eat your heart out

sábado, 30 de noviembre de 2013


You are both at once the quiet and confusion of my heart.


Como un cuadro de Freud decantando lo grotesco de tu forma; me encanta, me encanta tu forma, la forma en la que tus labios tocan la tierra y mojan de lluvia los círculos imperfectos confeccionados de árboles; me encanta la forma en la que tus uñas tocan la lluvia y barren la tierra, dibujando círculos imperfectos.
Me gusta verte dormir entre pixeles, entre recortes de respiración y luna. Apacible como en un sueño y yo Freud, el otro Freud, interpretando las muecas de plena noche. Apacible, entre pixeles y plena noche, entre veranos y Sylvia Plath. ¿Qué misterio esconde la gestalt de tu piel?
Non sequitur
Desahucio. Desagüe. Menta fuerte. Convulsionada la espina de la rosa en mis adentros como ojos medio desnudos, medio inundados con pesadillas de mediodía. Desagües dragando lastimaduras.
Afasia.
Afasia.
Afasia.
No me miran las córneas penumbras
Las pupilas incandescentes
solo sonreír entre temblores de esquizofrenia
desorganizar las anagramas
Arrancándome la piel
En el despojo de mi incertidumbre.
En silencio avisarle al mundo que la llave está del otro lado
Del mundo.

lunes, 18 de noviembre de 2013


 
siete cuarenta y tres
otro pucho
esperándome
una caricia de tus petalos
petalos de un correo electrónico
té verde con petalos de niños alienígenas
o una escopeta
o salir en fotos
o permanecer despierto
aguardando tus rayos para mí
la PUTA mierda para mí.
todos los sábados perpetuos
y todos los martes acuosos también.
todas las manos
todos los rostros
pasando de lado
soy un libro prestado
Un frasco de explicaciones
palabras de un mundo equivocado
aunque esconda el miedo en mi cabeza
amaneció hace ya tres horas
y tres horas caminé
en mi soledad
en tu compañía
quiero vestirme con vos
quitarte el sudor en la espalda
quiero callarme con vos
dejar de ser el título de una declaración suicida
dejar de odiar a último minuto
olvidar las pasantías
y el nuevo gobierno
el semáforo en verde
la guardia urbana hurgando en los rincones
los fantasmas que interpelan
la semiótica que insiste
el café se acabó
se acabaron los instantes
en tu mirada fría
al otro lado del lente
venite a la tempestad
a beber cántaros vacíos
luciérnagas ciegas
encendiendo las nubes
nocturnas, siempre nocturnas
parado ahí
esperando la carta
esperando los gajos
imaginando rencores
trenzando amores.
pensando en vos.
en tu soledad
en mi compañía.

martes, 12 de noviembre de 2013

Ontología de la eyaculación. Visión posestructuralista.


I
Decantan criaturas inocuas
das a luz
espacios vacíos
mosaico posestructuralista
inventariaste todo
pero
Ya no queda producto
al final del catálogo
Solo queda incertidumbre
al final de Heisenberg
Solo te quedan teorías absurdas
al principio de todo.
Decime de Dios y del Big Bang
y de la gente con cabeza de pato
decime de tu vida y del dolor
decime de tu lucha contra el sistema
decime puta
que me gusta.

II
El cadáver del perro me recuerda
a la abuela de mi abuela
muerta
en la oscuridad plana de Pakistán.
lapidada por hombres
cuyo nombré no sé
ni quiero inventar.
sus ojos secos
sus labios adúlteros
callando clemencia
hasta la última piedra.

III
no conozco la calle ni los peligros que acechan
pisame ahora que podés.
no sé del mundo ni de los espejos que esconden
nunca he visto a la muerte
nunca la he burlado
no me han pasado los años
no me han atropellado los trenes
solo me han dejado en la ruta
esperando las luces.

IV
Todo lo que conozco
Me enfrenta
Me interpela
Me ciega
Se desencanta
Se desvanece
Y no vuelve.

V
me deprime cojer deprimido
eyaculación precoz
sobre tu vestido más fino
acabar en un preservativo
repleto de hadas
es genocidio
no te hagas
te vi tragarte a los hijos
De toda la Iglesia.

VI
Cómo saber si al final de todo
Quedará algo más
Que tu cuerpo sangrando en el baño

VII
En el lavarropas están las uvas
Las hojas
Los gatos.
El centrifugado me retuerce
Desnuda
Y no queda nada
Ni una gota de vida
Ni una gota de nada
En mis venas
En tu hipócrita lujuria
En el lavarropas
Está tu miseria
Están tus mentiras
Y tus amigos nuevos.

VII
Cuando acabes avisame, llevo más de tres horas tratando de usar mi vida. Tu pene dentro es un impedimento.

IX (¿Qué comerá?)
En algún momento de la noche el olor a mierda se torna adictivo.
Mientras tanto
Arrugamos la cara
La hacemos un bollito
Y la tiramos al tacho.

X
No sé a quién nos cojimos
Para no decir
Ni una sola palabra
Cuando el cielo es naranja
Cuando el ocaso lleva ya tres años
Y no decimos nada
Ni una mueca
Ni una sola palabra
El día que lloremos
No nos quedará más que tolerar las risas
Del asteroide.

XI (mirame, soy una letra de una bandita de Punk)
Vamos a seguir votando caras sonrientes
Vomitando slogans inertes
Hasta que ya no queden caras
Y votemos solo slogans.

XII
¿Cuánto tenés que trabajar
para dejar de ser la empresa?

domingo, 13 de octubre de 2013

Contenido del dormitorio



Ácaros y otros germenes que se reproducen sin cesár
El reproductor de CD's que no anda
La impresora sin tinta.
No sé si comprar tomates o HP 74
con la escasa guita que sobrevive a los puchos y el viaje en colectivo.
Forros usados en el tacho de basura
Forros sin usar que se vencieron porque nadie me quiere cojer
Cuarenta y cuatro envoltorios de alfajores de fruta
Esparcidos por el piso.
El bajo descalibrado en la cama
Descalibrada.
Un teclado en la silla.
Una guitarra sin cuerdas
Ropa prestada
La maquina de escribir que no escribe
Mis discos en no sé dónde
Los otros discos tirados en el suelo
Junto a las medias
junto a la mugre de veintiún años
Casi veintiún años.
Un poster del Kurko que cada tanto se cae.
Un diploma de un curso de radio.
Uno de esos cosos que comprás en la costa que se ponen rosados cuando va a llover que ya no se pone rosado.
Un ventilador de tres paletas. Me quiere, no me quiere, me quiere.
Dos dinosaurios de colores divertidos mirandome desde el cenit de la biblióteca.
Los dibujos de Piku, algunos con dedicatoria.
Los dibujos de El Jimmo, ninguno con dedicatoria.
Algunos dibujos de personas con las que ya no hablo porque tienen hijos y ahora hacen cosas de gente decente como trabajar o poner cara de culo cuando hacés un chiste sobre el aborto.
Los frascos de mermelada repletos de lápices y
corazoncitos de Origami hechos en papel glasé.
Ocho grullas. Solo faltan novecientas noventa y dos.
Una flor de papel en el mate de hada.
Los libros que no están ordenados alfabéticamente y eso me repugna.
Las ganas de vivir que parecen estar volviendo.

Hoy vi tus ojos oscuros
Pulverizándome.
Adiós para siempre
Hasta que me mires otra vez.
Pulverizándome.

Besito, chau.




Brotan cables de tus ojos
Crecen flores en tu piel
Un poco de sangre manchando el filtro
Escaleras eléctricas hasta tu ventana intermitente
Mandas "besis"
Por mensaje
Con los cables
 en tus cuencas
Con las tomas
 en tu ego.
Escalera (caracol)
Puerta (automática)
Tire
Empuje
Nunca sé.

Vivís en el shopping que tenés en tu cabeza.

sábado, 12 de octubre de 2013

Nacen alas de tu piel
hechas de sangre y humo y plumas
nacen poros y tus escamas se diluyen
en el aire de la industria farmacéutica
Alejate de los trópicos
personita de hielo y plástico y corbata
nacen dedos de tus manos
para redactar informes y presionar botones y acariciar el pelo de tu novio y mandarte tres de cada blíster y frasquito sin detenerte
nacen palabras y colchones de tu boca y tu lengua
nacen versos y almohadones de tus dientes y tus caries
nace muerte del vacío en el frasquito
y la maquinaria helada de los ruidos de la calle
se asoma por la puerta y te mira
y te mira
y te mira
y te mira

hace mucho que tus ojos no me hablan de ese suicidio tan lleno de vida.

domingo, 6 de octubre de 2013

Vergüenza, Asco.

Con alas o sin alas
toallitas desplumadas
en picada
para dos

dadaísmo jaula
tus labios fruncidos
cerrados
sellados
como desabiertos
y la llave tirada por el inodoro con toda la bosta que venís cagando en sueños.

Sos como dios pero con menos polillas en la cara
hace como tres años
que no te salen granitos

Pene, pene, pene, pene, pene, pene, pene, pene, pene, pene, pene, pene, pene, pene.
falo simbólico.

Anticuerpos.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Anotaciones en un cuadernito gloria.

Teórico de semiótica. Aula 3.

Te has llevado la noche y has dejado el insomnio
con solo pensar en

Los gatos rasguñan el cuerpo de madera, maullando sus penas y su ira incontenible.
Te llevaste (en el más doloroso pasado simple)

"IN THE BACKWARD AND ABYSM OF TIME"

te has llevado la mermelada,
me has dejado los frascos.

r
e
s
p
l
a
n
d
e
c
e

e
l

h
a
m
b
r
e

Ante el frío ojo de la oscuridad.
En el silencio de la noche se disuelven las voces, alimentando las lámparas grises del plenilunio.


Se me cae un pelo cabello en la hoja y no sé qué escribir. La lámpara proyecta sombras de mi en el papel. Mi pelo es un desastre. Hace frío y vos me dijsite que tenías miedo. Mi pelo no deja de ser un desastre.

Limpio, limpio, limpio. No dejo de limpiar.
Vos venís y me decís que lo estoy haciendo mal.
Que esto, en realidad, se llama ensuciar.

Ella mira por la ventana y encuentra poesía.
Yo solo veo un maxikiosco.

"Todavía te debo unas disculpas
no te devolví el cuchillo nunca"
(Prietto viaja al cosmos con Mariano)

viernes, 13 de septiembre de 2013

Nunca prescriben.

Fumo en el rincón más trémulo de la plazoleta cómica.
Descendiendo por la escalera mecánica de la apatía
hasta el descanso nítido de la vergüenza.
No veo la cálida nube de la que
Decís
Llueven tus cubitos de hielo.
Estoy cansado de esperar la apertura de tus brazos.
Algunos crimenes nunca prescriben
Y te has llevado la noche dejando el insomnio                                                       cruel
Y te has llevado la mermelada
Dejando los frascos vacíos.
Y te llevaste (en el más quejumbroso pasado simple)
Tu hogar viajando cada vez más lejos
Me dejaste  las escaleras
Siempre el lugar en el que anidas
Cuando no podés estar dónde realmente querés.
Siempre el descanso nítido de la vergüenza.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Té de hierbas bisexuales (algunos saquitos)


I
Ella muere cada vez que el cielo llega a su fin.
Cuando un rayo irrumpe en la habitación
Se llama centella.
Ella muere.

Cada vez que el cielo llega a su fin
Y las sábanas olvidadas en su sudor
Humedecen sus sueños
Y ella muere
En sus pesadillas al despertar de ese coma inducido.
Y ella muere, mueren sus piernas y muere el cielo.

No dice nada.
Nadie habla mientras muere.


II
Cojeme con tabaco de por medio
Y medialunas de noche trágica
Untadas en papel maché.
Avisame de las sombras hipsters motorizadas en la luz de mediodía manejando a mil por hora por la carretera de la noche trágica en la que cojemos con tabaco de por medio y comemos las medialunas untadas en papel maché.
Y después vomitame la boca con tus conejos de felpa
Desnudos de expresión, decimonónicos huesos rotos.

III
Serán de plástico
Cuando sus petalos
Se quiebren ante
El eco de un resplandor.
Cuando las rosas caigan de sus manos y sus manos caigan
De sus manos
Otra taza de té
Macha de infusión
En tu susurro.

IV
Una caterva de borrachos anidó en mi garganta,
Jugando a los malabares con mi sexualidad.
En las postrimerías de un sábado seco,
Hombres blancos y heterosexuales de mediana edad
Juzgan mi capacidad para tolerar los ojos.
El olor a vino es insoportable.
El hedor del porro es intolerable.
Los vapores del inodoro asemejan a tu cara.
No te enojes, no te enojes, no te enojes, no te enojes.
No importa cuanto lo repita.
Los mantras están muertos.
Los vapores del inodoro asemejan a tu madre.
No quiero más llamadas perdidas.
No quiero más que no estés ahí cuando te necesito.
No quiero más clonazepam.
Quiero té.

V
Necesito de tus vértebras para estructuralizar mis anhelos.
Necesito de tus ojos para ver en la oscuridad.
(Infrarrojo)
Necesito dejar de pensar en vos.
Necesito dejar de pensar en mí.
Necesito dejar de pensar en el otro.
Necesito dejar de pensar en todo.
Simplificar las estructuras.
Simplificar mis anhelos.
Simplificar tus vértebras.
Llevo cuatro días dándole vueltas a lo mismo,
Necesito bajar las escaleras, acercarme al umbral de tu casa
Y decirte lo que siento.
Necesito que tus palabras dejen de suicidar mi certidumbre.

VI
Quereme.

VII
Me ahoga tu ausencia
No el humo del cigarro.

sábado, 31 de agosto de 2013

Algunos crimenes.

Bla bla bla bla
bla bla bla bla bla bla bla
bla bla
Te has llevado la mermelada,
me has dejado los frascos.
bla bla bla bla
bla
bla
bla
bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla, bla bla bla bla bla bla bla. Bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla, bla bla bla bla bla bla bla bla bla bla 
bla bla bla bla  
bla bla
bla.

Despertarse a las siete de la tarde y después no poder dormir a la noche. Entonces escribir esto.


Callate.  Todavía me despertás por las noches con tus gritos incoherentes de jubilo, farfullando noticias añejas del color de tu orina y el rivotril. Las personas se alejan del olor adherente proveniente de tu mochila de odio, pero ahora te acostás a mi lado. Acostarse, digo, pero no hacés más que esconderte entre las frazadas, acolchado fuerte desde el cual gritarle al mundo que todavía no te atrapó, que todavía podés ser vos. Ser vos, ser vos, ser vos, ser vos. Que originales son tus pestañas y las guaridas que elegís cada vez que jugamos a las escondidas, y las guaridas que elegís cuando no estamos jugando. Porque te escondés, vos te escondés y nosotros somos demasiado estúpidos para encontrarte, surgís ante las capas negras de la oscuridad, ante las afluentes de la noche que inundan la habitación. Orina y rivotril. El aroma ritual de tantos años que ahoga océanos en tu desgracia. Demasiado estúpidos para escondernos, demasiado cobardes para escapar. Ponés tu mano en tu hombro, cuidando tu mundo de esa llave en mi que te descierra a destiempo, que te irrita de jubilo, que te asfixia de orina y rivotril.
Pero hoy no.
Hoy no esperar a los gallos del sol para poder dormir. Hoy no ser vos, ser vos, ser vos, ser vos, ni cejas arqueadas en originalidad, ni ceño fruncido en autenticidad. Hoy tu respiración profunda. La respiración profunda que se desentiende de mis tragedias. Hoy que peleo por la sábana me envuelvo y me atrapo en ausencia. Hoy que sonreí cuando en tus ojos nadaron los peces.
Siempre vos. Ser vos. Original. Tan original. Tan vos.
Pero hoy no.
Pero hoy también: Palabras.
Callate.
Callate.
Callate.
No me digas lo de siempre, ni eso de una sola vez y para siempre y chau. Alguien alejó el espanto de tus ojos cuando decidiste mirar. Alguien más que vive en la sombra de tus pestañas.
Alguien. No me importa saber quién. Callate.

sábado, 1 de junio de 2013

La Conquista de Avalon.




Dicen que Avalon fue la última gran conquista de la humanidad, uno de los más monumentales genocidios de la historia. Antecedentes de lo que luego fue el imperialismo colonialista británico pueden verse en la manera en que fueron administrados los recursos por el pueblo invasor, por la manera en que los nativos de Avalon fueron despojados de su tierra, y subyugados al poderío de la fría maquinaria motivada por las ansias expansionistas del engranaje europeo; fueron despojados de su tierra y sus raíces arrancadas con vehemencia, sus hojas quemadas, sus frutos, comidos; fueron despojados de sus tierras y llevados en masa a ciudades lejanas, sin agua, sin minerales en el suelo, sin alimento más que el sol que disparaba rayos UV a quemarropa; fueron despojados de su tierra y estacionados, plantados en otras, desconocidas y hostiles; fueron despojados de su tierra y forzados a ser el postre en un sistema de relaciones de dominación legitimado por la voz invisible de una clase dominante escondida e imbuida en el común de la gente que funcionaba como su portavoz, portavoces de la locura quienes aplaudieron con vehemencia la psicosis asesina que les era encomendada por esa voz infinita, que luego fue la voz de su dios y la voz de sus eruditos y la voz de sus políticos, y la voz de sus artistas, y la voz de sus maestros, y la voz de sus niños, y la voz de nadie, y la voz de todos y la voz de una voz que nunca dejó de ser la voz de aquellos quienes pretenden perpetuarse en las sombras, moviendo los hilos desde las tinieblas buscando justificar todos, y cada uno de sus delitos cometidos contra el hombre, y contra la naturaleza, humana o no; fueron despojados de su tierra y saboreados en un festín caníbal de fin de año; fueron despojados de su tierra, despojados de su tierra y llevados al mundo en un paquete con cinta de seda y papel de fantasía, en una caja de madera con un moño rosado y arquitectura artesanal, en una botella de vidrio con el nombre de alguien más o de un lugar, en un frasco de mermelada producido y reproducido por las reglas del mercado y la mano invisible tendiéndose y asiendo con ahínco y severidad aquel vidrio cilindrado que posee la sabía enriquecedora de tostadas, de personas-tostada, de relaciones siempre cayendo del lado del dulce como una figura de pan rebanado, relaciones humanas y tostadas. Con manteca. Fueron, señoras y señores, aunque se muevan en su asiento, y, en un desatino a la sutileza busquen el teléfono celular para saber la hora, para saber cuánto falta para que esto acabe y puedan volver al limbo comatoso conocido como cotidianeidad, fueron, las manzanas del reino de Avalon, despojadas de su tierra y llevadas directo a su mesa, donde usted las saborea y las disfruta y las lleva directo a su tracto digestivo. Usted, cómplice de un crimen atroz, busca ahora argumentar, para salvar su pellejo y su moral, pero no puede, porque se atraganta, porque las dos semillitas negras en el corazón del fruto ancestral que ha sido profanado, se atoran en su garganta y usted tose, y luego se olvida por completo, consumido por los medios de comunicación  y las innumerables fotos de gatitos en la internet, se olvida de ese escozor que lo obligó a salvar a un perro, que lo llevó a donar en fechas católicas determinadas, dinero para los pobres, que lo llevó a no consumir soja por temor al glifosato y a la tala indiscriminada y al despojo de su tierra de los pueblos nativos, se olvida usted señor, de ese misma incomodidad que sintió hace unos momentos, cuando fue acusado de un abuso nefasto.


Ahora el hombre busca, tímidamente, reivindicar a la manzana. Los católicos la han asignado como aquella fruta proveniente del árbol del conocimiento, aquella cuyo cuerpo Adán y Eva despedazaron y engulleron para darse cuenta de que estaban desnudos, a pesar de que, antes del genocidio de Avalon, la manzana era un fruto escaso en medio oriente; los profesionales de la medicina han llegado a la conclusión, de que consumirlas en exceso puede hacer mal para el organismo, sin embargo, dejan pasar por lo bajo prospectos y dietas que recomiendan su consumo; el mercado, la expresión del cínico aparato capitalista, ha contribuido, inesperadamente a salvar la manzana,  con precios exorbitantes, quince pesos el kilo de manzanas, pero, aun así, los padres dejan de mandar a sus hijos a la escuela, dejan de comprar medicamentos para el perro, dejan de viajar en tren, dejan de cocinar alto guiso, para comprar manzanas, para alimentarse con esa criatura divina, para llevarse sus entrañas a la boca, ignorando sus sentimientos, sus sueños degollados por la pálida hoz de la cosechadora maniática. ¡Patrañas! Estos no son más que tibios artilugios para liberar a su mente perturbada del disturbio de la inconmensurable cantidad de almas inocentes que descansan bajo la alfombra de la humanidad.
Siga masticando, bárbaro, siga acabando con vidas para regocijar su ego insípido, siga disminuyendo, amparado en teorías científicas impulsadas por el aparato destructor, su valor al de un ser inferior, siga arguyendo que la falta de sentimientos permite el descuartizamiento, siga legitimando el genocidio de los pueblos vegetales, animales y humanos, siga, en su dormitorio, pelando una manzana, cortándola en cuadraditos y llevándosela a la boca.


Distimia




Hace más de cuarenta y cinco minutos que el auto abandonó la zona urbana y ahora todo lo que puedo ver a través de la ventanilla son amplios espacios verdes que se extienden hasta donde el mundo se fusiona con el cielo. Cada tanto es posible divisar algunas vacas, alguna plantación de vegetales desconocidos, una vieja granja abandonada y olvidada. Fútiles cercos de carácter heterogéneo separan a las propiedades de la ruta, que aparece como interminable y recta, parece tan fácil adentrarse en esas casas desvencijadas, asesinar a su propietario y quedarse con cien hectáreas de campo. Tan fácil que aterra, y busco el seguro de la puerta, para cerciorarme que ese terror no va a entrar y sentarse a mi lado.
La vista desde el asiento de atrás es monótona, la creí placentera en tiempos remotos, no tengo que hablar, no tengo que manejar, puedo mirar al costado y perderme en el mar de pensamientos, desenmascarar la Gestalt del mundo a 110 Km/h. Gabriel ceba mate en la butaca del acompañante, y Liliana, la conductora, tiene su mirada crónica depositada en el inmediato frente, no vaya sea cosa que choquemos y todo el viaje se vaya al carajo. No justo ahora que parece que lo disfrutan. Al principio, cuando todavía transitábamos las polvorosas calles de Buenos Aires, se los veía nerviosos, como si el conductor de enfrente pudiera leer sus pensamientos más oscuros, como si acaso la ciudad fuera una ratonera que se cernía en torno a ellos y podía cortar sus vías de escape. Ahora ríen, y no se interesan en mí. Yo aprovecho y miro el paisaje. Tal vez sea la última vez que pueda verlo. 
Las "Noches de Liberación" empezaron unos meses atrás en ese pueblito del centro de la provincia, prometían milagros y revelaciones, epifanías y curas para los incurables, sanación para los insanos, fe para los no creyentes, esperanza para los desesperados. Chantaje. Escuché a Gabriel comentárselo por lo bajo a Liliana cuando estábamos cenando. Hice como que no escuchaba y deglutí con prisa el plato de arroz con pollo, me mandé un vaso entero de gaseosa sin respirar y abandoné el recinto. Supuse que tenían que hablar. Supe que tenían que hablar. Después de lavarme los dientes con cuidado y pasar el hilo dental por cada una de las cavidades, quitando sedimentos, toda posible fuente de infección, me acosté en la cama, mis ojos clavados en el apático tubo fluorescente. Otra absurda noche boca arriba, la radiación de la luz eléctrica como compañía. Quise agarrar la luz con mis manos, adueñarme de ella, iluminar los rincones más oscuros de mi alma. Sabía que ya era tarde, y que la única solución a la disyuntiva no yacía en mí, sino en la compañía de mis seres queridos. Aquellos que sabía que no me abandonarían, pero que iban a hacerlo de todos modos. Conté hasta mil esperando a que me abandonaran. En el proceso, me dormí.
Algo de chamame suena en la radio ahora que la señal de la estación de música internacional que Gabriel escucha ha perdido cobertura. No se molestan en apagar el colorido estéreo y me pregunto si seguirán ahí realmente. Una atisbo fugaz al interior del vehículo lo confirma, siguen ahí y no sé si sentirme aliviado. Por un segundo creo que Liliana me contempla a través del retrovisor. Pero no puede ser. Simplemente no puede ser que ella me esté mirando con esos ojos aguados cuando está mirando al frente, cuando está cuidando que no choquemos, porque, justo ahora que lo están disfrutando, no puede ser que se acabe todo así. Entonces ella mira al frente, y yo miro a través de la ventanilla del asiento de atrás. Gabriel prende un cigarrillo, por favor, que baje el vidrio de la ventana, por lo menos. El humo los deshechos del placer y el vicio me abrasan, contaminando el oxigeno en mis pulmones. Hace calor. Creo que oscurece, creo ver el mar en el horizonte, caótico e improbable error de percepción. Queda una pequeña porción de rojo oscuro que tenuemente comienza a desistir, perdiendo sus colores en un coma hermoso. La pequeña muerte del atardecer deja paso a un cielo estrellado. Son enésimas, más de las que se pueden divisar en la ciudad. Debe ser por las luces y el smog, creo.
Al otro día desperté, miré al techo y pensé en mi vida. Sencillamente no quería levantarme, no había nada para hacer, nadie con quien hablar, nadie a quien querer, ningún lugar a donde ir. Eran las cuatro de la tarde y seguía con sueño, un sueño cansino, mis músculos estaban adormilados, mi mente, a la deriva en un océano de nausea. Alboroto en el piso de abajo, lo que siempre me retornaba al mundo de lo asequible. Liliana no estaba de acuerdo, nunca estaba de acuerdo con nada; ni con el traspaso de los subtes al gobierno de la ciudad, ni con el director técnico de la selección nacional de fútbol, ni con los medicamentos recetados, ni con la terapia alternativa, ni con los rituales sagrados de liberación mágica. Sin embargo, Gabriel siempre gritaba con más vehemencia, y golpeaba con más fuerza; entonces, él tenía la razón.
Liliana golpeó mi puerta cierto tiempo más tarde: toc toc toc. Aún estaba en piyama, hojeando un grimorio mientras me debatía entre levantar la persiana, o continuar en cama y declarar el día por perdido. Supuse que había estado llorando por el brillo de la inyección escarlata anidando en sus ojos, por las ojeras luctuosas, por esa mirada de suplica e infinito desprecio. Me vas a abandonar, le dije.
No te voy a abandonar, me dice, nunca te abandonaría, repite, como tratando de convencerse a si misma. Gabriel se durmió y yo creo que también estoy un poco adormilado, y es que no me salen las palabras, y es que no sé si quiero decir algo realmente. Te van a curar, me dice, te van a salvar. No quiero escucharla, cómo si acaso lo que dijera ella tuviera significado alguno. No ahora, no cuando está él, cuando es él el maestro y señor de la casa, el dueño de las decisiones y monopolizador de los problemas. Porque TODO tiene que afectarlo a él, y la opinión de los vecinos, que es como una nueva estadística que separa lo que debe existir de aquello absurdo. Es él, me dice entonces, confidente, temerosa, él dice que así vamos a estar bien. Entonces nos miramos a través del espejo retrovisor, y, por primera vez, nuestras ideas se cruzan. Ella detiene el automóvil a un costado de la ruta. No viene nadie, ni un alma transita este abismo de granjas y baldíos. Gabriel duerme plácidamente, desconociendo aquel complot que se está maquinando en este momento y puede devenir en otro abandono, un mero cambio de roles. Es un momento, nada más que un segundo, la revolución, y todo dura hasta que ella vuelve a girar la llave y arranca y yo vuelvo a mirar hacia la oscuridad que se extiende hasta la lejanía. Debe ser la costumbre, supongo. Tal vez todo tenga que ver con él.
Y así fue desde un principio, recuerdo cuando le confesé mi homosexualidad a Liliana y ella me miró, sonrió, y me dijo, mañana podríamos ir a tomar el té al jardín japonés. Luego caminó hacia la cocina, se volteó, y con una mirada seria aseveró, buscate un buen trabajo, quiero un nieto y tienen que confirmar que podés mantener a un niño antes de adoptar. Ella lo sabía porque ellos me habían adoptado, y cuan agradecido estaba a esos extraños que me habían convidado de su familia.
Él no lo entendió, y no volvimos a tener una charla desde aquella a la vuelta de la cancha de Atlanta. Habíamos perdido cuatro a cero con Temperley, y Gabriel estaba algo enojado. Dijo, de tantos pendejos tuve que adoptar a un puto, eso fue lo que dijo. Y no dijo nada más. Cada tanto nos cruzábamos en algún partido y no nos saludábamos. No volvimos a ver juntos algún partido. Se sintió lastimado, herido, acaso porque su hijo no le brindaría una descendencia y debería adoptar, pero eso suena a ironía, injusticia del karma. Acaso por lo que dirían los vecinos, seres desconocidos, fantasmas corpóreos de rostros difuminados por la abstracción, sujetos tácitos, presentes en cada acción, cada movimiento que Gabriel profería, cada jugada que ponía en compromiso su estrato social. Eso es lo que da sentido a su vida. Por lo menos su vida tiene sentido.
Ahora vamos a ese pueblo a ver si me pueden curar. Creo que me dormí, porque escucho murmullos y veo luces y un escenario. El auto para y no quiero, no quiero bajar, quiero quedarme en el asiento trasero y mirar a través de la ventanilla hacia los campos repletos de nada, y el ganado pastando, el olor del asfalto de la ruta que va en aparente línea recta hacia cualquier lugar. La multitud me empuja, Liliana suelta mi mano. Un hombre habla con ímpetu. Le llaman distimia, es un trastorno mental que altera el estado de ánimo, es como una leve depresión. Hace unos meses, unos científicos de la Universidad de La Plata la descubrieron como la causa de todos los males de la humanidad. Desde entonces, la sociedad ha estado acabando con ellos uno por uno, a través medios propios, y acudiendo a medios oficiales también. Hace unos meses, comenzaron con las "Noches de Liberación", que prometían, entre otras cosas, aliviar a aquellas víctimas de la enfermedad. Me hacen subir al escenario y el público estalla en aplausos, no puedo ver a la gente, siento la nausea agolparse en mi cerebro. El hombre que hablaba con ímpetu me toma de la mano y, mientras vocifera palabras que no entiendo me va guiando directo al centro, dice algo y la gente grita y aplaude. Trato de concentrarme, de enfocar mi vista, quiero saber qué está pasando. La muerte. Eso está pasando, me acerco cada vez al centro del escenario. Una guillotina y una horca yacen emplazadas en perfecta posición, preparadas, listas para liberarnos a todos de la tortura del dolor. La última decisión es mía. El ritual de liberación comienza, doy un paso hacia la guillotina, y miro hacia el público, todos y cada uno de ellos son Gabriel y Liliana, y puedo percibir como un peso desaparece de sus cuerpos, como se liberan para siempre del suplicio absurdo y opresivo de la distimia, como regresan lentamente al auto, se miran a los ojos y se dan cuenta de cuanto se aman y de la felicidad que representa tenerse el uno al otro.

Titania.



Titania se sienta en la vereda y espera. Sus ojos color ámbar repudian el paisaje con un gesto que su rostro consiente al deformarse en leve mueca. Esa es su vida; entre aulas y paradas de colectivo, ella deambula en búsqueda de un amor perpetuo al que teme confeccionar con sus propios medios. El amor vendrá y ella estará esperando con una sonrisa de oreja a oreja, se abrazarán y el hechizo de eterna angustia se romperá para siempre. Es el destino de la princesa ser salvada por un príncipe valiente que degollará al dragón con una espada reluciente. Es el destino del dragón defender a la princesa hasta la muerte. Hasta el mismísimo final del sueño, el dragón espera sentado en la vereda a ser asesinado por el paso del tiempo y las idas y vueltas de la vida.
 Titania dijo que vendría a las tres, pero tal vez enganchó otra vez una maratón de Superman. Esas películas que a él tanto le gustaban, ella se recuesta en el sofá de la sala de estar y mira las secuencias que alevosamente reconoce de memoria. Todo remite a él en esa ciudad entera en una botella. Nuestras botellas están vacías de lunes a domingo; ni ruinas, ni arena, ni mensajes al mar. Tal vez ella tenga razón, no vale la pena encontrarse conmigo, hay cosas que nadie sabe, que no puede contar; un terrible suplicio del que solo sus entrañas enredaderas pueden dar cuenta. Y hay tantos hombres que darían la vida por verla sonreír, ella es más bonita que todas nuestras novias juntas. Pero ella no está interesada en seres humanos vulgares y superficiales. Y todos los hombres del mundo sueñan con la reina de las hadas que acaricia su entorno onírico y los seduce con un bostezo.
Titania cierra sus ojos, y todas las personas del mundo dejan de soñar. Parpadea con pesadumbre, como desconociendo el poder que esas pestañas oblicuas generan en las marionetas que la circundan, que la aplauden, que la lloran y la sueñan y la esperan y la pretenden y la desean y la aman.
Entonces, otra vez, tal vez ella tenga razón. Ahora bien, ¿qué podré hacer para compensar aquellas falencias que evidencian mi inferioridad? ¿Cómo hacer para que un cuerpo ligero y perfecto no abandone los roces aun por esculpir de este mundo obtuso, de este cielo de hombres sin alas, para volver con los dueños de esos ojos de agua?
No existe posibilidad de vencer a Oberón en su propio juego, de chantajes, de sueños, de secretas fantasías.
Y Titania llora un desencuentro buscado, con lágrimas de ensueño que empantanan cualquier profundo rencor que sus traiciones, que sus contradicciones, que sus palabras vacías pudieran suscitar. Se levanta al ver los créditos de la película aparecer en minúscula grafía, siempre remitentes a sus viejas cartas; y prepara un té, como si eso no representara también un suvenir gratuito, repleto de pretensión y nostalgia en estado liquido.


Sostiene el futuro dentro de una carpeta de tres solapas, pero a nadie le importa demasiado eso. Si el futuro es lo de menos, es a lo que ella se aferrara con su uñas impolutas, buscando perfeccionarse en pos de un mejor mañana. Existe también un pasado que se refleja en el salitre de las lágrimas de amor odio que producen los recuerdos como sombras adheridas a las calles y las casas que circula. Titania finge no ser la reina de las hadas, pero ofrendale un ramo de flores silvestres recogidas del campo y ella te concederá un deseo. Es como un acto reflejo, ella concede los deseos de la humanidad, y luego se echa a llorar, recordando a Oberón y a su magia etérea. Siempre culpa a los demás y a los elefantes y a los pasillos y a las lámparas de bajo consumo que alargan su esencia y extienden la luminiscencia de la noche y el café que no la deja dormir y a las almohadas y al olor de su sudor y a sus alas y a las nubes y a sus miedos y a sus padres y al amor que encontró y perdió y a todas esas otras cosas que no entiende ni pretende entender; y el mundo de los hombres sin alas está repleto de seres que husmean desde lejos, deseando, desde lo más intrínseco de sus rostros absurdos, explorar ese laberinto mágico en el que la reina de las hadas se esconde. De alguna manera, sin embargo existen aquellos a quienes ella permite vislumbrar el espantoso encanto de las profundidades de su maravilloso abismo extraterrestre. Aun así, el dragón subyace en las aristas de ese incierto mundo. Un adefesio que se enfrenta a los impuros de corazón, protegiendo a su reina de esos ojos inquisidores que quieren poseer la belleza de su cuerpo obnubilante; y los esperpentos seducen al dragón, buscando complicidad en la moribunda empresa que siguen intentando mantener a flote. Pero todo es fútil. 
Y cuando el dragón mira su reflejo en el lago, reconoce que el destino se ha reído de él. Se suponía que el príncipe sería él, pero algo estuvo mal en las escrituras, alguien dijo algo que fue mal interpretado. El dragón lamenta su situación, con columnas de fuego ahogadas, con gritos bajo el agua, con pies de cemento que se hunden en la arena. Me pregunto, ¿Qué fue lo que hicimos durante esos tres días que estuvimos muertos? Y una y otra vez intento volver sobre mis pasos y nunca llegar a esta situación.
Titania tiró una piedra en el agua, y las ondas llegaron con aplomo hasta la orilla. Y pude percibir con lentitud el tembloroso avance de las sombras y los terremotos que se acercaban. Y he jurado mi amor y lealtad a Titania, pero ella no está interesada en seres humanos vulgares como yo.
Miro la hora y sé que el príncipe ha vuelto, miro al dragón y sé que el caballero lo ha degollado; el dragón es de papel. Entonces tomo mis manos ensangrentadas y oculto una herida de tinta que estampa un desencuentro en el dorso del sobre. Una carta de amor. Un mensaje de texto. Una espera reiniciada y el dragón que resurge de sus propias entrañas, y su vomito de fuego, y su ser el malo de la historia, y su melancolía eterna. Y me siento en la vereda y espero, resignado a sus resoluciones la espero, con la melancolía del que conoce sus límites y su impostergable final, sigo esperando. Pero sé que, indefectiblemente, ella nunca me va a querer. Puta.