eat your heart out

domingo, 12 de junio de 2016

Un jardín con flores de mierda.


El jardín hoy está gris. De vez en cuando se filtran haces de celeste entre las nubes, pero ella solo contempla la forma uniforme del gris. Grises son las flores y grises somos nosotros. Grises las sombras y grises las hojas de los árboles. Me suelta la mano y temo, temo que sus ojos atraigan, otra vez, la sequía; sin embargo, se limpia en su pantalón antes de volver a tomármela, con suavidad. Lo hace varias veces. Cada vez mi temor es peor y más abstracto, más inútil. Entonces me mira sin sonreír con sus ojos grises como cemento y me dice que todo está bien. Bien, bien nunca es la respuesta correcta. Distante, abre el cuaderno, se recuesta en el árido suelo ahora desnudo de flores  y olvida mi existencia, escribe o dibuja, como si saber la diferencia fuera relevante.
Tomo fugaces vistas al cuaderno cuando creo que ella no me ve, cuando creo que ella, por motivos que desconozco, abre su diario secreto por unos minutos para mí.
Había una vez un cervatillo que corría por un bosque. Los árboles eran interminables e uniformes, como si la misma escena se repitiera una y otra vez. Para el animalito no había más que el bosque, sin importar cuánto  corriera, todo era el bosque. Hubo una ocasión en la que corrió durante tres noches sin detenerse, pero solo verde pasto y hojarasca. Por eso ya no corría tanto, se limitaba a permanecer. Atravesaba los días como si fueran un mismo día, interminable, como la arboleda.
Cada tanto echo un fugaz vistazo hacia la verja oxidada que cerca el decaído prado y pienso en irme, en abandonar para siempre este estúpido jardín al que ella se aferra con tanta locura. Soy incapaz de notar las diferencias que ella dice ver, que ella anota en su cuaderno con una devoción cuasi mecánica. Hoy el jardín estás repleto de flores, igual que ayer, igual que mañana. Pero ella sostiene mi mano y nos recostamos en las matas de pasto y acaricio su pelo lacio y corto y la beso en los labios, sintiendo su delicada humedad. Pasan los días y su rostro se deteriora, socavado, asemeja a flores marchitándose. Me suelta la mano para anotar en su  cuaderno que las amapolas están muriendo, y no me la vuelve a tomar luego  de limpiarse. Ahora las dulces amapolas comienzan a morir. Lo hacen los pensamientos. Ella deambula, tratando de hacer bailar a las flores. Nada hay que ella pueda hacer, sin embargo, el sol vuelve a aparecer radiante, y las flores renacen; entonces, inequívocamente sonríe.
Otras veces, el cervatillo parecía correr de un peligro que acechaba, de un peligro invisible e inefable. Corría día y noche, siempre terminando en el mismo lugar. No podía ver al cazador pero lo sentía entre las sombras, por eso debía correr, por eso corría, hasta que, pasado un tiempo, volvía a sentir la seguridad del bosque interminable. Nadie podía cazarlo en su hogar.

El libro dice que hoy el jardín luce flores amarillas, como girasoles, como su primaveral vestido; la luz del sol les da un brillo magnífico. Ella había estado jugando entre las rosas, observando a las mariposas reflotar el aire, inventando nombres y subespecies para su bestiario, para ese cuadernito anillado de hojas lisas y blancas. Una espina del rosal se encarnó de pronto en su dedo índice, pero ella solo sonrío. Dolía un dolor lejano, dijo, un dolor a la expectativa, y ese tipo de dolor no era real. Nos recostamos entre las flores amarillas y aspiramos ese aire pulcro. Dijo que podíamos hacer crecer jazmines si nos lo proponíamos. Permanecimos abrazados hasta la noche, hasta que se durmió y dejó caer su cuaderno en mis brazos.
A veces, el cervatillo saltaba como un antílope. Buscaba construir del bosque un páramo tranquilo, pisoteaba las hojas, percibiendo la integridad de la música en su crujir. Pensaba que podía, incluso, salir hacia un claro en el que el sol diera sobre su pelaje y los rejuveneciera. Esos días eran los menos.
Despertó, la totalidad de su espalda entre las flores, sus enormes ojos de lleno zambullidos en las estrellas. Señaló la luna, pero no pude dejar de mirar sus manos, su dedo índice y la espina. Aprendí a mirar el dedo y no la luna, pues la luna siempre estaría ahí, en los días verdes, y en los días grises. Incluso detrás de las ominosas nubes de los pantanos oscuros. Su dedo, en cambio… ese dedo podía transformarse en recuerdo cuando quisiera, cuando el bestiario estuviera repleto de bestias del fango, o de grises, o cuando de tanto verde, ya no hubiera lugar para mí entre las flores. A veces pienso en el momento en el que la verja se abra y se me ocurra dar un paso firme fuera de aquí. En ese caso podría feliz, o ella podría serlo. Entonces, tal vez, para mí también existiría un jardín de flores, un jardín que solo yo podría ver, pues para los demás siempre tendría los mismos colores, y nadie podría entender jamás aquello que mis anómalos ojos verían. Y no tardaría en quedarme solo, en un jardín de flores y su secreta metamorfosis.

Hace más de tres días que parece llover a cántaros y el jardín está embarrado y se forman charcos en los rincones. Ella no me mira, tampoco hay flores ni mariposas que recolectar. El cuaderno anillado se está empapando a la vera de una banqueta. Ella también se está empapando, se va a resfriar. Te vas a resfriar, le digo. Pero no aparta su mirada fija de la nada, enredaderas oscuras parecen emerger de la tierra árida y comienzan a trepar a través de sus piernecitas. Ella no me habla y creo que nos estamos ahogando. A mi espalda, el viejo portón oxidado está abierto y el viento lo balancea, creando un sonido aterrador. Doy un paso atrás, el portal está cerca, tan cerca que podría irme, podría irme para siempre y dejarla, sola, con sus moscas, en esta cueva oscura, este lodazal lúgubre que ensucia la ropa de asco y mugre, este jardín de flores de mierda que no parece tener fin.
Porque el cazador siempre volvía, con sus trampas, con sus espejitos de desolación. Y el pobre cervatillo corría en círculos por esa gigantesca jaula conocida como bosque. Un día se lastimó una patita contra una rama caída, dejando un rastro de sangre en la huida. Escuchó los disparos, o algo que asemejaba a disparos. El cazador estaba cerca, tan cerca como nunca antes estuvo y el animalito cayó por un barranco, lastimándose con las rocas y las ramas en su caída, hasta una ciénaga.

La lluvia ha cesado. Sus ojos están muertos. He decidido irme hoy. No sé por qué no lo hice antes, todos lo demás ya lo han hecho, el jardín no estaba tan vacío cuando llegué. Tal vez permanecí por amor, ya no estoy tan seguro de eso. Me cansé de la lluvia y del barro que llega hasta las rodillas, me harté del esfuerzo titánico necesario para dar un paso en este jardín de flores rotas. Tal vez los pimpollos vuelvan a florecer. Florecer y volver a morir. Y ella, inerte, incluso dejó tirado su cuaderno.
No importaba cuánto forcejeara, cuánto gritara y gimiera el pobre cervatillo, las fauces grises lo habían atrapado y se hundía, lentamente en el barro de la ciénaga, y lentamente los colores morían. Inútil luchar. Todo tan inútil desde un principio.

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