eat your heart out

sábado, 1 de junio de 2013

Titania.



Titania se sienta en la vereda y espera. Sus ojos color ámbar repudian el paisaje con un gesto que su rostro consiente al deformarse en leve mueca. Esa es su vida; entre aulas y paradas de colectivo, ella deambula en búsqueda de un amor perpetuo al que teme confeccionar con sus propios medios. El amor vendrá y ella estará esperando con una sonrisa de oreja a oreja, se abrazarán y el hechizo de eterna angustia se romperá para siempre. Es el destino de la princesa ser salvada por un príncipe valiente que degollará al dragón con una espada reluciente. Es el destino del dragón defender a la princesa hasta la muerte. Hasta el mismísimo final del sueño, el dragón espera sentado en la vereda a ser asesinado por el paso del tiempo y las idas y vueltas de la vida.
 Titania dijo que vendría a las tres, pero tal vez enganchó otra vez una maratón de Superman. Esas películas que a él tanto le gustaban, ella se recuesta en el sofá de la sala de estar y mira las secuencias que alevosamente reconoce de memoria. Todo remite a él en esa ciudad entera en una botella. Nuestras botellas están vacías de lunes a domingo; ni ruinas, ni arena, ni mensajes al mar. Tal vez ella tenga razón, no vale la pena encontrarse conmigo, hay cosas que nadie sabe, que no puede contar; un terrible suplicio del que solo sus entrañas enredaderas pueden dar cuenta. Y hay tantos hombres que darían la vida por verla sonreír, ella es más bonita que todas nuestras novias juntas. Pero ella no está interesada en seres humanos vulgares y superficiales. Y todos los hombres del mundo sueñan con la reina de las hadas que acaricia su entorno onírico y los seduce con un bostezo.
Titania cierra sus ojos, y todas las personas del mundo dejan de soñar. Parpadea con pesadumbre, como desconociendo el poder que esas pestañas oblicuas generan en las marionetas que la circundan, que la aplauden, que la lloran y la sueñan y la esperan y la pretenden y la desean y la aman.
Entonces, otra vez, tal vez ella tenga razón. Ahora bien, ¿qué podré hacer para compensar aquellas falencias que evidencian mi inferioridad? ¿Cómo hacer para que un cuerpo ligero y perfecto no abandone los roces aun por esculpir de este mundo obtuso, de este cielo de hombres sin alas, para volver con los dueños de esos ojos de agua?
No existe posibilidad de vencer a Oberón en su propio juego, de chantajes, de sueños, de secretas fantasías.
Y Titania llora un desencuentro buscado, con lágrimas de ensueño que empantanan cualquier profundo rencor que sus traiciones, que sus contradicciones, que sus palabras vacías pudieran suscitar. Se levanta al ver los créditos de la película aparecer en minúscula grafía, siempre remitentes a sus viejas cartas; y prepara un té, como si eso no representara también un suvenir gratuito, repleto de pretensión y nostalgia en estado liquido.


Sostiene el futuro dentro de una carpeta de tres solapas, pero a nadie le importa demasiado eso. Si el futuro es lo de menos, es a lo que ella se aferrara con su uñas impolutas, buscando perfeccionarse en pos de un mejor mañana. Existe también un pasado que se refleja en el salitre de las lágrimas de amor odio que producen los recuerdos como sombras adheridas a las calles y las casas que circula. Titania finge no ser la reina de las hadas, pero ofrendale un ramo de flores silvestres recogidas del campo y ella te concederá un deseo. Es como un acto reflejo, ella concede los deseos de la humanidad, y luego se echa a llorar, recordando a Oberón y a su magia etérea. Siempre culpa a los demás y a los elefantes y a los pasillos y a las lámparas de bajo consumo que alargan su esencia y extienden la luminiscencia de la noche y el café que no la deja dormir y a las almohadas y al olor de su sudor y a sus alas y a las nubes y a sus miedos y a sus padres y al amor que encontró y perdió y a todas esas otras cosas que no entiende ni pretende entender; y el mundo de los hombres sin alas está repleto de seres que husmean desde lejos, deseando, desde lo más intrínseco de sus rostros absurdos, explorar ese laberinto mágico en el que la reina de las hadas se esconde. De alguna manera, sin embargo existen aquellos a quienes ella permite vislumbrar el espantoso encanto de las profundidades de su maravilloso abismo extraterrestre. Aun así, el dragón subyace en las aristas de ese incierto mundo. Un adefesio que se enfrenta a los impuros de corazón, protegiendo a su reina de esos ojos inquisidores que quieren poseer la belleza de su cuerpo obnubilante; y los esperpentos seducen al dragón, buscando complicidad en la moribunda empresa que siguen intentando mantener a flote. Pero todo es fútil. 
Y cuando el dragón mira su reflejo en el lago, reconoce que el destino se ha reído de él. Se suponía que el príncipe sería él, pero algo estuvo mal en las escrituras, alguien dijo algo que fue mal interpretado. El dragón lamenta su situación, con columnas de fuego ahogadas, con gritos bajo el agua, con pies de cemento que se hunden en la arena. Me pregunto, ¿Qué fue lo que hicimos durante esos tres días que estuvimos muertos? Y una y otra vez intento volver sobre mis pasos y nunca llegar a esta situación.
Titania tiró una piedra en el agua, y las ondas llegaron con aplomo hasta la orilla. Y pude percibir con lentitud el tembloroso avance de las sombras y los terremotos que se acercaban. Y he jurado mi amor y lealtad a Titania, pero ella no está interesada en seres humanos vulgares como yo.
Miro la hora y sé que el príncipe ha vuelto, miro al dragón y sé que el caballero lo ha degollado; el dragón es de papel. Entonces tomo mis manos ensangrentadas y oculto una herida de tinta que estampa un desencuentro en el dorso del sobre. Una carta de amor. Un mensaje de texto. Una espera reiniciada y el dragón que resurge de sus propias entrañas, y su vomito de fuego, y su ser el malo de la historia, y su melancolía eterna. Y me siento en la vereda y espero, resignado a sus resoluciones la espero, con la melancolía del que conoce sus límites y su impostergable final, sigo esperando. Pero sé que, indefectiblemente, ella nunca me va a querer. Puta.

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