Despierto desnuda
sintiendo el peso de otro cuerpo encima. No puedo verlo. Mantengo mis ojos
cerrados. Porque no puedo abrirlos. No puedo, o no quiero. Siento el frío del
acero recorrer mi vientre y no puedo detener las lágrimas. No llores, dice, no
va a doler. Pero no estoy llorando porque fuera a doler, lloro porque voy a
morir. Entonces, cuando estoy a punto de ser brutalmente asesinada, Teneo entra
y siento que tengo que darle explicaciones. Pero sé que Teneo no entiende. Y
hace tanto que no hablo con él más que de él, que ya no creo que las palabras
precisas puedan salir de mi boca.
-¿Pensás mucho en
la muerte, Midori? - Dice la señora Ki-duk. -¿Te aterra la muerte?
Me acomodo en
la silla para poder mirarla a los ojos. Sus ojos son tan bellos, enormes. La
señora Ki-duk es aún muy atractiva, a pesar de sus años. Emigró con su familia
de Corea en los ochenta. Perdió a su esposo en un accidente en la prefectura de
Fukushima, se mudó a Tokio y comenzó a ejercer como terapeuta. Tiene una foto
de su familia en su escritorio. Y una botella de agua a medio vaciar.
-Por supuesto. El
final de la existencia me parece aterrador, no sé por qué a nadie más le parece
aterrador. Es como, pum, las conexiones cerebrales se cortan y la conciencia
deja de existir. Dejo de percibir el universo. No quiero dejar de percibir el
universo. Me gusta el universo. No puedo simplemente aceptar la no existencia.
-¿Y no crees Midori
que pensar tanto en la muerte tiene efectos negativos en tu vida?
-Sí, pero primero
resolvamos el asunto de las voces. ¿Sabías que hay un país en Sudamérica que se
llama Argentina, y está íntegramente habitado por vicuñas?
La señora Ki-duk
emite una leve sonrisa.
-No creo que solo
vivan vicuñas ahí…
-En el norte tienen
un monstruo, un duendecillo de los montes, el Yasy Yateré, que se oye y no se
ve. Se oye y no se ve. Es como muy mi problema.
-¿Y vos crees que
es uno de estos duendes el que te molesta?
-No lo sé, visité
un zoológico cuando tenía cinco. Quizás se escondió en el cargamento de vicuñas
y me sigue desde entonces. ¿Pero qué haría una criatura del campo en la
metrópolis? Quizás no lo pensé lo suficiente. No, no creo que el Yasy Yateré
sea el dueño de las voces.
-Creo que es
importante poder darle un nombre a tu problema, Midori. Los nombres atan las
cosas a la realidad. ¿Cómo está tu relación con Teneo?
Teneo solo quiere a
Teneo. Y esa soy yo, en sus aristas. Escuchando sus monólogos. Evaluando sus
comidas en una escala del 9 al 10, y cojiendo. Teneo es como un pequeño sismo,
escuchás que todo el mundo habla de él, pero en la cama ni lo sentís. Salimos
un tiempo. Dejamos de salir. Dejamos de vernos. Volvimos a vernos. No volvimos
a salir. Nos vemos en su casa, vemos una película, comemos, cojemos.
Ahora vemos Love
-me-not, una película de Gillite Leung y comemos ramen. Ramen siempre es un 10.
La película es una típica comedia romántica de compañeres de habitación. Ella
es lesbiana y él gay. Al final terminan
juntes. Porque lo que importa es el amor. Va en contra de todo lo que sé sobre
teoría queer, pero al final de cuentas, no soy una teórica queer. Supongo que
no se puede reducir la complejidad una persona a una etiqueta. Pero hay que
ponerle nombre a las cosas antes de destruirlas. Necesito darle un nombre a las
voces. Teneo pasa su mano por mi cuello y me besa.
Teneo es como una
escena de sexo de Murakami, excepcionalmente realista, biológico,
deshumanizado; no tardás en empezar a pensar cuándo se va a perder un gato, o
un mono le va a robar el nombre. Pero después publica una novela nueva y no
podés dejar de leerla.
Trato de
explicárselo a Teneo: soy la mamá de Perdidos en el Espacio. Y oigo voces
tenebrosas perdidas en el espacio entre sonidos. Teneo sonríe.
-Solo es un efecto
del ruido. En el silencio no las escuchás ¿no, Kung Fu?
-Vivimos en Tokio,
Mothra.- respondo usando su nombre de los foros también- Oigo el Shinkansen a
primera hora. Los bocinazos en la avenida. El televisor del vecino de arriba,
la Nintendo del vecino de abajo. Los
ruidos de la ducha, el aceite saltando en la cocina. La lluvia. Las botas en la
lluvia. Las voces en las calles, la música de los bares y karaokes, el rumor de
los árboles en los parques, las risas de los niños. Todo es ruido. Estoy
inundada en ruido. Me ahogo y no sé nadar.
-No te preocupes,
Kung-fu, yo tenía un problema parecido- dice y Teneo comienza a hablar sin
parar sobre tu tema favorito: Teneo.
Kung-Fu es el nombre
que usaba en los foros y las redes sociales. Lo saqué de una película, la
película que me hizo caer en cuenta de mi sexualidad. Estaba terminando la
escuela cuando descubrí mi bisexualidad. Aún vivía Kyoko. Estábamos mirando una
comedia de terror llamada Hausu. Trataba de un grupo de amigas que iba a
vacacionar a una casa embrujada. Uno de los personajes era una artista marcial
llamada Kung-fu. Todas las chicas en la película tenían un nombre que
representaba alguna característica de su personalidad. Fanta tenía mucha
imaginación, Gorgeous era, bueno, hermosa. Cuando vi a Kungfu en acción todo mi
cuerpo se paralizó y un calor comenzó a recorrerlo. Me sentía muy incómoda,
Kyoko estaba en la misma habitación. Mi garganta se secó. Llegué entonces a la
muy simple conclusión de que me sentía atraída por personas de mi género, tanto como por personas de otros géneros. Me puse un nombre para entender dónde estaba parada. Kyoko se
sintió intimidada cuando lo hablamos, y nos alejamos la una de la otra. Cuando
la volví a ver su madre me dio un largo abrazo y me llevó hasta su habitación
en el hospital. La había atropellado un Toyota que se perdió en la noche sin
dar respuesta más que un cuerpecito rompiéndose en el asfalto. No volvió a
despertar.
Ese mismo año
comenzaron las voces. Sobre el vapor y la furia de la ducha comencé a oír
débiles susurros. En el silbido de la pava, el timbre de casa, los truenos en
la noche. Un mensaje difuso que comenzaba a tornarse nítido con el paso del
tiempo. Me perdía en el ruido. Me descubría con el jabón en la mano, sentada
bajo la ducha, tratando de aguzar el oído para discernir algunas palabras. Pero
no quería saber cuál era el mensaje. Había algo seductor en la voz, algo que me
llamaba y buscaba atraparme, algo que me quería para devorarme. Sentía que
saber de qué hablaban las voces significaría el fin de mi vida.
La madrugada era mi
único escondite, la madrugada es mi único escondite. El único momento en el que
el silencio reina. Bebo café y disfruto de la calma. Pinto, me mancho el cuerpo
de acrílico. Trato de dormir. Pero el Shinkansen rasga la tierra a primera hora
y el murmullo retorna. Me limita a la noche, al futón sobre el tatami, al
silencio.
Comencé a bucear
los foros en busca de ayuda. Y encontré gente con el mismo problema que yo.
Existían voces escondidas entre el ruido de la ciudad y la naturaleza. Decidí
contar mi situación. Al principio, quise usar el alias Kyoko, pero tras
pensarlo detenidamente, me decidí por Kung-fu. Así fue cómo conocí a Teneo, que
decía tener el mismo problema, y comenzamos a vernos a ayudarnos a superarlo,
pero la situación no mejoró ni un poco.
Fue mi jefe quien
me recomendó a la señora Ki-duk. Es una señora que usa mucho maquillaje, pero
escucha mi voz. Y responde.
¿Estás
familiarizada con el concepto de Mantra, Midori? Son palabras, o más bien,
simples conjuntos de silabas que no necesitan tener un significado literal. Son
un medio para liberar la mente de las ataduras terrenales. Las palabras tienen
el poder de crear y el poder de destruir, de dar forma y de cambiar la forma.
Si temés a la voz, temés a las palabras, temés al mundo. Ayudan a los monjes a alcanzar un estado de
libertad para lograr la meditación. Pueden ayudarte a vos también. Dale un
nombre a lo que susurra detrás del ruido, dale un nombre y encontrarás un
motivo.
Voy a darle
un nombre a lo desconocido y una forma a lo que no tiene nombre. Repito las
palabras. Me siento en el suelo y espero el amanecer, el Shinkansen corriendo a
320 kilómetros por hora a través de la ciudad. Voy a darle un nombre a lo
desconocido y una forma a lo que no tiene nombre. Espero a las voces y las
voces vienen.
Ahora sube las
escaleras. Le doy nombre para darle forma, le pongo un nombre para darle una
explicación. No está en la bruma ni en lo desconocido, flotando en lo
incorpóreo. Lo ato a la tierra para poder tocarlo, para poder entenderlo. Le doy
forma para no perderme en ese vórtice oscuro. Una bestia oscura de terribles
tentáculos y fauces. Le pongo un nombre para poder llamarlo. Repito su nombre,
Yogg-Sothoth, el que susurra en la oscuridad.
Y en el silencio de
la noche, responde.