eat your heart out

sábado, 1 de junio de 2013

La Conquista de Avalon.




Dicen que Avalon fue la última gran conquista de la humanidad, uno de los más monumentales genocidios de la historia. Antecedentes de lo que luego fue el imperialismo colonialista británico pueden verse en la manera en que fueron administrados los recursos por el pueblo invasor, por la manera en que los nativos de Avalon fueron despojados de su tierra, y subyugados al poderío de la fría maquinaria motivada por las ansias expansionistas del engranaje europeo; fueron despojados de su tierra y sus raíces arrancadas con vehemencia, sus hojas quemadas, sus frutos, comidos; fueron despojados de sus tierras y llevados en masa a ciudades lejanas, sin agua, sin minerales en el suelo, sin alimento más que el sol que disparaba rayos UV a quemarropa; fueron despojados de su tierra y estacionados, plantados en otras, desconocidas y hostiles; fueron despojados de su tierra y forzados a ser el postre en un sistema de relaciones de dominación legitimado por la voz invisible de una clase dominante escondida e imbuida en el común de la gente que funcionaba como su portavoz, portavoces de la locura quienes aplaudieron con vehemencia la psicosis asesina que les era encomendada por esa voz infinita, que luego fue la voz de su dios y la voz de sus eruditos y la voz de sus políticos, y la voz de sus artistas, y la voz de sus maestros, y la voz de sus niños, y la voz de nadie, y la voz de todos y la voz de una voz que nunca dejó de ser la voz de aquellos quienes pretenden perpetuarse en las sombras, moviendo los hilos desde las tinieblas buscando justificar todos, y cada uno de sus delitos cometidos contra el hombre, y contra la naturaleza, humana o no; fueron despojados de su tierra y saboreados en un festín caníbal de fin de año; fueron despojados de su tierra, despojados de su tierra y llevados al mundo en un paquete con cinta de seda y papel de fantasía, en una caja de madera con un moño rosado y arquitectura artesanal, en una botella de vidrio con el nombre de alguien más o de un lugar, en un frasco de mermelada producido y reproducido por las reglas del mercado y la mano invisible tendiéndose y asiendo con ahínco y severidad aquel vidrio cilindrado que posee la sabía enriquecedora de tostadas, de personas-tostada, de relaciones siempre cayendo del lado del dulce como una figura de pan rebanado, relaciones humanas y tostadas. Con manteca. Fueron, señoras y señores, aunque se muevan en su asiento, y, en un desatino a la sutileza busquen el teléfono celular para saber la hora, para saber cuánto falta para que esto acabe y puedan volver al limbo comatoso conocido como cotidianeidad, fueron, las manzanas del reino de Avalon, despojadas de su tierra y llevadas directo a su mesa, donde usted las saborea y las disfruta y las lleva directo a su tracto digestivo. Usted, cómplice de un crimen atroz, busca ahora argumentar, para salvar su pellejo y su moral, pero no puede, porque se atraganta, porque las dos semillitas negras en el corazón del fruto ancestral que ha sido profanado, se atoran en su garganta y usted tose, y luego se olvida por completo, consumido por los medios de comunicación  y las innumerables fotos de gatitos en la internet, se olvida de ese escozor que lo obligó a salvar a un perro, que lo llevó a donar en fechas católicas determinadas, dinero para los pobres, que lo llevó a no consumir soja por temor al glifosato y a la tala indiscriminada y al despojo de su tierra de los pueblos nativos, se olvida usted señor, de ese misma incomodidad que sintió hace unos momentos, cuando fue acusado de un abuso nefasto.


Ahora el hombre busca, tímidamente, reivindicar a la manzana. Los católicos la han asignado como aquella fruta proveniente del árbol del conocimiento, aquella cuyo cuerpo Adán y Eva despedazaron y engulleron para darse cuenta de que estaban desnudos, a pesar de que, antes del genocidio de Avalon, la manzana era un fruto escaso en medio oriente; los profesionales de la medicina han llegado a la conclusión, de que consumirlas en exceso puede hacer mal para el organismo, sin embargo, dejan pasar por lo bajo prospectos y dietas que recomiendan su consumo; el mercado, la expresión del cínico aparato capitalista, ha contribuido, inesperadamente a salvar la manzana,  con precios exorbitantes, quince pesos el kilo de manzanas, pero, aun así, los padres dejan de mandar a sus hijos a la escuela, dejan de comprar medicamentos para el perro, dejan de viajar en tren, dejan de cocinar alto guiso, para comprar manzanas, para alimentarse con esa criatura divina, para llevarse sus entrañas a la boca, ignorando sus sentimientos, sus sueños degollados por la pálida hoz de la cosechadora maniática. ¡Patrañas! Estos no son más que tibios artilugios para liberar a su mente perturbada del disturbio de la inconmensurable cantidad de almas inocentes que descansan bajo la alfombra de la humanidad.
Siga masticando, bárbaro, siga acabando con vidas para regocijar su ego insípido, siga disminuyendo, amparado en teorías científicas impulsadas por el aparato destructor, su valor al de un ser inferior, siga arguyendo que la falta de sentimientos permite el descuartizamiento, siga legitimando el genocidio de los pueblos vegetales, animales y humanos, siga, en su dormitorio, pelando una manzana, cortándola en cuadraditos y llevándosela a la boca.


Distimia




Hace más de cuarenta y cinco minutos que el auto abandonó la zona urbana y ahora todo lo que puedo ver a través de la ventanilla son amplios espacios verdes que se extienden hasta donde el mundo se fusiona con el cielo. Cada tanto es posible divisar algunas vacas, alguna plantación de vegetales desconocidos, una vieja granja abandonada y olvidada. Fútiles cercos de carácter heterogéneo separan a las propiedades de la ruta, que aparece como interminable y recta, parece tan fácil adentrarse en esas casas desvencijadas, asesinar a su propietario y quedarse con cien hectáreas de campo. Tan fácil que aterra, y busco el seguro de la puerta, para cerciorarme que ese terror no va a entrar y sentarse a mi lado.
La vista desde el asiento de atrás es monótona, la creí placentera en tiempos remotos, no tengo que hablar, no tengo que manejar, puedo mirar al costado y perderme en el mar de pensamientos, desenmascarar la Gestalt del mundo a 110 Km/h. Gabriel ceba mate en la butaca del acompañante, y Liliana, la conductora, tiene su mirada crónica depositada en el inmediato frente, no vaya sea cosa que choquemos y todo el viaje se vaya al carajo. No justo ahora que parece que lo disfrutan. Al principio, cuando todavía transitábamos las polvorosas calles de Buenos Aires, se los veía nerviosos, como si el conductor de enfrente pudiera leer sus pensamientos más oscuros, como si acaso la ciudad fuera una ratonera que se cernía en torno a ellos y podía cortar sus vías de escape. Ahora ríen, y no se interesan en mí. Yo aprovecho y miro el paisaje. Tal vez sea la última vez que pueda verlo. 
Las "Noches de Liberación" empezaron unos meses atrás en ese pueblito del centro de la provincia, prometían milagros y revelaciones, epifanías y curas para los incurables, sanación para los insanos, fe para los no creyentes, esperanza para los desesperados. Chantaje. Escuché a Gabriel comentárselo por lo bajo a Liliana cuando estábamos cenando. Hice como que no escuchaba y deglutí con prisa el plato de arroz con pollo, me mandé un vaso entero de gaseosa sin respirar y abandoné el recinto. Supuse que tenían que hablar. Supe que tenían que hablar. Después de lavarme los dientes con cuidado y pasar el hilo dental por cada una de las cavidades, quitando sedimentos, toda posible fuente de infección, me acosté en la cama, mis ojos clavados en el apático tubo fluorescente. Otra absurda noche boca arriba, la radiación de la luz eléctrica como compañía. Quise agarrar la luz con mis manos, adueñarme de ella, iluminar los rincones más oscuros de mi alma. Sabía que ya era tarde, y que la única solución a la disyuntiva no yacía en mí, sino en la compañía de mis seres queridos. Aquellos que sabía que no me abandonarían, pero que iban a hacerlo de todos modos. Conté hasta mil esperando a que me abandonaran. En el proceso, me dormí.
Algo de chamame suena en la radio ahora que la señal de la estación de música internacional que Gabriel escucha ha perdido cobertura. No se molestan en apagar el colorido estéreo y me pregunto si seguirán ahí realmente. Una atisbo fugaz al interior del vehículo lo confirma, siguen ahí y no sé si sentirme aliviado. Por un segundo creo que Liliana me contempla a través del retrovisor. Pero no puede ser. Simplemente no puede ser que ella me esté mirando con esos ojos aguados cuando está mirando al frente, cuando está cuidando que no choquemos, porque, justo ahora que lo están disfrutando, no puede ser que se acabe todo así. Entonces ella mira al frente, y yo miro a través de la ventanilla del asiento de atrás. Gabriel prende un cigarrillo, por favor, que baje el vidrio de la ventana, por lo menos. El humo los deshechos del placer y el vicio me abrasan, contaminando el oxigeno en mis pulmones. Hace calor. Creo que oscurece, creo ver el mar en el horizonte, caótico e improbable error de percepción. Queda una pequeña porción de rojo oscuro que tenuemente comienza a desistir, perdiendo sus colores en un coma hermoso. La pequeña muerte del atardecer deja paso a un cielo estrellado. Son enésimas, más de las que se pueden divisar en la ciudad. Debe ser por las luces y el smog, creo.
Al otro día desperté, miré al techo y pensé en mi vida. Sencillamente no quería levantarme, no había nada para hacer, nadie con quien hablar, nadie a quien querer, ningún lugar a donde ir. Eran las cuatro de la tarde y seguía con sueño, un sueño cansino, mis músculos estaban adormilados, mi mente, a la deriva en un océano de nausea. Alboroto en el piso de abajo, lo que siempre me retornaba al mundo de lo asequible. Liliana no estaba de acuerdo, nunca estaba de acuerdo con nada; ni con el traspaso de los subtes al gobierno de la ciudad, ni con el director técnico de la selección nacional de fútbol, ni con los medicamentos recetados, ni con la terapia alternativa, ni con los rituales sagrados de liberación mágica. Sin embargo, Gabriel siempre gritaba con más vehemencia, y golpeaba con más fuerza; entonces, él tenía la razón.
Liliana golpeó mi puerta cierto tiempo más tarde: toc toc toc. Aún estaba en piyama, hojeando un grimorio mientras me debatía entre levantar la persiana, o continuar en cama y declarar el día por perdido. Supuse que había estado llorando por el brillo de la inyección escarlata anidando en sus ojos, por las ojeras luctuosas, por esa mirada de suplica e infinito desprecio. Me vas a abandonar, le dije.
No te voy a abandonar, me dice, nunca te abandonaría, repite, como tratando de convencerse a si misma. Gabriel se durmió y yo creo que también estoy un poco adormilado, y es que no me salen las palabras, y es que no sé si quiero decir algo realmente. Te van a curar, me dice, te van a salvar. No quiero escucharla, cómo si acaso lo que dijera ella tuviera significado alguno. No ahora, no cuando está él, cuando es él el maestro y señor de la casa, el dueño de las decisiones y monopolizador de los problemas. Porque TODO tiene que afectarlo a él, y la opinión de los vecinos, que es como una nueva estadística que separa lo que debe existir de aquello absurdo. Es él, me dice entonces, confidente, temerosa, él dice que así vamos a estar bien. Entonces nos miramos a través del espejo retrovisor, y, por primera vez, nuestras ideas se cruzan. Ella detiene el automóvil a un costado de la ruta. No viene nadie, ni un alma transita este abismo de granjas y baldíos. Gabriel duerme plácidamente, desconociendo aquel complot que se está maquinando en este momento y puede devenir en otro abandono, un mero cambio de roles. Es un momento, nada más que un segundo, la revolución, y todo dura hasta que ella vuelve a girar la llave y arranca y yo vuelvo a mirar hacia la oscuridad que se extiende hasta la lejanía. Debe ser la costumbre, supongo. Tal vez todo tenga que ver con él.
Y así fue desde un principio, recuerdo cuando le confesé mi homosexualidad a Liliana y ella me miró, sonrió, y me dijo, mañana podríamos ir a tomar el té al jardín japonés. Luego caminó hacia la cocina, se volteó, y con una mirada seria aseveró, buscate un buen trabajo, quiero un nieto y tienen que confirmar que podés mantener a un niño antes de adoptar. Ella lo sabía porque ellos me habían adoptado, y cuan agradecido estaba a esos extraños que me habían convidado de su familia.
Él no lo entendió, y no volvimos a tener una charla desde aquella a la vuelta de la cancha de Atlanta. Habíamos perdido cuatro a cero con Temperley, y Gabriel estaba algo enojado. Dijo, de tantos pendejos tuve que adoptar a un puto, eso fue lo que dijo. Y no dijo nada más. Cada tanto nos cruzábamos en algún partido y no nos saludábamos. No volvimos a ver juntos algún partido. Se sintió lastimado, herido, acaso porque su hijo no le brindaría una descendencia y debería adoptar, pero eso suena a ironía, injusticia del karma. Acaso por lo que dirían los vecinos, seres desconocidos, fantasmas corpóreos de rostros difuminados por la abstracción, sujetos tácitos, presentes en cada acción, cada movimiento que Gabriel profería, cada jugada que ponía en compromiso su estrato social. Eso es lo que da sentido a su vida. Por lo menos su vida tiene sentido.
Ahora vamos a ese pueblo a ver si me pueden curar. Creo que me dormí, porque escucho murmullos y veo luces y un escenario. El auto para y no quiero, no quiero bajar, quiero quedarme en el asiento trasero y mirar a través de la ventanilla hacia los campos repletos de nada, y el ganado pastando, el olor del asfalto de la ruta que va en aparente línea recta hacia cualquier lugar. La multitud me empuja, Liliana suelta mi mano. Un hombre habla con ímpetu. Le llaman distimia, es un trastorno mental que altera el estado de ánimo, es como una leve depresión. Hace unos meses, unos científicos de la Universidad de La Plata la descubrieron como la causa de todos los males de la humanidad. Desde entonces, la sociedad ha estado acabando con ellos uno por uno, a través medios propios, y acudiendo a medios oficiales también. Hace unos meses, comenzaron con las "Noches de Liberación", que prometían, entre otras cosas, aliviar a aquellas víctimas de la enfermedad. Me hacen subir al escenario y el público estalla en aplausos, no puedo ver a la gente, siento la nausea agolparse en mi cerebro. El hombre que hablaba con ímpetu me toma de la mano y, mientras vocifera palabras que no entiendo me va guiando directo al centro, dice algo y la gente grita y aplaude. Trato de concentrarme, de enfocar mi vista, quiero saber qué está pasando. La muerte. Eso está pasando, me acerco cada vez al centro del escenario. Una guillotina y una horca yacen emplazadas en perfecta posición, preparadas, listas para liberarnos a todos de la tortura del dolor. La última decisión es mía. El ritual de liberación comienza, doy un paso hacia la guillotina, y miro hacia el público, todos y cada uno de ellos son Gabriel y Liliana, y puedo percibir como un peso desaparece de sus cuerpos, como se liberan para siempre del suplicio absurdo y opresivo de la distimia, como regresan lentamente al auto, se miran a los ojos y se dan cuenta de cuanto se aman y de la felicidad que representa tenerse el uno al otro.

Titania.



Titania se sienta en la vereda y espera. Sus ojos color ámbar repudian el paisaje con un gesto que su rostro consiente al deformarse en leve mueca. Esa es su vida; entre aulas y paradas de colectivo, ella deambula en búsqueda de un amor perpetuo al que teme confeccionar con sus propios medios. El amor vendrá y ella estará esperando con una sonrisa de oreja a oreja, se abrazarán y el hechizo de eterna angustia se romperá para siempre. Es el destino de la princesa ser salvada por un príncipe valiente que degollará al dragón con una espada reluciente. Es el destino del dragón defender a la princesa hasta la muerte. Hasta el mismísimo final del sueño, el dragón espera sentado en la vereda a ser asesinado por el paso del tiempo y las idas y vueltas de la vida.
 Titania dijo que vendría a las tres, pero tal vez enganchó otra vez una maratón de Superman. Esas películas que a él tanto le gustaban, ella se recuesta en el sofá de la sala de estar y mira las secuencias que alevosamente reconoce de memoria. Todo remite a él en esa ciudad entera en una botella. Nuestras botellas están vacías de lunes a domingo; ni ruinas, ni arena, ni mensajes al mar. Tal vez ella tenga razón, no vale la pena encontrarse conmigo, hay cosas que nadie sabe, que no puede contar; un terrible suplicio del que solo sus entrañas enredaderas pueden dar cuenta. Y hay tantos hombres que darían la vida por verla sonreír, ella es más bonita que todas nuestras novias juntas. Pero ella no está interesada en seres humanos vulgares y superficiales. Y todos los hombres del mundo sueñan con la reina de las hadas que acaricia su entorno onírico y los seduce con un bostezo.
Titania cierra sus ojos, y todas las personas del mundo dejan de soñar. Parpadea con pesadumbre, como desconociendo el poder que esas pestañas oblicuas generan en las marionetas que la circundan, que la aplauden, que la lloran y la sueñan y la esperan y la pretenden y la desean y la aman.
Entonces, otra vez, tal vez ella tenga razón. Ahora bien, ¿qué podré hacer para compensar aquellas falencias que evidencian mi inferioridad? ¿Cómo hacer para que un cuerpo ligero y perfecto no abandone los roces aun por esculpir de este mundo obtuso, de este cielo de hombres sin alas, para volver con los dueños de esos ojos de agua?
No existe posibilidad de vencer a Oberón en su propio juego, de chantajes, de sueños, de secretas fantasías.
Y Titania llora un desencuentro buscado, con lágrimas de ensueño que empantanan cualquier profundo rencor que sus traiciones, que sus contradicciones, que sus palabras vacías pudieran suscitar. Se levanta al ver los créditos de la película aparecer en minúscula grafía, siempre remitentes a sus viejas cartas; y prepara un té, como si eso no representara también un suvenir gratuito, repleto de pretensión y nostalgia en estado liquido.


Sostiene el futuro dentro de una carpeta de tres solapas, pero a nadie le importa demasiado eso. Si el futuro es lo de menos, es a lo que ella se aferrara con su uñas impolutas, buscando perfeccionarse en pos de un mejor mañana. Existe también un pasado que se refleja en el salitre de las lágrimas de amor odio que producen los recuerdos como sombras adheridas a las calles y las casas que circula. Titania finge no ser la reina de las hadas, pero ofrendale un ramo de flores silvestres recogidas del campo y ella te concederá un deseo. Es como un acto reflejo, ella concede los deseos de la humanidad, y luego se echa a llorar, recordando a Oberón y a su magia etérea. Siempre culpa a los demás y a los elefantes y a los pasillos y a las lámparas de bajo consumo que alargan su esencia y extienden la luminiscencia de la noche y el café que no la deja dormir y a las almohadas y al olor de su sudor y a sus alas y a las nubes y a sus miedos y a sus padres y al amor que encontró y perdió y a todas esas otras cosas que no entiende ni pretende entender; y el mundo de los hombres sin alas está repleto de seres que husmean desde lejos, deseando, desde lo más intrínseco de sus rostros absurdos, explorar ese laberinto mágico en el que la reina de las hadas se esconde. De alguna manera, sin embargo existen aquellos a quienes ella permite vislumbrar el espantoso encanto de las profundidades de su maravilloso abismo extraterrestre. Aun así, el dragón subyace en las aristas de ese incierto mundo. Un adefesio que se enfrenta a los impuros de corazón, protegiendo a su reina de esos ojos inquisidores que quieren poseer la belleza de su cuerpo obnubilante; y los esperpentos seducen al dragón, buscando complicidad en la moribunda empresa que siguen intentando mantener a flote. Pero todo es fútil. 
Y cuando el dragón mira su reflejo en el lago, reconoce que el destino se ha reído de él. Se suponía que el príncipe sería él, pero algo estuvo mal en las escrituras, alguien dijo algo que fue mal interpretado. El dragón lamenta su situación, con columnas de fuego ahogadas, con gritos bajo el agua, con pies de cemento que se hunden en la arena. Me pregunto, ¿Qué fue lo que hicimos durante esos tres días que estuvimos muertos? Y una y otra vez intento volver sobre mis pasos y nunca llegar a esta situación.
Titania tiró una piedra en el agua, y las ondas llegaron con aplomo hasta la orilla. Y pude percibir con lentitud el tembloroso avance de las sombras y los terremotos que se acercaban. Y he jurado mi amor y lealtad a Titania, pero ella no está interesada en seres humanos vulgares como yo.
Miro la hora y sé que el príncipe ha vuelto, miro al dragón y sé que el caballero lo ha degollado; el dragón es de papel. Entonces tomo mis manos ensangrentadas y oculto una herida de tinta que estampa un desencuentro en el dorso del sobre. Una carta de amor. Un mensaje de texto. Una espera reiniciada y el dragón que resurge de sus propias entrañas, y su vomito de fuego, y su ser el malo de la historia, y su melancolía eterna. Y me siento en la vereda y espero, resignado a sus resoluciones la espero, con la melancolía del que conoce sus límites y su impostergable final, sigo esperando. Pero sé que, indefectiblemente, ella nunca me va a querer. Puta.