eat your heart out

domingo, 26 de marzo de 2017

Ecs Di


Hay una pecera con peces invisibles. Tengo que concentrar la mirada por horas para poder empezar a pensar que no son un invento. Después de un tiempo con los ojos cerrados y la respiración contenida, puedo sentir que hay partes en mi que no son de mi pertenencia.  Cuando estás cerca, cada parte de mi cuerpo que tocás vuelve a mi zona de control. Puedo sentir tus dedos y tus labios y puedo estremecerme de manera acorde.
Con un poco más de tiempo, puedo perder el control y hasta el conocimiento. Como con el mundo. Todos los objetos prestados que no puedo romper no me pertenecen. Todas las cosas que nunca dijiste, como peces invisibles escapan a mi ojo,  y no importa cuánto tiempo pase no puedo dilucidar si son o no un invento. Cuando nos conocimos eras tan frágil como yo, pero vos te hiciste fuerte, vos sos fuerte y yo no. Vos te cristalizás mientras yo me evaporo. Como el resto de las cosas.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Umi



Ella entre las rocas. Su cuerpo pálido y desnudo, como la marea, se baña en incoloras aguas y aroma a sal.  Vierte de sus ojos la gris matriz de los arrecifes de coral que se pierden en el desvestido fondo. Sus ojos como resplandecientes perlas reflejan la luz del sol. Pálida y cristalina, luna impulsora de las mareas que todo lo limpian, de su cuerpo pálido y desnudo, como la ternura, brotan los ríos y el océano. Ella es la corriente, a la vez tan sólida y tan vacía, sus escamas se convierten en vellos y piel al abandonar la orilla. Dorada entre las rocas, asoman sus piernas de mujer y reprocha al sol por esos infinitos colores que la bañan en arcoíris. Toma unas prendas anónimas y se disfraza de ciudad. Alejada de la costa es quien no es. Pocos conocen su identidad real, sus aletas, su templo de coral, amarillo de peces e hipocampos.
Eventualmente vuelve, se desnuda y se zambulle. Infinita entre las olas. Entre la más pura agua pura y sincera como el amor, como sus inacabados vestidos de color y luz.
La observa pero ya no más. Imposible ocultar la herida emanando arroyos que desembocan en su desgracia, cristalina de pétalos. Ya nunca va a nadar en aguas turbias. Porque ahora la ve, entre las olas nadando, mientras su rojo anaranjado de las flores del cielo se vuelve negro como la inmensidad de los vértices y los pliegues en las rocas, como una reconocida aleta de delfín deformándose en dientes infinitos de tiburón arrancando la carne, la sangre, los pelos, los huesos, como el miedo que escala por la espina congelándolo todo con su beso frío como los besos. Y rehúye, en la penumbra, entre la cortina de lluvia, ese encuentro buscado y ahora indeseado, indeseado y amado; porque ahora piensa, en la lluvia, en su rojo coral, en los ojos de la sirenita tendiéndose sobre las sábanas, en sus uñas inhalando temores. Impolutas perlas, esculpidas esmeraldas brillan en la oscuridad y no recuerda haber sido jamás tocado por esas glaucas manos que se postran inertes sobre las rocas; esas no eran las manos que tocaban la lluvia, nunca tan verdes ni tan mamíferas manos de pez y sirenita y escamas. Y cuántas otras máscaras emergen mientras se acerca a la orilla y largas, tersas piernas surgen y se deshace de las películas y el olor a mar.
La observa irse entre las rocas, menuda de signos; ya no por amor, sino por la necesidad imperante de combatir la soledad. Como si fuera incapaz de procesar las evidencias crueles que bailan en el ambiente, incapaz de admitir que ningún rostro atlántico llegará jamás a la superficie. En lo profundo de los arrecifes están las suaves manos que erizaron cada vello en su cuerpo, las revoluciones secretas; tanto empeño y momentos sepultados en la arena fina, en cofres de agua, cadáveres desteñidos de caras y amor naufragando entre los peñascos, recuerdos felices estrellándose entre las rocas mientras la sirenita, indómita, toma su cuerpo irreal y lo torna real. O no. Espejos. Torbellinos bajo el agua volteando todos los paradigmas. Descubrirse parte del espejismo, el espejismo; interminable pesadilla que se reitera.
Perdido y el sol increpando los ojos exprimidos entre arena y dolor, húmedo y golpeado entre los restos del naufragio, arañando la corteza de un árbol en búsqueda de alimento. Arañando los vértices. Recordando cuando llegaron las olas, cuando hundieron los barcos, cuando arrasaron las huellas, cuando inundaron los pasillos de los castillos en la ribera. Los recuerdos fluyen. Cómo era el calor. Cómo llegaron. Cómo subieron las escaleras, estropeando la alfombra. Cómo abrieron la puerta, cómo tomaron asiento y se lavaron las manchas, las marcas en las paredes. Ahora el gran océano lo clama todo. La ve vestirse, la ve tomar la llave y zambullirse en silencio.  Otra vez, infinita entre las olas.