eat your heart out

martes, 16 de octubre de 2012

No mires hacia abajo.




A Andrea.


Y vuelvo a recorrer
Los huecos
Que dejaste al pasar por mi vida
Y los pasillos me miran
Me culpan
Por no haber podido aprender
A sacarte el miedo.
-Sebastián Kramer.

El tren aguarda en el andén, inmutable a las melancólicas despedidas, impermeable a las gigantescas lágrimas que inundan la estación. Jennifer aguarda sentada, de sus auriculares brota música acústica, en sus manos yace un libro de cuentos recién comprado, adquirido especialmente para esta ocasión.
El tren comienza su marcha: Arpas, arpones, aros de cebolla, un ómnibus a mitad de la mañana, el olor de las rosas muertas entre las páginas de un libro absurdo, las rosas muertas desde su nacimiento, la muerte, las rosas para la novia muerta descansando en el interior de la maleta. Si solo, si tan solo ella hubiera muerto, ¿quién le enviaría flores a ese cadáver? Cruel destino el de las flores: romance y muerte. Un hombre se sienta a su lado. Jennifer interrumpe sus ideas y lo contempla. Alguien esboza un tímido hola, aquello sucede en otro planeta. Un túnel. No hay túneles en Buenos Aires. Él no quiere hablar, ella tampoco. Mi nombre es Jennifer dice, mi nombre es Irrelevante, dice el hombre. No quiero hablar. Yo tampoco. Ambos miran a través de la ventana y la oscuridad de la noche fría de Buenos Aires. No hay nada más que ver, los edificios se extinguieron, los automóviles esperan a que la barrera suba, insultan al tren, insultan a los pasajeros. El frío viento se filtra a través del vidrio, junto al ruido y otros residuos inútiles de vidas que, quizá, merezcan menos seguir su rumbo que aquellas que acaban en pozos y ataúdes; siempre ataúdes, cuerpos de madera envolviendo la carne y la sangre, y las uñas que siguen creciendo después de muerto. ¿Quién le cortará las uñas a Naomi? ¡Pobrecita! Tan fea debió haber quedado después de que el automóvil ocupara el espacio que le solía pertenecer, y la mortaja horrible, y las uñas que van a seguir creciendo. ¡Pobrecita Jennifer también! Su mente se mueve de manera irresoluta como un reflejo en aguas turbulentas. Armas de fuego y otros temores que cuidadosamente había envuelto en papel de fantasía se desglosan en su arrepentida conciencia. Vaivén: arremete la culpa sobre su rostro, y las palabras la seducen, calman su odio y ella no tiene la culpa de nada. Memoria, olvido. Suicidio, accidente. Columpios que desgarran el aire con chirridos de óxido, la plaza que se ha incendiado vuelve, una y otra vez a su mente. Los ojos del hombre depositándose en los suyos, un calor inocuo brotando de su pecho, mejillas rosadas. Escape de gas en su memoria. Nauseabundo trasplante de remordimientos. Caleidoscopio de gelatina. Escape de Jennifer de su memoria. Hábleme, por favor, lo que sea que diga me hará olvidar. Olvido: cura para una muerte premeditada. ¿Para qué olvidar? Dice él. Para alejar de mí este dolor punzante, dice ella. Aun no, dice él. Aun no, repite. Colectivo de voces reptando en dirección al cosmos incorpóreo en su mente. Haga que pare, por favor. Aún no, reitera el hombre cínico que su atuendo de lata delata, relámase en el dolor.
Flashback. El retorno del rey a su castillo, la muerte del héroe y el triunfo de la paz. El fin de los tiempos remotos. Naomi: ciego e innombrable monstruo piloteando el asteroide en dirección a la Tierra. Desfile de árboles ante un terremoto. Genocidio de flores en otoño. Las hojas muertas crujen con pereza. Aviones, no mires hacia abajo: estás flotando. Hábleme por favor, diga algo. No mires hacia abajo, dice él. Tormenta de arena, otra vuelta de rostro. Traición. Hábleme, por favor. Habla el hombre, su voz es distante:  Formas fálicas a las que los humanos se aferran. Nos hemos obsesionado con nuestros penes como si de eso dependiera todo.
Es tarde, las voces se interponen y su mente está más cerca que sus oídos.
Volar es fácil. Buscate unas alas en el armario y volemos un rato. Alas prístinas tomadas de la morgue de los no nacidos, perfectas para aprender a caer. ¿Querés aprender a volar? ¿Querés verme intentarlo? Tomá mi mano, no mires hacia abajo. Las estrellas no existen, confeccionemos algunas. Quiero que la mía sea verde. Arquea tus brazos y saltá. Cuando te hagas añicos, yo te voy a ayudar. ¿Qué vas a hacer cuando me destruya en pedacitos? ¿Me vas a ayudar, Jennifer? ¿Me vas a salvar? ¿Si mis alas se rompen, vas a aprender costura para arreglarlas? Otro cigarrillo, Jennifer, así te vas a morir. Cómo si eso fuera a hacer una diferencia. Un ejército de arietes, vaya cosa más rara. Más raro es un ejército de grietas. El muro cayó hace mucho. El muro nunca cayó; solo se volvió abstracto, tácito e intocable, inmortal. Necesito de las cuerdas para que vos cometas los errores, una marioneta no se equivoca. Remontemos un cometa, y no me refiero a un barrilete. Te amo, Naomi. Te amo, Jennifer.
Último día en el accidente, la vida correcta se asemeja a un espejismo: cercano y ficticio. Es muy difícil, mejor abrigarse con los escombros. Mejor quedarse, ¿para qué?, ¿de qué sirve salir al sol a secar nuestro cabello con la calidez de los rayos ultravioleta? Sólo sería más doloroso, mover las piernas que ya están muertas, reconstruir la torre de Babel, ¿para qué?, otro castigo divino y ya van como cuatro. Ella no es la humanidad, no tiene que sufrir por el mundo, mejor quedarse en el molde, en el sitio del colapso. No más morir durante tres días en pos de la humanidad. Amor, una patética excusa para no dejar ir.- el hombre vuelve a hacerse oír, prosigue con su monologo irrelevante.
Cuenta el amor que ella se olvidó de ella. Desinfección: era un cáncer que merecía ser erradicado, aunque doliese, solo le dolería a una parte; ambas hubieran compartido el dolor de no ser extirpado aquel tumor: ella. Soy un tumor, piensa, un quiste maligno que brota de la inocencia. Soy un objeto sexual, soy un mueble. Galería de cuerpos que pasan a través de sus manos. La versatilidad de Naomi es otro quiste, cáncer mental que no puede ser esquivado. La muerte se la ha llevado, pero vuelve, hamacas, otra vez columpios imaginarios en la conciencia joven de la novia viva. Existe algo, un dialogo perdido en las catacumbas del inconsciente. La novia muerta, expectante, ¿qué palabras espera ella de Jennifer?, ¿cómo saberlo?, ¿cómo saberlo? Puedo soñarte siempre, hoy no.  Dejame sola, por un suspiro, o dos. No he hablado de partido político alguno. Prefiero creer que el ser humano puede confeccionar ideas que no se encuentren repletas de saliva.- Dice el hombre, o no.
Tifón, circulando a través del sistema nervioso. Catástrofe mental. Violación imaginaria. Dejame en paz, Naomi, dejame en paz. Té de jazmín para aromatizar el estomago deprimido. El vidrio transparenta una oscuridad efímera. Cuando el sol sale, nuevas desilusiones asoman. Las flores de un patio estrellado, viejos nomeolvides que su nombre el viento reitera. Pelotudo viento. Viento de mierda. Contaminación mnemónica en la morgue vagón. Música acústica que hace cuatro horas se quedó sin baterías. No hay salida y las agujas del tiempo apuñalando, perforando la armadura de represiones. No me entristece, no me alegra, soy un Golem.- Cállese, señor.
Alquimia, combinación imperfecta de elementos conformando moléculas. Formas imposibles manufacturadas en laboratorios. Alguien ha embotellado las memorias, el frasco se le ha caído. ¿Amor? Nada de esto es real. Todos los días escucho los llantos apagados de la gente de Hiroshima y Nagasaki, no me vengas con que todo tiempo pasado fue mejor. A lo sumo, podemos decir que todo tiempo pasado fue una mierda.- Tiene razón, todo tiempo es una mierda.
Ella finge sueños. Naomi pide perdón: por las sombras del patio vecino con la que solía asustarte, por las normas de convivencia imposible que propuse cuando nos mudamos al departamento, por la ceguera, por las enfermedades adolescentes con las que te aquejaba, por el agua maldita que brotaba de mis pechos, por tropezar con vos, por hacerte tan mal al dejarte conocerme, por las sorpresas, por el absurdo, por las incoherencias, por el árbol en mi estómago, por el polen que brotaba de las flores en mi vagina, por la promesa eterna de recuerdos que nunca llegaron, por romperte la Réflex, por la incertidumbre a la que te expuse al llevarte a vivir conmigo, por no dejarte ir cuando la inundación alcanzó el balcón, por manchar con la tinta de mi hemorragia bisexual el cuadro perfecto de nuestro jardín en crepúsculo. En los últimos años, hemos encontrado setenta y seis patas al gato.- responde el hombre a esa pregunta que nadie realizó- Son hermosas quimeras, la realidad inexistente, las respuestas estúpidas al quilombo de la vida. ¿Y qué si mi vida no tiene sentido? ¿Y qué si la vida no tiene sentido? ¿Y si no existo? No me voy a deprimir por eso. La incertidumbre es una constante, y Schrödinger se olvidó de abrir la caja, así que nunca sabremos si el minino ha muerto.
Jennifer mira la hora, el tiempo ha dejado de existir. De las catorce dimensiones que componen el universo, la cuarta ha entrado en hiato. Las palabras y los días se arremolinan en absoluta entropía. Cierra sus ojos con fuerza, pero este no es uno de esos sueños de los que se pueda despertar ¿O sí? Tal vez ella no quiera despertar. El pasado vuelve con una motosierra deseando descuartizarla para que su sangre empape el mundo. El recuerdo palpable en sus ojeras con el que debe convivir. Otra taza de té. Su amada ha muerto y ella llora el desencuentro y las palabras no dichas. Su amada la mira desde el caleidoscopio de flan mixto. A partir de ahora deberá convivir con el recuerdo y el cementerio tan lejano a casa. Las sombras bailan en lisérgicas texturas, la lluvia finalmente cobra forma, fantasma corpóreo que admite la vida. Ya no es mágico el mundo, la bruja ha muerto. Hemos olvidado nuestra esencia, tal vez nunca existió- murmura el hombre, invisible a los ojos.- Puedo nombrar en latín a más de seiscientas especies de vegetales, pero dudo mucho que a ellos les interese lo que piense. De la misma forma, ella es incapaz de escucharte ahora, deberías aprovechar para decirle que la amas, que no la vas a olvidar, que la extrañás, y todas esas mentiras que hoy son verdad. ¿Por qué lo vas a negar, a dejarlo crecer, echar raíces en tu estomago repleto que quistes, cuando podés dejarlo salir en forma de átomos a la atmosfera? Nadie te va a juzgar, porque nadie va a escuchar al árbol en el bosque caer. Hacelo rápido, cuando pasemos por el próximo túnel, no quiero ver como te sonrojás.
No hay túneles en Buenos Aires.
Nunca cerraste la puerta, eso te mata, te carcome las aristas, buscando el núcleo para perturbarte aun más. Y no querés despertar porque sabés que las luces van a estar apagadas y no me vas a ver. Cerrá la puerta, Jennifer.  No más vestirse con su blusa blanca y masturbarse pensando en ella. Olor a jazmín de su ropa interior. Dejar atrás, incinerar la barca de Caronte, para nunca, jamás volver a cruzar lago. Miles de fotografías sin revelar dormitan en el fondo de la cámara mental, aguardando su oportunidad de ser suvenires de errores pretéritos. Volver al ático de casa y sacar del baúl mágico todo lo que queda. Después de todo, ¿de qué sirve retener mementos que solo remiten a patios baldíos, a hospitales abandonados, a espacios vacíos y rostros empantanados que ya no importan? Mil andenes abiertos para que estacione el tren que nadie espera. Trasbordo eterno en dirección a la soledad. Ya viene, ¿No lo ves? ¿Podes sentir la locomotora partiendo en dirección al fin del mundo? Nadie me va a quitar lo que me diste: soledad, angustia insoslayable, nadie con quien hablar, nadie a quien querer, y todas esas cosas que no podés saber, que ahora te digo porque no sos más que una proyección de mi mente, y no hablo con vos, hablo conmigo misma, y no puedo decirte lo mucho que te amo porque sos un cadáver podrido fundiéndose con la madera de un ataúd, y la tierra y los gusanos, y cientos de muertos a metros tuyo, y el olor de las flores, los nomeolvides, los jazmines, las flores de cerezo; y tus uñas que van a seguir creciendo. No me dejaste nada, te llevaste hasta la risa. Ahora te vas para siempre, para volver de forma incorpórea en las películas que mirábamos juntas.
Adiós, Jennifer. Todavía no, Naomi, un ratito más. Ya no hay nada más que quieras decir, tenés que despertar. Aún no. Su voz se hunde en el mar de pensamiento. Océano, aguas cristalinas como las que expulsan las pantallas a mitad de la película, como impolutas páginas de un libro deshabitado. Un libro ya no es un hogar, ella piensa. El tren ha llegado a Mar del Plata.



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