eat your heart out

martes, 18 de septiembre de 2012

Miedo.


Temblor ante el silencio espectral del frío que las llamas acarrean en su marcha.
Todo se quema y la inaudita verdad estremece: exiliaste del bosque un árbol que era mío (sexo).
Cuando el fuego, en su borrachera, incinere el mundo, voy a bucear los pasillos y los espejos del universo defenestrado bajo el nombre de huida (esconderse bajo las sabanas de un monstruo innombrable).
Los miedos no se constituyen en pasillos y espejos, esa es la realidad. Y el miedo al fuego es un amor incierto, una cualidad a la que aferrarse. Estúpido. Encadenarse a los temores, a las rutinas, al frío, a los trenes y a los aviones de papel por amor al miedo. Estúpido. Pero atarse al miedo por amor al miedo no suena realmente muy extraño. Es lo que todos hacen. Estúpido (humano), es lo que decís que todos hacen. Cómo si todos fueran a ser esas cuatro marionetas que ves en el espejo en los ojos del otro (borracho).
Temor al cambio, tal vez. Temor a notar que no sos un árbol, que no hay raíces que te detengan de volar (en un mundo de personas sin alas), temor al exilio de un bosque que detestás (que detesto). Atarse al miedo por temor al cambio. Estúpido (estúpido). Cómo si los átomos en tu cuerpo no se estuvieran moviendo todo el tiempo. Cómo si los árboles no fueran a notar que sos diferente.
Cuando se hayan ido todos (los arbolitos de navidad, y las luces vomitivas, y los Papa Noel, y los turrones.) voy a ir a las hamacas. Tropecé y me suicidé (estúpida).

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