eat your heart out

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Árboles del cielo.

Regina se sienta en la butaca que da a la ventanilla y piensa en Alan, que en este momento debería estar llevando a Nieves al colegio en su auto gris con vidrios polarizados. Piensa en esa cara fría que no hace por ocultar el hielo trastocado en la transparencia de sus ojos, esos ojos limpios la estremecen; piensa en su hija, sus rizos plateados meciéndose como hojas en el viento, sus rizos plateados la reconfortan y se relame en el rígido asiento semi-cama de esa lúgubre empresa de ómnibus de larga distancia. Dobla el boleto con sumo cuidado y lo guarda en el bolsillo de su camisa celeste.

Alan obliga a Nieves, con una gentileza dolorosa, a ajustarse el cinturón de seguridad mientras toma 7 y sale del Cruce Varela. La niña ve los árboles transmutarse en texturas verdosas difusas a medida que el automóvil adquiere velocidad y sus ojos se desbordan del ritmo, Alan escucha una pieza en Cello interpretada por Rostropovich y su conducción vehicular parece condecirse con reglas inherentes al mundo de la música más que con factores extrínsecos como regulaciones de tránsito y el tímido lenguaje de los semáforos en rojo. Su rostro no deja de aparentar una calma perturbadora mientras la destreza del intérprete rasga con su arco las cuerdas lacias. Toca muy rápido, maneja muy rápido, piensa Nieves y se cuestiona la imperante sensación de urgencia que reside en su entorno.

Kushiel, de las mil alas, desciende de la copa del árbol del conocimiento y deposita sus pies desnudos sobre una rama inferior. Una gota de sudor dorada brota de su cuerpo humanoide, como una lágrima que recorre la perfección de su divinidad y cae en una hoja amarillenta que resiste las fuerzas del viento. Ángeles y Principados surgen ante el temblor que provoca su presencia. Todos, en su eternidad, entienden el problema. Las escamas en sus miradas platinadas comienzan a desprenderse.

Remiel, por su parte, agita sus alas y desciende desde la copa del fresno hasta las raíces que surgen del suelo, donde habitan las nornas, aquellas dísir que hilan, impostergablemente, las vidas del universo. Urd se lamenta, como siempre se lamenta; Verdandi contempla a Remiel con reproche, culpándolo por lo que está sucediendo; y Skuld ríe a carcajadas, mientras, con dedicación, teje puntos extravagantes en el tapiz del cosmos. Inspecciona, el ángel del apocalipsis, con calma aparente, las finas hendiduras en las que se entrelazan los mitos y separa las infinitas raíces de arena que nunca dejan de multiplicarse. Existe un lugar al cuál van las cosas perdidas, piensa.

El microcosmos propio de la urbe se antoja sereno y displicente ante la revolución celestial que se desata en el macrocosmos propio de la divinidad. Martín espera a Ariana en Plaza Libertad y contempla un cielo sin nubes mientras mira su reloj pulsera cada dos minutos. Es tan probable que ella jamás se haga presente, tan probable que lastima, arden los ojos de solo imaginar su ausencia tácitamente eterna. En ese bosque de edificios, las veredas marcan un paso oblicuo, directo a las catacumbas subterráneas de Buenos Aires, donde el calor es inminente, y las demoras siempre están presentes, donde se manifestarían las ánimas de descender desde su olimpo de quimeras. Y Remiel descendió hasta el último peldaño de la existencia, y, cuando las puertas del subte se abrieron, ocultó sus alas, sus quichicientas alas de ángel y ave y se escabulló entre los rostros ajados de los proletarios, entre los trajes manchados de sangre de los abogados, entre las muecas de los carniceros, y las bombas de los terroristas, entre los crímenes del estado, y toda la alquimia de estratos sociales y experiencias de vida que convergían en ese caldero sagrado, donde el trueno de dios decidió comenzar a buscar las semillas perdidas del Yggdrasil, y donde Kushiel buscaría también, más tarde, las semillas perdidas del árbol del conocimiento.

Regina duerme aquellos sueños que Nieves y su peligrosa infancia habían postergado. Es un sueño tan pesado y placentero que ni la muerte sería capaz de interrumpir, ella seguiría en esa cúpula onírica, inmortal, inamovible. Como ahora que el ómnibus ha atravesado el último peaje y acelera por la recta invariable del paisaje rural. Y los árboles, los tranquilos árboles aguardan su momento, el momento indicado para crecer, para dominar, cuando las enredaderas del cielo recaigan en la diminuta Tierra y fagociten los minerales sepultados en las profundidades, y el suelo se abra, dando luz al desconcierto, a la confusión que atraen consigo las ramas que alcanzan los cuerpos y los retuercen, que obstruyen las esquinas y tapan al sol con sus hojas. Y nada, ya nunca nada volverá a recibir luz, y las superficies humanas serán las profundidades en el mundo de los árboles, los árboles del cielo, que tanto habían dado, a ángeles y a personas, pronto, muy pronto, tomarían la decisión final, la de cobrarse, por fin, una cuota impregnada de muerte.
"Hold me close and hold me fast... "
Un hombre de labios finos y sonrisa desfallecida viaja junto a Regina. Desde el pasillo no puede obtener una vista correcta de la maquinaría vegetal gestando la conquista mundial, por eso lee, y ya va por la página 145, cuando comienza a escuchar, cada segundo que pasa con más claridad, la música que logra escapar de los rosados auriculares de Regina.
"...When you kiss me heaven sighs…"
Y ya jamás podrá volver a concentrarse, no ahora que ha visto a esa frágil bailarina durmiendo y soñando, con ese cabello magro revuelto, esos ojos cerrados con ligereza, esos pechos sugiriendose gracias a una debida inclinación, de correcta angulatura y su corpiño rojo llamando su atención, seduciéndolo, invitándolo a formar parte de ese cuerpo durmiente.

El automóvil se detiene en el mismo momento en el que la música de Bach deja de sonar. La puerta se abre y cuando los rizos plateados de Nieves brillan al sol, resplandecen las constelaciones, los lunares escarpados en su cuerpo fino. No, no hay sol. De repente, ya no hay más sol que ilumine los ojos dorados de Nieves y su piel pálida y lunar. Las nubes lo cubrieron todo, anunciando una lluvia insospechada. La inmensidad de la bóveda celeste se tornó finalmente negra. Por un segundo, la niña de plata mira a su padre y esos ojos vacíos se cruzan con los de ella, y entonces, por una vez, un brillo mortecino parece resentir la profundidad de esas córneas que por tanto tiempo yacieron dormidas. Ella sonríe un beso al aire que golpea con suavidad las aristas de su rostro apático. El auto arranca y comienza la Noche de Walpurgis, ni una lágrima resiente ese rostro fosilizado que ya se ha olvidado de las posibles expresiones, cuando mira por el espejo retrovisor a esa niña pequeña, a esa joven dama que ya sabe valerse, que ya sabe sonreír, y más que nunca, que ya sabe mentir.

Nieves recorre las veredas procurando nunca pisar las líneas que separan las baldosas, las disimiles baldosas que la obligan a caminar como si bailara, a bailar como si entonces caminara y el mundo no fuera su escenario sino, solamente, un camino a la escuela marcado por la soledad de las veredas de aquella calle periférica. Trata de asegurarse que los temblores no son una reacción al miedo ni a la muerte. Sonríe a los transeúntes mientras gira y sus piecitos se mueven a un ritmo que parece condecirse con reglas inherentes a un universo desconocido. Ella es la impresión de lo infinito en lo finito.

Kushiel se embriaga con la belleza del cosmos, recorre las nebulosas y pulsares, salta de estrella en estrella, asegurandose de nunca tropezar con materia oscura. Ya no queda más por conocer, las barreras se extinguieron, se han delimitado las fronteras de lo divino, el cielo quedó vacío de enigmas. Y mientras el ángel explora los confines de la galaxia, el árbol del conocimiento comienza a morir, y sus frutos se antojan secos y fétidos. Solo una nueva semilla puede salvar al saber corrupto de caer en las manos de la alquimia, de colapsar sobre sí mismo y hundir al universo en el eterno azote de la tempestad.

Ahora Regina acompaña a Alan a la salida de un edificio de cóncavas paredes.
-¿Qué hacés acá?- dice él- ya no necesito que me acompañes.- y muestra la bicicleta azul con la que puede volver a casa sin ayuda de Regina.
-No me lo dijiste, ¿por qué no me decís las cosas? ¿Por qué ya no me decís nada?
Sin habar, Alan sube a la bicicleta y se pierde a través de la bruma y las calles empedradas. Regina permanece de pie ante el portón oxidado, sin hablar. Se lleva una mano a la cabeza y recoge un mechón de su plena cabellera. Una ligera bruma comienza a recubrir el entorno y la imagen se desvanece. En silencio.

Las manos del pasajero en el asiento contiguo se depositan sobre la falda de esa mujer, que no reacciona al contacto sino a estímulos secretos que parecen provenir de otros mundos. Lentamente desciende con suavidad hacia esas piernas desnudas y siente el frío calor de la sangre viajando a través de las venas y las arterias, hacia el corazón que bombea agitado, agitado como su corazón, y es a ese otro corazón agitado a dónde quieren llegar sus inquietas manos.
"...Hold me close and hold me fast..."
Y lentamente asciende su mano izquierda mientras la derecha ingresa sutilmente a la penumbra en el interior de la pollera. La mira a los ojos y ella parece pedirlo, sí, con sus ojos cerrados y su respiración anómala se lo pide; sus dedos comienzan a caminar por sobre su ropa interior. Y su otra mano asciende hacia esos pechos divinos que se esconden dentro de ese corpiño rojo como la llama que ahora arde en su cuerpo y se prepara para lo inevitable. Saltando esos cables rosados que emergen y se retuercen hasta llegar a sus orejas, inclina su cuerpo buscando ese cuello perfumado.
"...this is la vie en rose…"
Desde la butaca lindante al otro lado del pasillo, una joven contempla la escena y de a poco un calor nocivo azota su cuerpo por entero. Pasa su mano por el cabello planchado y mira en todas direcciones buscando algún rostro que pueda otorgar explicación alguna, o buscando algún rostro cómplice que se deleite con la imagen que se sucede ante sus ojos crédulos.
"...when you kiss me heaven sighs…"
Nadie más mira.

Alan detiene el auto en una calle empedrada, se quita el cinturón de seguridad y sale del auto. Está nublado. Mira a ambos lados antes de cruzar la calle mientras tararea una pieza de Chopin que, lentamente, parece mutar en una lóbrega cumbia santafesina. Se encamina hacia una cafetería en la que pide un desayuno. Café con leche y medialunas cubiertas con un velo de sospecha y rellenas de dulce de leche. Una pareja discute detrás de él.
-Me tenés harta con tus flores deshojadas- dice la chica del tatuaje de Sigur Rós en la muñeca, lleva un vestido azul con diminutos lunares blancos, su pelo negro es corto, más corto que el de Alan.- me tienen harta tus ojos pulverizados y tu revolución que nunca llega.
La otra porta una remera negra sin ningún tipo de estampa y mantiene su melena lacia bien peinada a todo momento, se limita a mirar con unos ojos amarronados repletos de espanto.
-No puedo evitar pensar en quién fuiste y en quien ya no conozco y se acuesta a mi lado todas las noches, fingiendo- dice la que habla.- Fingiendo.- Remarca. Pero la otra no dice nada.
-Cada vez más siento que hablo sola, que no estás, porque no estás. Tu boca me mira, tu cuerpo se mueve, pero estás ensimismada en un mundo que no conozco. Seguro que con sueños de-
-Callate- interrumpe la otra.- No sabés nada.
-No me calles.
-Callate.
-No, no quiero. Te lo tengo que decir. Me gusta decir lo que siento. No como vos. Insensible. Así que callate vos y escuchame. O andate. Andate como siempre.
Alan termina su desayuno y se va luego de pagar.
-Callate- Dice una de las dos.
Mira la hora en su celular y sube al automóvil. Sigue nublado. Con Regina tuvieron tiempos así. Tuvieron tiempos felices también. Ahora ya nada sucede, ahora ya no sucede el tiempo. Nada puede hacer para cambiar las cosas, lenta y quedamente ambos cuerpos se alejan a la deriva. Un gato mirá a la distancia con una concentración inefable en el techo de una casa. La espesa montaña de nubes en el cielo y el minino también recuerdan a los días de otra vida. Fueron esos días en los que, sin duda, ambos podían ser felices cuando, restando importancia a la propiedad privada, un gato se posara sobre el tejado y maullara canciones de cuna del antiguo Egipto. Daría tanto por regresar por tan solo unos segundos a esos días de cielo nublado y poder ver al gato con otros ojos y, sin más, adoptarlo, mecerlo en sus brazos como a un niño despojado. Pero qué tanto amor podía otorgar a un gato un joven abogado con piedras en lugar de órganos. Si él lo supiera, si ella lo supiera, si alguien supiera de esa cruz con la que acarrea desde la infancia, pero el alfa y la omega es cruel y es indómita. Y el gato es despedazado por sus neuronas putrefactas que solo pueden concebir podredumbre y figuras retorcidas como rostros a través de mil espejos. Por eso debe permanecer indoblegable, irrompible, por eso, y porque ya no recuerda cómo era ser diferente.

Penélope mira la taza de café que aún no ha tocado, la sostiene débilmente y percibe un leve temblor en su mano izquierda. Es capaz de sentir ese miedo trepar, rodear la tinta cursiva que reza “Sigur Rós” y guiarse hacia el resto de su cuerpo. Martina trata de esquivar su mirada, sin embargo, cuando éstas se cruzan, esboza una agónica sonrisa. Una sonrisa que dice todo. Pero Penélope no es de las personas que dejen ir todo sin decir las cosas.
-Nunca me decís qué te pasa.
-No quería lastimarte, no quiero.
-Por eso preferís que me quede esperando, esperando. ¿Es que todo se reduce a eso? Seguir esperando. Cuando te conocí pensé que ya no tendría que seguir esperando. Pero no, pero tengo que esperar a verte bien y bonita para poder verte. Porque para lo otro no sirvo, para lo otro no soy yo la indicada, no soy quien debe verte llorar, para eso están los brazos fuertes, los hombros conocidos. ¿De qué te sirvo, Martina?
Si no querés verme, está bien, lo entiendo; pero no digas que me evitás por mi bien. Nada me duele más que saber que me estás mintiendo. Bueno, eso, y saber que no contás conmigo para nada.
¿De qué te sirvo?
-Últimamente me siento sola. Siento que se enfrió la relación, que ya no compartimos juntas los mismos momentos.
Martina vuelve a mirarla y sonreír. Esa sonrisa, ese puñal. Penélope devuelve la sonrisa. Admite la derrota, pero necesita las palabras, necesita saber, necesita de ese punto final, ese término.
-¿Y entonces?- Musita. Se siente débil, débil y estúpida.
-No sé.
-Sentís que se enfrió la relación, que ya no compartimos las mismas cosas juntas, ¿entonces qué? ¿Qué queda hacer ahora? ¿Cómo seguir?
-No sé.
-No puedo volver a mi casa con esa respuesta, no puedo volver y no saber realmente si tengo que esperar a que estés conectada para saber cómo estás y cómo te fue en el trabajo, o si eso ya no es de mi incumbencia.
-No sé.
-Decime algo, algo más.
-Siento que nos estancamos, que no tenemos proyectos en común y no podemos llegar a ningún lado así. Vos misma me dijiste, no compartís los mismos proyectos que yo.
Penélope da un sorbo a su café. Está frío. Le gustaría escupir en la taza lo que tiene en la boca, pero hace un esfuerzo y traga.
-¿Entonces?- dice, finalmente.
-No sé.
-No me sirve esa respuesta. Necesito que me lo digas, necesito que me digas que ya no querés estar conmigo.
-Ya no quiero estar con vos.

Las clases en la escuela primaria siguen siendo de lo más aburridas, Nieves dibuja cuando la maestra no la ve. Piensa en su herencia y tiembla. Desearía poder morir antes, piensa que su padre la abandonará por haber descubierto ese secreto atroz. Por lo pronto, todo lo que espera es al timbre y el recreo. Poder luego volver a casa y sentarse en el sofá a ver dibujitos animados mientras su padre le prepara el té con galletitas dulces. Espera poder llegar a ver Hora de Aventura antes de que Alan tome su cuaderno y la obligue a hacer las cuentas y a escribir, una y otra vez, las letras del abecedario.
Los seres bióticos tienen vida; los abióticos, no.

Kushiel se posa en la cúspide de una torre solitaria en los confines de la galaxia. Abbadón viene a su encuentro. Juntos danzan entre los ventanales de la ciudadela arcaica. Sobre los rojizos ladrillos se había emplazado la capital galáctica, pero tanto, tanto hace ya de eso. No crecen las plantas, no se erigen los árboles de cristal en dirección al centro del universo. Ni un vestigio de vida, ni pergaminos que releer. Es el último lugar por buscar, y la frustración se posa sobre las delicadas alas, las innumerables alas del ángel. Siente en su interior las frutas pudrirse, el hedor fétido que proviene del conocimiento, del árbol del conocimiento que jamás fue el árbol de la sabiduría; y fue tarde, tan tarde llegó el preciso instante en el que fue descubierto semejante error. Ahora ella viene, el baobab devora el asteroide y no queda mucho por hacer.

Los seres bióticos son los que tienen vida. Eso lo sabe Remiel más que nadie. Esos seres abundan, eso también lo sabe. Pero solo uno de ellos porta la semilla en su interior. Florecerá el árbol de la vida y el universo permanecerá libre, libre del tormento de la muerte. Solo un sacrificio más. Recorré en plenitud el conurbano bonaerense con sus alas de oro. Lo siente cerca, cada vez más cerca.

En sus sueños, Regina ya no se siente vacía. Sus manos ya no son ásperas al tacto, su cabello ya no es una enredadera gigantesca, vuelve a sentirse, por fin, linda.
Bordean un arroyo, juntos, de la mano. Ella tiene un vestido rosado y él, él está exactamente igual que el día en el que se conocieron. Una remera de Joy Division y tres días sin afeitarse. Toman entonces el colectivo y anochece. Anochece y toman el colectivo. No se ve el número, ninguno usaba lentes en ese entonces, pero ahora parece que los necesitan. El número del ramal es ilegible, pero él la empuja y paga los boletos. Ella sonríe, pues no sueltan sus manos en ningún momento. Milagrosamente encuentran asientos, aunque ambos están seguros de que no tardarán en querer bajar. Pero es mejor no bajar, mejor quedarse, aguardar al final del recorrido, y dormir sentados, de la mano en un colectivo cuyo recorrido es desconocido y la noche aciaga no los perturbará en la terminal. Ahora ella corre por las vías del tren y él la mira desde una corta distancia. Ambos sonríen. Otra vez. Ella sostiene al gato intruso que entró por la ventana buscando comida. Lo abraza y el minino ronronea. Entonces, el colectivo equivocado, las vías del tren. Despertar sola en la terminal, voltear y no lograr ver a nadie. Necesita los lentes más que nunca. Los lentes que parecen estar perdidos en un futuro paralelo que jamás llegará. Es ahora cuando debería despertar.

Hold me close and hold me fast…”
La mujer emite un gemido leve cuando el pene se adentra en su lubricada vagina, el pasajero la mira atónito, pero ella no despierta, permanece perdida en su laberinto onírico, incapaz de regresar. Es probable que ni siquiera el fin del mundo logre despertarla. Con sus manos apretando sus pechos ahora al descubierto, el hombre empuja su miembro hasta el fondo. Tarda en encontrarle el ritmo, comienza a sudar y a emitir gruñidos él también. La besa en sus labios dormidos. Luego en el cuello, pasa su lengua por ese cuello fino, el perfume cítrico queda en su boca. Baja una de sus manos a esas piernas blancas y cristalinas, las acaricia con vehemencia. Su pene escapa varias veces. Nunca pensó que fuera tan difícil hacerle el amor a una persona dormida.
“… This is la vie en rose...”
La joven del asiento al otro lado del pasillo aprieta sus adolescentes pezones mientras acaricia su clítoris con un dedo, y se penetra con otros tres. Un miedo aterrador convive con la excitación del momento. ¿Qué pasaría si alguien me viera?, piensa, mientras sus fluidos comienzan a manchar el asiento. Pero no importa, la necesidad es irrefrenable. Cuando le cuente esto a Nati, lo que va a decir, piensa. Los ojos de Nati, las tetas de Nati, su pubis sin depilar, su lengua lamiéndole el clítoris, esa lengua juguetona. Si Nati supiera.
“…When you kiss me heaven sighs…”

Alan es un mentiroso. Hoy no piensa ir al trabajo. Su auto ahora reproduce Vivaldi y el maneja en dirección a casa. "Vale te amor. Guille". Dice una pintada en una pared. Más allá, acción poética enchastra la calle con una frase de Lisandro Aristimuño. Alan no presta atención a las frases, pero Vale te amor sigue sacándole una sonrisa.
Detiene el auto en la puerta de casa y mira la hora. El reloj da la hora indicada, y Alan decide abandonar a Nieves como parte de un castigo desconocido. Se quita su traje de abogado tan manchado de burocracia y piensa en disfrutar sus últimos momentos en el mundo. Busca el sweater.
Es un sweater mal tejido el que porta, suvenir de una madre fracaso, para recordar a un hijo fracaso. En sus últimos días tuvo la idea loca de probar los sabores de la familia, de jugar con el niño que ya no era un niño ni recordaba haberlo sido, de tejerle ese sweater apestoso que, por pura lástima, una vez muerta, bien muerta ella, no pudo ser arrojado al perro para su deleite. Pero quién tiene la culpa de esa muerte devastadora, devastadora sin mucha idea de por qué, sin muchos recuerdos que recordar.
Ella no debía saberlo, nadie debía saberlo. No debió nunca subir al desván y abrir el baúl. Niña tonta. Niña curiosa. Todo hubiera seguido igual, todo hubiera seguido tan monótono de no ser por ella, por esa tonta curiosidad de niña.
Alan se sienta en su silla y escribe con precisión mecánica en una computadora de escritorio. El viejo CPU hace ruidos inexplicables cada tanto. Piensa en el fin. Piensa en los pájaros.

Los pájaros surcan el cielo y Penélope llora mientras piensa en Martina. Lo que daría por volver a sentir esa sonrisa suya, tocar esa cuerpecito de niña rica, de pendeja hermosa de clase media jugando a ser parte de la common people.

Los pájaros surcan el cielo y Martina no llora mientras piensa en Penélope. Ahora es una mujer libre y solo importa el ahora. Este preciso instante, vivir su vida que tanto tiempo pospuso para vivir una mentira junto a Penny. Penélope. Penas.

Nieves espera y espera y espera. Pero Alan no va a venir a buscarla. Es su maldición, su maldición por haber descubierto ese secreto tan oscuro, ese secreto que muy bien no sabe qué es. Pero ella también tiene un secreto, ella sabe que hay, en su pecho, un color que no debió nacer. Ahora deambula por las calles empedradas de Florencio Varela y se mueven como bailando, sus piernitas que parecen ramas. Extraña los baños de inmersión y esconderse bajo las sábanas de las pesadillas con el hombre del trueno. Todo comienza a girar lentamente, como una calesita, y luces de colores danzando en torno a ella. Ya no puede distinguir el suelo del cielo, el cielo del infierno.

Hay una luz en el horizonte, una estrella desaparece, el lucero del alba lentamente es tragado por ese brillante sol que se hace presente. El cielo es celeste, celeste con detalles en naranja e índigo, con detalles en rojo y violeta, con puntos resplandecientes que titilan, que disminuyen su luminiscencia tímida, de tímida a medrosa, con una luna en cuarto menguante que promete permanecer al margen, estática en su pálido gris al mediodía, a la tarde, esperando esa noche en la que poder volver a brillar sin sol, como solo es posible cuando todos duermen y Venus ya no se oculta de los calores radiantes de esa enana roja a la que está atada. Lucifer se desvanece lentamente del cielo amaneciente, a la vez que Kushiel, el de las dos alas, la más virtuosa de todas las virtudes, descubre en un sótano inundado en el conurbano bonaerense, una pequeña pizca de conocimiento que derribará los paradigmas imperantes en la configuración del cosmos. Pero está muy lejos, a continentes de distancia. Es probable que sea demasiado tarde. El glifosato ya no surte efecto y la irremediable plaga de la tempestad comienza a engullir las hojas del árbol del conocimiento. Ella lo sabrá todo. Muy pronto. Y no habrá árbol en el cielo y la tierra cuyas raíces no sean arrancadas por la colosal tormenta. Sin embargo, los vegetales llevan siglos esperando este día, el día en el que la revolución sea inevitable y se levanten en armas contra el orden natural de las cosas, tragandose de una vez y para siempre, al mundo entero. Ellos son pacientes, son inamovibles. Regina sueña con ver a su familia otra vez, acariciar el bello cabello estelar de la dulce y tierna Nieves, cuya piel remite a su nombre; de esforzarse y ver una sonrisa de orgullo en el rostro imperturbable de Alan, de volver a los viejos tiempos en los que podían caminar de la mano, de tomar una fotografía y sonreír. El hombre en el asiento contiguo eyacula dentro de la bella Regina. Luego de unos segundos de respirar agitadamente, cae rendido en su butaca. La joven del otro lado del pasillo sufre un paro cardíaco en el momento en el que está alcanzando el clímax. No es la única muerte que sucede en ese preciso instante, en ese preciso micro; un niño apuñala a su padre mientras este duerme. Nadie se enterará hasta que el ómnibus se detenga y todos los pasajeros deberán explicar su comportamiento errático a las autoridades que no dudarán en encerrar a la mayoría y realizar pericias psiquiátricas. Tres de ellos tienen antecedentes penales, y un grupo de jóvenes lleva un bolso repleto de sustancias ilegales. Pero no importa, porque la fatal y mortal muerte es inevitable. Eso lo sabe muy bien Alan, quien ahora sufre por el cruel destino de Nieves, pero también odia, odia a Nieves por conocer su secreto, por recordarle esos sentimientos que estaban tan muertos y sepultados ya. Destapa un tercer malbec mientras la televisión sigue mostrando nada más que lluvia y ruido. Huele la naftalina del sweater mal tejido y en sus ojos estallan sensaciones y amor, mucho amor que creía fosilizado y convertido en hidrocarburos para alimentar el generador incesante de la burocracia. Ahora llora y sonríe a la vez, como un atardecer repleto de colores. Ahora cree que el fin de los tiempos no podrá acabar con su mente que, de pronto, se siente tan joven y peligrosa, ahora siente una esperanza atroz y cree que Nieves podrá escapar del suplicio universal que acarrea consigo, del color que debió ser abortado, de ser la fuente de la vida. Cree en su niña bonita, ella será fuerte; tiene los labios del padre y la nariz de la madre, tiene cabellos de la luna y ojos del sol, tiene las semillas y los frutos de los árboles del cielo. Las emociones lo desbordan. Heredarás la tierra, hija mía, murmura. ¡Heredarás la tierra!, grita, una y otra vez mientras salta embelesado por el júbilo hasta que ya no salen palabras de su boca de labios en cursiva sino un líquido violáceo. Entonces cae de rodillas y todo a su alrededor gira. Todo gira también para Nieves, que camina como sin darse cuenta de que el suelo es ahora lava y cristal, de que el cielo tempestuoso la ha estado evitando, de que los ángeles reptan hacia su vientre. Nieves vomita. No es del color del vino ni del color del vómito. Caen semillas que erosionan las calles de un verde pastoso y el caminar de la niña se vuelve pesaroso ahora que raíces comienzan a adherirse al asfalto. Porque brotan ramas y raíces y pimpollos de su menudo cuerpito, y el dolor la hace estallar. Cruel e inanimado, el corazón de Remiel padece espasmos mientras presiente la cercanía de las semillas. Despliega sus alas que oscurecen el cielo ya negro y recorre a altas velocidades las fangosas calles de Buenos Aires en otoño. Inquietantes laberintos ha construido el hombre, piensa mientras pasa una y otra vez por la misma calle de veredas angostas y árboles que se mecen, violentamente golpeados por el viento. Una cucaracha es aplastada por un zapato, no se sabe muy bien dónde. El cadáver es abandonado a la deriva y tardará semanas en descomponerse. Regina despierta y apaga el celular que repite la misma canción hace horas. De repente la asalta una tremenda sensación de urgencia. Mira a través de la ventanilla y los árboles callados mecen sus alas con pereza. La danza de las hojas es hipnótica y parece hablarle, sin embargo, ella es incapáz de comprender. A su lado un hombre duerme, todos los pasajeros yacen en la profundidad de un sueño, a veces eterno, a veces lúcido. A veces ambos. Como los sueños borrachos de Alan, lucidos y a la vez impetuosos, sueña con el día en el que vio a Regina caminar de la mano junto a ese desconocido de zapatillas rojas, de espalda ancha, de bicicleta azul; sueña con haber podido perdonarla con suma sinceridad, sin embargo, algunos crímenes simplemente nunca prescriben y la condena perdura en la cabeza. Quizás ella sufra también, quizás tantas cosas hubieran sido diferentes, pero ya es tan tarde para degustar probabilidades, tan tarde que abruma; y quisiera poder soñar con simplemente ese rostro de leona, con esos ojos felinos y sus dientes blanco sonriendo simpatía. Y ahora quiere perderse entre las ramas de un árbol y olvidar de qué se trataba todo en un principio. Pero no es el momento indicado para eso. Nunca lo es. Nieves ya no puede moverse, explotan sus lunares, sus cráteres y grietas lunares son ahora ramas y raíces, y su cabello plateado es una copa repleta de hojas verdes prístinas, el dolor es insoportable, los retoños expelen polen, llamando a las abejas, y ella grita mientras brota un último pimpollo de su garganta que florece en la más espléndida de todas las flores. Ahora ya nada hay en el universo que pueda defenderla del hombre del trueno. Remiel toma el fruto del árbol de la vida. Asciende, una vez más, a través de las ramas del Yggdrasil, debajo de cuyas raíces viven las nornas, aquellas dísir que hilan, dulcemente las vidas del universo. Urd se lamenta, como siempre, se lamenta; Verdandi toma un hilo rojo del telar, y lo deja caer con suavidad en las manos de Urd, quien se lamenta, siempre se lamenta; y Skuld ríe a carcajadas mientras, con dedicación, teje puntos extravagantes en la matriz del cosmos. Ariana toma el celular en la oscuridad de la habitación y escribe un mensaje para Martín. Duda. Su dedo recorre la tecla enviar, formando pequeños círculos o corazones irregulares. Algo de luz se filtra a través de las cortinas que oscilan, bailando bizarras danzas. Cierra los ojos y suspira. Se siente muy estúpida. Se oyen los últimos truenos antes de la tempestad. Oprime el botón. Llueve. Los pájaros cantan.

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