eat your heart out

miércoles, 15 de febrero de 2012

Galimatías.


Eramos niños, y nuestra madre solía contarnos historias antiguas, de tierras lejanas de nombres bizarros. Tantos gallardos héroes habían batallado y muerto en tantas cruzadas con la intención de salvar a tantas princesas, blondas en su cabello y puras en su riqueza. Tanto amor heterosexual reflotaba en el entorno, tanto sexo, tantas sutiles cargas ideológicas preparadas para dogmatizarnos desde pequeños. Pronto caí en la cuenta de que algo desencajaba en el rompecabezas literario que nuestra madre tomaba de la mesita de luz todas las mañanas.
Realmente jamás comprendí por qué alguien querría salvar a una mujer encerrada en un castillo custodiado por un dragón. Me resultaba, y resulta, imposible entender que alguien pudiera sentir atracción tal por una mujer. Sucedía, sin embargo el hecho de que mi madre contaba las anécdotas con una mascara de convicción poco probable, de manera que sonaban a galimatías. Ella no conocía dragones, ni príncipes ni princesas; a ella no le gustaban las mujeres.
Tildé instantáneamente a mi madre de mentirosa y escapé de casa sin mirar atrás.

A la edad de 23 años comprendí la diferencia entre un cuento y una mentira, no tardé en olvidarla.

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