eat your heart out

sábado, 1 de junio de 2013

Distimia




Hace más de cuarenta y cinco minutos que el auto abandonó la zona urbana y ahora todo lo que puedo ver a través de la ventanilla son amplios espacios verdes que se extienden hasta donde el mundo se fusiona con el cielo. Cada tanto es posible divisar algunas vacas, alguna plantación de vegetales desconocidos, una vieja granja abandonada y olvidada. Fútiles cercos de carácter heterogéneo separan a las propiedades de la ruta, que aparece como interminable y recta, parece tan fácil adentrarse en esas casas desvencijadas, asesinar a su propietario y quedarse con cien hectáreas de campo. Tan fácil que aterra, y busco el seguro de la puerta, para cerciorarme que ese terror no va a entrar y sentarse a mi lado.
La vista desde el asiento de atrás es monótona, la creí placentera en tiempos remotos, no tengo que hablar, no tengo que manejar, puedo mirar al costado y perderme en el mar de pensamientos, desenmascarar la Gestalt del mundo a 110 Km/h. Gabriel ceba mate en la butaca del acompañante, y Liliana, la conductora, tiene su mirada crónica depositada en el inmediato frente, no vaya sea cosa que choquemos y todo el viaje se vaya al carajo. No justo ahora que parece que lo disfrutan. Al principio, cuando todavía transitábamos las polvorosas calles de Buenos Aires, se los veía nerviosos, como si el conductor de enfrente pudiera leer sus pensamientos más oscuros, como si acaso la ciudad fuera una ratonera que se cernía en torno a ellos y podía cortar sus vías de escape. Ahora ríen, y no se interesan en mí. Yo aprovecho y miro el paisaje. Tal vez sea la última vez que pueda verlo. 
Las "Noches de Liberación" empezaron unos meses atrás en ese pueblito del centro de la provincia, prometían milagros y revelaciones, epifanías y curas para los incurables, sanación para los insanos, fe para los no creyentes, esperanza para los desesperados. Chantaje. Escuché a Gabriel comentárselo por lo bajo a Liliana cuando estábamos cenando. Hice como que no escuchaba y deglutí con prisa el plato de arroz con pollo, me mandé un vaso entero de gaseosa sin respirar y abandoné el recinto. Supuse que tenían que hablar. Supe que tenían que hablar. Después de lavarme los dientes con cuidado y pasar el hilo dental por cada una de las cavidades, quitando sedimentos, toda posible fuente de infección, me acosté en la cama, mis ojos clavados en el apático tubo fluorescente. Otra absurda noche boca arriba, la radiación de la luz eléctrica como compañía. Quise agarrar la luz con mis manos, adueñarme de ella, iluminar los rincones más oscuros de mi alma. Sabía que ya era tarde, y que la única solución a la disyuntiva no yacía en mí, sino en la compañía de mis seres queridos. Aquellos que sabía que no me abandonarían, pero que iban a hacerlo de todos modos. Conté hasta mil esperando a que me abandonaran. En el proceso, me dormí.
Algo de chamame suena en la radio ahora que la señal de la estación de música internacional que Gabriel escucha ha perdido cobertura. No se molestan en apagar el colorido estéreo y me pregunto si seguirán ahí realmente. Una atisbo fugaz al interior del vehículo lo confirma, siguen ahí y no sé si sentirme aliviado. Por un segundo creo que Liliana me contempla a través del retrovisor. Pero no puede ser. Simplemente no puede ser que ella me esté mirando con esos ojos aguados cuando está mirando al frente, cuando está cuidando que no choquemos, porque, justo ahora que lo están disfrutando, no puede ser que se acabe todo así. Entonces ella mira al frente, y yo miro a través de la ventanilla del asiento de atrás. Gabriel prende un cigarrillo, por favor, que baje el vidrio de la ventana, por lo menos. El humo los deshechos del placer y el vicio me abrasan, contaminando el oxigeno en mis pulmones. Hace calor. Creo que oscurece, creo ver el mar en el horizonte, caótico e improbable error de percepción. Queda una pequeña porción de rojo oscuro que tenuemente comienza a desistir, perdiendo sus colores en un coma hermoso. La pequeña muerte del atardecer deja paso a un cielo estrellado. Son enésimas, más de las que se pueden divisar en la ciudad. Debe ser por las luces y el smog, creo.
Al otro día desperté, miré al techo y pensé en mi vida. Sencillamente no quería levantarme, no había nada para hacer, nadie con quien hablar, nadie a quien querer, ningún lugar a donde ir. Eran las cuatro de la tarde y seguía con sueño, un sueño cansino, mis músculos estaban adormilados, mi mente, a la deriva en un océano de nausea. Alboroto en el piso de abajo, lo que siempre me retornaba al mundo de lo asequible. Liliana no estaba de acuerdo, nunca estaba de acuerdo con nada; ni con el traspaso de los subtes al gobierno de la ciudad, ni con el director técnico de la selección nacional de fútbol, ni con los medicamentos recetados, ni con la terapia alternativa, ni con los rituales sagrados de liberación mágica. Sin embargo, Gabriel siempre gritaba con más vehemencia, y golpeaba con más fuerza; entonces, él tenía la razón.
Liliana golpeó mi puerta cierto tiempo más tarde: toc toc toc. Aún estaba en piyama, hojeando un grimorio mientras me debatía entre levantar la persiana, o continuar en cama y declarar el día por perdido. Supuse que había estado llorando por el brillo de la inyección escarlata anidando en sus ojos, por las ojeras luctuosas, por esa mirada de suplica e infinito desprecio. Me vas a abandonar, le dije.
No te voy a abandonar, me dice, nunca te abandonaría, repite, como tratando de convencerse a si misma. Gabriel se durmió y yo creo que también estoy un poco adormilado, y es que no me salen las palabras, y es que no sé si quiero decir algo realmente. Te van a curar, me dice, te van a salvar. No quiero escucharla, cómo si acaso lo que dijera ella tuviera significado alguno. No ahora, no cuando está él, cuando es él el maestro y señor de la casa, el dueño de las decisiones y monopolizador de los problemas. Porque TODO tiene que afectarlo a él, y la opinión de los vecinos, que es como una nueva estadística que separa lo que debe existir de aquello absurdo. Es él, me dice entonces, confidente, temerosa, él dice que así vamos a estar bien. Entonces nos miramos a través del espejo retrovisor, y, por primera vez, nuestras ideas se cruzan. Ella detiene el automóvil a un costado de la ruta. No viene nadie, ni un alma transita este abismo de granjas y baldíos. Gabriel duerme plácidamente, desconociendo aquel complot que se está maquinando en este momento y puede devenir en otro abandono, un mero cambio de roles. Es un momento, nada más que un segundo, la revolución, y todo dura hasta que ella vuelve a girar la llave y arranca y yo vuelvo a mirar hacia la oscuridad que se extiende hasta la lejanía. Debe ser la costumbre, supongo. Tal vez todo tenga que ver con él.
Y así fue desde un principio, recuerdo cuando le confesé mi homosexualidad a Liliana y ella me miró, sonrió, y me dijo, mañana podríamos ir a tomar el té al jardín japonés. Luego caminó hacia la cocina, se volteó, y con una mirada seria aseveró, buscate un buen trabajo, quiero un nieto y tienen que confirmar que podés mantener a un niño antes de adoptar. Ella lo sabía porque ellos me habían adoptado, y cuan agradecido estaba a esos extraños que me habían convidado de su familia.
Él no lo entendió, y no volvimos a tener una charla desde aquella a la vuelta de la cancha de Atlanta. Habíamos perdido cuatro a cero con Temperley, y Gabriel estaba algo enojado. Dijo, de tantos pendejos tuve que adoptar a un puto, eso fue lo que dijo. Y no dijo nada más. Cada tanto nos cruzábamos en algún partido y no nos saludábamos. No volvimos a ver juntos algún partido. Se sintió lastimado, herido, acaso porque su hijo no le brindaría una descendencia y debería adoptar, pero eso suena a ironía, injusticia del karma. Acaso por lo que dirían los vecinos, seres desconocidos, fantasmas corpóreos de rostros difuminados por la abstracción, sujetos tácitos, presentes en cada acción, cada movimiento que Gabriel profería, cada jugada que ponía en compromiso su estrato social. Eso es lo que da sentido a su vida. Por lo menos su vida tiene sentido.
Ahora vamos a ese pueblo a ver si me pueden curar. Creo que me dormí, porque escucho murmullos y veo luces y un escenario. El auto para y no quiero, no quiero bajar, quiero quedarme en el asiento trasero y mirar a través de la ventanilla hacia los campos repletos de nada, y el ganado pastando, el olor del asfalto de la ruta que va en aparente línea recta hacia cualquier lugar. La multitud me empuja, Liliana suelta mi mano. Un hombre habla con ímpetu. Le llaman distimia, es un trastorno mental que altera el estado de ánimo, es como una leve depresión. Hace unos meses, unos científicos de la Universidad de La Plata la descubrieron como la causa de todos los males de la humanidad. Desde entonces, la sociedad ha estado acabando con ellos uno por uno, a través medios propios, y acudiendo a medios oficiales también. Hace unos meses, comenzaron con las "Noches de Liberación", que prometían, entre otras cosas, aliviar a aquellas víctimas de la enfermedad. Me hacen subir al escenario y el público estalla en aplausos, no puedo ver a la gente, siento la nausea agolparse en mi cerebro. El hombre que hablaba con ímpetu me toma de la mano y, mientras vocifera palabras que no entiendo me va guiando directo al centro, dice algo y la gente grita y aplaude. Trato de concentrarme, de enfocar mi vista, quiero saber qué está pasando. La muerte. Eso está pasando, me acerco cada vez al centro del escenario. Una guillotina y una horca yacen emplazadas en perfecta posición, preparadas, listas para liberarnos a todos de la tortura del dolor. La última decisión es mía. El ritual de liberación comienza, doy un paso hacia la guillotina, y miro hacia el público, todos y cada uno de ellos son Gabriel y Liliana, y puedo percibir como un peso desaparece de sus cuerpos, como se liberan para siempre del suplicio absurdo y opresivo de la distimia, como regresan lentamente al auto, se miran a los ojos y se dan cuenta de cuanto se aman y de la felicidad que representa tenerse el uno al otro.

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