eat your heart out

jueves, 22 de noviembre de 2012

Phobos & Deimos.


Por algún motivo se me vino a la cabeza aquella vez que Luna y yo nos quedamos hablando toda una noche acerca del cielo. Había una sensación térmica de 36 grados Celsius, lo que se podía llamar una ola de calor en Buenos Aires. Como era predecible, el abuso de aparatos de aire acondicionado y ventiladores, llevó a una sobrecarga energética, la más grande en décadas, decían. Hubo un apagón en un barrio, luego en otro, luego en otro; la gente estaba escandalizada. En la casa de Luna, la luz se había cortado hacía ya tres días, por eso ella se estaba quedando con nuestra familia, para poder disfrutar de la iluminación, la televisión, el agua caliente, los videojuegos, el aire acondicionado y todas las bondades de la civilización energética. No sabía por qué, pero me agradaba mucho la idea de que Luna se quedara con nosotros, ella era una de las pocas personas con quien podía tener una conversación, una incoherente charla acerca de metafísica y tales tópicos irrelevantes, pero una charla en fin. Ella hablaba y se le marcaban los pocitos en los cachetes, yo la observaba y deseaba que el corte de luz en su casa durase por siempre. Pero la oscuridad por fin llegó a nuestro vecindario, pude oír los lamentos de los vecinos, los insultos, los gritos. Del otro lado de la San Martín tienen luz, decían las voces, dicen que vamos a estar así por una semana, repetían, y el número de días se acrecentaba junto al pánico generalizado, pánico que, a las pocas horas, se había reducido a unos cuantos murmullos.
Mientras tomaba una ducha, pensaba que podría ser la ultima en días, pensaba que no tendría internet, pensaba que haría mucho calor, pensaba que, tal vez, Luna volvería a su casa. Esa noche tuvimos una cena a la luz de las velas, mi madre habló mucho acerca de la responsabilidad de Cristina Fernández, acerca del 2001, acerca de cómo éramos un país que no estaba preparado para emergencias, acerca de las víctimas de la última tormenta. Yo esperaba el helado de postre, y solo Luna estaba interesada en mantener una conversación de política. Luna era militante de algún partido de izquierda, mientas que las ideas de mi madre eran conservadoras y racistas; entonces los debates se volvían apasionados, pero muy poco productivos. Tu novia es una troska, me decía mi vieja, a lo que solía responder que no era mi novia. A pesar de que, en realidad, estaba enamorado de ella. Sin embargo, yo no era más que un pequeño inadaptado que pasaba sus noches de sábado escuchando a Jaime Sin Tierra, o leyendo a Dostoievski a la luz de una lamparita incandescente. Por otro lado, nunca fui muy agraciado, y padecía de una terrible timidez. Así que, si, no era un gran partido, no había forma de que ella pudiese quererme, pero, mientras no declarase mi amor, existía la ilusión de una posibilidad de aceptación, que convivía en incertidumbre con la definitiva posibilidad de rechazo.
Desperté sofocado a mitad de la madrugada, el sudor empapaba mi cuerpo, apenas podía respirar. Me vestí como pude, las prendas parecían adherirse a mi cuerpo, trayendo un peso inexplicable consigo, y caminé hacia la cocina. Tanteé entre botellas en búsqueda de algo de agua y mi mano se topó con otra mano. Ambos iluminamos el entorno con nuestros celulares. La cara de Luna imbuida en las sombras daba un aspecto lóbrego a sus facciones.
-¿No podías dormir?- dijo, su voz era algo reseca, ella, definitivamente, también buscaba agua.
-Tengo calor- respondí, tratando de sonar lo menos quejumbroso posible.
Sonrió una mueca sombría y movió la pantalla de su celular hacia el interior de la heladera, pude ver mi mano sosteniendo la suya y la aparté inmediatamente, ella tomó una botella y sirvió dos vasos de vidrio.
-Yo también tengo calor, no creo que pueda dormir.- murmuró, alcanzándome un vaso, y bebió. El agua no estaba fría, pero era mejor que nada. - ¡Cómo necesitaba eso!- exclamó.- ¿te molestaría hablar conmigo un rato hasta que me den ganas de dormir otra vez?
-Me parece una buena idea.- repliqué.
-¿Vamos a las hamacas?
Nuestra casa tenía un modesto patio trasero con jazmines, nomeolvides, rosas, un gnomo terrorífico, un arbusto cuyo nombre no reconocía, y un columpio. Luna pasaba ahí la mayoría del tiempo que duraban sus visitas. Amaba el aroma de los jazmines y mecerse lentamente mientras hablaba y reflexionaba acerca de temas que jamás comprendería. Una vez dijo que, para ella, el paraíso incluía hamacas, colibríes y el olor de las flores acariciadas por el viento; ahora ninguno de los dos creía en dios ni en el paraíso, y la frase había sido sustituida por una declaración eufórica de amor hacia ese pequeño espacio en el universo.
-¡Cómo me encantan las hamacas!- decía ella y yo la miraba sonreír, sin entender por qué su sonrisa era más linda que todas las demás.
Una brisa, suave, gentil, corría a través del patio, la luz de la luna era tenue y las estrellas brillaban esplendidas en el cielo. Luna vestía un short y una remera rota, su pelo era un arremolinado vórtice de entropía. Discretamente observaba sus piernas tersas, su piel se me antojaba suave y cálida.
-¿En qué pensás?- preguntó.
-Nada- apresuré a contestar.
Guardamos un silencio imperfecto cortado por el ladrido de un perro en la lejanía, y el constante suspiro del movimiento de las hamacas.
-Cuarto menguante.- murmuró de repente señalando al cielo con su mano izquierda.- Creo que es cuarto menguante. Nunca supe muy bien las fases de la Luna.
-Es cuarto menguante, la medialuna- expliqué-;así-dibujé un torpe semicírculo en el aire- es cuarto creciente; Es Luna Llena cuando se puede ver la superficie, con sus cráteres y los rostros que queramos imaginar.
-¿Luna Nueva es cuando vemos oscuridad?
-Si, también hay cortes de luz en el espacio.- dije y ella rio.
-¿Son esas nada más?
-No, son varias, pero algunas no puedo explicarte cómo son.
-Bueno, tampoco es que haya entendido lo que es un cuarto creciente- admitió. -Qué lindas estrellas, ¿conocés las constelaciones?
-Orión es aquella, que incluye no solo al cinturón de Orión, sino también a otras estrellas. Aquella es la Osa Mayor, aquella otra es Hidra.
-¿Todas esas?- Preguntó
-Si, la hidra era una especie de serpiente en la mitología griega.
-Una serpiente de tres cabezas- corrigió- a esas estrellitas le faltan dos cabezas.
-¿Querés hacerlo vos?
-Mirá- señaló a un punto determinado. - Esa cosita brillante es Marte. Esa de allá es Venus, creo. Marte y Venus son los objetos más brillantes del cielo nocturno. Cada quince años, Marte se acerca a la Tierra más de lo normal, y se puede visualizar mejor. Que triste debe ser, tener que esperar quince años para abandonar la soledad, para abandonarla solo por una cercanía efímera.
-Marte tiene dos satélites, dos lunas- agregué.- nunca está solo.
-¿Dos Lunas?
-Phobos y Deimos. Son como dos asteroides.
-¡Ah! ¡Si, los conozco!- exclamó.
-Sabés mucho de astronomía.- la admiré.
-No- dudó un instante-, mi novio sabe. Escribió una historia acerca de Phobos y Deimos.- Me lanzó una mirada dubitativa que perforó la oscuridad de la noche. Luego continuó- En el cuento, son parte del cinturón de asteroides, pero quieren conocer a la Luna, así que se desprenden del resto y empiezan a viajar a través del espacio. Durante el transcurso del viaje empiezan a dudar de la posibilidad de cumplir ese sueño.
-¿Y cómo termina?- dije, forzando interés.
-No sé, no me acuerdo cómo termina. Es raro, porque si algo recuerdo son los finales de las historias. ¿No recordamos siempre los finales de manera más nítida? Pero, lo que me parece estúpido del relato es que duden acerca del viaje durante el viaje. Siempre tengo mis dudas y mis miedos antes de lanzarme a hacer algo, pero, mientras estoy haciendo algo, prefiero no pensar en eso. ¿de qué sirve dudar cuando ya estás a la mitad? Si no se puede volver atrás, ¿para qué preocuparse? ¿Qué pensás?
-No sé.
-Siempre tan difícil vos…
-Phobos y Deimos- balbucee-, es probable que hayan sido parte de una misma luna que se partió en dos.
-¿Como un corazón roto?
-Como el huevo de un ángel.  
-¿Los ángeles nacen de huevos?
-Supongo, tienen alas y plumas, son aves, ¿no?
Ella rio una vez más. Su carcajada estridente, su carcajada estridente que nunca sería solo mía. Y esa sensación de vacío interior a través del cual estaba cayendo lentamente; y pensar que, si no fuera por el mecanismo de represión, hubiese llorado una y otra vez durante las noches subsiguientes. Y entonces quería estar solo, lejos de todos, para poder recostarme y mirar puntos fijos, manchas en la pared, fantasmas mohosos creciendo, reptando lentamente; y las sombras a través de las rendijas de la persiana, y Phobos y Deimos separándose como un corazón roto.
-¿Todavía crees en dios?- preguntó de repente.
-Nunca me importó realmente dios, creía para hacerte el aguante.
-¿De verdad? ¿De verdad te comiste todas esas misas por mi?- preguntó sorprendida.
-No- dije y permanecí en silencio un instante, escogiendo cuidadosamente las palabras- pero siempre me gustó escucharte hablar.
-Dejé de creer por vos.- murmuró, había dejado de hamacarse y me miraba serenamente.- cuando dejaste de ir, empecé a notar que todo era muy estúpido, como en el cuento ese. ¿Por qué alguien crearía un mundo imperfecto y luego culparía a los seres humanos por sus errores? Si, después de todo, el error original fue su culpa. Que un ser perfecto cree un mundo en el que las cosas salen mal, eso es cinismo.
-¿Ahora crees en Marx?
-Eso es distinto.
-Buena suerte pensando que la función del lenguaje es utilitaria.
-¿Qué?- inquirió, dispuesta a responder con alguna cita del Capital.
-Nada, nada.
Otra vez nos quedamos en silencio, un sonido difuso crecía en la distancia hasta convertirse en sirenas. Sirenas de bomberos. Nos miramos y acordamos con un gesto subir la terraza para tener una mejor visión.  En el este, un diminuto halito de humo serpenteaba en dirección al cielo, algo así como la constelación de la Hidra, pero hecha de objetos calcinados. No era tan lejos de casa, sin embargo, el olor a quemado no nos llegaba a atormentar, tal vez porque el viento iba en dirección contraria. Las sirenas comenzaban a hacerse más claras, de la misma manera que el humo comenzaba a espesar. Los vecinos salían lentamente, como zombies temblorosos, a ver qué pasaba. Alguien corría, y gritaba pidiendo auxilio. La cortina de humo era ahora una escalera caracol que conectaba el abismo con la tierra. Alguien perdería su casa, sus objetos preciados, todo lo que había trabajado durante su vida, todo, en una sola noche. Las sirenas estaban muy cerca de mis oídos.
-Cerrá los ojos.- dijo su voz en mi oreja izquierda, e hice caso a sus palabras. Luego, sentí sus labios chocar contra los míos, su lengua buscando un hueco, y mi boca abriéndose, dejándola entrar, sepultando aquel vacío que crecía con una extraña sensación de insignificancia, de irrelevancia respecto a la totalidad de la vida. Porque, entonces, no me importó el mundo imperfecto, ni el cinismo, ni la banalización marxista del lenguaje, ni la marcha de las llamas en el patio vecino.- ¿No te parece?- suspiró a mi lado- ¿No es mágico el mundo?

¿No es mágico el mundo? Pregunto, y siento mi cuerpo arrastrado por el suelo. La sirena está dentro mio.
-No abras la boca- dice la voz.- Cerrá los ojos.
Me dejó llevar por aquella voz. El calor de la noche atrae una sensación sofocante, cenizas, humo, temor ante la destrucción del fuego. No puedo respirar. Siento mi interior arder, mi exterior desintegrarse lentamente, suavemente explotar los átomos. En el cielo Phobos y Deimos siguen circundando Marte, odiándose entre sí por no haber podido conocer a la Luna. Ambos, piezas de un corazón roto que buscan re ensamblarse en una danza orbital anómala. La gravedad mueve mi cuerpo a la deriva, alrededor del Sol y las temperaturas titánicas calcinan mi cuerpo. Entonces un frío viento golpea mi rostro. ¿Las gélidas aguas del Cocito? Luego, los gritos. No es dolor, conozco los gritos de dolor, conozco el dolor. ¿Son gritos de júbilo? ¿No es mágico el mundo? Pregunta Luna en la lejanía de un recuerdo. Los bomberos rescatan mi cuerpo agonizante del incendio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario