eat your heart out

sábado, 1 de julio de 2017

Permafrost

No. Dijiste que no. Grandiosas últimas palabras. Te pregunté y dijiste  que no necesitabas abrigo, como ahora que  decís que no, que no tenés frío. Nadie te pregunta más nada. Te ves tan perfecto con esa sonrisita de recién recibido y ese traje gris.  Te dejamos a solas en la habitación con Gonzalo. Él te contempla en silencio, sin embargo, comenzará a hablar una vez que abandonemos la habitación.
Está fresco, junto a la estufa nos reunimos. Está en máximo, de todos modos Aldana apoya la espalda en el cálido metal y se dirige a nosotros. Hace los ademanes de actriz frustrada de siempre y  procede a no decir un carajo, como siempre. Pasaron casi tres años desde ese día de junio en el que te encontramos erguido junto al limonero en el jardín, como un guardián de mármol, o una decoración de cerámica, convertido en una estatua de hielo, y ahora por fin volvés a moverte. Fue la última madrugada, fuiste  hasta la cocina y abriste la heladera con los pies descalzos y el resto de la casa oscuras. En estos tres años pasaron muchas cosas. Se rompió la lamparita de la heladera, por ejemplo. Por eso te descubrimos, por el ruido cuando las botellas de birra cayeron al suelo. Frío día de invierno decidiste volver, siempre tan oportuno. Romina tuvo que limpiar todo ese desastre. Ahora estamos discutiendo qué hacer de tu regreso al mundo del descongelamiento, pero Aldana se interpone con sus discursos sobre la nada misma. Un día le pregunté sobre el paradero de un paquete de yerba y me habló de la supervivencia del más apto. Quizás su cerebro está congelado también, fosilizado en tiempo pretéritos, repleto de ideas inamovibles y conceptos en desuso. O eso pensaría, si no hubiera todavía toda una secta dedicada al culto de Darwin.
Tenés aún escarcha en el pelo y una película gélida cubre tu cuerpo, te ves celeste bajo la tenue luz del altar en el que te enclaustramos en los primeros días. Es como un gran freezer en el que también congelamos tus cosas; el pianito eléctrico, algunas ropas . Fuiste como un faraón, y para nosotros fue como un sepelio, parecido a lo que sucedió cuando abuela Berta murió, los primeros días todas las personas que conocías, todos tus contactos de twitter y de instagram, se acercaban y te dejaban cubitos de hielo o helados de palito, a tus pies, como ofrenda, un día hasta vino Gerardo desde el sur con un pedazo de cerro. Lo tiramos a la mierda a los tres días, obvio. De a poco se fue construyendo ese templo en que te mantenías centinela día y noche, con tu noble semblante perpetuado en hielo. Eras tu propio homenaje. Al mes ya no apareció más nadie y los asuntos retomaron su curso. Romina y Gonzalo se casaron, por eso ahora él te está hablando ahora, para que no te sientas incómodo después. Capaz que te enojás un poco, o te ponés triste, pero vos y yo sabemos que no lo querías ni un poco.
La plata no alcanza, gordo. Gonzalo se compró un hornito eléctrico en cuatrocientas cuotas y todavía estamos pagando tu postítulo. El que nunca pudiste realizar. Por eso Aldana quiere que te volvamos a congelar. No le gustaría otra boca a la que alimentar, dice que te vamos a devolver la vida cuando las cosas estén mejor, que está quemando peces en el acuario para que no se lleven nuestros recursos. Ya te dije que no hay que hacerle caso, si los demás lo supieran estaría todo bien y podrías moverte por toda la casa, con esa gracia robótica de quién comienza a volver a sentir, podrías ir de a poco hasta el jardín hasta que llegue la primavera,  y entonces vemos.
No creas que la gente no se puso contenta con tu vuelta, Aldana dejó de hablar imbecilidades un rato y casi se larga a llorar, Gonzalo sacó la basura de Cigarettes after sex que escucha siempre y puso algo para bailar, hasta Romina casi sonríe. Yo quise sacarte una foto con el celular y subirla a las redes sociales, quise telefonear a los medios, quise abrazarte y besarte y decirte que todo va a salir bien esta vez. Pero no lo hice. Tuve miedo, negri. Como tengo miedo ahora, porque creo que te van a volver a congelar, porque creo que todo este divague, toda esta discusión, reunión familiar en la sala de estar, con la vieja estufa y café con medialunas de la panadería de Greta no es más que una puesta de escena. Porque el mundo se tornó gris y la temperatura bajó cuando a Gonzalo se le acabaron las tres cumbias del año del pedo que tiene en el celular. Y el siempre eterno ojo vigilante de Romina se postro sobre nosotros y nos reprendió con la mirada y nos subyugó.
Está celosa, y se mueve de un lado a otro por la habitación. Sus tacos hacen un ruido de ultratumba debido a la acústica terrible de esta sala, también hace un chasquido cada vez que pasa por el largo charco que dejaste en un travesía del freezer a la cocina, de tu habitación a la cocina. Podría resbalar y romperse el cuello.  Dice qué tanto pueden estar hablando, como si no hubiera nada de qué hablar después de los tres años que pasaste siendo la embajada antártica en Argentina. Dice que volviste para arruinarlo todo, que las cosas por fin estaban saliendo bien y justo tuviste que volver vos y que siempre fuiste un palo entre las ruedas en todos los planes que siempre tuvimos. Que no necesitamos tu negatividad y que no hay progreso con vos y que ser un iglú te sentaba bien. Por eso Romina quiere que te volvamos a congelar. A mi me gustaría que pudieras hacer tu vida, como antes de recibirte, irte a la mierda, escabiarte y despertar desnudo en la cama de tu mejor amiga, desayunar juntos en un silencio falsamente incómodo y falsamente prometernos que no puede volver a pasar. Me gustaría poder irme yo también, Aldana me tiene los ovarios llenos matando vegetales en el jardín, porque antes de la Gran Oxidación estábamos mejor. Me gustaría poder cuestionar las decisiones que todes toman sin consultarme. Me gustaría poder abrirme una de esas birras que tiraste ayer en toda tu torpeza. Me gustarían tantas cosas, pero no voy a hacer nada al respecto.

miércoles, 12 de abril de 2017

El frasco de las cosas.



Inside a living room where only I live and never go in-

Te sacamos todo lo que está mal con vos y te lo podés llevar a tu casa, dicen unos dientes blancos que sonríen. Imagen de un quirófano. No te va a doler nada, dice la doctora y sonríe, algo aliviada de que no haya optado por la anestesia total. Ella viste de azul o celeste y tiene guantes blancos, como sus dientes. Me desnudo entre temblores, porque hace frío y tengo miedo y siento vergüenza de mi cuerpo, siempre sentí vergüenza de mi cuerpo, a veces pienso que preferiría morir antes que quitarme la ropa. Pero no es verdad, de hecho, me aterra la muerte. Por eso dije que no a la anestesia total. Tuve varias operaciones y es la primera vez que digo que no a la anestesia total. No sé cuándo pasó, en qué momento comencé a sentir miedo; ahora todo lo que siento viene acompañado del miedo. No te muevas, dice la doctora, no trates de moverte, es peor si lo hacés, aclara. Usa las palabras precisas, como una persona reconfortando a alguien que quiere y va directo al desastre. Pero la doctora no me quiere, no creo que me quiera, no me conoce. Pensá en algo bonito, dice, como dando por hecho que la escena de una persona recostada inmóvil en una camilla, rodeada de otras personas que sostienen instrumentos quirúrgicos, de frío metálico y letal, no cuenta como algo bonito. Imagen de una mujer mirando la tele. Por algún motivo pienso en vos. Quizás es el olor a hospital que siempre me pareció que tenía el interior del espejo del baño. Ese espejo en el que guardabas más cosas de las que entraban. Así creo que debe estar mi interior, repleto de cosas de más. Ponés la pava para el té, la tele dice que el martes va a llover, yo te digo que tengo cosas adentro que no me permiten mover con soltura, la tele está a un volumen demasiado alto, vos me mirás y me decís que todo va a estar bien. Me sonreís y tu sonrisa me recuerda a la de la doctora.  Si no te sacamos lo que tenés dentro, las cosas se van a extender, dice. Es un proceso simple, solo tenemos que abrirte y hurgar. Y ya sé que suena horrible, añade. Abrir y hurgarme. Cortarme en pedacitos. Sacarme las cosas y ponerlas en un frasco. Quitarme el peso que me hunde en el pantano. Hundirme en el pantano. Pienso en vos. Imagen de una mujer mirando la tele. Imagen de una mujer preparando un té, abriendo el paquete de galletitas. Va a llover el martes. El olor del té que se enfría en la taza. Pienso en vos. Vos escribís un poema sobre una persona que dice albergar un pantano en su interior. Vos no me decís nada, pero escribís un poema sobre una persona que dice tener la sangre inundada de marismas. Una persona que dice, no una persona que es. Siento las cosas girar a mi alrededor, fuera de foco. No sé si es la anestesia, la idea de que a escasos centímetros, hay media docena de manos jugando con mis órganos,  o la conmoción de comprender que no pensabas que mis dramas eran reales. Pienso en vos. Vos nunca creíste en mí. Nunca me creíste. Imagino el escalpelo. Pienso en moverme, en un pequeño giro que acabe con todo. Pero me aterra la muerte y no puedo moverme. Nunca había visto tanto, escucho decir a la doctora. Temo. Pienso en vos. ¿Pensás en mí? Cuando tomás el té y tus labios arden, cuando abrís el paquete de galletitas y tomás una. ¿Pensás en mí? ¿Te das vuelta en la cama esperando tocar mi espalda? ¿Te detenés, dejás que el té se enfríe cuando mi imagen reposa fija en tu mente? Pienso en vos, en la tormenta que fuiste, en la inundación, en los árboles derribados al costado de la ruta. En todas las cosas lindas. Cucharaditas de azúcar en la taza, meriendas de medianoche. En todas las cosas malas. Tormenta, inundación, árboles al costado de la ruta. Pienso en todas las cosas. Pienso en mostrarte el mosaico con todas las cosas cuando llegue a casa, pero ahora estoy solo y la tele está apagada. No va a llover el martes.  La doctora me dice que puedo vestirme. Me entrega un paquete. Es del color de la madera y no pesa mucho. Me dice que puedo irme y me voy. Sigo pensando en vos. Todavía siento la forma de las cosas articulándose dentro. Hay varias personas esperando ser atendidas. Hay mil personas esperando ser atendidas. Abandono el hospital por la puerta grande, me duele un poco el cuerpo y todavía siento nauseas. Abro el paquete, tiene un contenedor de vidrio transparente en su interior. Tomo el recipiente repleto de toda la mierda que tenía dentro, no pesa mucho y es azul. Un líquido azul que no pesa mucho es el resumen clínico de mis fracasos. Miro el frasco otra vez,  no me siento más ligero, no me siento mejor. Pienso en ponerlo en el escritorio, al lado de un dibujo que hiciste una vez para mí. La parada del colectivo está a dos cuadras, cerca de la plaza que tiene hamacas. La última vez hicimos el camino de la mano  y estaba nublado. Caminabas apoyando tu peso en mi cuerpo porque estabas mareada. Paramos cerca del edificio abandonado porque querías vomitar pero al final no lo hiciste. Me abrazaste y estabas pálida y helada y fuimos a un lugar a que comieras algo. No tenían té. Pediste un cortado con un tostado. Salía vapor de la taza de café. Fuiste al baño y cuando volviste  tu cara se notaba más cálida. Tenías rubor en los pómulos y un mechón de pelo adherido a tu frente mojada. Dijiste te amo.

domingo, 26 de marzo de 2017

Ecs Di


Hay una pecera con peces invisibles. Tengo que concentrar la mirada por horas para poder empezar a pensar que no son un invento. Después de un tiempo con los ojos cerrados y la respiración contenida, puedo sentir que hay partes en mi que no son de mi pertenencia.  Cuando estás cerca, cada parte de mi cuerpo que tocás vuelve a mi zona de control. Puedo sentir tus dedos y tus labios y puedo estremecerme de manera acorde.
Con un poco más de tiempo, puedo perder el control y hasta el conocimiento. Como con el mundo. Todos los objetos prestados que no puedo romper no me pertenecen. Todas las cosas que nunca dijiste, como peces invisibles escapan a mi ojo,  y no importa cuánto tiempo pase no puedo dilucidar si son o no un invento. Cuando nos conocimos eras tan frágil como yo, pero vos te hiciste fuerte, vos sos fuerte y yo no. Vos te cristalizás mientras yo me evaporo. Como el resto de las cosas.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Umi



Ella entre las rocas. Su cuerpo pálido y desnudo, como la marea, se baña en incoloras aguas y aroma a sal.  Vierte de sus ojos la gris matriz de los arrecifes de coral que se pierden en el desvestido fondo. Sus ojos como resplandecientes perlas reflejan la luz del sol. Pálida y cristalina, luna impulsora de las mareas que todo lo limpian, de su cuerpo pálido y desnudo, como la ternura, brotan los ríos y el océano. Ella es la corriente, a la vez tan sólida y tan vacía, sus escamas se convierten en vellos y piel al abandonar la orilla. Dorada entre las rocas, asoman sus piernas de mujer y reprocha al sol por esos infinitos colores que la bañan en arcoíris. Toma unas prendas anónimas y se disfraza de ciudad. Alejada de la costa es quien no es. Pocos conocen su identidad real, sus aletas, su templo de coral, amarillo de peces e hipocampos.
Eventualmente vuelve, se desnuda y se zambulle. Infinita entre las olas. Entre la más pura agua pura y sincera como el amor, como sus inacabados vestidos de color y luz.
La observa pero ya no más. Imposible ocultar la herida emanando arroyos que desembocan en su desgracia, cristalina de pétalos. Ya nunca va a nadar en aguas turbias. Porque ahora la ve, entre las olas nadando, mientras su rojo anaranjado de las flores del cielo se vuelve negro como la inmensidad de los vértices y los pliegues en las rocas, como una reconocida aleta de delfín deformándose en dientes infinitos de tiburón arrancando la carne, la sangre, los pelos, los huesos, como el miedo que escala por la espina congelándolo todo con su beso frío como los besos. Y rehúye, en la penumbra, entre la cortina de lluvia, ese encuentro buscado y ahora indeseado, indeseado y amado; porque ahora piensa, en la lluvia, en su rojo coral, en los ojos de la sirenita tendiéndose sobre las sábanas, en sus uñas inhalando temores. Impolutas perlas, esculpidas esmeraldas brillan en la oscuridad y no recuerda haber sido jamás tocado por esas glaucas manos que se postran inertes sobre las rocas; esas no eran las manos que tocaban la lluvia, nunca tan verdes ni tan mamíferas manos de pez y sirenita y escamas. Y cuántas otras máscaras emergen mientras se acerca a la orilla y largas, tersas piernas surgen y se deshace de las películas y el olor a mar.
La observa irse entre las rocas, menuda de signos; ya no por amor, sino por la necesidad imperante de combatir la soledad. Como si fuera incapaz de procesar las evidencias crueles que bailan en el ambiente, incapaz de admitir que ningún rostro atlántico llegará jamás a la superficie. En lo profundo de los arrecifes están las suaves manos que erizaron cada vello en su cuerpo, las revoluciones secretas; tanto empeño y momentos sepultados en la arena fina, en cofres de agua, cadáveres desteñidos de caras y amor naufragando entre los peñascos, recuerdos felices estrellándose entre las rocas mientras la sirenita, indómita, toma su cuerpo irreal y lo torna real. O no. Espejos. Torbellinos bajo el agua volteando todos los paradigmas. Descubrirse parte del espejismo, el espejismo; interminable pesadilla que se reitera.
Perdido y el sol increpando los ojos exprimidos entre arena y dolor, húmedo y golpeado entre los restos del naufragio, arañando la corteza de un árbol en búsqueda de alimento. Arañando los vértices. Recordando cuando llegaron las olas, cuando hundieron los barcos, cuando arrasaron las huellas, cuando inundaron los pasillos de los castillos en la ribera. Los recuerdos fluyen. Cómo era el calor. Cómo llegaron. Cómo subieron las escaleras, estropeando la alfombra. Cómo abrieron la puerta, cómo tomaron asiento y se lavaron las manchas, las marcas en las paredes. Ahora el gran océano lo clama todo. La ve vestirse, la ve tomar la llave y zambullirse en silencio.  Otra vez, infinita entre las olas.

domingo, 22 de enero de 2017

Ciencias naturales


Hace frío. Me gusta ponerle una cucharadita de café instantáneo al mate cocido. Veo la taza y sé que falta un rato para el primer sorbo. Prefiero hervir el agua y luego esperar a que se entibie. Cuando todo es demasiado cálido o demasiado gélido, siento que mis dientes pueden caer y hacerse añicos en este piso de cemento. Los pensamientos nunca se detienen y nunca avanzan tampoco. Ayer pensé en escribirte, decir que no sos el único motivo de que no se detengan ni avancen los pensamientos. Los nefastos engranajes de la maquinaria aun giran impiadosos dentro de mi cerebro. Todo me guía a un inapelable descenso. Incluso las plantas parecen crecer hacia abajo. La enredadera repta lentamente por los rincones más fríos hacia la lamparita de la habitación. Buscan adueñarse de este espacio húmedo como si ya no existiéramos. Todo se me va de las manos, como si estuviera tratando de aferrarme a un mundo hecho de arena.
En la mesa grande, Isaac escribe en su cuaderno rayado, copia definiciones del diccionario. Fo. To. Sín. Te. Sis. "Proceso químico que tiene lugar en las plantas con clorofila y que permite, gracias a la energía de la luz, transformar un sustrato inorgánico en materia orgánica rica en energía.". A su lado, en el aparador, se apilan boletas de luz y de teléfono que nunca serán pagadas. Mi madre solía coleccionarlas, decía que algún día podían servir, aunque no recuerdo que hayan servido nunca. Tenía un cajón especial para las del gas, siempre se quejaba porque le seguían llegando con el apellido de casada, el apellido de mi padre. No sé por qué pienso en vos cuando pienso. Pienso que te hablo. Me pregunto si mi madre pensaba en mi padre cuando pensaba, si tenía conversaciones imaginarias o esto es solo cosa mía, otro producto de mis imperfecciones.
Cuando te fuiste, te llevaste cinco peones blancos y dos alfiles negros que no te sirven para nada sin el resto de las piezas. De tanto en tanto vuelvo sobre ese detalle, trato de comprender, dilucidar si fue simple torpeza de tu parte, o pura malicia de dejarme con la mayor parte de algo que ya no sirve. Busqué las piezas por días antes de percatarme del siniestro detalle. Me pregunto qué más te llevaste, con qué más me dejaste.
Ahora es cuando se corta la luz, siempre cortan la luz a esta hora. Isaac busca las velas en la alacena. Y las prende en la mesa, cerca de su cuaderno. Las sombras fatales no dicen nada, solo son manchas en la pared plagada de manchas. Las paredes que nunca pintaste y nunca se quejaron, y nunca me quejé. Isaac debe estudiar. El enorme diccionario ocupa el lugar de aquel que se sentaba a dictarle para luego jugar unas escondidas, carreras por el patio y risas excluyentes. Porque nunca fui yo la del amor y las sonrisas repletas de dientes de leche. Siempre la bruja, la de las ojeras y las uñas carcomidas. Aquella que se iba y olvidaba. Aquella que no estaba. En la oscuridad ahora lo contemplo como por vez primera. Trata de aprehender conceptos, repitiendo muertas definiciones de ciencias naturales frente a un espejo de fuego que lo deforma todo. Le dedico una sonrisa que no ve, pero no importa, porque es algo que no puedo evitar.
En soledad, pienso. Te hablo en silencio y aunque no escuches y dejo a las ideas fluir. O eso digo, porque sé que, aún sin mi permiso, los pensamientos seguirán brotando, calmándome o torturándome a su antojo y eso me aterra. Me aterra seguir descubriendo cosas que te llevaste, cosas con las que me dejaste. En la biblioteca falta el tomo uno de Visiones Peligrosas, tampoco está El Anticristo, y no encuentro El llano en llamas por ningún lado. ¿Realmente necesitabas esos libros? ¿Específicamente esos libros? ¿O los tomaste al azar?, ignorando el hecho de que buscaría en ellos, en sus nombres, en sus letras, un código secreto que me explique el por qué de la tragedia. Nunca hacías nada al azar, nunca te lo permití.
Por la noche narro a Isaac la vieja historia de aquél hombre que recibe una misiva de su esposa fallecida, diciendo que lo espera en ese hermoso y especial lugar y decide ir a su encuentro. No es una historia romántica, no es una historia bella; es la historia del fracaso de las cosas, del óxido que lo cubre todo, de las evidentes fallas en las veneradas piezas de relojería que construyen la vida. Isaac tiembla cada vez que narro la escena de la chica y el fuego, de ese mundo permanentemente en llamas y todas las noches me asalta la idea cada vez más plausible de que ese mundo no es diferente al nuestro.
Ahora los sonidos se acrecientan, acercándose a donde no deberían. Pienso en vos, te pienso, pienso en tu cuerpo y en la vacía promesa de hacer callar a las armas que siempre me apuntaron y ahora a Isaac también. Esas armas que, como taladros, nos guían pacientemente hacia el centro de la tierra donde reina un silencio cuyo trono peligra. Bajamos siete sótanos más, pero aún se percibe el leve ondeo de la pólvora en el aire. Me pregunto si Isaac volverá a ver el cielo, ¿vos crees que Isaac volverá a ver el cielo? Yo creo que sí, por eso llenamos las paredes de libros, y, aunque falten algunos, aunque te hayas llevado cucharas de la cocina y tornillos del escritorio, creo que aún así pensaste en el futuro de nuestro hijo al hacerlo. Ahora pienso en su futuro, en sus estudios superiores y la incorporación en el mundo del trabajo. Porque aun después del fin las instituciones seguirán configuradas para desarrollar el proceso de socialización de las nuevas generaciones, garantizando la supervivencia de la sociedad mediante la reproducción social y cultural de prácticas conservadoras que llevan a las personas a naturalizar las desgracias y los atropellos cometidos y pienso en que si no fuera porque moriríamos asfixiados, quemaría ahora todos los libros e instigaría a nuestro hijo a cavar un hoyo en la tierra y seguir cavando hasta dónde no llegue el gran aparato empaquetador buscándolo para convertirlo en otra caja mal sellada en el gran depósito de cuerpos. Me pregunto de qué sirve luchar cuando ya perdimos. Entonces miro a Isaac desde el otro lado de la mesa y creo que todo vale la pena.
No puedo ver las luces y el fuego desde este sepulcro. Tanto calor y sigo con frío. Debería ponerme otro abrigo. Las llamas recalcitrantes no nos afectan, amor; pero los temblores me alcanzan en carne propia. Por eso aguardo a las seis para decirle a Isaac que se esconda debajo de la mesa y espero a que los frascos de vidrio del aparador bailen tres veces. O mejor dicho, espero que no lo hagan, aunque cada día espero menos. Porque cada día me convenzo más del fracaso de las cosas, porque las bombas siguen cayendo y creo que todas las piezas van a quedar obsoletas.

miércoles, 4 de enero de 2017

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de enfundarme en petróleo  de manchar mi vestido de enredaderas vacías de sacarme los dientes de tragarme los dedos sin masticarlos de revolcarme en botellas de nadar por encima de todo de hundirme en la cama de hundirme en la silla de hundirme en palabras de enredaderas vacías de nadar en petróleo de vestirme en miseria de fotografiar al espejo de mandar a la mierda de ir a buscarla de volver a abrazarla de mandar a la mierda de abrigarme de ruina disfrazarme de mueble  de decirme que sí de convencerme que sí de nadar en petróleo de mostrarme que no de agarrarme las manos de apagar los objetos de arrancarme los pelos de arañarme los ojos de incendiar lo que tengo de insultar las cenizas de nadar entre nauseas de naufragar en la cama de esperar un mensaje que diga que todo va a estar bien que todo va a estar bien que todo va a estar bien que todo va a estar bien de mandar a la mierda-