmutarse en texturas verdosas difusas a medida que el automóvil adquiere velocidad y sus ojos se desbordan del ritmo, Alan escucha una pieza en Cello interpretada por Rostropovich y su conducción vehicular parece condecirse con reglas inherentes al mundo de la música más que con factores extrínsecos como regulaciones de tránsito y el tímido lenguaje de los semáforos en rojo. Su rostro no deja de aparentar una calma perturbadora mientras la destreza del intérprete rasga con su arco las cuerdas lacias. Toca muy rápido, maneja muy rápido, piensa Nieves y se cuestiona la imperante sensación de urgencia que reside en su entorno.

Kushiel, de las mil alas, desciende de la copa del árbol del conocimiento y deposita sus pies desnudos sobre una rama inferior. Una gota de sudor dorada brota de su cuerpo humanoide, como una lágrima que recorre la perfección de su divinidad y cae en una hoja amarillenta que resiste las fuerzas del viento. Ángeles y Principados surgen ante el temblor que provoca su presencia. Todos, en su eternidad, entienden el problema. Las escamas en sus miradas platinadas comienzan a desprenderse.

Remiel, por su parte, agita sus alas y desciende desde la copa del fresno hasta las raíces que surgen del suelo, donde habitan las nornas, aquellas dísir que hilan, impostergablemente, las vidas del universo. Urd se lamenta, como siempre se lamenta; Verdandi contempla a Remiel con reproche, culpándolo por lo que está sucediendo; y Skuld ríe a carcajadas, mientras, con dedicación, teje puntos extravagantes en el tapiz del cosmos. Inspecciona, el ángel del apocalipsis, con calma aparente, las finas hendiduras en las que se entrelazan los mitos y separa las infinitas raíces de arena que nunca dejan de multiplicarse. Existe un lugar al cuál van las cosas perdidas, piensa.

El microcosmos propio de la urbe se antoja sereno y displicente ante la revolución celestial que se desata en el macrocosmos propio de la divinidad. Martín espera a Ariana en Plaza Libertad y contempla un cielo sin nubes mientras mira su reloj pulsera cada dos minutos. Es tan probable que ella jamás se haga presente, tan probable que lastima, arden los ojos de solo imaginar su ausencia tácitamente eterna. En ese bosque de edificios, las veredas marcan un paso oblicuo, directo a las catacumbas subterráneas de Buenos Aires, donde el calor es inminente, y las demoras siempre están presentes, donde se manifestarían las ánimas de descender desde su olimpo de quimeras. Y Remiel descendió hasta el último peldaño de la existencia, y, cuando las puertas del subte se abrieron, ocultó sus alas, sus quichicientas alas de ángel y ave y se escabulló entre los rostros ajados de los proletarios, entre los trajes manchados de sangre de los abogados, entre las muecas de los carniceros, y las bombas de los terroristas, entre los crímenes del estado, y toda la alquimia de estratos sociales y experiencias de vida que convergían en ese caldero sagrado, donde el trueno de dios decidió comenzar a buscar las semillas perdidas del Yggdrasil, y donde Kushiel buscaría también, más tarde, las semillas perdidas del árbol del conocimiento.

Regina duerme aquellos sueños que Nieves y su peligrosa infancia habían postergado. Es un sueño tan pesado y placentero que ni la muerte sería capaz de interrumpir, ella seguiría en esa cúpula onírica, inmortal, inamovible. Como ahora que el ómnibus ha atravesado el último peaje y acelera por la recta invariable del paisaje rural. Y los árboles, los tranquilos árboles aguardan su momento, el momento indicado para crecer, para dominar, cuando las enredaderas del cielo recaigan en la diminuta Tierra y fagociten los minerales sepultados en las profundidades, y el suelo se abra, dando luz al desconcierto, a la confusión que atraen consigo las ramas que alcanzan los cuerpos y los retuercen, que obstruyen las esquinas y tapan al sol con sus hojas. Y nada, ya nunca nada volverá a recibir luz, y las superficies humanas serán las profundidades en el mundo de los árboles, los árboles del cielo, que tanto habían dado, a ángeles y a personas, pronto, muy pronto, tomarían la decisión final, la de cobrarse, por fin, una cuota impregnada de muerte.
"Hold me close and hold me fast... "
Un hombre de labios finos y sonrisa desfallecida viaja junto a Regina. Desde el pasillo no puede obtener una vista correcta de la maquinaría vegetal gestando la conquista mundial, por eso lee, y ya va por la página 145, cuando comienza a escuchar, cada segundo que pasa con más claridad, la música que logra escapar de los rosados auriculares de Regina.
"...When you kiss me heaven sighs…"
Y ya jamás podrá volver a concentrarse, no ahora que ha visto a esa frágil bailarina durmiendo y soñando, con ese cabello magro revuelto, esos ojos cerrados con ligereza, esos pechos sugiriendose gracias a una debida inclinación, de correcta angulatura y su corpiño rojo llamando su atención, seduciéndolo, invitándolo a formar parte de ese cuerpo durmiente.

El automóvil se detiene en el mismo momento en el que la música de Bach deja de sonar. La puerta se abre y cuando los rizos plateados de Nieves brillan al sol, resplandecen las constelaciones, los lunares escarpados en su cuerpo fino. No, no hay sol. De repente, ya no hay más sol que ilumine los ojos dorados de Nieves y su piel pálida y lunar. Las nubes lo cubrieron todo, anunciando una lluvia insospechada. La inmensidad de la bóveda celeste se tornó finalmente negra. Por un segundo, la niña de plata mira a su padre y esos ojos vacíos se cruzan con los de ella, y entonces, por una vez, un brillo mortecino parece resentir la profundidad de esas córneas que por tanto tiempo yacieron dormidas. Ella sonríe un beso al aire que golpea con suavidad las aristas de su rostro apático. El auto arranca y comienza la Noche de Walpurgis, ni una lágrima resiente ese rostro fosilizado que ya se ha olvidado de las posibles expresiones, cuando mira por el espejo retrovisor a esa niña pequeña, a esa joven dama que ya sabe valerse, que ya sabe sonreír, y más que nunca, que ya sabe mentir.

Nieves recorre las veredas procurando nunca pisar las líneas que separan las baldosas, las disimiles baldosas que la obligan a caminar como si bailara, a bailar como si entonces caminara y el mundo no fuera su escenario sino, solamente, un camino a la escuela marcado por la soledad de las veredas de aquella calle periférica. Trata de asegurarse que los temblores no son una reacción al miedo ni a la muerte. Sonríe a los transeúntes mientras gira y sus piecitos se mueven a un ritmo que parece condecirse con reglas inherentes a un universo desconocido. Ella es la impresión de lo infinito en lo finito.

Kushiel se embriaga con la belleza del cosmos, recorre las nebulosas y pulsares, salta de estrella en estrella, asegurandose de nunca tropezar con materia oscura. Ya no queda más por conocer, las barreras se extinguieron, se han delimitado las fronteras de lo divino, el cielo quedó vacío de enigmas. Y mientras el ángel explora los confines de la galaxia, el árbol del conocimiento comienza a morir, y sus frutos se antojan secos y fétidos. Solo una nueva semilla puede salvar al saber corrupto de caer en las manos de la alquimia, de colapsar sobre sí mismo y hundir al universo en el eterno azote de la tempestad.

Ahora Regina acompaña a Alan a la salida de un edificio de cóncavas paredes.
-¿Qué hacés acá?- dice él- ya no necesito que me acompañes.- y muestra la bicicleta azul con la que puede volver a casa sin ayuda de Regina.
-No me lo dijiste, ¿por qué no me decís las cosas? ¿Por qué ya no me decís nada?
Sin habar, Alan sube a la bicicleta y se pierde a través de la bruma y las calles empedradas. Regina permanece de pie ante el portón oxidado, sin hablar. Se lleva una mano a la cabeza y recoge un mechón de su plena cabellera. Una ligera bruma comienza a recubrir el entorno y la imagen se desvanece. En silencio.

Las manos del pasajero en el asiento contiguo se depositan sobre la falda de esa mujer, que no reacciona al contacto sino a estímulos secretos que parecen provenir de otros mundos. Lentamente desciende con suavidad hacia esas piernas desnudas y siente el frío calor de la sangre viajando a través de las venas y las arterias, hacia el corazón que bombea agitado, agitado como su corazón, y es a ese otro corazón agitado a dónde quieren llegar sus inquietas manos.
"...Hold me close and hold me fast..."
Y lentamente asciende su mano izquierda mientras la derecha ingresa sutilmente a la penumbra en el interior de la pollera. La mira a los ojos y ella parece pedirlo, sí, con sus ojos cerrados y su respiración anómala se lo pide; sus dedos comienzan a caminar por sobre su ropa interior. Y su otra mano asciende hacia esos pechos divinos que se esconden dentro de ese corpiño rojo como la llama que ahora arde en su cuerpo y se prepara para lo inevitable. Saltando esos cables rosados que emergen y se retuercen hasta llegar a sus orejas, inclina su cuerpo buscando ese cuello perfumado.
"...this is la vie en rose…"
Desde la butaca lindante al otro lado del pasillo, una joven contempla la escena y de a poco un calor nocivo azota su cuerpo por entero. Pasa su mano por el cabello planchado y mira en todas direcciones buscando algún rostro que pueda otorgar explicación alguna, o buscando algún rostro cómplice que se deleite con la imagen que se sucede ante sus ojos crédulos.
"...when you kiss me heaven sighs…"
Nadie más mira.

Alan detiene el auto en una calle empedrada, se quita el cinturón de seguridad y sale del auto. Está nublado. Mira a ambos lados antes de cruzar la calle mientras tararea una pieza de Chopin que, lentamente, parece mutar en una lóbrega cumbia santafesina. Se encamina hacia una cafetería en la que pide un desayuno. Café con leche y medialunas cubiertas con un velo de sospecha y rellenas de dulce de leche. Una pareja discute detrás de él.
-Me tenés harta con tus flores deshojadas- dice la chica del tatuaje de Sigur Rós en la muñeca, lleva un vestido azul con diminutos lunares blancos, su pelo negro es corto, más corto que el de Alan.- me tienen harta tus ojos pulverizados y tu revolución que nunca llega.
La otra porta una remera negra sin ningún tipo de estampa y mantiene su melena lacia bien peinada a todo momento, se limita a mirar con unos ojos amarronados repletos de espanto.
-No puedo evitar pensar en quién fuiste y en quien ya no conozco y se acuesta a mi lado todas las noches, fingiendo- dice la que habla.- Fingiendo.- Remarca. Pero la otra no dice nada.
-Cada vez más siento que hablo sola, que no estás, porque no estás. Tu boca me mira, tu cuerpo se mueve, pero estás ensimismada en un mundo que no conozco. Seguro que con sueños de-
-Callate- interrumpe la otra.- No sabés nada.
-No me calles.
-Callate.
-No, no quiero. Te lo tengo que decir. Me gusta decir lo que siento. No como vos. Insensible. Así que callate vos y escuchame. O andate. Andate como siempre.
Alan termina su desayuno y se va luego de pagar.
-Callate- Dice una de las dos.
Mira la hora en su celular y sube al automóvil. Sigue nublado. Con Regina tuvieron tiempos así. Tuvieron tiempos felices también. Ahora ya nada sucede, ahora ya no sucede el tiempo. Nada puede hacer para cambiar las cosas, lenta y quedamente ambos cuerpos se alejan a la deriva. Un gato mirá a la distancia con una concentración inefable en el techo de una casa. La espesa montaña de nubes en el cielo y el minino también recuerdan a los días de otra vida. Fueron esos días en los que, sin duda, ambos podían ser felices cuando, restando importancia a la propiedad privada, un gato se posara sobre el tejado y maullara canciones de cuna del antiguo Egipto. Daría tanto por regresar por tan solo unos segundos a esos días de cielo nublado y poder ver al gato con otros ojos y, sin más, adoptarlo, mecerlo en sus brazos como a un niño despojado. Pero qué tanto amor podía otorgar a un gato un joven abogado con piedras en lugar de órganos. Si él lo supiera, si ella lo supiera, si alguien supiera de esa cruz con la que acarrea desde la infancia, pero el alfa y la omega es cruel y es indómita. Y el gato es despedazado por sus neuronas putrefactas que solo pueden concebir podredumbre y figuras retorcidas como rostros a través de mil espejos. Por eso debe permanecer indoblegable, irrompible, por eso, y porque ya no recuerda cómo era ser diferente.

Penélope mira la taza de café que aún no ha tocado, la sostiene débilmente y percibe un leve temblor en su mano izquierda. Es capaz de sentir ese miedo trepar, rodear la tinta cursiva que reza “Sigur Rós” y guiarse hacia el resto de su cuerpo. Martina trata de esquivar su mirada, sin embargo, cuando éstas se cruzan, esboza una agónica sonrisa. Una sonrisa que dice todo. Pero Penélope no es de las personas que dejen ir todo sin decir las cosas.
-Nunca me decís qué te pasa.
-No quería lastimarte, no quiero.
-Por eso preferís que me quede esperando, esperando. ¿Es que todo se reduce a eso? Seguir esperando. Cuando te conocí pensé que ya no tendría que seguir esperando. Pero no, pero tengo que esperar a verte bien y bonita para poder verte. Porque para lo otro no sirvo, para lo otro no soy yo la indicada, no soy quien debe verte llorar, para eso están los brazos fuertes, los hombros conocidos. ¿De qué te sirvo, Martina?
Si no querés verme, está bien, lo entiendo; pero no digas que me evitás por mi bien. Nada me duele más que saber que me estás mintiendo. Bueno, eso, y saber que no contás conmigo para nada.
¿De qué te sirvo?
-Últimamente me siento sola. Siento que se enfrió la relación, que ya no compartimos juntas los mismos momentos.
Martina vuelve a mirarla y sonreír. Esa sonrisa, ese puñal. Penélope devuelve la sonrisa. Admite la derrota, pero necesita las palabras, necesita saber, necesita de ese punto final, ese término.
-¿Y entonces?- Musita. Se siente débil, débil y estúpida.
-No sé.
-Sentís que se enfrió la relación, que ya no compartimos las mismas cosas juntas, ¿entonces qué? ¿Qué queda hacer ahora? ¿Cómo seguir?
-No sé.
-No puedo volver a mi casa con esa respuesta, no puedo volver y no saber realmente si tengo que esperar a que estés conectada para saber cómo estás y cómo te fue en el trabajo, o si eso ya no es de mi incumbencia.
-No sé.
-Decime algo, algo más.
-Siento que nos estancamos, que no tenemos proyectos en común y no podemos llegar a ningún lado así. Vos misma me dijiste, no compartís los mismos proyectos que yo.
Penélope da un sorbo a su café. Está frío. Le gustaría escupir en la taza lo que tiene en la boca, pero hace un esfuerzo y traga.
-¿Entonces?- dice, finalmente.
-No sé.
-No me sirve esa respuesta. Necesito que me lo digas, necesito que me digas que ya no querés estar conmigo.
-Ya no quiero estar con vos.

Las clases en la escuela primaria siguen siendo de lo más aburridas, Nieves dibuja cuando la maestra no la ve. Piensa en su herencia y tiembla. Desearía poder morir antes, piensa que su padre la abandonará por haber descubierto ese secreto atroz. Por lo pronto, todo lo que espera es al timbre y el recreo. Poder luego volver a casa y sentarse en el sofá a ver dibujitos animados mientras su padre le prepara el té con galletitas dulces. Espera poder llegar a ver Hora de Aventura antes de que Alan tome su cuaderno y la obligue a hacer las cuentas y a escribir, una y otra vez, las letras del abecedario.
Los seres bióticos tienen vida; los abióticos, no.

Kushiel se posa en la cúspide de una torre solitaria en los confines de la galaxia. Abbadón viene a su encuentro. Juntos danzan entre los ventanales de la ciudadela arcaica. Sobre los rojizos ladrillos se había emplazado la capital galáctica, pero tanto, tanto hace ya de eso. No crecen las plantas, no se erigen los árboles de cristal en dirección al centro del universo. Ni un vestigio de vida, ni pergaminos que releer. Es el último lugar por buscar, y la frustración se posa sobre las delicadas alas, las innumerables alas del ángel. Siente en su interior las frutas pudrirse, el hedor fétido que proviene del conocimiento, del árbol del conocimiento que jamás fue el árbol de la sabiduría; y fue tarde, tan tarde llegó el preciso instante en el que fue descubierto semejante error. Ahora ella viene, el baobab devora el asteroide y no queda mucho por hacer.

Los seres bióticos son los que tienen vida. Eso lo sabe Remiel más que nadie. Esos seres abundan, eso también lo sabe. Pero solo uno de ellos porta la semilla en su interior. Florecerá el árbol de la vida y el universo permanecerá libre, libre del tormento de la muerte. Solo un sacrificio más. Recorré en plenitud el conurbano bonaerense con sus alas de oro. Lo siente cerca, cada vez más cerca.

En sus sueños, Regina ya no se siente vacía. Sus manos ya no son ásperas al tacto, su cabello ya no es una enredadera gigantesca, vuelve a sentirse, por fin, linda.
Bordean un arroyo, juntos, de la mano. Ella tiene un vestido rosado y él, él está exactamente igual que el día en el que se conocieron. Una remera de Joy Division y tres días sin afeitarse. Toman entonces el colectivo y anochece. Anochece y toman el colectivo. No se ve el número, ninguno usaba lentes en ese entonces, pero ahora parece que los necesitan. El número del ramal es ilegible, pero él la empuja y paga los boletos. Ella sonríe, pues no sueltan sus manos en ningún momento. Milagrosamente encuentran asientos, aunque ambos están seguros de que no tardarán en querer bajar. Pero es mejor no bajar, mejor quedarse, aguardar al final del recorrido, y dormir sentados, de la mano en un colectivo cuyo recorrido es desconocido y la noche aciaga no los perturbará en la terminal. Ahora ella corre por las vías del tren y él la mira desde una corta distancia. Ambos sonríen. Otra vez. Ella sostiene al gato intruso que entró por la ventana buscando comida. Lo abraza y el minino ronronea. Entonces, el colectivo equivocado, las vías del tren. Despertar sola en la terminal, voltear y no lograr ver a nadie. Necesita los lentes más que nunca. Los lentes que parecen estar perdidos en un futuro paralelo que jamás llegará. Es ahora cuando debería despertar.

Hold me close and hold me fast…”
La mujer emite un gemido leve cuando el pene se adentra en su lubricada vagina, el pasajero la mira atónito, pero ella no despierta, permanece perdida en su laberinto onírico, incapaz de regresar. Es probable que ni siquiera el fin del mundo logre despertarla. Con sus manos apretando sus pechos ahora al descubierto, el hombre empuja su miembro hasta el fondo. Tarda en encontrarle el ritmo, comienza a sudar y a emitir gruñidos él también. La besa en sus labios dormidos. Luego en el cuello, pasa su lengua por ese cuello fino, el perfume cítrico queda en su boca. Baja una de sus manos a esas piernas blancas y cristalinas, las acaricia con vehemencia. Su pene escapa varias veces. Nunca pensó que fuera tan difícil hacerle el amor a una persona dormida.
“… This is la vie en rose...”
La joven del asiento al otro lado del pasillo aprieta sus adolescentes pezones mientras acaricia su clítoris con un dedo, y se penetra con otros tres. Un miedo aterrador convive con la excitación del momento. ¿Qué pasaría si alguien me viera?, piensa, mientras sus fluidos comienzan a manchar el asiento. Pero no importa, la necesidad es irrefrenable. Cuando le cuente esto a Nati, lo que va a decir, piensa. Los ojos de Nati, las tetas de Nati, su pubis sin depilar, su lengua lamiéndole el clítoris, esa lengua juguetona. Si Nati supiera.
“…When you kiss me heaven sighs…”

Alan es un mentiroso. Hoy no piensa ir al trabajo. Su auto ahora reproduce Vivaldi y el maneja en dirección a casa. "Vale te amor. Guille". Dice una pintada en una pared. Más allá, acción poética enchastra la calle con una frase de Lisandro Aristimuño. Alan no presta atención a las frases, pero Vale te amor sigue sacándole una sonrisa.
Detiene el auto en la puerta de casa y mira la hora. El reloj da la hora indicada, y Alan decide abandonar a Nieves como parte de un castigo desconocido. Se quita su traje de abogado tan manchado de burocracia y piensa en disfrutar sus últimos momentos en el mundo. Busca el sweater.
Es un sweater mal tejido el que porta, suvenir de una madre fracaso, para recordar a un hijo fracaso. En sus últimos días tuvo la idea loca de probar los sabores de la familia, de jugar con el niño que ya no era un niño ni recordaba haberlo sido, de tejerle ese sweater apestoso que, por pura lástima, una vez muerta, bien muerta ella, no pudo ser arrojado al perro para su deleite. Pero quién tiene la culpa de esa muerte devastadora, devastadora sin mucha idea de por qué, sin muchos recuerdos que recordar.
Ella no debía saberlo, nadie debía saberlo. No debió nunca subir al desván y abrir el baúl. Niña tonta. Niña curiosa. Todo hubiera seguido igual, todo hubiera seguido tan monótono de no ser por ella, por esa tonta curiosidad de niña.
Alan se sienta en su silla y escribe con precisión mecánica en una computadora de escritorio. El viejo CPU hace ruidos inexplicables cada tanto. Piensa en el fin. Piensa en los pájaros.

Los pájaros surcan el cielo y Penélope llora mientras piensa en Martina. Lo que daría por volver a sentir esa sonrisa suya, tocar esa cuerpecito de niña rica, de pendeja hermosa de clase media jugando a ser parte de la common people.

Los pájaros surcan el cielo y Martina no llora mientras piensa en Penélope. Ahora es una mujer libre y solo importa el ahora. Este preciso instante, vivir su vida que tanto tiempo pospuso para vivir una mentira junto a Penny. Penélope. Penas.

Nieves espera y espera y espera. Pero Alan no va a venir a buscarla. Es su maldición, su maldición por haber descubierto ese secreto tan oscuro, ese secreto que muy bien no sabe qué es. Pero ella también tiene un secreto, ella sabe que hay, en su pecho, un color que no debió nacer. Ahora deambula por las calles empedradas de Florencio Varela y se mueven como bailando, sus piernitas que parecen ramas. Extraña los baños de inmersión y esconderse bajo las sábanas de las pesadillas con el hombre del trueno. Todo comienza a girar lentamente, como una calesita, y luces de colores danzando en torno a ella. Ya no puede distinguir el suelo del cielo, el cielo del infierno.

Hay una luz en el horizonte, una estrella desaparece, el lucero del alba lentamente es tragado por ese brillante sol que se hace presente. El cielo es celeste, celeste con detalles en naranja e índigo, con detalles en rojo y violeta, con puntos resplandecientes que titilan, que disminuyen su luminiscencia tímida, de tímida a medrosa, con una luna en cuarto menguante que promete permanecer al margen, estática en su pálido gris al mediodía, a la tarde, esperando esa noche en la que poder volver a brillar sin sol, como solo es posible cuando todos duermen y Venus ya no se oculta de los calores radiantes de esa enana roja a la que está atada. Lucifer se desvanece lentamente del cielo amaneciente, a la vez que Kushiel, el de las dos alas, la más virtuosa de todas las virtudes, descubre en un sótano inundado en el conurbano bonaerense, una pequeña pizca de conocimiento que derribará los paradigmas imperantes en la configuración del cosmos. Pero está muy lejos, a continentes de distancia. Es probable que sea demasiado tarde. El glifosato ya no surte efecto y la irremediable plaga de la tempestad comienza a engullir las hojas del árbol del conocimiento. Ella lo sabrá todo. Muy pronto. Y no habrá árbol en el cielo y la tierra cuyas raíces no sean arrancadas por la colosal tormenta. Sin embargo, los vegetales llevan siglos esperando este día, el día en el que la revolución sea inevitable y se levanten en armas contra el orden natural de las cosas, tragandose de una vez y para siempre, al mundo entero. Ellos son pacientes, son inamovibles. Regina sueña con ver a su familia otra vez, acariciar el bello cabello estelar de la dulce y tierna Nieves, cuya piel remite a su nombre; de esforzarse y ver una sonrisa de orgullo en el rostro imperturbable de Alan, de volver a los viejos tiempos en los que podían caminar de la mano, de tomar una fotografía y sonreír. El hombre en el asiento contiguo eyacula dentro de la bella Regina. Luego de unos segundos de respirar agitadamente, cae rendido en su butaca. La joven del otro lado del pasillo sufre un paro cardíaco en el momento en el que está alcanzando el clímax. No es la única muerte que sucede en ese preciso instante, en ese preciso micro; un niño apuñala a su padre mientras este duerme. Nadie se enterará hasta que el ómnibus se detenga y todos los pasajeros deberán explicar su comportamiento errático a las autoridades que no dudarán en encerrar a la mayoría y realizar pericias psiquiátricas. Tres de ellos tienen antecedentes penales, y un grupo de jóvenes lleva un bolso repleto de sustancias ilegales. Pero no importa, porque la fatal y mortal muerte es inevitable. Eso lo sabe muy bien Alan, quien ahora sufre por el cruel destino de Nieves, pero también odia, odia a Nieves por conocer su secreto, por recordarle esos sentimientos que estaban tan muertos y sepultados ya. Destapa un tercer malbec mientras la televisión sigue mostrando nada más que lluvia y ruido. Huele la naftalina del sweater mal tejido y en sus ojos estallan sensaciones y amor, mucho amor que creía fosilizado y convertido en hidrocarburos para alimentar el generador incesante de la burocracia. Ahora llora y sonríe a la vez, como un atardecer repleto de colores. Ahora cree que el fin de los tiempos no podrá acabar con su mente que, de pronto, se siente tan joven y peligrosa, ahora siente una esperanza atroz y cree que Nieves podrá escapar del suplicio universal que acarrea consigo, del color que debió ser abortado, de ser la fuente de la vida. Cree en su niña bonita, ella será fuerte; tiene los labios del padre y la nariz de la madre, tiene cabellos de la luna y ojos del sol, tiene las semillas y los frutos de los árboles del cielo. Las emociones lo desbordan. Heredarás la tierra, hija mía, murmura. ¡Heredarás la tierra!, grita, una y otra vez mientras salta embelesado por el júbilo hasta que ya no salen palabras de su boca de labios en cursiva sino un líquido violáceo. Entonces cae de rodillas y todo a su alrededor gira. Todo gira también para Nieves, que camina como sin darse cuenta de que el suelo es ahora lava y cristal, de que el cielo tempestuoso la ha estado evitando, de que los ángeles reptan hacia su vientre. Nieves vomita. No es del color del vino ni del color del vómito. Caen semillas que erosionan las calles de un verde pastoso y el caminar de la niña se vuelve pesaroso ahora que raíces comienzan a adherirse al asfalto. Porque brotan ramas y raíces y pimpollos de su menudo cuerpito, y el dolor la hace estallar. Cruel e inanimado, el corazón de Remiel padece espasmos mientras presiente la cercanía de las semillas. Despliega sus alas que oscurecen el cielo ya negro y recorre a altas velocidades las fangosas calles de Buenos Aires en otoño. Inquietantes laberintos ha construido el hombre, piensa mientras pasa una y otra vez por la misma calle de veredas angostas y árboles que se mecen, violentamente golpeados por el viento. Una cucaracha es aplastada por un zapato, no se sabe muy bien dónde. El cadáver es abandonado a la deriva y tardará semanas en descomponerse. Regina despierta y apaga el celular que repite la misma canción hace horas. De repente la asalta una tremenda sensación de urgencia. Mira a través de la ventanilla y los árboles callados mecen sus alas con pereza. La danza de las hojas es hipnótica y parece hablarle, sin embargo, ella es incapáz de comprender. A su lado un hombre duerme, todos los pasajeros yacen en la profundidad de un sueño, a veces eterno, a veces lúcido. A veces ambos. Como los sueños borrachos de Alan, lucidos y a la vez impetuosos, sueña con el día en el que vio a Regina caminar de la mano junto a ese desconocido de zapatillas rojas, de espalda ancha, de bicicleta azul; sueña con haber podido perdonarla con suma sinceridad, sin embargo, algunos crímenes simplemente nunca prescriben y la condena perdura en la cabeza. Quizás ella sufra también, quizás tantas cosas hubieran sido diferentes, pero ya es tan tarde para degustar probabilidades, tan tarde que abruma; y quisiera poder soñar con simplemente ese rostro de leona, con esos ojos felinos y sus dientes blanco sonriendo simpatía. Y ahora quiere perderse entre las ramas de un árbol y olvidar de qué se trataba todo en un principio. Pero no es el momento indicado para eso. Nunca lo es. Nieves ya no puede moverse, explotan sus lunares, sus cráteres y grietas lunares son ahora ramas y raíces, y su cabello plateado es una copa repleta de hojas verdes prístinas, el dolor es insoportable, los retoños expelen polen, llamando a las abejas, y ella grita mientras brota un último pimpollo de su garganta que florece en la más espléndida de todas las flores. Ahora ya nada hay en el universo que pueda defenderla del hombre del trueno. Remiel toma el fruto del árbol de la vida. Asciende, una vez más, a través de las ramas del Yggdrasil, debajo de cuyas raíces viven las nornas, aquellas dísir que hilan, dulcemente las vidas del universo. Urd se lamenta, como siempre, se lamenta; Verdandi toma un hilo rojo del telar, y lo deja caer con suavidad en las manos de Urd, quien se lamenta, siempre se lamenta; y Skuld ríe a carcajadas mientras, con dedicación, teje puntos extravagantes en la matriz del cosmos. Ariana toma el celular en la oscuridad de la habitación y escribe un mensaje para Martín. Duda. Su dedo recorre la tecla enviar, formando pequeños círculos o corazones irregulares. Algo de luz se filtra a través de las cortinas que oscilan, bailando bizarras danzas. Cierra los ojos y suspira. Se siente muy estúpida. Se oyen los últimos truenos antes de la tempestad. Oprime el botón. Llueve. Los pájaros cantan.