eat your heart out

martes, 18 de septiembre de 2012

Tegami.


Dicen que siguen recolectando suvenires del desastre en el que incurrimos. Dicen, e insisten, nunca vamos a dejar de ser lo que hicimos. Todas sus palabras son pequeñas ramas para un monumental fuego, pero debemos pretender que no nos afectan. Vení, vamos a ver como queman nuevas brujas en la hoguera. ¿No te reconocés en esos rostros calcinados?
Después de un rato de sentir las turbinas del avión descuartizando nuestras esperanzas, creo que debimos haber pensado mejor en lo que hacíamos.  Ahora resulta que todos son expertos en mecánica aérea, y saben cuál fue la cagada que nos mandamos. Nuestros padres se han convertido en abuelos, argumentando que todo tiempo pasado fue mejor, cuando deberían habernos guiado.
Tal vez también nosotros somos abuelos, porque siento nauseabunda nostalgia al contemplar el desarmadero de autos que solía ser la plaza donde nos besamos por primera vez. Quiero volver a recorrer las calles con vos, con nuestras manos entrelazadas. Pero ese mundo ya no existe, porque se han edificado cementerios en cada uno de los lugares que solíamos visitar. Y ellos dicen que fuimos infieles a nuestros gustos, que abandonamos las hamacas y éstas murieron de depresión; que la fuente en el centro de la plaza ya no tenía agua, sino monedas con deseos que se hundían en la nada; dicen que debimos haber escuchado música romántica, que fallamos porque Placebo musicalizaba nuestro entorno. Y hoy vuelvo a escuchar Special K para tapar los susurros en el auto, pero los aviones no van a dejar de circundar el cielo por un accidente, y los trenes no van a dejar de cortar mundos a la mitad durante un minuto al día.
La angustia termina inoculando el entorno, es un cáncer que se reproduce, que se adapta a los medios, que monopoliza las sensaciones.  Pero no podemos dar entrevistas, porque nadie entiende, nadie sabe, y nadie nos quiere escuchar. Y nosotros dijimos que queríamos estar solos, y todo el mundo nos hizo caso. Por eso estamos ahora acá, donde no sé, donde no entiendo, donde no quiero escuchar. Dicen que alguien dijo que esto es la eternidad, pero la angustia también vino para acá, entonces no estamos solos. Ella dijo que le encantaría quedarse y leer nuestras cartas, y le encantaría grabar su voz por encima de nuestras canciones, y hacernos vomitar nuestras comidas, y mostrarnos gordos en el espejo, y permitirnos anotar en chillicientos cursos así no tenemos que pensar demasiado; pero tenía otra gente con la que tratar, y solo nos pasaría a visitar. Otra vez solos. Ahora, de repente, nos quedamos solos. Vos del otro lado del mundo, y yo aún más lejos de mi. Acá, donde nadie sabe, con una ambivalencia que va más allá de la sexualidad abrazándonos, espantándonos, ahogándonos aleatoriamente; y ahora creo que la angustia absoluta tenía los pechos más lindos.
El sabor de  tu voz me  dejó una sensación edulcorada en la garganta. Un sabor que se amarga con cada parcial, con cada salida, con cada visita a la biblioteca, con cada ensayo, con cada mierdita que hacemos para no pensar en nosotros mismos. ¿No lo sentís vos también? Ese sabor dulzón en tu boca es el fin de la adolescencia; deseo que nunca lo sientas.

Miedo.


Temblor ante el silencio espectral del frío que las llamas acarrean en su marcha.
Todo se quema y la inaudita verdad estremece: exiliaste del bosque un árbol que era mío (sexo).
Cuando el fuego, en su borrachera, incinere el mundo, voy a bucear los pasillos y los espejos del universo defenestrado bajo el nombre de huida (esconderse bajo las sabanas de un monstruo innombrable).
Los miedos no se constituyen en pasillos y espejos, esa es la realidad. Y el miedo al fuego es un amor incierto, una cualidad a la que aferrarse. Estúpido. Encadenarse a los temores, a las rutinas, al frío, a los trenes y a los aviones de papel por amor al miedo. Estúpido. Pero atarse al miedo por amor al miedo no suena realmente muy extraño. Es lo que todos hacen. Estúpido (humano), es lo que decís que todos hacen. Cómo si todos fueran a ser esas cuatro marionetas que ves en el espejo en los ojos del otro (borracho).
Temor al cambio, tal vez. Temor a notar que no sos un árbol, que no hay raíces que te detengan de volar (en un mundo de personas sin alas), temor al exilio de un bosque que detestás (que detesto). Atarse al miedo por temor al cambio. Estúpido (estúpido). Cómo si los átomos en tu cuerpo no se estuvieran moviendo todo el tiempo. Cómo si los árboles no fueran a notar que sos diferente.
Cuando se hayan ido todos (los arbolitos de navidad, y las luces vomitivas, y los Papa Noel, y los turrones.) voy a ir a las hamacas. Tropecé y me suicidé (estúpida).


Tal vez mis ojos se odien
(entre si)
Tal vez desprecien  la absurda vista
(el paisaje deshecho)
Tal vez detesten
Al culpable de
esa mirada.
Tal vez mis ojos me odien.