Día I.
Día II.
Día II.
Día III.
Día IV.
Y varias semanas despues.
Amargo fue
nuestro primer cigarro en la vida; amargo era el primer cigarrillo después de
la muerte.
Tomé un largo
aliento, corrí el pelo de mi cara y repetí: "lo mejor que puedas es
suficiente, lo mejor que puedas es suficiente."
Tu vida
estaba confeccionada íntegramente en letras de canciones, y a veces me
contagiabas. Me había vuelto permeable, susceptible, maduro, sensible, adulto.
Me mejoraste y luego me dejaste. Por eso esta vez pensaba que te haría
orgulloso, aunque no pudiera ver tu sonrisa de aprobación, la sentiría en mis
ojos. Te haría sentir orgulloso de mi. Tomé el tubo de teléfono y suspiré,
febrero dormía en placida calma.
El tono de
espera. Tuup, Tuup, Tuup.
Tuup, Tuup, Tuup.
Tuup, Tuup, Tuup.
Así, hasta la
eternidad. Luego, el contestador automático. Qué decirle a la máquina, a la
persona que no escucha, por qué hablar con alguien que no está cuando podría
tomar las escaleras y descender hasta el umbral de su guarida y tocar el timbre,
Ti Tu,
Ti Tu,
Ti Tu.
El tono de
espera. Sin posibilidad de contestador automático. La gente siempre desaparece
cuando se la necesita. No, no desaparece, es solo que nunca estuvo. No te das
cuenta de lo caro que están los frascos de mermelada de frambuesa hasta que los
necesitás, y tu billetera en el lavarropas, y las personas son iguales, iguales
a un frasco de mermelada, y una tostada que siempre cae del lado del dulce, y
otra taza de té, y unos chillicientos miligramos más de mierdil,
porque estas ideas no van a ningún lado.
Entonces despertar con náuseas, siempre la misma historia, la misma
histeria.
La gente en
la ventana empezaba a morir, la culpa era del glifosato. Los herbicidas
asesinando madreselvas, los alimentos basados en soja llenando las góndolas del
supermercado, desplazando a los frascos de mermelada. Y el sonido que estos
hacen cuando se caen del estante: klishhhhh.
Auto
envenenamiento, autodestrucción, automedicación. Llámele como quiera, tomar
todos los días el colectivo hacia la CABA y aspirar con apatía los gases
invernadero. ¿Quién no quiere un vivero en sus pulmones?
Cigarrillos,
comida con colesterol, soja, mermelada de frambuesa, cine con amigos,
clonazepam, marihuana, dormir la siesta. Básicamente piezas de la misma
maquinaria, y la gente en la ventana que empezaba a morir.
El niño
merodeaba montando su bicicleta; transitó cuatro veces las calles empedradas y
lo observé desde el balcón, parte de mí quería que tropezara y muriera, una
simple roca entre los rayos de la rueda y listo, sangre y piezas de un cuerpo
dislocado. Siempre he odiado a los niños, ese pobre no tenía la culpa de nada.
Pero sus ojos inocentes, azules ojos inocentes como los que alguna vez vi en el
espejo, me remitieron a esa infancia penosa. Mi padre, su trabajo y las horas
frente al televisor, la casa era demasiado grande para mí en ese entonces, y
las sombras en los rincones, y los ojos inquisidores de las lámparas
incandescentes y luego, el incendio de la fábrica de pirotecnia, los petardos
en las subsiguientes navidades, ¿por qué no se callan las explosiones de una
buena vez? No hay navidad que dure quince años.
Entonces llegaron los espasmos y corrí al botiquín dentro del espejo del
baño e ingerí todas las pastillas que encontré.
>>
¿Cuántas veces más? ¿Cuántos cuadros tendré que quemar hasta que logre edificar
un mundo feliz? <<
>> Vení
conmigo. <<
>> No
es gay. <<
>> Y,
no sé porque no lo deja, si no trabaja, si no estudia, solo está tirado en la
cama. <<
>> Hace
catorce días que estoy en este tren, no sé dónde bajarme. <<
>>¿Pensas que ser un pez me sienta bien? ¿O preferís que sea un brontosaurio?<<
Puede que
haya perdido partes de la vida mientras cerraba los ojos. Solo hay fragmentos
de lo que me forcé a no percibir. Ahora no son más que mala ficción, cubriendo
huecos argumentativos en la vida. Miro al gato. El gato me mira, me dice, me
culpa, me inhibe. El gato se va. Gato de mierda.
El perro
ladra. Arf, Arf, Arf. Todos los
perros ladran y mis vecinos tienen como veinte. Mis vecinos son perros. Gente
con cara de perro. Defecan palabras y luego fagocitan sus propias heces. Y se
revuelcan en sus aullidos casi tangibles. Perros de mierda.
¿De qué se
trataba la muerte? ¿De qué habías dicho que se trataba la muerte? Solías
sentarte con las piernas cruzadas y criticar a Carl Jung y a los posteriores
estudios de su obra. Abrías un libro, y, con sorprendente destreza, te
dedicabas a derruir los paradigmas que habían amparado mi existencia; y
entonces solo un cielo despejado podía frustrar tus ánimos de minar ideas y
solías matarte por mí, hasta que te volviste inmortal.
¿De qué era
que se trataba la muerte? Creo que falté a esa clase y ahora no entiendo un carajo lo que estoy viendo. Deben ser logaritmos, deben ser ecuaciones, deben ser laberintos, deben ser tortugas en frasquitos de detergente, deben ser mermeladas. ¿De eso se trataba la muerte? ¿Mermeladas y logaritmos?
¿De qué era que se trataba la vida? El barro manchaba mis zapatillas mientras corríamos bajo la lluvia. ¿No es mágico el mundo? ¿De qué era que se trataba la vida? ¿De qué habías dicho que se trataba la vida? Creo que falté a esa clase también. Siempre posponiendo el despertador.
¿De qué era que se trataba la vida? El barro manchaba mis zapatillas mientras corríamos bajo la lluvia. ¿No es mágico el mundo? ¿De qué era que se trataba la vida? ¿De qué habías dicho que se trataba la vida? Creo que falté a esa clase también. Siempre posponiendo el despertador.
Cuando llegué
a casa, Alicia también estaba muerta. Estábamos todos muertos, incluso el conejo. Un blíster de medicamentos. Vacío. Como sus ojos.