eat your heart out

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Deja Entendu


Me miraste a los ojos y sentí ese miedo de la infancia al contemplar las sombras inertes en el patio vecino. No había nada, ni columpios, ni césped, tu mirada estaba fría.
Fría como la noche de verano en que nos reconocimos al descender por las escaleras electricas del subte. Hablamos largo y tendido y me dijiste que habíamos transcurrido hermosos instantes juntos. Mientras planteabas la anestesia, supe que al entrar al vagón y sentarme, volvería a estar solo.
Solo decías las palabras, las inútiles,  las trilladas, las absurdas últimas palabras que ya muchas veces habías dicho y ya muchas veces había escuchado. Tuve instantáneamente la inefable sensación que se tiene al vagar por las calles oblicuas repletas de basura. Era un pozo con un fondo de papel que se había desintegrado al mero contacto entre mis oídos y las palabras que dijiste.
Dijiste que me pusiera en tu lugar y pensara en como te sentías, yo te pedí que te pusieras en el mío, y pensaras en como me sentía. Era patético, ridículo; si algo ansiábamos era estar cada uno en el lugar contrario.
Contrario al andén, fijé mi vista en el abismo. Al regresar a las calles oblicuas repletas de basura, no quedaba pregunta que el eco en mi mente no supiera responder, no quedaba camino sin recorrer, no quedaban miedos, no quedaba esquina en la que no quisiera retroceder, ni una.
Una nube irresoluta que transmutaba en seres abominables se cernía cuál ratonera en torno a las mismas palabras.
Palabras que una y otra vez se repetían, y la nube que comenzaba una vez más un ciclo perfecto de transformación.  Y todas las imágenes que componían mis proyecciones mentales, en ese cúmulo nimbo inalcanzable.
Inalcanzable era el sueño que yacía enterrado en ese patio vecino, sin columpios, sin césped, sin miradas frías de una noche de verano. Quise que te desintegraras, pero las palabras entraban por debajo de la puerta.
Así fueron los subsiguientes días.

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