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jueves, 25 de octubre de 2012

La Jirafa


En etapas iniciales creímos que se trataba de una jirafa, la forma difusa que se percibía  a través de la lluvia en el televisor fingía un animal de zoológico. Laberintos de percepción, quizás la expresión de la histeria colectiva que nos apabullaba fue transformando la imagen hasta embelesarnos con ilusiones lovecraftianas. Era una jirafa, insistía en denegar las desfiguraciones que el aparato de rayos catódicos profería con inocencia ¡Inocencia digo! Cómo si acaso alguna vez aquellos instrumentos de dominación masiva hubiesen sido cándidas herramientas de entretenimiento. ¡Una jirafa! Y aquel cuerno inapelable constituía un error de juicio, y aquellas escamas doradas casi tangibles, y aquella cascada de cabello de ébano, y aquellas estrellas en el cielo nocturno; no, no existía animalito capaz de suscitar semejante deseo, irrefrenable ansia de escapar de la habitación iluminada por la lamparita incandescente y la calidez del televisor. Pero no, pero cómo, cómo dejar el recinto si los ojos inquisidores de la pantalla nos aprisionaban, nos amordazaban, nos seducían y queríamos llegar al final del sueño, hasta el mismísimo final de la proyección de aquel filme que, a esas alturas concebíamos como la revelación de los más recónditos secretos de la cosmogonía. Y luego nuestras vidas, el otoño, los gatos, la piel inexplorada del terreno que componía a Gastón, y a Marcos; las runas releídas, remarcadas en el cuerpo de Midori y luego, un sábado al anochecer, salir a recorrer las calles circulares, las plataformas invisibles en cuyo contorno se desarrollaba nuestra existencia, la entera magnitud de nuestras vidas reducidas a los mismos tres acordes, las calles, las esquinas, los sueños de victoria sepultado junto a los amigos muertos en un cementerio de libros desconocidos, nuestro imperio incinerado a cenizas patéticas ante la colosal muestra de pedantería del palacio de Gilgamesh; y el televisor, siempre el televisor tergiversando las noticias de recuerdos pasados, recortando las memorias, monopolizando nuestra cosmovisión hasta el punto de ser nosotros, nosotros mismos el televisor, su verdad, su sesgada muestra de realidad. Y vivir, creer vivir a través de aquellas señales, y el ruido blanco, y aquí comienza la transmisión, y el informativo, y el informativo otra vez, y los dibujitos animados satirizando nuestros miedos, los miedos ajenos, los miedos apropiados y amamantados con el seno de una  jirafa, nuestra mirada ciega subiendo el volumen, moviendo la antena, sintonizándonos una y otra vez hasta quedar con el contraste perfecto. Y una persona tocando el timbre a través del monitor. Y la tevé tenía razón, hay alguien en la puerta, alguien que entra y percibe a una ameba, dócil y marchita, en la cama, y el sudor de los rostros, el calor y los mosquitos, y los subterfugios de Esteban connotando una partida, y un miércoles en el que todo vuelve a comenzar.

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