eat your heart out

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Spaghetti.

Esto es lo que estuve haciendo este tiempo:
 
https://drive.google.com/open?id=0B3ykQKSeBW_cLUIyX0dGTWNDWHM


Espero que no sea tan choto como me parece. Si alguien  pregunta, no está en mis planes hacer una edición de esto en papel, o de cualquier otra cosa.
Con amor, niñita.

Árboles del cielo.

Regina se sienta en la butaca que da a la ventanilla y piensa en Alan, que en este momento debería estar llevando a Nieves al colegio en su auto gris con vidrios polarizados. Piensa en esa cara fría que no hace por ocultar el hielo trastocado en la transparencia de sus ojos, esos ojos limpios la estremecen; piensa en su hija, sus rizos plateados meciéndose como hojas en el viento, sus rizos plateados la reconfortan y se relame en el rígido asiento semi-cama de esa lúgubre empresa de ómnibus de larga distancia. Dobla el boleto con sumo cuidado y lo guarda en el bolsillo de su camisa celeste.

Alan obliga a Nieves, con una gentileza dolorosa, a ajustarse el cinturón de seguridad mientras toma 7 y sale del Cruce Varela. La niña ve los árboles transmutarse en texturas verdosas difusas a medida que el automóvil adquiere velocidad y sus ojos se desbordan del ritmo, Alan escucha una pieza en Cello interpretada por Rostropovich y su conducción vehicular parece condecirse con reglas inherentes al mundo de la música más que con factores extrínsecos como regulaciones de tránsito y el tímido lenguaje de los semáforos en rojo. Su rostro no deja de aparentar una calma perturbadora mientras la destreza del intérprete rasga con su arco las cuerdas lacias. Toca muy rápido, maneja muy rápido, piensa Nieves y se cuestiona la imperante sensación de urgencia que reside en su entorno.

Kushiel, de las mil alas, desciende de la copa del árbol del conocimiento y deposita sus pies desnudos sobre una rama inferior. Una gota de sudor dorada brota de su cuerpo humanoide, como una lágrima que recorre la perfección de su divinidad y cae en una hoja amarillenta que resiste las fuerzas del viento. Ángeles y Principados surgen ante el temblor que provoca su presencia. Todos, en su eternidad, entienden el problema. Las escamas en sus miradas platinadas comienzan a desprenderse.

Remiel, por su parte, agita sus alas y desciende desde la copa del fresno hasta las raíces que surgen del suelo, donde habitan las nornas, aquellas dísir que hilan, impostergablemente, las vidas del universo. Urd se lamenta, como siempre se lamenta; Verdandi contempla a Remiel con reproche, culpándolo por lo que está sucediendo; y Skuld ríe a carcajadas, mientras, con dedicación, teje puntos extravagantes en el tapiz del cosmos. Inspecciona, el ángel del apocalipsis, con calma aparente, las finas hendiduras en las que se entrelazan los mitos y separa las infinitas raíces de arena que nunca dejan de multiplicarse. Existe un lugar al cuál van las cosas perdidas, piensa.

El microcosmos propio de la urbe se antoja sereno y displicente ante la revolución celestial que se desata en el macrocosmos propio de la divinidad. Martín espera a Ariana en Plaza Libertad y contempla un cielo sin nubes mientras mira su reloj pulsera cada dos minutos. Es tan probable que ella jamás se haga presente, tan probable que lastima, arden los ojos de solo imaginar su ausencia tácitamente eterna. En ese bosque de edificios, las veredas marcan un paso oblicuo, directo a las catacumbas subterráneas de Buenos Aires, donde el calor es inminente, y las demoras siempre están presentes, donde se manifestarían las ánimas de descender desde su olimpo de quimeras. Y Remiel descendió hasta el último peldaño de la existencia, y, cuando las puertas del subte se abrieron, ocultó sus alas, sus quichicientas alas de ángel y ave y se escabulló entre los rostros ajados de los proletarios, entre los trajes manchados de sangre de los abogados, entre las muecas de los carniceros, y las bombas de los terroristas, entre los crímenes del estado, y toda la alquimia de estratos sociales y experiencias de vida que convergían en ese caldero sagrado, donde el trueno de dios decidió comenzar a buscar las semillas perdidas del Yggdrasil, y donde Kushiel buscaría también, más tarde, las semillas perdidas del árbol del conocimiento.

Regina duerme aquellos sueños que Nieves y su peligrosa infancia habían postergado. Es un sueño tan pesado y placentero que ni la muerte sería capaz de interrumpir, ella seguiría en esa cúpula onírica, inmortal, inamovible. Como ahora que el ómnibus ha atravesado el último peaje y acelera por la recta invariable del paisaje rural. Y los árboles, los tranquilos árboles aguardan su momento, el momento indicado para crecer, para dominar, cuando las enredaderas del cielo recaigan en la diminuta Tierra y fagociten los minerales sepultados en las profundidades, y el suelo se abra, dando luz al desconcierto, a la confusión que atraen consigo las ramas que alcanzan los cuerpos y los retuercen, que obstruyen las esquinas y tapan al sol con sus hojas. Y nada, ya nunca nada volverá a recibir luz, y las superficies humanas serán las profundidades en el mundo de los árboles, los árboles del cielo, que tanto habían dado, a ángeles y a personas, pronto, muy pronto, tomarían la decisión final, la de cobrarse, por fin, una cuota impregnada de muerte.
"Hold me close and hold me fast... "
Un hombre de labios finos y sonrisa desfallecida viaja junto a Regina. Desde el pasillo no puede obtener una vista correcta de la maquinaría vegetal gestando la conquista mundial, por eso lee, y ya va por la página 145, cuando comienza a escuchar, cada segundo que pasa con más claridad, la música que logra escapar de los rosados auriculares de Regina.
"...When you kiss me heaven sighs…"
Y ya jamás podrá volver a concentrarse, no ahora que ha visto a esa frágil bailarina durmiendo y soñando, con ese cabello magro revuelto, esos ojos cerrados con ligereza, esos pechos sugiriendose gracias a una debida inclinación, de correcta angulatura y su corpiño rojo llamando su atención, seduciéndolo, invitándolo a formar parte de ese cuerpo durmiente.

El automóvil se detiene en el mismo momento en el que la música de Bach deja de sonar. La puerta se abre y cuando los rizos plateados de Nieves brillan al sol, resplandecen las constelaciones, los lunares escarpados en su cuerpo fino. No, no hay sol. De repente, ya no hay más sol que ilumine los ojos dorados de Nieves y su piel pálida y lunar. Las nubes lo cubrieron todo, anunciando una lluvia insospechada. La inmensidad de la bóveda celeste se tornó finalmente negra. Por un segundo, la niña de plata mira a su padre y esos ojos vacíos se cruzan con los de ella, y entonces, por una vez, un brillo mortecino parece resentir la profundidad de esas córneas que por tanto tiempo yacieron dormidas. Ella sonríe un beso al aire que golpea con suavidad las aristas de su rostro apático. El auto arranca y comienza la Noche de Walpurgis, ni una lágrima resiente ese rostro fosilizado que ya se ha olvidado de las posibles expresiones, cuando mira por el espejo retrovisor a esa niña pequeña, a esa joven dama que ya sabe valerse, que ya sabe sonreír, y más que nunca, que ya sabe mentir.

Nieves recorre las veredas procurando nunca pisar las líneas que separan las baldosas, las disimiles baldosas que la obligan a caminar como si bailara, a bailar como si entonces caminara y el mundo no fuera su escenario sino, solamente, un camino a la escuela marcado por la soledad de las veredas de aquella calle periférica. Trata de asegurarse que los temblores no son una reacción al miedo ni a la muerte. Sonríe a los transeúntes mientras gira y sus piecitos se mueven a un ritmo que parece condecirse con reglas inherentes a un universo desconocido. Ella es la impresión de lo infinito en lo finito.

Kushiel se embriaga con la belleza del cosmos, recorre las nebulosas y pulsares, salta de estrella en estrella, asegurandose de nunca tropezar con materia oscura. Ya no queda más por conocer, las barreras se extinguieron, se han delimitado las fronteras de lo divino, el cielo quedó vacío de enigmas. Y mientras el ángel explora los confines de la galaxia, el árbol del conocimiento comienza a morir, y sus frutos se antojan secos y fétidos. Solo una nueva semilla puede salvar al saber corrupto de caer en las manos de la alquimia, de colapsar sobre sí mismo y hundir al universo en el eterno azote de la tempestad.

Ahora Regina acompaña a Alan a la salida de un edificio de cóncavas paredes.
-¿Qué hacés acá?- dice él- ya no necesito que me acompañes.- y muestra la bicicleta azul con la que puede volver a casa sin ayuda de Regina.
-No me lo dijiste, ¿por qué no me decís las cosas? ¿Por qué ya no me decís nada?
Sin habar, Alan sube a la bicicleta y se pierde a través de la bruma y las calles empedradas. Regina permanece de pie ante el portón oxidado, sin hablar. Se lleva una mano a la cabeza y recoge un mechón de su plena cabellera. Una ligera bruma comienza a recubrir el entorno y la imagen se desvanece. En silencio.

Las manos del pasajero en el asiento contiguo se depositan sobre la falda de esa mujer, que no reacciona al contacto sino a estímulos secretos que parecen provenir de otros mundos. Lentamente desciende con suavidad hacia esas piernas desnudas y siente el frío calor de la sangre viajando a través de las venas y las arterias, hacia el corazón que bombea agitado, agitado como su corazón, y es a ese otro corazón agitado a dónde quieren llegar sus inquietas manos.
"...Hold me close and hold me fast..."
Y lentamente asciende su mano izquierda mientras la derecha ingresa sutilmente a la penumbra en el interior de la pollera. La mira a los ojos y ella parece pedirlo, sí, con sus ojos cerrados y su respiración anómala se lo pide; sus dedos comienzan a caminar por sobre su ropa interior. Y su otra mano asciende hacia esos pechos divinos que se esconden dentro de ese corpiño rojo como la llama que ahora arde en su cuerpo y se prepara para lo inevitable. Saltando esos cables rosados que emergen y se retuercen hasta llegar a sus orejas, inclina su cuerpo buscando ese cuello perfumado.
"...this is la vie en rose…"
Desde la butaca lindante al otro lado del pasillo, una joven contempla la escena y de a poco un calor nocivo azota su cuerpo por entero. Pasa su mano por el cabello planchado y mira en todas direcciones buscando algún rostro que pueda otorgar explicación alguna, o buscando algún rostro cómplice que se deleite con la imagen que se sucede ante sus ojos crédulos.
"...when you kiss me heaven sighs…"
Nadie más mira.

Alan detiene el auto en una calle empedrada, se quita el cinturón de seguridad y sale del auto. Está nublado. Mira a ambos lados antes de cruzar la calle mientras tararea una pieza de Chopin que, lentamente, parece mutar en una lóbrega cumbia santafesina. Se encamina hacia una cafetería en la que pide un desayuno. Café con leche y medialunas cubiertas con un velo de sospecha y rellenas de dulce de leche. Una pareja discute detrás de él.
-Me tenés harta con tus flores deshojadas- dice la chica del tatuaje de Sigur Rós en la muñeca, lleva un vestido azul con diminutos lunares blancos, su pelo negro es corto, más corto que el de Alan.- me tienen harta tus ojos pulverizados y tu revolución que nunca llega.
La otra porta una remera negra sin ningún tipo de estampa y mantiene su melena lacia bien peinada a todo momento, se limita a mirar con unos ojos amarronados repletos de espanto.
-No puedo evitar pensar en quién fuiste y en quien ya no conozco y se acuesta a mi lado todas las noches, fingiendo- dice la que habla.- Fingiendo.- Remarca. Pero la otra no dice nada.
-Cada vez más siento que hablo sola, que no estás, porque no estás. Tu boca me mira, tu cuerpo se mueve, pero estás ensimismada en un mundo que no conozco. Seguro que con sueños de-
-Callate- interrumpe la otra.- No sabés nada.
-No me calles.
-Callate.
-No, no quiero. Te lo tengo que decir. Me gusta decir lo que siento. No como vos. Insensible. Así que callate vos y escuchame. O andate. Andate como siempre.
Alan termina su desayuno y se va luego de pagar.
-Callate- Dice una de las dos.
Mira la hora en su celular y sube al automóvil. Sigue nublado. Con Regina tuvieron tiempos así. Tuvieron tiempos felices también. Ahora ya nada sucede, ahora ya no sucede el tiempo. Nada puede hacer para cambiar las cosas, lenta y quedamente ambos cuerpos se alejan a la deriva. Un gato mirá a la distancia con una concentración inefable en el techo de una casa. La espesa montaña de nubes en el cielo y el minino también recuerdan a los días de otra vida. Fueron esos días en los que, sin duda, ambos podían ser felices cuando, restando importancia a la propiedad privada, un gato se posara sobre el tejado y maullara canciones de cuna del antiguo Egipto. Daría tanto por regresar por tan solo unos segundos a esos días de cielo nublado y poder ver al gato con otros ojos y, sin más, adoptarlo, mecerlo en sus brazos como a un niño despojado. Pero qué tanto amor podía otorgar a un gato un joven abogado con piedras en lugar de órganos. Si él lo supiera, si ella lo supiera, si alguien supiera de esa cruz con la que acarrea desde la infancia, pero el alfa y la omega es cruel y es indómita. Y el gato es despedazado por sus neuronas putrefactas que solo pueden concebir podredumbre y figuras retorcidas como rostros a través de mil espejos. Por eso debe permanecer indoblegable, irrompible, por eso, y porque ya no recuerda cómo era ser diferente.

Penélope mira la taza de café que aún no ha tocado, la sostiene débilmente y percibe un leve temblor en su mano izquierda. Es capaz de sentir ese miedo trepar, rodear la tinta cursiva que reza “Sigur Rós” y guiarse hacia el resto de su cuerpo. Martina trata de esquivar su mirada, sin embargo, cuando éstas se cruzan, esboza una agónica sonrisa. Una sonrisa que dice todo. Pero Penélope no es de las personas que dejen ir todo sin decir las cosas.
-Nunca me decís qué te pasa.
-No quería lastimarte, no quiero.
-Por eso preferís que me quede esperando, esperando. ¿Es que todo se reduce a eso? Seguir esperando. Cuando te conocí pensé que ya no tendría que seguir esperando. Pero no, pero tengo que esperar a verte bien y bonita para poder verte. Porque para lo otro no sirvo, para lo otro no soy yo la indicada, no soy quien debe verte llorar, para eso están los brazos fuertes, los hombros conocidos. ¿De qué te sirvo, Martina?
Si no querés verme, está bien, lo entiendo; pero no digas que me evitás por mi bien. Nada me duele más que saber que me estás mintiendo. Bueno, eso, y saber que no contás conmigo para nada.
¿De qué te sirvo?
-Últimamente me siento sola. Siento que se enfrió la relación, que ya no compartimos juntas los mismos momentos.
Martina vuelve a mirarla y sonreír. Esa sonrisa, ese puñal. Penélope devuelve la sonrisa. Admite la derrota, pero necesita las palabras, necesita saber, necesita de ese punto final, ese término.
-¿Y entonces?- Musita. Se siente débil, débil y estúpida.
-No sé.
-Sentís que se enfrió la relación, que ya no compartimos las mismas cosas juntas, ¿entonces qué? ¿Qué queda hacer ahora? ¿Cómo seguir?
-No sé.
-No puedo volver a mi casa con esa respuesta, no puedo volver y no saber realmente si tengo que esperar a que estés conectada para saber cómo estás y cómo te fue en el trabajo, o si eso ya no es de mi incumbencia.
-No sé.
-Decime algo, algo más.
-Siento que nos estancamos, que no tenemos proyectos en común y no podemos llegar a ningún lado así. Vos misma me dijiste, no compartís los mismos proyectos que yo.
Penélope da un sorbo a su café. Está frío. Le gustaría escupir en la taza lo que tiene en la boca, pero hace un esfuerzo y traga.
-¿Entonces?- dice, finalmente.
-No sé.
-No me sirve esa respuesta. Necesito que me lo digas, necesito que me digas que ya no querés estar conmigo.
-Ya no quiero estar con vos.

Las clases en la escuela primaria siguen siendo de lo más aburridas, Nieves dibuja cuando la maestra no la ve. Piensa en su herencia y tiembla. Desearía poder morir antes, piensa que su padre la abandonará por haber descubierto ese secreto atroz. Por lo pronto, todo lo que espera es al timbre y el recreo. Poder luego volver a casa y sentarse en el sofá a ver dibujitos animados mientras su padre le prepara el té con galletitas dulces. Espera poder llegar a ver Hora de Aventura antes de que Alan tome su cuaderno y la obligue a hacer las cuentas y a escribir, una y otra vez, las letras del abecedario.
Los seres bióticos tienen vida; los abióticos, no.

Kushiel se posa en la cúspide de una torre solitaria en los confines de la galaxia. Abbadón viene a su encuentro. Juntos danzan entre los ventanales de la ciudadela arcaica. Sobre los rojizos ladrillos se había emplazado la capital galáctica, pero tanto, tanto hace ya de eso. No crecen las plantas, no se erigen los árboles de cristal en dirección al centro del universo. Ni un vestigio de vida, ni pergaminos que releer. Es el último lugar por buscar, y la frustración se posa sobre las delicadas alas, las innumerables alas del ángel. Siente en su interior las frutas pudrirse, el hedor fétido que proviene del conocimiento, del árbol del conocimiento que jamás fue el árbol de la sabiduría; y fue tarde, tan tarde llegó el preciso instante en el que fue descubierto semejante error. Ahora ella viene, el baobab devora el asteroide y no queda mucho por hacer.

Los seres bióticos son los que tienen vida. Eso lo sabe Remiel más que nadie. Esos seres abundan, eso también lo sabe. Pero solo uno de ellos porta la semilla en su interior. Florecerá el árbol de la vida y el universo permanecerá libre, libre del tormento de la muerte. Solo un sacrificio más. Recorré en plenitud el conurbano bonaerense con sus alas de oro. Lo siente cerca, cada vez más cerca.

En sus sueños, Regina ya no se siente vacía. Sus manos ya no son ásperas al tacto, su cabello ya no es una enredadera gigantesca, vuelve a sentirse, por fin, linda.
Bordean un arroyo, juntos, de la mano. Ella tiene un vestido rosado y él, él está exactamente igual que el día en el que se conocieron. Una remera de Joy Division y tres días sin afeitarse. Toman entonces el colectivo y anochece. Anochece y toman el colectivo. No se ve el número, ninguno usaba lentes en ese entonces, pero ahora parece que los necesitan. El número del ramal es ilegible, pero él la empuja y paga los boletos. Ella sonríe, pues no sueltan sus manos en ningún momento. Milagrosamente encuentran asientos, aunque ambos están seguros de que no tardarán en querer bajar. Pero es mejor no bajar, mejor quedarse, aguardar al final del recorrido, y dormir sentados, de la mano en un colectivo cuyo recorrido es desconocido y la noche aciaga no los perturbará en la terminal. Ahora ella corre por las vías del tren y él la mira desde una corta distancia. Ambos sonríen. Otra vez. Ella sostiene al gato intruso que entró por la ventana buscando comida. Lo abraza y el minino ronronea. Entonces, el colectivo equivocado, las vías del tren. Despertar sola en la terminal, voltear y no lograr ver a nadie. Necesita los lentes más que nunca. Los lentes que parecen estar perdidos en un futuro paralelo que jamás llegará. Es ahora cuando debería despertar.

Hold me close and hold me fast…”
La mujer emite un gemido leve cuando el pene se adentra en su lubricada vagina, el pasajero la mira atónito, pero ella no despierta, permanece perdida en su laberinto onírico, incapaz de regresar. Es probable que ni siquiera el fin del mundo logre despertarla. Con sus manos apretando sus pechos ahora al descubierto, el hombre empuja su miembro hasta el fondo. Tarda en encontrarle el ritmo, comienza a sudar y a emitir gruñidos él también. La besa en sus labios dormidos. Luego en el cuello, pasa su lengua por ese cuello fino, el perfume cítrico queda en su boca. Baja una de sus manos a esas piernas blancas y cristalinas, las acaricia con vehemencia. Su pene escapa varias veces. Nunca pensó que fuera tan difícil hacerle el amor a una persona dormida.
“… This is la vie en rose...”
La joven del asiento al otro lado del pasillo aprieta sus adolescentes pezones mientras acaricia su clítoris con un dedo, y se penetra con otros tres. Un miedo aterrador convive con la excitación del momento. ¿Qué pasaría si alguien me viera?, piensa, mientras sus fluidos comienzan a manchar el asiento. Pero no importa, la necesidad es irrefrenable. Cuando le cuente esto a Nati, lo que va a decir, piensa. Los ojos de Nati, las tetas de Nati, su pubis sin depilar, su lengua lamiéndole el clítoris, esa lengua juguetona. Si Nati supiera.
“…When you kiss me heaven sighs…”

Alan es un mentiroso. Hoy no piensa ir al trabajo. Su auto ahora reproduce Vivaldi y el maneja en dirección a casa. "Vale te amor. Guille". Dice una pintada en una pared. Más allá, acción poética enchastra la calle con una frase de Lisandro Aristimuño. Alan no presta atención a las frases, pero Vale te amor sigue sacándole una sonrisa.
Detiene el auto en la puerta de casa y mira la hora. El reloj da la hora indicada, y Alan decide abandonar a Nieves como parte de un castigo desconocido. Se quita su traje de abogado tan manchado de burocracia y piensa en disfrutar sus últimos momentos en el mundo. Busca el sweater.
Es un sweater mal tejido el que porta, suvenir de una madre fracaso, para recordar a un hijo fracaso. En sus últimos días tuvo la idea loca de probar los sabores de la familia, de jugar con el niño que ya no era un niño ni recordaba haberlo sido, de tejerle ese sweater apestoso que, por pura lástima, una vez muerta, bien muerta ella, no pudo ser arrojado al perro para su deleite. Pero quién tiene la culpa de esa muerte devastadora, devastadora sin mucha idea de por qué, sin muchos recuerdos que recordar.
Ella no debía saberlo, nadie debía saberlo. No debió nunca subir al desván y abrir el baúl. Niña tonta. Niña curiosa. Todo hubiera seguido igual, todo hubiera seguido tan monótono de no ser por ella, por esa tonta curiosidad de niña.
Alan se sienta en su silla y escribe con precisión mecánica en una computadora de escritorio. El viejo CPU hace ruidos inexplicables cada tanto. Piensa en el fin. Piensa en los pájaros.

Los pájaros surcan el cielo y Penélope llora mientras piensa en Martina. Lo que daría por volver a sentir esa sonrisa suya, tocar esa cuerpecito de niña rica, de pendeja hermosa de clase media jugando a ser parte de la common people.

Los pájaros surcan el cielo y Martina no llora mientras piensa en Penélope. Ahora es una mujer libre y solo importa el ahora. Este preciso instante, vivir su vida que tanto tiempo pospuso para vivir una mentira junto a Penny. Penélope. Penas.

Nieves espera y espera y espera. Pero Alan no va a venir a buscarla. Es su maldición, su maldición por haber descubierto ese secreto tan oscuro, ese secreto que muy bien no sabe qué es. Pero ella también tiene un secreto, ella sabe que hay, en su pecho, un color que no debió nacer. Ahora deambula por las calles empedradas de Florencio Varela y se mueven como bailando, sus piernitas que parecen ramas. Extraña los baños de inmersión y esconderse bajo las sábanas de las pesadillas con el hombre del trueno. Todo comienza a girar lentamente, como una calesita, y luces de colores danzando en torno a ella. Ya no puede distinguir el suelo del cielo, el cielo del infierno.

Hay una luz en el horizonte, una estrella desaparece, el lucero del alba lentamente es tragado por ese brillante sol que se hace presente. El cielo es celeste, celeste con detalles en naranja e índigo, con detalles en rojo y violeta, con puntos resplandecientes que titilan, que disminuyen su luminiscencia tímida, de tímida a medrosa, con una luna en cuarto menguante que promete permanecer al margen, estática en su pálido gris al mediodía, a la tarde, esperando esa noche en la que poder volver a brillar sin sol, como solo es posible cuando todos duermen y Venus ya no se oculta de los calores radiantes de esa enana roja a la que está atada. Lucifer se desvanece lentamente del cielo amaneciente, a la vez que Kushiel, el de las dos alas, la más virtuosa de todas las virtudes, descubre en un sótano inundado en el conurbano bonaerense, una pequeña pizca de conocimiento que derribará los paradigmas imperantes en la configuración del cosmos. Pero está muy lejos, a continentes de distancia. Es probable que sea demasiado tarde. El glifosato ya no surte efecto y la irremediable plaga de la tempestad comienza a engullir las hojas del árbol del conocimiento. Ella lo sabrá todo. Muy pronto. Y no habrá árbol en el cielo y la tierra cuyas raíces no sean arrancadas por la colosal tormenta. Sin embargo, los vegetales llevan siglos esperando este día, el día en el que la revolución sea inevitable y se levanten en armas contra el orden natural de las cosas, tragandose de una vez y para siempre, al mundo entero. Ellos son pacientes, son inamovibles. Regina sueña con ver a su familia otra vez, acariciar el bello cabello estelar de la dulce y tierna Nieves, cuya piel remite a su nombre; de esforzarse y ver una sonrisa de orgullo en el rostro imperturbable de Alan, de volver a los viejos tiempos en los que podían caminar de la mano, de tomar una fotografía y sonreír. El hombre en el asiento contiguo eyacula dentro de la bella Regina. Luego de unos segundos de respirar agitadamente, cae rendido en su butaca. La joven del otro lado del pasillo sufre un paro cardíaco en el momento en el que está alcanzando el clímax. No es la única muerte que sucede en ese preciso instante, en ese preciso micro; un niño apuñala a su padre mientras este duerme. Nadie se enterará hasta que el ómnibus se detenga y todos los pasajeros deberán explicar su comportamiento errático a las autoridades que no dudarán en encerrar a la mayoría y realizar pericias psiquiátricas. Tres de ellos tienen antecedentes penales, y un grupo de jóvenes lleva un bolso repleto de sustancias ilegales. Pero no importa, porque la fatal y mortal muerte es inevitable. Eso lo sabe muy bien Alan, quien ahora sufre por el cruel destino de Nieves, pero también odia, odia a Nieves por conocer su secreto, por recordarle esos sentimientos que estaban tan muertos y sepultados ya. Destapa un tercer malbec mientras la televisión sigue mostrando nada más que lluvia y ruido. Huele la naftalina del sweater mal tejido y en sus ojos estallan sensaciones y amor, mucho amor que creía fosilizado y convertido en hidrocarburos para alimentar el generador incesante de la burocracia. Ahora llora y sonríe a la vez, como un atardecer repleto de colores. Ahora cree que el fin de los tiempos no podrá acabar con su mente que, de pronto, se siente tan joven y peligrosa, ahora siente una esperanza atroz y cree que Nieves podrá escapar del suplicio universal que acarrea consigo, del color que debió ser abortado, de ser la fuente de la vida. Cree en su niña bonita, ella será fuerte; tiene los labios del padre y la nariz de la madre, tiene cabellos de la luna y ojos del sol, tiene las semillas y los frutos de los árboles del cielo. Las emociones lo desbordan. Heredarás la tierra, hija mía, murmura. ¡Heredarás la tierra!, grita, una y otra vez mientras salta embelesado por el júbilo hasta que ya no salen palabras de su boca de labios en cursiva sino un líquido violáceo. Entonces cae de rodillas y todo a su alrededor gira. Todo gira también para Nieves, que camina como sin darse cuenta de que el suelo es ahora lava y cristal, de que el cielo tempestuoso la ha estado evitando, de que los ángeles reptan hacia su vientre. Nieves vomita. No es del color del vino ni del color del vómito. Caen semillas que erosionan las calles de un verde pastoso y el caminar de la niña se vuelve pesaroso ahora que raíces comienzan a adherirse al asfalto. Porque brotan ramas y raíces y pimpollos de su menudo cuerpito, y el dolor la hace estallar. Cruel e inanimado, el corazón de Remiel padece espasmos mientras presiente la cercanía de las semillas. Despliega sus alas que oscurecen el cielo ya negro y recorre a altas velocidades las fangosas calles de Buenos Aires en otoño. Inquietantes laberintos ha construido el hombre, piensa mientras pasa una y otra vez por la misma calle de veredas angostas y árboles que se mecen, violentamente golpeados por el viento. Una cucaracha es aplastada por un zapato, no se sabe muy bien dónde. El cadáver es abandonado a la deriva y tardará semanas en descomponerse. Regina despierta y apaga el celular que repite la misma canción hace horas. De repente la asalta una tremenda sensación de urgencia. Mira a través de la ventanilla y los árboles callados mecen sus alas con pereza. La danza de las hojas es hipnótica y parece hablarle, sin embargo, ella es incapáz de comprender. A su lado un hombre duerme, todos los pasajeros yacen en la profundidad de un sueño, a veces eterno, a veces lúcido. A veces ambos. Como los sueños borrachos de Alan, lucidos y a la vez impetuosos, sueña con el día en el que vio a Regina caminar de la mano junto a ese desconocido de zapatillas rojas, de espalda ancha, de bicicleta azul; sueña con haber podido perdonarla con suma sinceridad, sin embargo, algunos crímenes simplemente nunca prescriben y la condena perdura en la cabeza. Quizás ella sufra también, quizás tantas cosas hubieran sido diferentes, pero ya es tan tarde para degustar probabilidades, tan tarde que abruma; y quisiera poder soñar con simplemente ese rostro de leona, con esos ojos felinos y sus dientes blanco sonriendo simpatía. Y ahora quiere perderse entre las ramas de un árbol y olvidar de qué se trataba todo en un principio. Pero no es el momento indicado para eso. Nunca lo es. Nieves ya no puede moverse, explotan sus lunares, sus cráteres y grietas lunares son ahora ramas y raíces, y su cabello plateado es una copa repleta de hojas verdes prístinas, el dolor es insoportable, los retoños expelen polen, llamando a las abejas, y ella grita mientras brota un último pimpollo de su garganta que florece en la más espléndida de todas las flores. Ahora ya nada hay en el universo que pueda defenderla del hombre del trueno. Remiel toma el fruto del árbol de la vida. Asciende, una vez más, a través de las ramas del Yggdrasil, debajo de cuyas raíces viven las nornas, aquellas dísir que hilan, dulcemente las vidas del universo. Urd se lamenta, como siempre, se lamenta; Verdandi toma un hilo rojo del telar, y lo deja caer con suavidad en las manos de Urd, quien se lamenta, siempre se lamenta; y Skuld ríe a carcajadas mientras, con dedicación, teje puntos extravagantes en la matriz del cosmos. Ariana toma el celular en la oscuridad de la habitación y escribe un mensaje para Martín. Duda. Su dedo recorre la tecla enviar, formando pequeños círculos o corazones irregulares. Algo de luz se filtra a través de las cortinas que oscilan, bailando bizarras danzas. Cierra los ojos y suspira. Se siente muy estúpida. Se oyen los últimos truenos antes de la tempestad. Oprime el botón. Llueve. Los pájaros cantan.

Té de Jazmín.


I
-Ahora parto para el sur y vos te quedás. Te quedás con los ruidos del horno. Solo, sin poder ver el sol y disfrutar de las subsiguientes manchas anaranjadas en la visión; te quedás con la mitad fría de la cama, las sábanas blancas; te quedas con los frascos de mermelada vacíos, con la tostada de cara al suelo; te quedás con la noche desahuciada, insomne. Me llevo los sueños.
Me llevo los sueños en la maleta, dijo, y se los llevó. En la pesada valija. Y la comida en la olla. Ya no me miraron sus ojos negros, ni me hablaron sus labios húmedos. Entonces se perdió en el lúgubre pasillo y la puerta se cerró a sus espaldas. Sin decir otra palabra, sin mediar explicaciones, agitó su pelo lacio inundando mi soledad con ese aroma a frutillas tan único, tan ella. Quedó su esencia flotando en éter con su perfume como de mariposas en bosque encantado, como de atardecer en ese bosque, y lentamente anochecer con las sombras acechando en las esquinas, con el ulular de los pájaros entre las ramas desnudas de los árboles muertos, la carcajada fría del invierno. Permanecí de pie frente a la puerta por horas en las que la luz del sol dejó de entrar por la ventana, dando paso a la radiación tibia de la luna. Esperando. Esperando, mirando la puerta y esperando el lento girar del picaporte, pero no, pero nunca. Me dejó con la comida en la olla, emanando fuego y hedores del inframundo; con la cama deshecha, las sábanas en el piso, las almohadas desmembradas; con la impostergable soledad del despechado y el té de jazmín enfriándose en la taza. Sonó el teléfono ciento cuarenta y cuatro veces, entonces supe que no iba a volver, que ya era tarde para tomar el colectivo y bajar a dos cuadras de casa, que se quedaría en lo de una amiga, o en la casa de su madre, o, tal vez, dormiría con otro hombre. Quedó un halito sonoro reflotando en mis interiores, el siempre eterno eco del timbre. Mi cuerpo permaneció inamovible frente a la puerta de algarrobo mientras el timbre retumbaba en mis neuronas. Luego de una serie de instantes eternos, reuní el coraje necesario para abrirla, para buscarla más allá de la seguridad tras las desnudas paredes azules. Ante mí el sombrío pasillo, estático, inmaculado, de paredes desnudas y alfombra en el suelo, con esas puertas homogéneas que me atemorizaron desde el primer día, pero entonces ella; entre tantos hogares de símiles fachadas, admiré su capacidad para reconocer nuestra casita, pecera de cerámica y cortinas grises. Mi vista no alcanzó más allá de la tenue iluminación incandescente, pero tuve la sensación de algo desarrollándose entre las matas de umbría. La imagen de ojos en el pasillo, ojos del pasillo. Giré la llave y trabé la puerta, el azul era reconfortante. En inexorable silencio todos los sentidos se aumentaron, todas las paredes se agigantaron. Las sombras en las esquinas comenzaron a crecer, amparadas por la tenue luminiscencia de un velador; el arroz en la olla se quemó, todos los granitos chamuscados emanando aroma a muerte; el horno comenzó a murmurar palabras incomprensibles; en la lejanía de un departamento contiguo comenzó a escucharse el tedioso sonido de una lenta gota decantando en un recipiente metálico, clic, clic, clic, clic.
Desde entonces la espero. A veces finjo que vuelve y no me importa, la veo de soslayo, mi cara repleta de inexpresión. Ella entra como si nada hubiera pasado y todo fue un sueño, me habla de todos sus errores, de sus miedos, de sus enfermedades adolescentes, me besa y, cuando se voltea con su vestido floreado, entonces también creo que todo es un sueño y las sombras en las esquinas se difuminan, y ella raspa el arroz de la olla y lo tira en la basura, y silencia al horno con una patada a la puerta metálica, pero no logra detener el sórdido clic, clic, clic. Las paredes desproporcionándose continuamente, el sonido del repiqueteo en la desconocida casa vecina, clic, clic, clic, clic, clic, clic. El clic continúa y ella no vuelve. Entonces sé que no es un sueño porque el clic, clic, clic, clic de la gota de agua golpeando el recipiente metálico en la desconocida casa vecina no se detiene y las paredes se contraen, se dilatan, se contraen, se dilatan, jugando, jugando conmigo y cuál de todas las casas vecinas pertenecerá a ese propietario descuidado. Y no vuelve. Clic, clic, clic, clic. Ella no vuelve.

II
Trato de mantener la compostura, pero creo que el horno me habla. Detrás de ese rum, rum, como de motor agonizante, la parte más imponente de la cocina abre su tapa y pronuncia enunciados.  Que la ola polar va a durar hasta el martes, creo que dice, que solo en 1918 se dio un fenómeno de tal magnitud, que el calentamiento global, que la globalización.
-¿qué tiene que ver la globalización?- quisiera saber.
-Preguntale al microondas- responde como si fuera una obviedad, pero el microondas no habla. Ni una sola palabra. Permanece desenchufado mientras el horno me tortura con sus discursos aun crudos (o ya quemados) acerca de los hados siniestros de la postmodernidad.
-Porque la gente ya no cree en nada…
-La gente cree cada vez en más cosas- refuto. -se ha ampliado el margen de lo creíble.
-Verdad y mentira conviven como si fueran una sola.- dice, y la olla emanando vapores soporíferos en una de sus hornallas parece coincidir con él, pues su tapa da una serie de golpecitos. No me atrevo a apagarla, la última comida hecha por mi querida, mi amor, ella. No me atrevo a apagarla, no sé cómo. Nunca antes me había acercado a la cocina, todo este tiempo había aparecido como el laboratorio del alquimista, en el que ella se encerraba y profería recetas secretas, en ilegibles lenguas. Ahora pienso que debí haberme fascinado más por las artes culinarias, porque tengo un paquete de fideos y no sé qué hacer. Y ahora creo que ella, esa mujer que en algún momento fue mi mujer, me abandonó por mi irrefutable inutilidad.
Trato de mantener la compostura, pero no sé quién se encargó todo este tiempo de sacar la basura, y ahora se amontona en el tachito, y no sé por qué no compramos un tacho más grande, y bolsas de esas negras en lugar de estas de supermercado. Un supermercado desconocido.
Trato de mantener la compostura, que no existan signos evidentes del abandono, pero los pelos en la ducha y el clic, clic, clic de la casa vecina y los ruidos en los pasillos. Trato de mantener la compostura, que ella no sepa, que no se entere del dolor que agobia mis entrañas, y entonces cocino, y me corto los dedos y todo sangra, rojo, y mi sangre se confunde con el puré de tomate, tan rojo, y lloro, pero creo que lloro por la cebolla y nada más que por la cebolla, porque mi mujer se fue y no sé qué hacer, pero no puedo dejar que ella lo sepa porque la destruiría, la cambiaría para siempre, ella, tan pura, tan niña. Llevo la comida hacia su habitación, entonces Martina llora en su habitación y sé que sabe. Doy tres golpes en la puerta antes de entrar, suficiente para que esconda sus lágrimas bajo la almohada, termine con sus sollozos y me reciba con una sonrisa de plena luna, porque no debo saber que ella también está destruida, porque ella es ahora la única persona que puede sacarme del naufragio y tiene que ser fuerte, fuerte para arrastrarme de la apática agonía. Martina, la postergada, la invisible niña de rosa y horror, sonríe sus ocho años y me abraza. Y todo este tiempo pensando tan solo en ella, en la mujer que fue mi mujer, tanto tiempo olvidando a nuestra hija y sus dibujos con crayón, sus dientes de leche, su tarea de matemática. Sostengo su manita en mis manos heridas. Su calor me invade, sin embargo, no tarda en regresar el frío; la suelto para no contagiarla y regreso a la cocina.
Desde un principio rechacé la idea de tener un hijo; otra boca a la que alimentar, dejar el trabajo en la revista por uno con el cual realmente llevar dinero a casa, dejar la carrera, pasar más tiempo solo, sobrio, oyendo el llanto de un ser indeseable, de una invasora que llega y se apropia de los tiempos, del lugar, entonces ser relegado a un simple montículo de tierra y sudor ahogándose en televisión al final del día. Quería viajar, conocer el Sudeste Asiático y sus templos budistas, quería fotografiar parajes desolados en la vieja Rusia, y, nunca, nunca, envejecer. Cuando ella me dio la noticia del embarazo, le pedí que abortara, a lo que se negó rotundamente; y así fue como Martina llegó al mundo, después de nueve meses de odio acumulado y silencios incómodos. Nueve meses deseando escapar, urdiendo planes, alimentándome de fantasías de Polinesia y soltería. Traté de encontrar, una y otra vez el error, pero no, pero todas las precauciones, todos los anticonceptivos posibles dispuestos en su correcto lugar, pero entonces, tal vez, un hijo que no era mío, el fruto de la inseminación de otro hombre gestándose en el vientre de mi esposa y la sospecha incomprobable, pero entonces, callar.
No fue sino hasta que cumplió los ocho años que traté de aprender a convivir con Martina. El motivo, la pérdida del trabajo. Uno de los tantos desempleados tras la crisis. Pero ella no, claro, ella nunca, ella ahora nos mantenía. Más tiempo en casa, entender que ese engendro también sufría. Acostumbrarse también a ser otra boca a la que alimentar, un invasor que llega y se apropia de los términos. Y así fue, hasta que desapareció. Ahora Martina es todo lo que me queda.

III
No nos habíamos preocupado lo suficiente, hasta que abrimos la alacena y todo lo que encontramos fue abismo y un kilo de harina. Nació el hambre y la basura amontonándose en los rincones, los platos sucios, hojitas de un verde prístino naciendo de la taza de té, la comida en la olla destilando hedores fétidos y vapores alienígenos. La heladera repleta de nada, el microondas callado, el horno contemplándome.
-Llegó la hora de buscar trabajo- susurra, apenado.
-Así parece.
-¡Llegó la hora de perder el orgullo, de subordinarse ante el vil orden del empleo!. Llegó la hora de ser la empresa, de perder tus intereses y velar por aquellos de la burguesía. Llegó la hora de volver a producir y reproducir el discurso de la hegemonía. Llegó la hora de darse por vencido. Llegó la hora de volver a abandonar a Martina.-Dice una vocecita del otro lado de la cocina. Alguien había enchufado el microondas sin que me diera cuenta.
-No le hagas caso, el microondas es la expresión de la posmodernidad y la comida derretida y reblandecida.- masculla el horno.
-Pero calláte, a mí por lo menos la gente no me usa para suicidarse.
La idea del suicidio no había pasado por mi cabeza hasta ese momento, la emisión de la palabra giró una palanca en lo hondo de mi ser. De todas formas, no tardó en disiparse; no podía dejar a mi hija en las manos de la hambruna.
-El horno tiene razón, tengo que conseguir dinero.- digo.
-El horno no dijo eso- refuta el microondas- el horno dijo que tenés que conseguir trabajo. La guita se puede conseguir de otras formas.
El microondas tiene razón, puedo vender lo que no necesito para seguir viviendo. Voy al dormitorio, solo una guitarra sin cuerdas y la cama, nada que vender, ella se ha llevado los libros, la ropa, no podría vender el ropero, la madera agusanada tras la última inundación. Miro a través de la ventana: saltar. Hubiera sido asequible algunos años atrás, pero no ahora. No ahora porque mientras el mundo avanza hacia arriba, este edificio, al igual que mi vida, es un estanque de estancado estancamiento. Ahora solo puedo ver los pies de la gente desde la ventana, los ladrillos de edificaciones que se elevan hasta la estratósfera y buscan sepultarnos. Ella se lo llevó todo en la maleta, mucho más que sueños y proyectos, se llevó todo el dinero, todo aquello que podría permitirme seguir adelante, ella me sentenció a una muerte lenta, a un hambre atroz que lentamente trepa a través de mis huesos. Pero cómo, cómo pudo llevárselo todo en la maleta. No. Imposible. Debió haber comenzado mucho tiempo atrás, un plan atroz, lentamente hacer desaparecer los artilugios, desnudarme para poder así condenarme a esta lenta agonía. La imagino en el trabajo, lentamente diseñando su estratagema atroz, urdiendo un plan perfecto, previendo mi inutilidad, anticipando mi incapacidad para afrontar los inconvenientes de la vida cotidiana; tanto tiempo encerrado en la redacción, diciendo al mundo desde el papel, proyectando temores y visión en una hoja, tanto tiempo creando mundos no me permitieron notar las otras estructuras que emergían, las noches en las que ella no regresaba, aquellos momentos en los que no contestaba ni me miraba, ni le importaba, ahora todo, cada pequeña mueca callada es signo del abandono, ahora todo es obvio como lo inevitable, como lo ya pasado.
Decido salir, atropellar el pasillo oscuro, decido robar, trabajar, pedir, matar, decido hacer lo que sea necesario por un poco de comida.
-¿A dónde vas?- Me dicen el horno y el microondas al unísono.
-Salgo.
-¿Y Martina?
-Ya vuelvo.
-¿Y si no?- Pregunta el horno.
-Abrigate- dice el microondas.
¿O fue al revés?
No hice caso a ninguno.
Afuera el ocaso perpetuo del pasillo negro. Un sonido grave e intermitente, como de un motor accionando cerniéndose en torno a mí, piel de gallina, escalofríos. Doy dos pasos y al voltear descubro que no me será tan fácil regresar; las puertas idénticas, ni un cartel con el número, pero si esa mujer cruel que fue mi esposa sabía cómo regresar, si ella, que centraba su mente en hacerme sufrir podía reconocer el camino de regreso a casa, entonces yo también puedo. Una idea. Dejar la puerta sin llave y, de ser necesario, ir probando una por una hasta dar con aquella destrabada. Simple. Doy otros dos pasos y la maquinaria se agiganta, parece el generador de un coloso dando vida al monstruo de piedra, magia y decimonónica existencia. Noto figuras en la sombra, ácaros de penumbra que se mueven sin parar por el suelo, pisando la alfombra con suavidad. Con un temor insoslayable camino en dirección al ascensor, lo evado y tomo las escaleras. Emerjo en un callejón sucio y camino hacia la zona comercial. Tres negocios me rechazan por mi vestimenta y no sé de qué carajo están hablando ¿cómo vestirme bien si no tengo dinero con el que comprar ropa? En uno me piden el CV ¿cómo imprimirlo si la impresora no tiene tinta? Y si tuviera los doscientos pesos necesarios para un cartucho, los gastaría en comida. Así paso la mañana, entre rechazos y dolores de estómago. En el último negocio, una escueta librería, me piden experiencia, experiencia a la hora de vender un lápiz, como si eso fuera posible, nada en el mundo nos prepara para vender lápices, es un conocimiento oculto. Regreso resignado, si tuviera fuerzas golpearía algo, o a alguien, pero no, nada más que el deseo de volver a mi hogar junto a Martina. Subo las escaleras y otra vez el frío reptar de una serpiente a través de mi espina dorsal. Hay algo entre tanta oscuridad. Algo que se acerca junto al ruido de tambores, o de la maquinaria trémula, o de los gatos ronroneando. Algo que ha acrecentado su ritmo maniático y pisa mis talones mientras corro, girando el picaporte de cada una de las puertas que no se abren. Siento que me cercan, entonces las figuras en penumbra se empapan de gris diurético, están ahí y me miran, más de diez gatos pardos acechan, inflan sus rabos y tuercen sus orejas, sus pupilas dilatadas, sus cuerpos contraídos, agazapados en la sombra brillan ahora esos pesados ojos amarillos, los tenebrosos ojos del pasillo, y las garras, afiladas uñas de cortar, de apuñalar, adheridas a la alfombra pero listas para zarpar, para asesinar. Agitan sus colas, sus ojos inundados de rencor, de un rencor milenario y atroz con el que nada tengo que ver más que la circunstancia ridícula de compartir el pasillo en este aquí y ahora; mi mano sudando sostiene el picaporte, giro el pomo y uno de los gatos lanza un zarpazo hacia mi pierna, la puerta se abre y logro entrar, dejando a los felinos macabros del otro lado.
En mi ausencia llegaron dos visitantes, hombres de traje azul oscuro, bien peinados, bañados. Su imagen contrasta con todo a nuestro alrededor. Los encuentro sentados, contemplando la taza de pimpollos que alguna vez contuvo té. Uno de ellos, de nariz pronunciada y pelo corto, habla y acompaña con gestos corporales.
-Buenas tardes. Mi nombre es Julio y él es Lucas.- el otro hombre asiente levemente.- somos una pareja, recién casados y estaríamos interesados en adoptar a su hija.
-¿Cómo?- digo, estupefacto.
-Creemos que Martina necesita un mejor hogar.- dice, señalando la herrumbre a nuestro alrededor- No es mi intención ofenderlo, pero dudamos de su capacidad para mantenerla.
Lo pienso un segundo antes de llamar a Martina.
-Nosotros nos encargaríamos de todos los trámites legales, usted no tiene que preocuparse por todo eso…- lo oigo decir. El otro no habla.
Martina llega de su habitación y los mira, inquieta. Está flaquita, se notan sus huesos y eso me corroe, siento náuseas repletas de culpa y cólera. Ella niega en silencio cuando le propongo la posibilidad de una nueva familia.
-Ya escucharon a la nena.
-Es una lástima.- dice el sujeto.- pero debería pensar en lo mejor para ella.
-Ahora los invito a retirarse, si no tienen otro asunto que tratar.- digo, más agresivo de lo que en realidad quiero.
-Oh, nos encantaría- replica Julio- pero usted ya ha visto a los gatos, ¿verdad?
-¿Los gatos?
-Sí, felinos de cuatro patas. Están por todas partes.
-¿Entonces?
-Entonces supongo que no quedará otra que compartir el establecimiento hasta que esos engendros vuelvan a su lugar de origen. En algún momento se van a cansar.
-Supongo- digo, resignado.
Martina muestra unos dibujos de ella a Julio y Lucas se queda en la mesa, mirando hacia la puerta como esperando el momento preciso para poder escapar.
-¿Así que te abandonaron?- dice, de repente.
-No quiero hablar de eso.
-¿Por qué no? A todos nos han abandonado alguna vez. Por algún motivo a vos se te fueron las cosas de las manos, vaya uno a saber por qué. Ahora Martina corre peligro, no solo del hambre, sino de los gatos, y vos insistís en retenerla a tu lado.
-Es todo lo que tengo- respondo entre lágrimas. Sus palabras son un golpe certero a la nuca, diciéndome las cosas que fallé en ver hasta ahora.
-Ya lo veo- ironiza, mirando la habitación.- pero ¿no es extraña la vida? Tu mujer te deja, a vos y a tu hija, solos, apenas con un lugar donde caerse muertos y eso está mal; y vos no querés dejar a tu hija, y eso también está mal. ¿No somos críticos inconformistas? Todo el tiempo mirando, juzgando, y entonces nos pasa, nos toca hacer una obra a nosotros y entonces excusas, muchas excusas que demuestran cómo es que nosotros hacemos lo mismo que los demás, pero de nuestra parte está bien, mientras que de la otra es un crimen de lesa humanidad que nunca prescribe. Obvio, existen grises, como en todo. El secreto está en saber que nunca, nunca en toda nuestra horrible y dolorosa vida, vamos a ser protagonistas para los demás. Solo puede haber un protagonista, y si en nuestra mente, nosotros somos los protagonistas, entonces es lógico pensar que en las otras mentes suceda lo mismo. Me refiero a que cada uno se considera protagonista de su propia historia y ahí no hay lugar para nosotros; muy poco de lo que sucede en el mundo gira en torno a nuestra vida.
-No entiendo- admito.- o entiendo muy poco.
-Lo que quiero decir es que tu mujer dejó a un marido que, casualmente sos vos. Ella no pasó ni un minuto pensando en cómo te sentirías, así como ahora vos no pensás en qué falla de tu parte hizo que ella se fuera.
-Me suena un poco contradictorio todo esto.
-Obvio que es contradictorio; después de todo, esto es un departamento en Buenos Aires, no ciencia de cohetes. Si no hay lugar para contradicciones acá, ¿entonces dónde?.
-Me duele la cabeza.
-Es el hambre. Así empieza.-sentencia.

IV
A estas alturas ya no me interesa la olla que destila sustancias inexorables, creando una nube violácea en toda la cocina, ni los bellos jazmines que brotan de la taza del té ya helado, no me importan las telas de araña en las sillas, en el techo, en las paredes, no me importan las moscas y ratas luchando por un lugar en la bolsa de basura de un supermercado que ya no creo que exista, el horno ya no me habla, tal vez por los humos de la olla y el microondas está desenchufado de nuevo, los novios dan vueltas por la habitación, sus trajes otrora impolutos tienen polvo y están percudidos, de poco me sirve saber que han cortado la luz y el teléfono, que el inodoro se ha marchado en búsqueda de un lugar mejor. Solo temo por los felinos y el hambre. Los gatos rasguñan el cuerpo de la puerta madera, maullando sus penas colmadas hambre y su ira incontenible. Frotan sus garras contra el algarrobo, se trepan al picaporte, o eso es lo que siento; si no estuviera con llave entonces entrarían, pero ellos son capaces de esperar, capaces de soportar la espera. Del otro lado, ante el frío ojo de la oscuridad, el hambre resplandece, iluminando de angustia todas las estrellas en el techo. No emitimos más que el sonido de nuestros temblores; en el silencio de la noche se disuelven las voces, alimentando las lámparas grises del plenilunio. Nosotros no, nosotros no somos capaces de tolerar más espera.
Y por primera vez en un tiempo me escribe, la carta llega por debajo de la puerta. Signos de debilidad en su tinta, envuelta en aire y cursiva. Esa brisa precisa que se desentiende de mis penurias; abyecta enredadera que crece, siempre evadiéndome. No pide disculpas ni se ataja de mi odio obsceno. Dice que me quiere. Amor. Mentira. Me cuenta cómo es que ahora hace las cosas que solíamos hacer, pero mi nombre ya no aparece en las actividades, sino el otro, irreproducible rostro de la tempestad. En el cine vieron las tres películas rusas de las que habla mi estómago vacío, nuestra plaza es ahora su plaza, y pienso en cómo alguna vez fui yo el usurpador de espacios verdes. Ya no se le quema la comida ni tiene que ir temprano a trabajar. Ya no se siente obligada a decir te amo. Imagino que se han borrado las arrugas de su rostro y que ya no necesita maquillaje para verse bonita, ni pantuflas de dinosaurio para sentirse joven. La imagino feliz. Imagino que ya no piensa en nosotros, ni le importa, ni recuerda.
Envía besos que mis añicos cardiovasculares no temen rechazar, vergüenza, asco, vomitar aire de hambre sobre vos, sobre tus cartas, basura. Volvé al pozo de dónde saliste. Volvé. Volvé a tu casa. Volvé con tu familia. Por favor. Envía besos. Besitos. Firma con su nombre. Diana, diosa de la caza. No significa nada, muy pocas cosas significan algo en este momento.
Tomo la carta, la parto a la mitad y fagocito mi parte, la mastico y la trago como puedo, el dolor del papel, el sabor de la tinta, todo directo hacia el estómago que no da tregua. Martina ingiere lo que le toca y sonríe, su pelo está ahora enmarañado y ya no puede ir a la escuela; si no existieran los gatos y sus ojos voluminosos contemplándonos desde las rendijas, habría una salida. En los últimos días, el clic, clic, clic, clic, clic de la casa vecina se ha vuelto más persistente, e, incluso, podría jurar que está dentro de este departamento. Nos recostamos sobre el polvoroso suelo, temblando, incapaces de hacer otra cosa, incapaces incluso de dejar de temblar. Escuchamos los pasos de la parejita, el clic, clic, clic, clic, de la casa vecina y el ronroneo insoportable de los gatos. Vienen a mí memorias y jaquecas.
Recuerdo cuando jugábamos en el patio de la casa de mis padres, y le hablaba de semiótica, de aquella vez que compartí un café con aquél filosofo francés que murió dos años más tarde. La naturaleza de la humanidad es intertextual, todo lo dicho, toda creación humana es solo entendible desde otra creación humana. Todo lo que sea sufrido, todas las depresiones son un suplicio ya vivido; todos los suplicios entendidos desde un solo cerebro, mi suplicio. Hay desfasajes, transformación, entropía. Materiales anómalos introducidos en la cultura permiten algo parecido a la originalidad, la reiteración inmiscuida de conceptos, un enorme aparato de representaciones a nuestra disposición. El universo entero es creación, no descubrimiento. Creación y recreación de la humanidad, de las palabras. Está en los conceptos el verdadero orden, la verdadera realidad. Detrás de capas y capas de símbolos, índices e iconos, nada hay más que absurdo. Al final del oscuro pozo y abismo nada hay más allá de lo que decimos, de lo que ya se ha dicho tantas veces. Pero ella permanecía en silencio, no refutaba ni aceptaba mi teoría. Contemplaba los mensajes en su celular. O tal vez sí me hablaba. Su voz era suave y aromática como jazmines en verano templado. O tal vez no.
Los hombres discuten, aunque no puedo escucharlos bien, creo que uno de ellos quiere llevarse a Martina, mientras que otro insiste en no intervenir y en la futilidad de ese complot, después de todo, los gatos persisten. Creo que los oigo ronronear, pero mucho no me importa. Quiero dormir.
Conocí a Diana en el tren. Ella leía a Sylvia Plath y la observaba cambiar la página con una dulzura deliciosa. Creo que fueron cinco días seguidos, una semana, en las que me sentaba en diagonal y la contemplaba desde la distancia, su cabello lacio moviéndose con exquisita lentitud, de un rojo que desafiaba el fulgor de las estrellas, sus manos, tan pequeñas manos y dedos finos. Cinco días obsesionándome con esa mística imagen, craneando rigurosos planes de nula praxis. Hablarle de Plath, del feminismo tal vez, de literatura, de por qué leía siempre el mismo libro que tampoco era tan largo, que si realmente estaba interesada en la literatura o solo era un plan para no prestar atención a la gente, que si era cosa del destino que ella bajara en Bandfield y yo en Constitución. Pero fue ella quien se acercó. Fue un chiste relacionado con mirarla constantemente. Tal vez no fue un chiste. Y así comenzó todo eso que hoy termina en esta agonía. Casarnos, tener una hija, hablar. Ella antes hablaba más. El hipo de sus palabras vacías besando mi piel que ya nunca volveré a sentir, eco de su risa estridente, tantos "te amo" que ahora carecen de valor. Millones en una moneda fuera de circulación. Tantas cenas a la luz de las velas y ahora mi estómago se retuerce y los jugos gástricos no tienen qué derretir. Todo comenzó en el Roca. Todas las muertes empiezan en el Roca.
No, no fue así, creo que la conocí en la facultad.
Ya no recuerdo.
Pero duele.

V
Veo a los jóvenes, recién casados, abrazarse y besarse como hacía tanto que no sucedía en este recinto. Tanto amor. Entonces entender, aceptar, de una vez y para siempre el abandono de Diana, la compañía de Martina; seguir adelante. Solo quedan los gatos detrás de la puerta, sortearlos, escapar del pasillo eterno, hacia una vida diferente. Queda gente, amor en el mundo, queda futuro. Pienso en mi hija, en el día que traiga un novio a casa, un niño bueno y nada más, el resto que lo busque ella. Pero también, tal vez Martina sea lesbiana, o bisexual, o pansexual, o andá a saber, y un día llega de la mano con otra mujer, una de las dos tiene que tener pelo corto, y me gustaría que mi hija se lo dejara largo, así que la nena esta va a tener que cortarse el pelo, porque sí, porque yo lo digo, así que no me mires así, hincha de Vélez, que esta es mi casa.
Creo que ya estoy delirando.
Acabo de ver al teléfono irse. Seguir los pasos del inodoro.
Sí. Estoy delirando.
Llegó la hora de tomar una decisión. Seguir el camino de la locura o tomar las riendas de la situación y sacar este navío a flote.
Me levanto de mi letargo y los novios se estremecen, voy a la cocina y apago la hornalla, los vapores se difuminan lentamente y la nube de muerte alrededor de la cocina ya no es tan mortal. Arrojo el contenido en cuatro platos y alimento a Martina y a los otros. Nadie se queja de ese engrudo extraño que comemos, que llena nuestro vientre con calor y nos permite seguir viviendo, a pesar del sabor apestoso, a pesar de la contextura inaudita. Luego, lavo la olla. Los restos no se quitan ni con la esponja de acero, que deja algunos despojos en el intento.  Enchufo el microondas y me habla de Zizek, que si vi The Pervert's Guide To Ideology, de la parte en la que hablan de Taxi Driver; el horno también me habla, del clima, de cómo tenemos treinta y cinco grados, infrecuente en Buenos Aires en esta época del año, solo en 1935, 1941, 1979, 1988, 1992, 1993, 1995, 2001, 2007, 2008, 2009 y 2011 hizo semejante calor en este día específico. Los novios toman una escoba y un plumero y me ayudan. En menos de tres horas todo queda impecablemente limpio. Solo dejamos los jazmines de adorno. Abrazo a Martina y ella se aferra a mi cuerpo. Creo que a partir de ahora todo saldrá bien. Hablamos con Lucas y Julio de abrir la puerta e irnos, arremeter contra los gatos; mi pequeña va en búsqueda de su conejo de peluche.
Entonces llegan los golpes en la puerta. Los gatos se han hartado de esperar, así como nosotros. Pero este es el momento para enfrentarlos, porque sé que Diana no vendrá nunca a rescatarnos, porque puedo vivir con eso. Porque estoy listo para morir. Porque ahora creo que no podré vivir sin ella, no realmente, nunca tendré una vida completa sin ella, pero no es la primera vez que estoy preparado para morir. Después de todo, no es la primera vez que ella se va, solamente es la primera vez que no regresa. Esa es la única diferencia, el único detalle que derrumba mis estructuras. Sepultado. Sepultado junto al castillo de naipes que fue mi vida. Fue. Fue. Pero no, pero Martina, debo proteger a Martina de los gatos antropófagos, de los entes de hambre y uñas afiladas que rompieron la puerta de algarrobo con sus garras felinas y ahora vienen por nosotros rasgando la alfombra, orinando las paredes, escudriñándonos con soberbia severidad. Es. Es mi vida. Su vida. Es vida.
Los novios atacan a los gatos, pero son tragados por aquella tormenta interminable de garras y maullidos. Son cientos y vienen hacia Martina. Utilizo mi cuerpo como su escudo, creo que escucho gritar a Julio entre el tumulto, pero es solo un instante; siento las garras en mi cuerpo, los dientes mordiendo, rasgando la ropa, la carne, los maullidos, el olor a orina penetrante. Veo emerger a Lucas, repleto de rasguños y bañado en sangre, toma a un gato blanco y lo estrella contra la pared. El gato no vuelve a levantarse. Llegan más felinos buscando venganza, Lucas toma una silla y los enfrenta. Aprovecho ese giro favorable para mirar a Martina, que me devuelve una mirada asustada, repleta de temblor y miedo de muerte. El horno y el microondas nos vitorean desde la cocina; el horno arroja datos históricos sobre cómo el clima podría favorecernos, el microondas cita a Nietzsche a los gritos. Pero los gatos no tardan en hacer caer a Lucas y volver hacia nosotros.

VI
Y entonces vuelve. Ella vuelve para incendiar el departamento con su aroma a frutillas tan particular; para quitar, para siempre la mugre de la olla y los restos de esponja de metal adheridos; silenciar al horno que grita incoherencias acerca del clima y la globalización, accionando esa perilla oxidada que no giraba; para desenchufar al microondas posmoderno. Ella vuelve y todo se detiene, los gatos abandonan sus uñas a la intemperie de mi sangre, permanecen hendidas en mi cuerpo, sin embargo, no ejercen mayor presión. Ella da unas vueltas alrededor de la casa, levanta a Julio y Lucas del suelo y los deja ir, ensangrentados, agonizando. Va hacia el baño y de alguna manera detiene el clic, clic, clic. Luego de un instante, me mira. Me mira y todavía rigen sus parpados por sobre toda mi existencia. Y de repente ya no es tan difícil tolerar los atropellos, las uñas encastrándose en mi carne, la sangre surgiendo a cántaros, el dolor inhumano.
Se sienta en la mesa sin dejar de mirarme, estrellando esos negros asteroides en mi cuerpo, acerca la taza de flores a sus labios y en un sutil respiro me reprocha haber permitido que el té se enfriara. Bebe otro sorbo antes de arrojarlo todo por la pileta, antes de despreciar las flores ya amarillas, su rostro repleto de asco me deprime y solo puedo sentir la culpa por haber abandonado ese recipiente de infusión a la intemperie. Al regresar de la cocina me mira por un instante mientras los gatos ronronean, entonces da un paso hacia mí. Otro. Otro. Dos pasos más. Los felinos erizan su cuerpo mientras ella se acerca, bufan, maúllan, agitan sus rabos, pero son incapaces de detenerla. Nadie puede detenerla, impulsada, invencible, ser de puro amor. Detiene la perpetua longitud de sus piernas a escasos centímetros y desde el suelo puedo inhalar su aroma a belleza. Extiende sus manos como un ángel, como un querubín, criatura celestial, salvadora. Extiende sus manos gráciles, sus dedos como cuello de cisne, su amor, la perfección, mi amada, mi amor. Su cabello rojo, mi Diana.  Sin mirarme, sus ojos regentes
alejados me asfixian tanto como su mirada proyectando ahogo. Sin mirarme posa una mano en mi hombro y con la otra me mata. Sin decir nada. Toma mis últimas semanas. Toma mi vida, me aniquila. Se lleva a Martina en sus brazos. Sin decir nada. Las veo irse de mí para siempre, la mirada de mi hija, inescrutable rostro repleto de angustia y confusión. Cierra la puerta y ya no sé qué hacer para desear evitar que los gatos devoren mis entrañas.