eat your heart out

sábado, 5 de enero de 2013

Un viejo que hacia desaparecer nubes/ Días de coma.




Es mi cuerpo. Se siente… equivocado. Al cerrar los ojos puedo percibir una incierta angustia, sensación ilógica de estar descolocado. No sé si floto o me hundo, pero es cómodo. Cómodamente en coma, si retengo la respiración unos minutos tal vez gane la habilidad de volar. Si aprieto mis ojos con fuerza, puedo ver cosas que no existen, no sé si reconozco esos colores realmente, o si los imagino de la misma manera que imaginé toda mi infancia, todos mis sueños pasados que ahora huelen a naftalina. El árbol que nunca planté; esa herida en la rodilla izquierda, al caer de una bicicleta ficticia; los pasteles de tierra, el olor de asfalto mojado en un verano lluvioso, la guerra de bombitas con agua en carnaval, la navidad y la pirotecnia. Cuantos otros mitos que vimos desde detrás de la cortina, ahora se sienten propios, ahora que nadie los quiere. Los doctores veían lo mismo, tal vez, solo que a través de manchas en radiografías, test de Rorschach con mi espina dorsal, columna vertebral, tibia, humero y peroné. Creo que un día nombraron al cúbito y me pareció gracioso. Creo que también estoy inventando eso. A veces invento enfermedades y animales mitológicos para explicar mi anorexia sexual, la desidia, dieciséis horas en cama. Anemia, estrés, angustia, neurosis, histeria, hipogrifo, súcubo, poltergeist, Evangelion. Mi estado de ánimo depende de los demás, de la manera en que los duendes dispongan de los colores en el mundo, de la cantidad de manchas en el gato del vecino, que me mira y sale corriendo como si me tuviera más miedo que yo a él. Absurdo. Hay días más purpúreos que otros, días que perduran el rojo de la decepción, el azul del pánico, el verde de la salida de emergencia. Hay días en blanco, cuando una ameba resbala con un arcoíris de terciopelo, y el mundo es un árbol hechicero. Hay días de celeste, como cuando el niño que dibuja en los recreos se olvida de las nubes, o no tiene sacapuntas, o le robaron la cartuchera. Hay días de negro también, pero el negro es imperfecto, siempre hay halitos de sol y luna traspasando las rendijas de la jaula, el umbral del portal, las puertitas del placard. A veces quisiera oscuridad total. Cerrar los ojos. Abrir los ojos. Probar un sabor de té que esté enamorado de mí.

3 comentarios:

  1. Hola. A veces te leo y cada vez que recorro tus palabras trato de hacerlas realidad por lo menos un momento... pero lo que sucedio durante estos dias de coma, no hace falta imaginarlo para hacerlo real, escribiste la infancia de quien ejecuta este comentario en un intento de abrazarte sin razon aparente, injustificada, porque es ficcion, porque nunca estuve en coma, porque nunca perdi la cartuchera, la perdi mucho tiempo despues que aprendi que las nubes no se pintaban de celeste, que eran de ese blanco que nada tenia de terciopelo cortado de arboles; porque el absurdo solo existio en la anorexia, en acostarse en la cama pocas horas con un niño que sigue en neurosis de comas, en desconocer evangelion hasta poco (poco, poco, se repiten los pocos) despues de ilustrarse en puertas de roperos en ese negro imperfecto lleno de esperanzas capaz, nose, no quiero seguir usando tu texto sensible para convencerme de cosas, poco (otro mas, otra vez) para no acercarme.
    Te mando un saludo, y la cancion feliz tan oportuna que suena cada vez que se lee/n / t / t/ le / o / terminator.

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    1. Que gran comentario. Primero, gracias por tomarte el tiempo de comentar; segundo, que bueno que te haya generado algo; tercero, perdón por haberte recordado a tu infancia(? las infancias son horribles, sobre todo si te robaban la cartuchera todo el tiempo.
      A veces la nostalgia se me hace mentirosa.
      Te mando un abrazo por escrito~

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    2. No solo las infancias talvez, mi cartuchera la perdi en la facultad, tenia mi lapiz favorito, es un recuerdo infeliz de superar, una mentira mas para quedarse en relatos llenos de comas sin punto final. Ahi me llego algo, lo voy a anotar para recordarlo.

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