eat your heart out

jueves, 22 de septiembre de 2016

El del gatito


Como todos los días, te sentás en el extremo izquierdo de la mesa, junto a la ventana y mirás al edificio de al lado. Aunque ya sabés que todos los días son los mismos once, contás la cantidad de aparatos de aire acondicionado, solo para asegurarte que el mundo no cambia constantemente, que todavía estás a tiempo. Cuando terminás las tostadas con mermelada de durazno, abandonás la mesa, la ventana y el aire acondicionado.
Tardás mucho en el baño, cada día que pasa tardás más. Como si te costara más ponerte linda, pero yo te veo más linda que la primera vez que nos miramos fijo. Me gustan tus lunares casi imperceptibles, tus tics, tus muecas, tu timbre de voz. Me gusta tu pelo cuando recién te levantás, me gusta verte absorta, contemplando electrodomésticos.
Y me gustaría poder decírtelo, pero no tenés tiempo para hablar conmigo. Porque hay paro de subtes, porque te olvidaste de completar unas planillas, porque tenés ensayo, porque hay un evento especial y vas a llegar tarde.
Hay días enteros que pasan sin que pueda percibir tu aroma. Y no sé donde estás, pero sé que no te importa saber donde estoy yo. Sin embargo, siempre te espero en la cocina para cenar juntos; en el sillón, esperando tus mimos mientras mirás televisión; entre las sabanas para poder sentir el calor de tu cuerpo y poder, por fin, dormir lejos del frío.
Cuando llegás temprano a casa, te acostás en la cama desnuda y mirás a la nada esperando disecarte. Ponés siempre el mismo ultimo EP de Jaime Sin Tierra, esperando. Esperando escuchar una voz que te diga que las cosas pueden ser mejores, pero las palabras siempre son las mismas, siempre son los mismos acordes, las mismas melodías. Y me gusta oírte cantar Dubrubru con esa voz estresada  y armoniosa. "Esta es la primera vez que sueño despierto..." dice tu voz en un suspiro. En esos días, espero a que te duermas para acostarme a tu lado. Me agrada la calidez natural de tu piel, inmutable al paso de los días, y los cambios de animo, la sangre sigue fluyendo.
Otros días volvés más alegre, como si hubieras conocido a otra persona. Como si un nuevo viento soplara sobre tu cuerpo erosionando tus angustias y construyendo castillos de  esperanza y nuevos mundos con nuevas posibilidades. Tal vez es verdad, tal vez conociste a alguien más, por eso tardás tanto en regresar, y ya ni siquiera me saludás.
Busco huecos donde volver a entrar a tu mundo, el que me está abandonando lentamente. Pero mi cuerpo ya no logra captar tu atención, y apenas puedo ver, ya no puedo hacer monadas y bailar por vos. Ya no hay nada en mí que sea de utilidad alguna. Ahora soy un electrodoméstico averiado, soy un mueble repleto de nada , soy una ventana, soy trasparente, un espacio vacío que solía ser alguien. Me gustaría regresar al día en que nos conocimos, cuando las hojas de los árboles caían en los charcos que se formaban en las veredas al  mismo ritmo que las cenizas de tu cigarrillo; cuando el barro había arruinado tu atuendo, por culpa de un automovilista desconsiderado; cuando el viento se había llevado tu paraguas transparente y te estabas mojando. Entonces lanzaste fugaces miradas en todas las direcciones, muerta de vergüenza, y nuestros ojos se cruzaron. Ahí estaba yo, debajo del árbol, contemplándote desde lejos, añorándote. Y así te miré hasta que me recibiste en tus brazos. Me sacaste de esa caja de antibióticos en la que estaba encerrado, abandonado, y me dijiste que estaríamos juntos para siempre. Entonces ya nunca pude dejarte.
Al contemplar la casa sola me asalta una genuina sensación de insignificancia, como al contemplar las estrellas, o el océano. Eso es la casa cuando no estás, porque, cuando no estás, la casa es parte de ese inmenso mundo que nos separa. Ahora hay mares y tifones y autos y puertas y una barrera invisible y muda que nos separa.
Y siento como si las órbitas de los planetas realmente fueran circulares. Así, siempre damos vueltas en torno a lo mismo sin poder acercarnos ni un centímetro.
Me pregunto cuando fue que lo arruiné todo. Y recuerdo aquella vez, que bajo una eterna lluvia salí de casa y deambulé por tres noches entre personas y tachos de basura. Necesitaba tiempo para pensar, necesitaba tiempo para estar solo, para conocer rostros empantanados que nunca volvería a reconocer, porque no podía tolerar que existiera alguien en tu vida más importante que yo. Pero, me di cuenta de que te necesitaba, y decidí volver a casa. Vos estabas ahí, en la puerta, con tu paraguas color cielo, bajo un cielo nublado, esperándome. Tal vez nunca me pudiste perdonar realmente, y esa pequeña herida quebró lentamente nuestro tintero, manchando todo el departamento.
Como todos los días salgo a recorrer los lugares a los que me llevaste, la plaza con los bancos de cemento y los estamentos adolescentes, y esa calle larga de casas idénticas donde vive tu ex-novio. ¿Era la tercera casa a la derecha, o era la quinta a la izquierda? Pero hoy no es como todos los días, hay un pequeño cambio de rutina, hoy esta cerrada la ventana que siempre dejabas abierta para que pudiera entrar.
Y ese simple gesto es todo lo que necesito para entender: me han abandonado.
-Me han abandonado- reitero. Pero las palabras siguen sonando como parte de una canción. Vil final de comedia romántica con canción de Wilco que nadie esperaba. Absurdo e inesperado cliché. Aún así, la verdad se palpa en el viento frío que asfixia mi cuerpo, en el hecho de que voy a morir atropellado por un automovilista y a nadie le va  a importar mi cadáver al costado de la ruta. Porque a nadie le importan los gatos callejeros.

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