eat your heart out

domingo, 22 de enero de 2017

Ciencias naturales


Hace frío. Me gusta ponerle una cucharadita de café instantáneo al mate cocido. Veo la taza y sé que falta un rato para el primer sorbo. Prefiero hervir el agua y luego esperar a que se entibie. Cuando todo es demasiado cálido o demasiado gélido, siento que mis dientes pueden caer y hacerse añicos en este piso de cemento. Los pensamientos nunca se detienen y nunca avanzan tampoco. Ayer pensé en escribirte, decir que no sos el único motivo de que no se detengan ni avancen los pensamientos. Los nefastos engranajes de la maquinaria aun giran impiadosos dentro de mi cerebro. Todo me guía a un inapelable descenso. Incluso las plantas parecen crecer hacia abajo. La enredadera repta lentamente por los rincones más fríos hacia la lamparita de la habitación. Buscan adueñarse de este espacio húmedo como si ya no existiéramos. Todo se me va de las manos, como si estuviera tratando de aferrarme a un mundo hecho de arena.
En la mesa grande, Isaac escribe en su cuaderno rayado, copia definiciones del diccionario. Fo. To. Sín. Te. Sis. "Proceso químico que tiene lugar en las plantas con clorofila y que permite, gracias a la energía de la luz, transformar un sustrato inorgánico en materia orgánica rica en energía.". A su lado, en el aparador, se apilan boletas de luz y de teléfono que nunca serán pagadas. Mi madre solía coleccionarlas, decía que algún día podían servir, aunque no recuerdo que hayan servido nunca. Tenía un cajón especial para las del gas, siempre se quejaba porque le seguían llegando con el apellido de casada, el apellido de mi padre. No sé por qué pienso en vos cuando pienso. Pienso que te hablo. Me pregunto si mi madre pensaba en mi padre cuando pensaba, si tenía conversaciones imaginarias o esto es solo cosa mía, otro producto de mis imperfecciones.
Cuando te fuiste, te llevaste cinco peones blancos y dos alfiles negros que no te sirven para nada sin el resto de las piezas. De tanto en tanto vuelvo sobre ese detalle, trato de comprender, dilucidar si fue simple torpeza de tu parte, o pura malicia de dejarme con la mayor parte de algo que ya no sirve. Busqué las piezas por días antes de percatarme del siniestro detalle. Me pregunto qué más te llevaste, con qué más me dejaste.
Ahora es cuando se corta la luz, siempre cortan la luz a esta hora. Isaac busca las velas en la alacena. Y las prende en la mesa, cerca de su cuaderno. Las sombras fatales no dicen nada, solo son manchas en la pared plagada de manchas. Las paredes que nunca pintaste y nunca se quejaron, y nunca me quejé. Isaac debe estudiar. El enorme diccionario ocupa el lugar de aquel que se sentaba a dictarle para luego jugar unas escondidas, carreras por el patio y risas excluyentes. Porque nunca fui yo la del amor y las sonrisas repletas de dientes de leche. Siempre la bruja, la de las ojeras y las uñas carcomidas. Aquella que se iba y olvidaba. Aquella que no estaba. En la oscuridad ahora lo contemplo como por vez primera. Trata de aprehender conceptos, repitiendo muertas definiciones de ciencias naturales frente a un espejo de fuego que lo deforma todo. Le dedico una sonrisa que no ve, pero no importa, porque es algo que no puedo evitar.
En soledad, pienso. Te hablo en silencio y aunque no escuches y dejo a las ideas fluir. O eso digo, porque sé que, aún sin mi permiso, los pensamientos seguirán brotando, calmándome o torturándome a su antojo y eso me aterra. Me aterra seguir descubriendo cosas que te llevaste, cosas con las que me dejaste. En la biblioteca falta el tomo uno de Visiones Peligrosas, tampoco está El Anticristo, y no encuentro El llano en llamas por ningún lado. ¿Realmente necesitabas esos libros? ¿Específicamente esos libros? ¿O los tomaste al azar?, ignorando el hecho de que buscaría en ellos, en sus nombres, en sus letras, un código secreto que me explique el por qué de la tragedia. Nunca hacías nada al azar, nunca te lo permití.
Por la noche narro a Isaac la vieja historia de aquél hombre que recibe una misiva de su esposa fallecida, diciendo que lo espera en ese hermoso y especial lugar y decide ir a su encuentro. No es una historia romántica, no es una historia bella; es la historia del fracaso de las cosas, del óxido que lo cubre todo, de las evidentes fallas en las veneradas piezas de relojería que construyen la vida. Isaac tiembla cada vez que narro la escena de la chica y el fuego, de ese mundo permanentemente en llamas y todas las noches me asalta la idea cada vez más plausible de que ese mundo no es diferente al nuestro.
Ahora los sonidos se acrecientan, acercándose a donde no deberían. Pienso en vos, te pienso, pienso en tu cuerpo y en la vacía promesa de hacer callar a las armas que siempre me apuntaron y ahora a Isaac también. Esas armas que, como taladros, nos guían pacientemente hacia el centro de la tierra donde reina un silencio cuyo trono peligra. Bajamos siete sótanos más, pero aún se percibe el leve ondeo de la pólvora en el aire. Me pregunto si Isaac volverá a ver el cielo, ¿vos crees que Isaac volverá a ver el cielo? Yo creo que sí, por eso llenamos las paredes de libros, y, aunque falten algunos, aunque te hayas llevado cucharas de la cocina y tornillos del escritorio, creo que aún así pensaste en el futuro de nuestro hijo al hacerlo. Ahora pienso en su futuro, en sus estudios superiores y la incorporación en el mundo del trabajo. Porque aun después del fin las instituciones seguirán configuradas para desarrollar el proceso de socialización de las nuevas generaciones, garantizando la supervivencia de la sociedad mediante la reproducción social y cultural de prácticas conservadoras que llevan a las personas a naturalizar las desgracias y los atropellos cometidos y pienso en que si no fuera porque moriríamos asfixiados, quemaría ahora todos los libros e instigaría a nuestro hijo a cavar un hoyo en la tierra y seguir cavando hasta dónde no llegue el gran aparato empaquetador buscándolo para convertirlo en otra caja mal sellada en el gran depósito de cuerpos. Me pregunto de qué sirve luchar cuando ya perdimos. Entonces miro a Isaac desde el otro lado de la mesa y creo que todo vale la pena.
No puedo ver las luces y el fuego desde este sepulcro. Tanto calor y sigo con frío. Debería ponerme otro abrigo. Las llamas recalcitrantes no nos afectan, amor; pero los temblores me alcanzan en carne propia. Por eso aguardo a las seis para decirle a Isaac que se esconda debajo de la mesa y espero a que los frascos de vidrio del aparador bailen tres veces. O mejor dicho, espero que no lo hagan, aunque cada día espero menos. Porque cada día me convenzo más del fracaso de las cosas, porque las bombas siguen cayendo y creo que todas las piezas van a quedar obsoletas.

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