eat your heart out

lunes, 24 de diciembre de 2012

Una Niña Con Cuernos & Una Muñeca Mecánica


 
El doctor me mira desde el otro lado del escritorio, luego hurga entre sus cajones en búsqueda de algo.
-Tome una de estas para olvidar- me dice, acercándome un prospecto manuscrito. No entiendo lo que dice, pero supongo que el farmacéutico si lo hará. -Una cada vez que quiera olvidar.
Lo miro en silencio y asiento. Él chequea sus mails en el celular.
-Tome una de estas para recordar- vuelve a decir, y hace otra anotación en el papel.- Una para cada memoria. No funciona si no ha prestado atención; para eso, tome una de estas- agrega otro nombre incomprensible a la hoja.- Una para cada vez que haya estado distraído.
Asiento. Él me da la mano y abre la puerta del consultorio, llama al siguiente paciente en una fila interminable. Yo atravieso el pasillo, la recepción, ignoro a la secretaria y me dirijo a la farmacia más cercana. De ser posible, esta será una de las cosas que quisiera olvidar. En la farmacia hay mucha gente, me pregunto cuantos de ellos quieren olvidar, cuantos se estarán preguntando cuantos querrán olvidar. Cuento, treinta y dos personas. Hay una niña esperando delante mio, algo desnudo en su mirada. Ella está esperando. Decido hacer lo mismo y busco una píldora en el bolsillo del saco, la trago con fuerza y cuando abro los ojos, la niña se retira canturreando por lo bajo, con su bolsa repleta de compras. No sé si me gustaría olvidarla realmente. Le entrego la hoja al encargado, un japonés de mediana edad, típico, murmura, o algo así, y me da unos cuantos blísteres, y un frasquito. Seiscientos dieciséis pesos.
Llego al departamento y decido que quiero comer algo. Busco en la heladera, hace días que la lamparita se ha roto, pero no me importa mucho; tres porciones de pizza de la noche anterior. Me siento en la mesa. Una pastilla para tener hambre, dos, para las ganas de beber, tres, si quiero postre. Como en silencio, la tevé apagada, los vecinos, lo más lejos posible, los gatos duermen. Después de la tercer porción, un vaso de gaseosa, y un flan mixto de potecito, una pastilla para cerrar el estomago. Suena el celular, ring, ring, riiing, riiiiiiiiiiiiiing.
-¿Qué te dijo el médico?- me dice Dafne sin saludar, siempre está apurada.
-Que tome una cada vez que quiera olvidar, otra para recordar, y otra si no estaba prestando atención.
-Eso es bueno- me dice- perdón, pero tengo que dejarte, mucho trabajo.
Corta. A veces quisiera que hubiera pastillas para que ella pasara más tiempo a mi lado. Googleo. No hay. Pero hay un sitio donde la gente escribe a las grandes corporaciones pidiendo algún fármaco que cumpla sus más excéntricos delirios. También encuentro una bruja que dice vender pociones para que "ella vuelva". Que estupidez.
Me recuesto en el sofá. Tomo tres pastillas para dormir. Con eso será suficiente. Espero cuatro segundos y dos centésimas, el doctor me dijo que tengo que dejar de matematizar todo. Duermo.
Ahora estoy flotando en un rio boca arriba, el suelo se ve texturizado, el suelo en el cielo, tengo la sensación de que caerá sobre mí. Una niña con cuernos usa mi cuerpo como canoa. No siento mi pene. No sé si tengo pene. Al menos en el sueño, no lo tengo, me gustaría volver al mundo de la vigilia y tomar una pastilla para recordar si tengo pene. La niña canturrea, es una canción de The Cure. Que bizarro, una niña de ensueño cantando Boys Don't Cry. De pronto tengo la sensación de que el rio que se extiende bajo mi cuerpo es el Amazonas, por momentos el Nilo, en uno que otro tramo, son ambos el Tigris y el Éufrates. Llegamos a la orilla, la niña me agradece, y me da un caramelo.
-Es para despertar.- me dice, su voz es más pastosa que cuando canta.- Si quiere cambiar el mundo, puede volver cuando quiera.
Trago el caramelo, carece de sabor, la niña sonríe. Despierto. Tomo una de esas para recordar. Algo se viene a mi cabeza. Eso, tengo que ir al trabajo. Me pongo la camisa planchada por Dafne, la corbata azul, tomo el maletín negro, y bajo las escaleras. La vieja del quinto A baja conmigo, la miro con disgusto, siempre huele a naftalina, y me mira como si supiera algo que yo no, como si viera en mi lo que no entiendo. Es una de las personas que me gustaría olvidar, salgo del edificio y tomo una de esas para olvidar. Ahora hay algo que no recuerdo, pero las verrugas de la vieja del quinto A siguen presentes.
Llego a la empresa y mi jefe de mira con severidad, tres minutos cuarenta y ocho segundos tarde, de haber bajado cada escalón a un milímetro cada seis segundos más rápido, hubiese llegado en el horario exacto. Me siento en la computadora y comienzo a tipiar cosas inútiles. Hago como que trabajo, como que de mi desempeño depende el futuro de la empresa. Me despertenezco, hay una terrible sensación de futilidad en mi actividad, como si justo ahora se me ocurriera irme lejos, nada cambiaría  realmente, sería remplazado por Nowidsky, el cadete de lentes negros de marco grueso que está todo el tiempo acomodándoselos como si de eso dependiera su vida. Otra sensación de extrañeza, por algún motivo dudo, me pregunto porque no hay una pastilla para trabajar, el mundo sería mejor si hubiera una. En un segundo y ¡shazam! Ganas de hacer cosas. Sigo tecleando incoherencias, no vaya sea cosa que otra vez la arpía de recursos humanos me envíe al psicólogo. Y otra vez, tome una de estas para olvidar, una para recordar, y una si no recuerda como recordar. No sé si es la cuarta vez o la quinta que me mandan, tomo una de esas para recordar. Es la quinta, y la de recursos humanos siempre piensa que es la primera. Cuando llega a su casa, debe tomar muchas de esas para olvidar.
Eso hago, llego al departamento y tomo ocho pastillas del olvido, las hago pasar con agua, por las dudas. Siento mi cuerpo desvanecerse, constricciones en mis actividades neuronales, puntos suspensivos bailando en mi cabeza. Me evaporo.

Despierto en la maleza, un robot parece desmantelar un automóvil a metros de mi cuerpo. Usa una llave cruz para quitar las ruedas. Abre el capó y lentamente saca todo el contenido del motor, todos esos artefactos en los que nunca me había fijado. Luego arranca las puertas. El ruido seco lastima mis tímpanos. Progresivamente, el coche se va transformando en un cascarón vacío. Al terminar su actividad, el androide rocía la carcaza abandonada con algún combustible de hedor penetrante. Luego, lo prende fuego. El calor se acerca a mi cuerpo, aun así, la maquina humanoide parece no reconocerme. Simplemente está ahí, junto al incendio, pretendiendo mirar el fruto de su arte.
-No te preocupes por él- me dice una femenina voz, densa y adherente.- es un pequeño producto malformado de la psiquis humana, el inconsciente colectivo, si se quiere. Es difícil de explicar.
La miro, está a mi lado, también acostada sobre el oscuro pasto. Es una niña de unos ocho años, de cabello escarlata y ojos purpúreos. Se incorpora y me tiende la mano, es tan menuda, dudo que llegue al metro veinte, y que pese más de treinta kilogramos. Unas orejas elfinas se extienden en diagonal desde los extremos de su cabeza.
-Son cuernos- me dice, simpática.
Me ayuda a levantarme y caminamos en la dirección contraria al fuego.
-Disculpe- le digo.- ¿esto es un sueño?
-También- responde- aunque dudo que, en su contexto, usted pueda considerarlo un sueño. Digamos, esto es la realidad, más bien, un poco de eso a lo que usted llama realidad, aunque podría diferenciarse porque es un producto directo de la humanidad, más bien, digamos, una deformación de las capacidades psíquicas de los seres humanos.
-No entiendo.- digo, con sinceridad.
-Entonces, podría tomar una de esas pastillas para entender.
-¿Pastillas para entender? ¿Las hay?
-Si las hubiera- me dice- ¿usted cree que todo el mundo las tomaría?
-Yo lo haría- aventuro.
-Entonces- sonríe- tome este dulce.- me extiende la mano y muestra un caramelo raro.
Me lo pongo en la boca y trago. Cierro los ojos. No puedo sentir que algo haya cambiado. Los abro.

El doctor me mira desde el otro lado del escritorio, luego hurga en sus cajones en búsqueda de algo.
-Tome una de estas para olvidar- me dice, mostrándome el papel con la letra jeroglífica.- una para cada vez que quiera olvidar.
-Y luego, una de las rojas para recordar. Y una de las anaranjadas para cada vez que no puedo recordar lo que quiero.- digo, algo inquieto por la repetición.
Me mira en silencio y asiente. Toma una pastilla para tratar de manera gentil a la gente, me estrecha la mano y me invita a retirarme del recinto. Hay una fila interminable de gente, cada vez más, cuarenta y dos, y el doctor me dijo que dejara de contar todo. Miro a la recepcionista, una joven de veintitrés años con la mirada perdida, sedada hasta la ultima neurona para poder tratar bien al público, para no enojarse, para poder responder el teléfono, para el estrés, para la felicidad. La miro con desdén y ella me responde con una sonrisa más plastificada que la etiqueta que dice Érica, anexada a su camisa blanca. Me siento mal. Presiento que tengo que olvidar todo esto, cada una de estas experiencias me hacen sentir que algo anda mal. Busco en mis bolsillos, una de esas para olvidar. Nada. Me precipito a la farmacia. Hay otra fila interminable, veinticinco personas, tengo que dejar de contarlas, una mujer flotando en su paraíso de fármacos está delante mio. Una de esas para que el tiempo pase más rápido. Busco en mis bolsillos, nada. La niña con cuernos me ha robado todos mis medicamentos. No puedo esperar, la fila es interminable, me voy a mi casa. El camino es largo, y en el silencio, puedo sentir los pasos de los transeúntes, todos en la nube. Al llegar al edificio subo las escaleras corriendo, me choco con una vieja de mierda, la atropello y todas sus bolsas de compras se caen, mil comprimidos descienden los escalones hasta el último piso. No me importa, sigo mi retorno a casa ignorando los gritos y las quejas. En el departamento abro todos los cajones buscando algo que me calme, una droga que me haga caer en un limbo comatoso, lejos de todo y de todos. Busco entre la ropa de Dafne, una píldora para olvidar, una píldora para perder el miedo, una píldora para ser otra persona, una píldora para conocer a otras personas. Me siento mal. Creo que hay algo raro con Dafne, no recuerdo cuando fue la última vez que la vi, y, tal vez, lo eliminé para siempre de mi memoria con una de esas que tomé. No quiero que ella desaparezca de mi vida. Googleo en búsqueda de algo que la haga regresar. Pero la conexión anda lenta, nunca me había percatado de la lentitud, dos minutos para abrir una página. Tengo miedo. Encuentro un frasquito con analgésicos y unas tabletas de comprimidos para dormir. Tomo una de cada una. Duermo.
Despierto. Esta oscuro, pero sigue siendo mi casa. No hubo sueño extraño esta vez. Tomo otra. Duermo. Despierto. Hay una nota de Dafne: Llego tarde a casa. Otra. Duermo. Despierto. Estoy en el baño, desnudo, puedo ver mi pene, alicaído y desgraciado. Solo una más. Duermo. Despierto. Una niña con cuernos y una muñeca mecánica me miran desde lejos. El robot que me remite a un maniquí se mueve con lentitud, arrastrando su pierna derecha. La niña se acerca a mi salticando.
-Pensé que querías entender.- me dice con reproche.
-Lo único que entiendo es que necesito las pastillas.- le respondo con sinceridad.
Ella me tiende la mano y me ayuda a levantar. Caminamos a través del bosque, una cabaña puede divisarse entre los arboles. Es extraña, curvas inhumanas en sus paredes, cristales de catedral adornan sus ventanas estrechas. El cielo violáceo se arremolina en torno a la casilla. Un cardumen de peces alados vuela entre las nubes. Grandes cables serpentean por el suelo. Un cigarrillo en remplazo de un arbusto. Seguimos caminando por ese sendero estrecho y las visiones se deforman. Puedo verme caminar y mirar a la cabaña, la niña que va de mi mano, va de mi mano también en la visión, el droide nos sigue a distancia. De pronto todo se torna sepia, y puedo escuchar a la niña silbar. Una gran ballena abre su boca, entramos en ella. Está oscuro y huele a humedad. Con unos golpecitos en sus manos el interior del animal se ilumina y nos encontramos ante una interminable escalera que se dirige a las profundidades.
-¿Querés seguir?- me pregunta, palpando mi miedo. Asiento.
Me suelta la mano para bajar, uno a uno los escalones. Ella tiene unos zapatitos rojos muy pintorescos que hacen un sonido mortuorio a cada paso. De tanto en tanto algo de ruido invade el paisaje y siento mi cuerpo repleto de pixeles, es doloroso, como agujas clavadas al cuerpo, como un dolor de cabeza en una zona ajena al cráneo. Ochenta y dos mil escalones de piedra esculpida hasta que llegamos a una puerta de madera. Toc, toc, toc. Golpea la niña con cuernos. Golpea la niña con cuernos, sus nudillos pequeños como gotas de agua.
-Solo dos habitaciones más y usted será un hombre nuevo.
Alguien abre la puerta, un rostro enmascarado en un espejo. Un espejo que solo refleja sombras arlequinescas.
-Pasen- dice, aunque lo hace en un idioma que no comprendo. Las palabras, ideogramas esotéricos, brotan de su boca y caen al suelo como una cascada. Al agolparse, comienzan a discutir entre ellas.
La habitación es oscura y huele a cueva. Está frío, puedo sentir mis vellos erizarse, mis dientes crujir como hojas pisoteadas en otoño.
-No me veas con esos ojos, mis ojos- le dice la mujercita al hombre reflejo.
-Perdón, su señoría.- dice el sujeto haciendo una reverencia.
Me siento algo incomodo.
-El carbunclo- me explica-, es la mirada propia a los ojos del otro, la recepción de las mentiras no creídas, su rostro solo muestra lo que nadie quiere ver: una mirada a uno mismo desde el punto de vista de un tercero. Le sorprendería, las cosas que uno ve en esa mirada.
El señor carbunclo nos guía a través de la habitación cavernícola. Algunas mesas flotan mientras que las sillas permanecen en su postura original, adheridas al suelo. Un reloj digital gigante en una de las paredes. Está ocho segundos adelantado. Ciertos animales corretean, parecen ratas, pero solo en apariencia, es como si todo estuviera siendo visto a través de un caleidoscopio, al parpadear, todas las bestias cambian su forma. De pronto, una escaleras descendiendo aún más profundo. La sensación de extrañeza se readapta en una de pánico, los espacios se hacen más pequeños a cada paso hacia delante, y se estiran cada vez que retrocedo, como si la respiración, proceso de inhalación y exhalación de ese mundo estuviera coordinada a mí caminar. No la estoy pasando bien, y la habitación se torna interminable, siento una terrible modorra, empero los dolores de cabeza se acrecientan cada vez que cierro mis ojos, amainando después de cada parpadeo. Los colores bailan y la nausea se balancea junto a ellos. Toc, Toc, Toc. La princesita con cuernos golpea una puerta gigantesca que se extiende hasta dónde la vista alcanza, tal vez sea porque la vista no llega muy lejos, pero la puerta se me antoja inmensa, inconmensurable, omnipotente y omnipresente. La puerta se abre, y ese crujir de hojas en otoño demuestra lo añejo de la madera, y todo el tiempo que se sucedió sin que existieran perturbaciones. Ahora la niña con cuernos y la muñeca mecánica me acompañan hacia la última habitación. Huele a orina. Y un gato atigrado me mira desde un pedestal.
-Soy Alpha & Omega, el principio y el fin- dice con su voz felina.- ¿qué necesitan?
Sus palabras salen a la atmosfera y se adhieren al cielo crepuscular. Las nubes no existen, existen las letras y los enunciados.
-El humano quiere entender.- dice la niña, ahora reparo en que no es humana. Me dedica una sonrisa y dice- felicidades, ahora es usted un hombre nuevo- entonces regresa junto al robot y se pierden entre la bruma.
-Entender…- reitera el minino mientras pasa su lengua por entre sus garras. Cuando termina de asearse, se incorpora, estira su cuerpo y se lanza del pedestal. Recorré mis piernas, buscando caricias. Lo tomo en brazos y lo siento ronronear. Lo acuno como a un bebe. Me mira y sonríe. El sonido de sus ronroneos me calma, y olvido el pánico, el estrés, y la serotonina. Vuelve al pedestal, se acurruca y pronuncia:
-Telequinesis, la habilidad humana para perturbar el estado natural de las cosas con el poder de su mente. Inofensivo a simple vista, mover objetos de lugar, doblar cucharas. Pero, llevémoslo a nivel molecular, a nivel atómico. Doblar, fisionar, fusionar, unir átomos en moléculas, moléculas en tejido, tejido en órganos, órganos en organismos. Eso es, la capacidad humana para crear vida con solo el poder de su conciencia, para modificar la vida existente también. La droga, una de las drogas humanas, permite esto, pero también lo reprime. El humano no es capaz de reconocer sus posibilidades, no se reconoce a si mismo como creador, ha olvidado. Sin embargo, aquí estamos, productos de modificaciones a nivel atómico existimos en este submundo. ¿Cómo es esto posible, humano? Es posible porque solo una mínima parte de su existencia se manifiesta de manera consciente, existe un aparato inconsciente que funciona aun cuando ustedes duermen, cuando ustedes han mantenido en coma a todos sus sentidos y sensaciones, aspiraciones y deseos. Somos la creación del inconsciente colectivo, modificaciones de la voluntad involuntaria de la sociedad en su conjunto. Vea a su alrededor humano, este es el patio de la imaginación humana, el inconsciente de la humanidad en su expresión física. Le advierto humano, procure no tocar, ni siquiera el más tierno petalo de rosa, ni la más venenosa estela, ni la más diminuta estrella, ni las pequeñas manos de la lluvia. Si osa perturbar el jardín del inconsciente, no garantizo la seguridad del otro mundo, su mundo, el mundo que existe a doscientos kilómetros de aquí.
Ahora que ha entendido, responderé a una última pregunta.
-¿Cómo hacer para que el amor perdure?- digo sin decir, pienso, pero el gato lee mis pensamientos, como todos los gatos pueden hacerlo.
-Ah, Dafne, Dafne.- murmura para sí.- la vida, el universo, y todo lo demás está a su disposición, y aun así, usted ha formulado la gran pregunta. ¿Cómo hacer para que el amor perdure? En este caso, la respuesta no es 42, no. No, aunque podría serlo, aunque tal vez lo sea. No le puedo decir, no puedo decirlo, es juramento felino, no dar más conocimiento al humano del que puede aprehender. Le llamamos conocimiento balanceado, y alimentamos a los hombres con él. Puedo, si usted quiere mostrarle la parte del mundo que corresponde a Dafne, esa parte que no tiene permitido transmutar, para nada. No existe una pastilla para que el amor perdure, aunque…
El gato ríe, como de un chiste que se le acaba de ocurrir, un chiste que solo él comprende. Nos teletransportamos a un pequeño asteroide en el que solo brota una flor diminuta.
-¿Esta es Dafne?
-Solo puedo responder a una pregunta, y ya lo hice.- maúlla y luego se esfuma. Tomo la pequeña flor en mis manos y parto de regreso a mi ciudad.
 Despierto sin necesidad de una pastilla para despertar. Una flor subyace aprisionada en mis manos, sus petalos son rojos como el agua en el fin del mundo. Su pequeñez inspira ternura. Me recuesto en el diván, las pastillas yacen en la lejanía de un recuerdo, o de un olvido. Llegan los dolores de cabeza. Los brotes absurdos de mi existencia, de la existencia humana comienzan a florecer, a adquirir una forma determinada, de aristas y contornos repletos de desazón. Mi mundo se transforma en algo estúpido e innecesario, hay sentimientos nuevos, los detesto, los anhelo. Miro el reloj, veo la aguja de los minutos transportarse desde el número cuatro hasta el número seis, ya son las tres y media. Esa mujer tarda treinta y dos minutos y cuarenta segundos, dependiendo de la combinación de semáforos con las que se encuentre, en llegar a casa. Sostengo a la flor, las flores, tantas flores, tan inservibles, ahora servirán, o no, incertidumbre. Dafne abre la puerta, las llaves chocan contra la madera antes de encajar en la cerradura y, al verla llegar, dispongo del retoño como ornamento para su cabello. Tararea una canción de The Cure; ella sonríe como la mujer de mis sueños.