eat your heart out

lunes, 24 de diciembre de 2012

Una Niña Con Cuernos & Una Muñeca Mecánica


 
El doctor me mira desde el otro lado del escritorio, luego hurga entre sus cajones en búsqueda de algo.
-Tome una de estas para olvidar- me dice, acercándome un prospecto manuscrito. No entiendo lo que dice, pero supongo que el farmacéutico si lo hará. -Una cada vez que quiera olvidar.
Lo miro en silencio y asiento. Él chequea sus mails en el celular.
-Tome una de estas para recordar- vuelve a decir, y hace otra anotación en el papel.- Una para cada memoria. No funciona si no ha prestado atención; para eso, tome una de estas- agrega otro nombre incomprensible a la hoja.- Una para cada vez que haya estado distraído.
Asiento. Él me da la mano y abre la puerta del consultorio, llama al siguiente paciente en una fila interminable. Yo atravieso el pasillo, la recepción, ignoro a la secretaria y me dirijo a la farmacia más cercana. De ser posible, esta será una de las cosas que quisiera olvidar. En la farmacia hay mucha gente, me pregunto cuantos de ellos quieren olvidar, cuantos se estarán preguntando cuantos querrán olvidar. Cuento, treinta y dos personas. Hay una niña esperando delante mio, algo desnudo en su mirada. Ella está esperando. Decido hacer lo mismo y busco una píldora en el bolsillo del saco, la trago con fuerza y cuando abro los ojos, la niña se retira canturreando por lo bajo, con su bolsa repleta de compras. No sé si me gustaría olvidarla realmente. Le entrego la hoja al encargado, un japonés de mediana edad, típico, murmura, o algo así, y me da unos cuantos blísteres, y un frasquito. Seiscientos dieciséis pesos.
Llego al departamento y decido que quiero comer algo. Busco en la heladera, hace días que la lamparita se ha roto, pero no me importa mucho; tres porciones de pizza de la noche anterior. Me siento en la mesa. Una pastilla para tener hambre, dos, para las ganas de beber, tres, si quiero postre. Como en silencio, la tevé apagada, los vecinos, lo más lejos posible, los gatos duermen. Después de la tercer porción, un vaso de gaseosa, y un flan mixto de potecito, una pastilla para cerrar el estomago. Suena el celular, ring, ring, riiing, riiiiiiiiiiiiiing.
-¿Qué te dijo el médico?- me dice Dafne sin saludar, siempre está apurada.
-Que tome una cada vez que quiera olvidar, otra para recordar, y otra si no estaba prestando atención.
-Eso es bueno- me dice- perdón, pero tengo que dejarte, mucho trabajo.
Corta. A veces quisiera que hubiera pastillas para que ella pasara más tiempo a mi lado. Googleo. No hay. Pero hay un sitio donde la gente escribe a las grandes corporaciones pidiendo algún fármaco que cumpla sus más excéntricos delirios. También encuentro una bruja que dice vender pociones para que "ella vuelva". Que estupidez.
Me recuesto en el sofá. Tomo tres pastillas para dormir. Con eso será suficiente. Espero cuatro segundos y dos centésimas, el doctor me dijo que tengo que dejar de matematizar todo. Duermo.
Ahora estoy flotando en un rio boca arriba, el suelo se ve texturizado, el suelo en el cielo, tengo la sensación de que caerá sobre mí. Una niña con cuernos usa mi cuerpo como canoa. No siento mi pene. No sé si tengo pene. Al menos en el sueño, no lo tengo, me gustaría volver al mundo de la vigilia y tomar una pastilla para recordar si tengo pene. La niña canturrea, es una canción de The Cure. Que bizarro, una niña de ensueño cantando Boys Don't Cry. De pronto tengo la sensación de que el rio que se extiende bajo mi cuerpo es el Amazonas, por momentos el Nilo, en uno que otro tramo, son ambos el Tigris y el Éufrates. Llegamos a la orilla, la niña me agradece, y me da un caramelo.
-Es para despertar.- me dice, su voz es más pastosa que cuando canta.- Si quiere cambiar el mundo, puede volver cuando quiera.
Trago el caramelo, carece de sabor, la niña sonríe. Despierto. Tomo una de esas para recordar. Algo se viene a mi cabeza. Eso, tengo que ir al trabajo. Me pongo la camisa planchada por Dafne, la corbata azul, tomo el maletín negro, y bajo las escaleras. La vieja del quinto A baja conmigo, la miro con disgusto, siempre huele a naftalina, y me mira como si supiera algo que yo no, como si viera en mi lo que no entiendo. Es una de las personas que me gustaría olvidar, salgo del edificio y tomo una de esas para olvidar. Ahora hay algo que no recuerdo, pero las verrugas de la vieja del quinto A siguen presentes.
Llego a la empresa y mi jefe de mira con severidad, tres minutos cuarenta y ocho segundos tarde, de haber bajado cada escalón a un milímetro cada seis segundos más rápido, hubiese llegado en el horario exacto. Me siento en la computadora y comienzo a tipiar cosas inútiles. Hago como que trabajo, como que de mi desempeño depende el futuro de la empresa. Me despertenezco, hay una terrible sensación de futilidad en mi actividad, como si justo ahora se me ocurriera irme lejos, nada cambiaría  realmente, sería remplazado por Nowidsky, el cadete de lentes negros de marco grueso que está todo el tiempo acomodándoselos como si de eso dependiera su vida. Otra sensación de extrañeza, por algún motivo dudo, me pregunto porque no hay una pastilla para trabajar, el mundo sería mejor si hubiera una. En un segundo y ¡shazam! Ganas de hacer cosas. Sigo tecleando incoherencias, no vaya sea cosa que otra vez la arpía de recursos humanos me envíe al psicólogo. Y otra vez, tome una de estas para olvidar, una para recordar, y una si no recuerda como recordar. No sé si es la cuarta vez o la quinta que me mandan, tomo una de esas para recordar. Es la quinta, y la de recursos humanos siempre piensa que es la primera. Cuando llega a su casa, debe tomar muchas de esas para olvidar.
Eso hago, llego al departamento y tomo ocho pastillas del olvido, las hago pasar con agua, por las dudas. Siento mi cuerpo desvanecerse, constricciones en mis actividades neuronales, puntos suspensivos bailando en mi cabeza. Me evaporo.

Despierto en la maleza, un robot parece desmantelar un automóvil a metros de mi cuerpo. Usa una llave cruz para quitar las ruedas. Abre el capó y lentamente saca todo el contenido del motor, todos esos artefactos en los que nunca me había fijado. Luego arranca las puertas. El ruido seco lastima mis tímpanos. Progresivamente, el coche se va transformando en un cascarón vacío. Al terminar su actividad, el androide rocía la carcaza abandonada con algún combustible de hedor penetrante. Luego, lo prende fuego. El calor se acerca a mi cuerpo, aun así, la maquina humanoide parece no reconocerme. Simplemente está ahí, junto al incendio, pretendiendo mirar el fruto de su arte.
-No te preocupes por él- me dice una femenina voz, densa y adherente.- es un pequeño producto malformado de la psiquis humana, el inconsciente colectivo, si se quiere. Es difícil de explicar.
La miro, está a mi lado, también acostada sobre el oscuro pasto. Es una niña de unos ocho años, de cabello escarlata y ojos purpúreos. Se incorpora y me tiende la mano, es tan menuda, dudo que llegue al metro veinte, y que pese más de treinta kilogramos. Unas orejas elfinas se extienden en diagonal desde los extremos de su cabeza.
-Son cuernos- me dice, simpática.
Me ayuda a levantarme y caminamos en la dirección contraria al fuego.
-Disculpe- le digo.- ¿esto es un sueño?
-También- responde- aunque dudo que, en su contexto, usted pueda considerarlo un sueño. Digamos, esto es la realidad, más bien, un poco de eso a lo que usted llama realidad, aunque podría diferenciarse porque es un producto directo de la humanidad, más bien, digamos, una deformación de las capacidades psíquicas de los seres humanos.
-No entiendo.- digo, con sinceridad.
-Entonces, podría tomar una de esas pastillas para entender.
-¿Pastillas para entender? ¿Las hay?
-Si las hubiera- me dice- ¿usted cree que todo el mundo las tomaría?
-Yo lo haría- aventuro.
-Entonces- sonríe- tome este dulce.- me extiende la mano y muestra un caramelo raro.
Me lo pongo en la boca y trago. Cierro los ojos. No puedo sentir que algo haya cambiado. Los abro.

El doctor me mira desde el otro lado del escritorio, luego hurga en sus cajones en búsqueda de algo.
-Tome una de estas para olvidar- me dice, mostrándome el papel con la letra jeroglífica.- una para cada vez que quiera olvidar.
-Y luego, una de las rojas para recordar. Y una de las anaranjadas para cada vez que no puedo recordar lo que quiero.- digo, algo inquieto por la repetición.
Me mira en silencio y asiente. Toma una pastilla para tratar de manera gentil a la gente, me estrecha la mano y me invita a retirarme del recinto. Hay una fila interminable de gente, cada vez más, cuarenta y dos, y el doctor me dijo que dejara de contar todo. Miro a la recepcionista, una joven de veintitrés años con la mirada perdida, sedada hasta la ultima neurona para poder tratar bien al público, para no enojarse, para poder responder el teléfono, para el estrés, para la felicidad. La miro con desdén y ella me responde con una sonrisa más plastificada que la etiqueta que dice Érica, anexada a su camisa blanca. Me siento mal. Presiento que tengo que olvidar todo esto, cada una de estas experiencias me hacen sentir que algo anda mal. Busco en mis bolsillos, una de esas para olvidar. Nada. Me precipito a la farmacia. Hay otra fila interminable, veinticinco personas, tengo que dejar de contarlas, una mujer flotando en su paraíso de fármacos está delante mio. Una de esas para que el tiempo pase más rápido. Busco en mis bolsillos, nada. La niña con cuernos me ha robado todos mis medicamentos. No puedo esperar, la fila es interminable, me voy a mi casa. El camino es largo, y en el silencio, puedo sentir los pasos de los transeúntes, todos en la nube. Al llegar al edificio subo las escaleras corriendo, me choco con una vieja de mierda, la atropello y todas sus bolsas de compras se caen, mil comprimidos descienden los escalones hasta el último piso. No me importa, sigo mi retorno a casa ignorando los gritos y las quejas. En el departamento abro todos los cajones buscando algo que me calme, una droga que me haga caer en un limbo comatoso, lejos de todo y de todos. Busco entre la ropa de Dafne, una píldora para olvidar, una píldora para perder el miedo, una píldora para ser otra persona, una píldora para conocer a otras personas. Me siento mal. Creo que hay algo raro con Dafne, no recuerdo cuando fue la última vez que la vi, y, tal vez, lo eliminé para siempre de mi memoria con una de esas que tomé. No quiero que ella desaparezca de mi vida. Googleo en búsqueda de algo que la haga regresar. Pero la conexión anda lenta, nunca me había percatado de la lentitud, dos minutos para abrir una página. Tengo miedo. Encuentro un frasquito con analgésicos y unas tabletas de comprimidos para dormir. Tomo una de cada una. Duermo.
Despierto. Esta oscuro, pero sigue siendo mi casa. No hubo sueño extraño esta vez. Tomo otra. Duermo. Despierto. Hay una nota de Dafne: Llego tarde a casa. Otra. Duermo. Despierto. Estoy en el baño, desnudo, puedo ver mi pene, alicaído y desgraciado. Solo una más. Duermo. Despierto. Una niña con cuernos y una muñeca mecánica me miran desde lejos. El robot que me remite a un maniquí se mueve con lentitud, arrastrando su pierna derecha. La niña se acerca a mi salticando.
-Pensé que querías entender.- me dice con reproche.
-Lo único que entiendo es que necesito las pastillas.- le respondo con sinceridad.
Ella me tiende la mano y me ayuda a levantar. Caminamos a través del bosque, una cabaña puede divisarse entre los arboles. Es extraña, curvas inhumanas en sus paredes, cristales de catedral adornan sus ventanas estrechas. El cielo violáceo se arremolina en torno a la casilla. Un cardumen de peces alados vuela entre las nubes. Grandes cables serpentean por el suelo. Un cigarrillo en remplazo de un arbusto. Seguimos caminando por ese sendero estrecho y las visiones se deforman. Puedo verme caminar y mirar a la cabaña, la niña que va de mi mano, va de mi mano también en la visión, el droide nos sigue a distancia. De pronto todo se torna sepia, y puedo escuchar a la niña silbar. Una gran ballena abre su boca, entramos en ella. Está oscuro y huele a humedad. Con unos golpecitos en sus manos el interior del animal se ilumina y nos encontramos ante una interminable escalera que se dirige a las profundidades.
-¿Querés seguir?- me pregunta, palpando mi miedo. Asiento.
Me suelta la mano para bajar, uno a uno los escalones. Ella tiene unos zapatitos rojos muy pintorescos que hacen un sonido mortuorio a cada paso. De tanto en tanto algo de ruido invade el paisaje y siento mi cuerpo repleto de pixeles, es doloroso, como agujas clavadas al cuerpo, como un dolor de cabeza en una zona ajena al cráneo. Ochenta y dos mil escalones de piedra esculpida hasta que llegamos a una puerta de madera. Toc, toc, toc. Golpea la niña con cuernos. Golpea la niña con cuernos, sus nudillos pequeños como gotas de agua.
-Solo dos habitaciones más y usted será un hombre nuevo.
Alguien abre la puerta, un rostro enmascarado en un espejo. Un espejo que solo refleja sombras arlequinescas.
-Pasen- dice, aunque lo hace en un idioma que no comprendo. Las palabras, ideogramas esotéricos, brotan de su boca y caen al suelo como una cascada. Al agolparse, comienzan a discutir entre ellas.
La habitación es oscura y huele a cueva. Está frío, puedo sentir mis vellos erizarse, mis dientes crujir como hojas pisoteadas en otoño.
-No me veas con esos ojos, mis ojos- le dice la mujercita al hombre reflejo.
-Perdón, su señoría.- dice el sujeto haciendo una reverencia.
Me siento algo incomodo.
-El carbunclo- me explica-, es la mirada propia a los ojos del otro, la recepción de las mentiras no creídas, su rostro solo muestra lo que nadie quiere ver: una mirada a uno mismo desde el punto de vista de un tercero. Le sorprendería, las cosas que uno ve en esa mirada.
El señor carbunclo nos guía a través de la habitación cavernícola. Algunas mesas flotan mientras que las sillas permanecen en su postura original, adheridas al suelo. Un reloj digital gigante en una de las paredes. Está ocho segundos adelantado. Ciertos animales corretean, parecen ratas, pero solo en apariencia, es como si todo estuviera siendo visto a través de un caleidoscopio, al parpadear, todas las bestias cambian su forma. De pronto, una escaleras descendiendo aún más profundo. La sensación de extrañeza se readapta en una de pánico, los espacios se hacen más pequeños a cada paso hacia delante, y se estiran cada vez que retrocedo, como si la respiración, proceso de inhalación y exhalación de ese mundo estuviera coordinada a mí caminar. No la estoy pasando bien, y la habitación se torna interminable, siento una terrible modorra, empero los dolores de cabeza se acrecientan cada vez que cierro mis ojos, amainando después de cada parpadeo. Los colores bailan y la nausea se balancea junto a ellos. Toc, Toc, Toc. La princesita con cuernos golpea una puerta gigantesca que se extiende hasta dónde la vista alcanza, tal vez sea porque la vista no llega muy lejos, pero la puerta se me antoja inmensa, inconmensurable, omnipotente y omnipresente. La puerta se abre, y ese crujir de hojas en otoño demuestra lo añejo de la madera, y todo el tiempo que se sucedió sin que existieran perturbaciones. Ahora la niña con cuernos y la muñeca mecánica me acompañan hacia la última habitación. Huele a orina. Y un gato atigrado me mira desde un pedestal.
-Soy Alpha & Omega, el principio y el fin- dice con su voz felina.- ¿qué necesitan?
Sus palabras salen a la atmosfera y se adhieren al cielo crepuscular. Las nubes no existen, existen las letras y los enunciados.
-El humano quiere entender.- dice la niña, ahora reparo en que no es humana. Me dedica una sonrisa y dice- felicidades, ahora es usted un hombre nuevo- entonces regresa junto al robot y se pierden entre la bruma.
-Entender…- reitera el minino mientras pasa su lengua por entre sus garras. Cuando termina de asearse, se incorpora, estira su cuerpo y se lanza del pedestal. Recorré mis piernas, buscando caricias. Lo tomo en brazos y lo siento ronronear. Lo acuno como a un bebe. Me mira y sonríe. El sonido de sus ronroneos me calma, y olvido el pánico, el estrés, y la serotonina. Vuelve al pedestal, se acurruca y pronuncia:
-Telequinesis, la habilidad humana para perturbar el estado natural de las cosas con el poder de su mente. Inofensivo a simple vista, mover objetos de lugar, doblar cucharas. Pero, llevémoslo a nivel molecular, a nivel atómico. Doblar, fisionar, fusionar, unir átomos en moléculas, moléculas en tejido, tejido en órganos, órganos en organismos. Eso es, la capacidad humana para crear vida con solo el poder de su conciencia, para modificar la vida existente también. La droga, una de las drogas humanas, permite esto, pero también lo reprime. El humano no es capaz de reconocer sus posibilidades, no se reconoce a si mismo como creador, ha olvidado. Sin embargo, aquí estamos, productos de modificaciones a nivel atómico existimos en este submundo. ¿Cómo es esto posible, humano? Es posible porque solo una mínima parte de su existencia se manifiesta de manera consciente, existe un aparato inconsciente que funciona aun cuando ustedes duermen, cuando ustedes han mantenido en coma a todos sus sentidos y sensaciones, aspiraciones y deseos. Somos la creación del inconsciente colectivo, modificaciones de la voluntad involuntaria de la sociedad en su conjunto. Vea a su alrededor humano, este es el patio de la imaginación humana, el inconsciente de la humanidad en su expresión física. Le advierto humano, procure no tocar, ni siquiera el más tierno petalo de rosa, ni la más venenosa estela, ni la más diminuta estrella, ni las pequeñas manos de la lluvia. Si osa perturbar el jardín del inconsciente, no garantizo la seguridad del otro mundo, su mundo, el mundo que existe a doscientos kilómetros de aquí.
Ahora que ha entendido, responderé a una última pregunta.
-¿Cómo hacer para que el amor perdure?- digo sin decir, pienso, pero el gato lee mis pensamientos, como todos los gatos pueden hacerlo.
-Ah, Dafne, Dafne.- murmura para sí.- la vida, el universo, y todo lo demás está a su disposición, y aun así, usted ha formulado la gran pregunta. ¿Cómo hacer para que el amor perdure? En este caso, la respuesta no es 42, no. No, aunque podría serlo, aunque tal vez lo sea. No le puedo decir, no puedo decirlo, es juramento felino, no dar más conocimiento al humano del que puede aprehender. Le llamamos conocimiento balanceado, y alimentamos a los hombres con él. Puedo, si usted quiere mostrarle la parte del mundo que corresponde a Dafne, esa parte que no tiene permitido transmutar, para nada. No existe una pastilla para que el amor perdure, aunque…
El gato ríe, como de un chiste que se le acaba de ocurrir, un chiste que solo él comprende. Nos teletransportamos a un pequeño asteroide en el que solo brota una flor diminuta.
-¿Esta es Dafne?
-Solo puedo responder a una pregunta, y ya lo hice.- maúlla y luego se esfuma. Tomo la pequeña flor en mis manos y parto de regreso a mi ciudad.
 Despierto sin necesidad de una pastilla para despertar. Una flor subyace aprisionada en mis manos, sus petalos son rojos como el agua en el fin del mundo. Su pequeñez inspira ternura. Me recuesto en el diván, las pastillas yacen en la lejanía de un recuerdo, o de un olvido. Llegan los dolores de cabeza. Los brotes absurdos de mi existencia, de la existencia humana comienzan a florecer, a adquirir una forma determinada, de aristas y contornos repletos de desazón. Mi mundo se transforma en algo estúpido e innecesario, hay sentimientos nuevos, los detesto, los anhelo. Miro el reloj, veo la aguja de los minutos transportarse desde el número cuatro hasta el número seis, ya son las tres y media. Esa mujer tarda treinta y dos minutos y cuarenta segundos, dependiendo de la combinación de semáforos con las que se encuentre, en llegar a casa. Sostengo a la flor, las flores, tantas flores, tan inservibles, ahora servirán, o no, incertidumbre. Dafne abre la puerta, las llaves chocan contra la madera antes de encajar en la cerradura y, al verla llegar, dispongo del retoño como ornamento para su cabello. Tararea una canción de The Cure; ella sonríe como la mujer de mis sueños.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Phobos & Deimos.


Por algún motivo se me vino a la cabeza aquella vez que Luna y yo nos quedamos hablando toda una noche acerca del cielo. Había una sensación térmica de 36 grados Celsius, lo que se podía llamar una ola de calor en Buenos Aires. Como era predecible, el abuso de aparatos de aire acondicionado y ventiladores, llevó a una sobrecarga energética, la más grande en décadas, decían. Hubo un apagón en un barrio, luego en otro, luego en otro; la gente estaba escandalizada. En la casa de Luna, la luz se había cortado hacía ya tres días, por eso ella se estaba quedando con nuestra familia, para poder disfrutar de la iluminación, la televisión, el agua caliente, los videojuegos, el aire acondicionado y todas las bondades de la civilización energética. No sabía por qué, pero me agradaba mucho la idea de que Luna se quedara con nosotros, ella era una de las pocas personas con quien podía tener una conversación, una incoherente charla acerca de metafísica y tales tópicos irrelevantes, pero una charla en fin. Ella hablaba y se le marcaban los pocitos en los cachetes, yo la observaba y deseaba que el corte de luz en su casa durase por siempre. Pero la oscuridad por fin llegó a nuestro vecindario, pude oír los lamentos de los vecinos, los insultos, los gritos. Del otro lado de la San Martín tienen luz, decían las voces, dicen que vamos a estar así por una semana, repetían, y el número de días se acrecentaba junto al pánico generalizado, pánico que, a las pocas horas, se había reducido a unos cuantos murmullos.
Mientras tomaba una ducha, pensaba que podría ser la ultima en días, pensaba que no tendría internet, pensaba que haría mucho calor, pensaba que, tal vez, Luna volvería a su casa. Esa noche tuvimos una cena a la luz de las velas, mi madre habló mucho acerca de la responsabilidad de Cristina Fernández, acerca del 2001, acerca de cómo éramos un país que no estaba preparado para emergencias, acerca de las víctimas de la última tormenta. Yo esperaba el helado de postre, y solo Luna estaba interesada en mantener una conversación de política. Luna era militante de algún partido de izquierda, mientas que las ideas de mi madre eran conservadoras y racistas; entonces los debates se volvían apasionados, pero muy poco productivos. Tu novia es una troska, me decía mi vieja, a lo que solía responder que no era mi novia. A pesar de que, en realidad, estaba enamorado de ella. Sin embargo, yo no era más que un pequeño inadaptado que pasaba sus noches de sábado escuchando a Jaime Sin Tierra, o leyendo a Dostoievski a la luz de una lamparita incandescente. Por otro lado, nunca fui muy agraciado, y padecía de una terrible timidez. Así que, si, no era un gran partido, no había forma de que ella pudiese quererme, pero, mientras no declarase mi amor, existía la ilusión de una posibilidad de aceptación, que convivía en incertidumbre con la definitiva posibilidad de rechazo.
Desperté sofocado a mitad de la madrugada, el sudor empapaba mi cuerpo, apenas podía respirar. Me vestí como pude, las prendas parecían adherirse a mi cuerpo, trayendo un peso inexplicable consigo, y caminé hacia la cocina. Tanteé entre botellas en búsqueda de algo de agua y mi mano se topó con otra mano. Ambos iluminamos el entorno con nuestros celulares. La cara de Luna imbuida en las sombras daba un aspecto lóbrego a sus facciones.
-¿No podías dormir?- dijo, su voz era algo reseca, ella, definitivamente, también buscaba agua.
-Tengo calor- respondí, tratando de sonar lo menos quejumbroso posible.
Sonrió una mueca sombría y movió la pantalla de su celular hacia el interior de la heladera, pude ver mi mano sosteniendo la suya y la aparté inmediatamente, ella tomó una botella y sirvió dos vasos de vidrio.
-Yo también tengo calor, no creo que pueda dormir.- murmuró, alcanzándome un vaso, y bebió. El agua no estaba fría, pero era mejor que nada. - ¡Cómo necesitaba eso!- exclamó.- ¿te molestaría hablar conmigo un rato hasta que me den ganas de dormir otra vez?
-Me parece una buena idea.- repliqué.
-¿Vamos a las hamacas?
Nuestra casa tenía un modesto patio trasero con jazmines, nomeolvides, rosas, un gnomo terrorífico, un arbusto cuyo nombre no reconocía, y un columpio. Luna pasaba ahí la mayoría del tiempo que duraban sus visitas. Amaba el aroma de los jazmines y mecerse lentamente mientras hablaba y reflexionaba acerca de temas que jamás comprendería. Una vez dijo que, para ella, el paraíso incluía hamacas, colibríes y el olor de las flores acariciadas por el viento; ahora ninguno de los dos creía en dios ni en el paraíso, y la frase había sido sustituida por una declaración eufórica de amor hacia ese pequeño espacio en el universo.
-¡Cómo me encantan las hamacas!- decía ella y yo la miraba sonreír, sin entender por qué su sonrisa era más linda que todas las demás.
Una brisa, suave, gentil, corría a través del patio, la luz de la luna era tenue y las estrellas brillaban esplendidas en el cielo. Luna vestía un short y una remera rota, su pelo era un arremolinado vórtice de entropía. Discretamente observaba sus piernas tersas, su piel se me antojaba suave y cálida.
-¿En qué pensás?- preguntó.
-Nada- apresuré a contestar.
Guardamos un silencio imperfecto cortado por el ladrido de un perro en la lejanía, y el constante suspiro del movimiento de las hamacas.
-Cuarto menguante.- murmuró de repente señalando al cielo con su mano izquierda.- Creo que es cuarto menguante. Nunca supe muy bien las fases de la Luna.
-Es cuarto menguante, la medialuna- expliqué-;así-dibujé un torpe semicírculo en el aire- es cuarto creciente; Es Luna Llena cuando se puede ver la superficie, con sus cráteres y los rostros que queramos imaginar.
-¿Luna Nueva es cuando vemos oscuridad?
-Si, también hay cortes de luz en el espacio.- dije y ella rio.
-¿Son esas nada más?
-No, son varias, pero algunas no puedo explicarte cómo son.
-Bueno, tampoco es que haya entendido lo que es un cuarto creciente- admitió. -Qué lindas estrellas, ¿conocés las constelaciones?
-Orión es aquella, que incluye no solo al cinturón de Orión, sino también a otras estrellas. Aquella es la Osa Mayor, aquella otra es Hidra.
-¿Todas esas?- Preguntó
-Si, la hidra era una especie de serpiente en la mitología griega.
-Una serpiente de tres cabezas- corrigió- a esas estrellitas le faltan dos cabezas.
-¿Querés hacerlo vos?
-Mirá- señaló a un punto determinado. - Esa cosita brillante es Marte. Esa de allá es Venus, creo. Marte y Venus son los objetos más brillantes del cielo nocturno. Cada quince años, Marte se acerca a la Tierra más de lo normal, y se puede visualizar mejor. Que triste debe ser, tener que esperar quince años para abandonar la soledad, para abandonarla solo por una cercanía efímera.
-Marte tiene dos satélites, dos lunas- agregué.- nunca está solo.
-¿Dos Lunas?
-Phobos y Deimos. Son como dos asteroides.
-¡Ah! ¡Si, los conozco!- exclamó.
-Sabés mucho de astronomía.- la admiré.
-No- dudó un instante-, mi novio sabe. Escribió una historia acerca de Phobos y Deimos.- Me lanzó una mirada dubitativa que perforó la oscuridad de la noche. Luego continuó- En el cuento, son parte del cinturón de asteroides, pero quieren conocer a la Luna, así que se desprenden del resto y empiezan a viajar a través del espacio. Durante el transcurso del viaje empiezan a dudar de la posibilidad de cumplir ese sueño.
-¿Y cómo termina?- dije, forzando interés.
-No sé, no me acuerdo cómo termina. Es raro, porque si algo recuerdo son los finales de las historias. ¿No recordamos siempre los finales de manera más nítida? Pero, lo que me parece estúpido del relato es que duden acerca del viaje durante el viaje. Siempre tengo mis dudas y mis miedos antes de lanzarme a hacer algo, pero, mientras estoy haciendo algo, prefiero no pensar en eso. ¿de qué sirve dudar cuando ya estás a la mitad? Si no se puede volver atrás, ¿para qué preocuparse? ¿Qué pensás?
-No sé.
-Siempre tan difícil vos…
-Phobos y Deimos- balbucee-, es probable que hayan sido parte de una misma luna que se partió en dos.
-¿Como un corazón roto?
-Como el huevo de un ángel.  
-¿Los ángeles nacen de huevos?
-Supongo, tienen alas y plumas, son aves, ¿no?
Ella rio una vez más. Su carcajada estridente, su carcajada estridente que nunca sería solo mía. Y esa sensación de vacío interior a través del cual estaba cayendo lentamente; y pensar que, si no fuera por el mecanismo de represión, hubiese llorado una y otra vez durante las noches subsiguientes. Y entonces quería estar solo, lejos de todos, para poder recostarme y mirar puntos fijos, manchas en la pared, fantasmas mohosos creciendo, reptando lentamente; y las sombras a través de las rendijas de la persiana, y Phobos y Deimos separándose como un corazón roto.
-¿Todavía crees en dios?- preguntó de repente.
-Nunca me importó realmente dios, creía para hacerte el aguante.
-¿De verdad? ¿De verdad te comiste todas esas misas por mi?- preguntó sorprendida.
-No- dije y permanecí en silencio un instante, escogiendo cuidadosamente las palabras- pero siempre me gustó escucharte hablar.
-Dejé de creer por vos.- murmuró, había dejado de hamacarse y me miraba serenamente.- cuando dejaste de ir, empecé a notar que todo era muy estúpido, como en el cuento ese. ¿Por qué alguien crearía un mundo imperfecto y luego culparía a los seres humanos por sus errores? Si, después de todo, el error original fue su culpa. Que un ser perfecto cree un mundo en el que las cosas salen mal, eso es cinismo.
-¿Ahora crees en Marx?
-Eso es distinto.
-Buena suerte pensando que la función del lenguaje es utilitaria.
-¿Qué?- inquirió, dispuesta a responder con alguna cita del Capital.
-Nada, nada.
Otra vez nos quedamos en silencio, un sonido difuso crecía en la distancia hasta convertirse en sirenas. Sirenas de bomberos. Nos miramos y acordamos con un gesto subir la terraza para tener una mejor visión.  En el este, un diminuto halito de humo serpenteaba en dirección al cielo, algo así como la constelación de la Hidra, pero hecha de objetos calcinados. No era tan lejos de casa, sin embargo, el olor a quemado no nos llegaba a atormentar, tal vez porque el viento iba en dirección contraria. Las sirenas comenzaban a hacerse más claras, de la misma manera que el humo comenzaba a espesar. Los vecinos salían lentamente, como zombies temblorosos, a ver qué pasaba. Alguien corría, y gritaba pidiendo auxilio. La cortina de humo era ahora una escalera caracol que conectaba el abismo con la tierra. Alguien perdería su casa, sus objetos preciados, todo lo que había trabajado durante su vida, todo, en una sola noche. Las sirenas estaban muy cerca de mis oídos.
-Cerrá los ojos.- dijo su voz en mi oreja izquierda, e hice caso a sus palabras. Luego, sentí sus labios chocar contra los míos, su lengua buscando un hueco, y mi boca abriéndose, dejándola entrar, sepultando aquel vacío que crecía con una extraña sensación de insignificancia, de irrelevancia respecto a la totalidad de la vida. Porque, entonces, no me importó el mundo imperfecto, ni el cinismo, ni la banalización marxista del lenguaje, ni la marcha de las llamas en el patio vecino.- ¿No te parece?- suspiró a mi lado- ¿No es mágico el mundo?

¿No es mágico el mundo? Pregunto, y siento mi cuerpo arrastrado por el suelo. La sirena está dentro mio.
-No abras la boca- dice la voz.- Cerrá los ojos.
Me dejó llevar por aquella voz. El calor de la noche atrae una sensación sofocante, cenizas, humo, temor ante la destrucción del fuego. No puedo respirar. Siento mi interior arder, mi exterior desintegrarse lentamente, suavemente explotar los átomos. En el cielo Phobos y Deimos siguen circundando Marte, odiándose entre sí por no haber podido conocer a la Luna. Ambos, piezas de un corazón roto que buscan re ensamblarse en una danza orbital anómala. La gravedad mueve mi cuerpo a la deriva, alrededor del Sol y las temperaturas titánicas calcinan mi cuerpo. Entonces un frío viento golpea mi rostro. ¿Las gélidas aguas del Cocito? Luego, los gritos. No es dolor, conozco los gritos de dolor, conozco el dolor. ¿Son gritos de júbilo? ¿No es mágico el mundo? Pregunta Luna en la lejanía de un recuerdo. Los bomberos rescatan mi cuerpo agonizante del incendio.

jueves, 25 de octubre de 2012

La Jirafa


En etapas iniciales creímos que se trataba de una jirafa, la forma difusa que se percibía  a través de la lluvia en el televisor fingía un animal de zoológico. Laberintos de percepción, quizás la expresión de la histeria colectiva que nos apabullaba fue transformando la imagen hasta embelesarnos con ilusiones lovecraftianas. Era una jirafa, insistía en denegar las desfiguraciones que el aparato de rayos catódicos profería con inocencia ¡Inocencia digo! Cómo si acaso alguna vez aquellos instrumentos de dominación masiva hubiesen sido cándidas herramientas de entretenimiento. ¡Una jirafa! Y aquel cuerno inapelable constituía un error de juicio, y aquellas escamas doradas casi tangibles, y aquella cascada de cabello de ébano, y aquellas estrellas en el cielo nocturno; no, no existía animalito capaz de suscitar semejante deseo, irrefrenable ansia de escapar de la habitación iluminada por la lamparita incandescente y la calidez del televisor. Pero no, pero cómo, cómo dejar el recinto si los ojos inquisidores de la pantalla nos aprisionaban, nos amordazaban, nos seducían y queríamos llegar al final del sueño, hasta el mismísimo final de la proyección de aquel filme que, a esas alturas concebíamos como la revelación de los más recónditos secretos de la cosmogonía. Y luego nuestras vidas, el otoño, los gatos, la piel inexplorada del terreno que componía a Gastón, y a Marcos; las runas releídas, remarcadas en el cuerpo de Midori y luego, un sábado al anochecer, salir a recorrer las calles circulares, las plataformas invisibles en cuyo contorno se desarrollaba nuestra existencia, la entera magnitud de nuestras vidas reducidas a los mismos tres acordes, las calles, las esquinas, los sueños de victoria sepultado junto a los amigos muertos en un cementerio de libros desconocidos, nuestro imperio incinerado a cenizas patéticas ante la colosal muestra de pedantería del palacio de Gilgamesh; y el televisor, siempre el televisor tergiversando las noticias de recuerdos pasados, recortando las memorias, monopolizando nuestra cosmovisión hasta el punto de ser nosotros, nosotros mismos el televisor, su verdad, su sesgada muestra de realidad. Y vivir, creer vivir a través de aquellas señales, y el ruido blanco, y aquí comienza la transmisión, y el informativo, y el informativo otra vez, y los dibujitos animados satirizando nuestros miedos, los miedos ajenos, los miedos apropiados y amamantados con el seno de una  jirafa, nuestra mirada ciega subiendo el volumen, moviendo la antena, sintonizándonos una y otra vez hasta quedar con el contraste perfecto. Y una persona tocando el timbre a través del monitor. Y la tevé tenía razón, hay alguien en la puerta, alguien que entra y percibe a una ameba, dócil y marchita, en la cama, y el sudor de los rostros, el calor y los mosquitos, y los subterfugios de Esteban connotando una partida, y un miércoles en el que todo vuelve a comenzar.

Decoración de interiores.



El café se enfrió, la casa quedó vacía de conocimientos inoportunos: verte desnudo bajar las escaleras, caer tumbado ante la cama en el sótano y preguntar por una nueva llave con la que sellar tus ojos. Tu mirada alejada de la mía y nunca más salir descontextualizado en fotografías de amigos. Soledad invadiendo espacios repletos de papel y el dolor punzante de las memorias viejas. Mirar tu foto y saber que volvería con vos una y otra vez. Siempre volviendo con vos. Odiarte y volver con vos, volver a sentir tu mente penetrarme lentamente, contaminar mi pureza con tus enfermedades de transmisión mental. Neurosis, telequinesis, ensalada conceptual. ¡Y la puta gravedad! ¡La puta gravedad! Cuerpos cayendo en el vacío, siempre volviendo con vos.

martes, 16 de octubre de 2012

No mires hacia abajo.




A Andrea.


Y vuelvo a recorrer
Los huecos
Que dejaste al pasar por mi vida
Y los pasillos me miran
Me culpan
Por no haber podido aprender
A sacarte el miedo.
-Sebastián Kramer.

El tren aguarda en el andén, inmutable a las melancólicas despedidas, impermeable a las gigantescas lágrimas que inundan la estación. Jennifer aguarda sentada, de sus auriculares brota música acústica, en sus manos yace un libro de cuentos recién comprado, adquirido especialmente para esta ocasión.
El tren comienza su marcha: Arpas, arpones, aros de cebolla, un ómnibus a mitad de la mañana, el olor de las rosas muertas entre las páginas de un libro absurdo, las rosas muertas desde su nacimiento, la muerte, las rosas para la novia muerta descansando en el interior de la maleta. Si solo, si tan solo ella hubiera muerto, ¿quién le enviaría flores a ese cadáver? Cruel destino el de las flores: romance y muerte. Un hombre se sienta a su lado. Jennifer interrumpe sus ideas y lo contempla. Alguien esboza un tímido hola, aquello sucede en otro planeta. Un túnel. No hay túneles en Buenos Aires. Él no quiere hablar, ella tampoco. Mi nombre es Jennifer dice, mi nombre es Irrelevante, dice el hombre. No quiero hablar. Yo tampoco. Ambos miran a través de la ventana y la oscuridad de la noche fría de Buenos Aires. No hay nada más que ver, los edificios se extinguieron, los automóviles esperan a que la barrera suba, insultan al tren, insultan a los pasajeros. El frío viento se filtra a través del vidrio, junto al ruido y otros residuos inútiles de vidas que, quizá, merezcan menos seguir su rumbo que aquellas que acaban en pozos y ataúdes; siempre ataúdes, cuerpos de madera envolviendo la carne y la sangre, y las uñas que siguen creciendo después de muerto. ¿Quién le cortará las uñas a Naomi? ¡Pobrecita! Tan fea debió haber quedado después de que el automóvil ocupara el espacio que le solía pertenecer, y la mortaja horrible, y las uñas que van a seguir creciendo. ¡Pobrecita Jennifer también! Su mente se mueve de manera irresoluta como un reflejo en aguas turbulentas. Armas de fuego y otros temores que cuidadosamente había envuelto en papel de fantasía se desglosan en su arrepentida conciencia. Vaivén: arremete la culpa sobre su rostro, y las palabras la seducen, calman su odio y ella no tiene la culpa de nada. Memoria, olvido. Suicidio, accidente. Columpios que desgarran el aire con chirridos de óxido, la plaza que se ha incendiado vuelve, una y otra vez a su mente. Los ojos del hombre depositándose en los suyos, un calor inocuo brotando de su pecho, mejillas rosadas. Escape de gas en su memoria. Nauseabundo trasplante de remordimientos. Caleidoscopio de gelatina. Escape de Jennifer de su memoria. Hábleme, por favor, lo que sea que diga me hará olvidar. Olvido: cura para una muerte premeditada. ¿Para qué olvidar? Dice él. Para alejar de mí este dolor punzante, dice ella. Aun no, dice él. Aun no, repite. Colectivo de voces reptando en dirección al cosmos incorpóreo en su mente. Haga que pare, por favor. Aún no, reitera el hombre cínico que su atuendo de lata delata, relámase en el dolor.
Flashback. El retorno del rey a su castillo, la muerte del héroe y el triunfo de la paz. El fin de los tiempos remotos. Naomi: ciego e innombrable monstruo piloteando el asteroide en dirección a la Tierra. Desfile de árboles ante un terremoto. Genocidio de flores en otoño. Las hojas muertas crujen con pereza. Aviones, no mires hacia abajo: estás flotando. Hábleme por favor, diga algo. No mires hacia abajo, dice él. Tormenta de arena, otra vuelta de rostro. Traición. Hábleme, por favor. Habla el hombre, su voz es distante:  Formas fálicas a las que los humanos se aferran. Nos hemos obsesionado con nuestros penes como si de eso dependiera todo.
Es tarde, las voces se interponen y su mente está más cerca que sus oídos.
Volar es fácil. Buscate unas alas en el armario y volemos un rato. Alas prístinas tomadas de la morgue de los no nacidos, perfectas para aprender a caer. ¿Querés aprender a volar? ¿Querés verme intentarlo? Tomá mi mano, no mires hacia abajo. Las estrellas no existen, confeccionemos algunas. Quiero que la mía sea verde. Arquea tus brazos y saltá. Cuando te hagas añicos, yo te voy a ayudar. ¿Qué vas a hacer cuando me destruya en pedacitos? ¿Me vas a ayudar, Jennifer? ¿Me vas a salvar? ¿Si mis alas se rompen, vas a aprender costura para arreglarlas? Otro cigarrillo, Jennifer, así te vas a morir. Cómo si eso fuera a hacer una diferencia. Un ejército de arietes, vaya cosa más rara. Más raro es un ejército de grietas. El muro cayó hace mucho. El muro nunca cayó; solo se volvió abstracto, tácito e intocable, inmortal. Necesito de las cuerdas para que vos cometas los errores, una marioneta no se equivoca. Remontemos un cometa, y no me refiero a un barrilete. Te amo, Naomi. Te amo, Jennifer.
Último día en el accidente, la vida correcta se asemeja a un espejismo: cercano y ficticio. Es muy difícil, mejor abrigarse con los escombros. Mejor quedarse, ¿para qué?, ¿de qué sirve salir al sol a secar nuestro cabello con la calidez de los rayos ultravioleta? Sólo sería más doloroso, mover las piernas que ya están muertas, reconstruir la torre de Babel, ¿para qué?, otro castigo divino y ya van como cuatro. Ella no es la humanidad, no tiene que sufrir por el mundo, mejor quedarse en el molde, en el sitio del colapso. No más morir durante tres días en pos de la humanidad. Amor, una patética excusa para no dejar ir.- el hombre vuelve a hacerse oír, prosigue con su monologo irrelevante.
Cuenta el amor que ella se olvidó de ella. Desinfección: era un cáncer que merecía ser erradicado, aunque doliese, solo le dolería a una parte; ambas hubieran compartido el dolor de no ser extirpado aquel tumor: ella. Soy un tumor, piensa, un quiste maligno que brota de la inocencia. Soy un objeto sexual, soy un mueble. Galería de cuerpos que pasan a través de sus manos. La versatilidad de Naomi es otro quiste, cáncer mental que no puede ser esquivado. La muerte se la ha llevado, pero vuelve, hamacas, otra vez columpios imaginarios en la conciencia joven de la novia viva. Existe algo, un dialogo perdido en las catacumbas del inconsciente. La novia muerta, expectante, ¿qué palabras espera ella de Jennifer?, ¿cómo saberlo?, ¿cómo saberlo? Puedo soñarte siempre, hoy no.  Dejame sola, por un suspiro, o dos. No he hablado de partido político alguno. Prefiero creer que el ser humano puede confeccionar ideas que no se encuentren repletas de saliva.- Dice el hombre, o no.
Tifón, circulando a través del sistema nervioso. Catástrofe mental. Violación imaginaria. Dejame en paz, Naomi, dejame en paz. Té de jazmín para aromatizar el estomago deprimido. El vidrio transparenta una oscuridad efímera. Cuando el sol sale, nuevas desilusiones asoman. Las flores de un patio estrellado, viejos nomeolvides que su nombre el viento reitera. Pelotudo viento. Viento de mierda. Contaminación mnemónica en la morgue vagón. Música acústica que hace cuatro horas se quedó sin baterías. No hay salida y las agujas del tiempo apuñalando, perforando la armadura de represiones. No me entristece, no me alegra, soy un Golem.- Cállese, señor.
Alquimia, combinación imperfecta de elementos conformando moléculas. Formas imposibles manufacturadas en laboratorios. Alguien ha embotellado las memorias, el frasco se le ha caído. ¿Amor? Nada de esto es real. Todos los días escucho los llantos apagados de la gente de Hiroshima y Nagasaki, no me vengas con que todo tiempo pasado fue mejor. A lo sumo, podemos decir que todo tiempo pasado fue una mierda.- Tiene razón, todo tiempo es una mierda.
Ella finge sueños. Naomi pide perdón: por las sombras del patio vecino con la que solía asustarte, por las normas de convivencia imposible que propuse cuando nos mudamos al departamento, por la ceguera, por las enfermedades adolescentes con las que te aquejaba, por el agua maldita que brotaba de mis pechos, por tropezar con vos, por hacerte tan mal al dejarte conocerme, por las sorpresas, por el absurdo, por las incoherencias, por el árbol en mi estómago, por el polen que brotaba de las flores en mi vagina, por la promesa eterna de recuerdos que nunca llegaron, por romperte la Réflex, por la incertidumbre a la que te expuse al llevarte a vivir conmigo, por no dejarte ir cuando la inundación alcanzó el balcón, por manchar con la tinta de mi hemorragia bisexual el cuadro perfecto de nuestro jardín en crepúsculo. En los últimos años, hemos encontrado setenta y seis patas al gato.- responde el hombre a esa pregunta que nadie realizó- Son hermosas quimeras, la realidad inexistente, las respuestas estúpidas al quilombo de la vida. ¿Y qué si mi vida no tiene sentido? ¿Y qué si la vida no tiene sentido? ¿Y si no existo? No me voy a deprimir por eso. La incertidumbre es una constante, y Schrödinger se olvidó de abrir la caja, así que nunca sabremos si el minino ha muerto.
Jennifer mira la hora, el tiempo ha dejado de existir. De las catorce dimensiones que componen el universo, la cuarta ha entrado en hiato. Las palabras y los días se arremolinan en absoluta entropía. Cierra sus ojos con fuerza, pero este no es uno de esos sueños de los que se pueda despertar ¿O sí? Tal vez ella no quiera despertar. El pasado vuelve con una motosierra deseando descuartizarla para que su sangre empape el mundo. El recuerdo palpable en sus ojeras con el que debe convivir. Otra taza de té. Su amada ha muerto y ella llora el desencuentro y las palabras no dichas. Su amada la mira desde el caleidoscopio de flan mixto. A partir de ahora deberá convivir con el recuerdo y el cementerio tan lejano a casa. Las sombras bailan en lisérgicas texturas, la lluvia finalmente cobra forma, fantasma corpóreo que admite la vida. Ya no es mágico el mundo, la bruja ha muerto. Hemos olvidado nuestra esencia, tal vez nunca existió- murmura el hombre, invisible a los ojos.- Puedo nombrar en latín a más de seiscientas especies de vegetales, pero dudo mucho que a ellos les interese lo que piense. De la misma forma, ella es incapaz de escucharte ahora, deberías aprovechar para decirle que la amas, que no la vas a olvidar, que la extrañás, y todas esas mentiras que hoy son verdad. ¿Por qué lo vas a negar, a dejarlo crecer, echar raíces en tu estomago repleto que quistes, cuando podés dejarlo salir en forma de átomos a la atmosfera? Nadie te va a juzgar, porque nadie va a escuchar al árbol en el bosque caer. Hacelo rápido, cuando pasemos por el próximo túnel, no quiero ver como te sonrojás.
No hay túneles en Buenos Aires.
Nunca cerraste la puerta, eso te mata, te carcome las aristas, buscando el núcleo para perturbarte aun más. Y no querés despertar porque sabés que las luces van a estar apagadas y no me vas a ver. Cerrá la puerta, Jennifer.  No más vestirse con su blusa blanca y masturbarse pensando en ella. Olor a jazmín de su ropa interior. Dejar atrás, incinerar la barca de Caronte, para nunca, jamás volver a cruzar lago. Miles de fotografías sin revelar dormitan en el fondo de la cámara mental, aguardando su oportunidad de ser suvenires de errores pretéritos. Volver al ático de casa y sacar del baúl mágico todo lo que queda. Después de todo, ¿de qué sirve retener mementos que solo remiten a patios baldíos, a hospitales abandonados, a espacios vacíos y rostros empantanados que ya no importan? Mil andenes abiertos para que estacione el tren que nadie espera. Trasbordo eterno en dirección a la soledad. Ya viene, ¿No lo ves? ¿Podes sentir la locomotora partiendo en dirección al fin del mundo? Nadie me va a quitar lo que me diste: soledad, angustia insoslayable, nadie con quien hablar, nadie a quien querer, y todas esas cosas que no podés saber, que ahora te digo porque no sos más que una proyección de mi mente, y no hablo con vos, hablo conmigo misma, y no puedo decirte lo mucho que te amo porque sos un cadáver podrido fundiéndose con la madera de un ataúd, y la tierra y los gusanos, y cientos de muertos a metros tuyo, y el olor de las flores, los nomeolvides, los jazmines, las flores de cerezo; y tus uñas que van a seguir creciendo. No me dejaste nada, te llevaste hasta la risa. Ahora te vas para siempre, para volver de forma incorpórea en las películas que mirábamos juntas.
Adiós, Jennifer. Todavía no, Naomi, un ratito más. Ya no hay nada más que quieras decir, tenés que despertar. Aún no. Su voz se hunde en el mar de pensamiento. Océano, aguas cristalinas como las que expulsan las pantallas a mitad de la película, como impolutas páginas de un libro deshabitado. Un libro ya no es un hogar, ella piensa. El tren ha llegado a Mar del Plata.