viernes, 30 de noviembre de 2018

Nunca leí esa novela


Despierto desnuda sintiendo el peso de otro cuerpo encima. No puedo verlo. Mantengo mis ojos cerrados. Porque no puedo abrirlos. No puedo, o no quiero. Siento el frío del acero recorrer mi vientre y no puedo detener las lágrimas. No llores, dice, no va a doler. Pero no estoy llorando porque fuera a doler, lloro porque voy a morir. Entonces, cuando estoy a punto de ser brutalmente asesinada, Teneo entra y siento que tengo que darle explicaciones. Pero sé que Teneo no entiende. Y hace tanto que no hablo con él más que de él, que ya no creo que las palabras precisas puedan salir de mi boca.

-¿Pensás mucho en la muerte, Midori? - Dice la señora Ki-duk. -¿Te aterra la muerte?
 Me acomodo en la silla para poder mirarla a los ojos. Sus ojos son tan bellos, enormes. La señora Ki-duk es aún muy atractiva, a pesar de sus años. Emigró con su familia de Corea en los ochenta. Perdió a su esposo en un accidente en la prefectura de Fukushima, se mudó a Tokio y comenzó a ejercer como terapeuta. Tiene una foto de su familia en su escritorio. Y una botella de agua a medio vaciar.
-Por supuesto. El final de la existencia me parece aterrador, no sé por qué a nadie más le parece aterrador. Es como, pum, las conexiones cerebrales se cortan y la conciencia deja de existir. Dejo de percibir el universo. No quiero dejar de percibir el universo. Me gusta el universo. No puedo simplemente aceptar la no existencia.
-¿Y no crees Midori que pensar tanto en la muerte tiene efectos negativos en tu vida?
-Sí, pero primero resolvamos el asunto de las voces. ¿Sabías que hay un país en Sudamérica que se llama Argentina, y está íntegramente habitado por vicuñas?
La señora Ki-duk emite una leve sonrisa.
-No creo que solo vivan vicuñas ahí…
-En el norte tienen un monstruo, un duendecillo de los montes, el Yasy Yateré, que se oye y no se ve. Se oye y no se ve. Es como muy mi problema.
-¿Y vos crees que es uno de estos duendes el que te molesta?
-No lo sé, visité un zoológico cuando tenía cinco. Quizás se escondió en el cargamento de vicuñas y me sigue desde entonces. ¿Pero qué haría una criatura del campo en la metrópolis? Quizás no lo pensé lo suficiente. No, no creo que el Yasy Yateré sea el dueño de las voces.
-Creo que es importante poder darle un nombre a tu problema, Midori. Los nombres atan las cosas a la realidad. ¿Cómo está tu relación con Teneo?

Teneo solo quiere a Teneo. Y esa soy yo, en sus aristas. Escuchando sus monólogos. Evaluando sus comidas en una escala del 9 al 10, y cojiendo. Teneo es como un pequeño sismo, escuchás que todo el mundo habla de él, pero en la cama ni lo sentís. Salimos un tiempo. Dejamos de salir. Dejamos de vernos. Volvimos a vernos. No volvimos a salir. Nos vemos en su casa, vemos una película, comemos, cojemos.

Ahora vemos Love -me-not, una película de Gillite Leung y comemos ramen. Ramen siempre es un 10. La película es una típica comedia romántica de compañeres de habitación. Ella es lesbiana y él gay.  Al final terminan juntes. Porque lo que importa es el amor. Va en contra de todo lo que sé sobre teoría queer, pero al final de cuentas, no soy una teórica queer. Supongo que no se puede reducir la complejidad una persona a una etiqueta. Pero hay que ponerle nombre a las cosas antes de destruirlas. Necesito darle un nombre a las voces. Teneo pasa su mano por mi cuello y me besa.
Teneo es como una escena de sexo de Murakami, excepcionalmente realista, biológico, deshumanizado; no tardás en empezar a pensar cuándo se va a perder un gato, o un mono le va a robar el nombre. Pero después publica una novela nueva y no podés dejar de leerla.

Trato de explicárselo a Teneo: soy la mamá de Perdidos en el Espacio. Y oigo voces tenebrosas perdidas en el espacio entre sonidos. Teneo sonríe.
-Solo es un efecto del ruido. En el silencio no las escuchás ¿no, Kung Fu?
-Vivimos en Tokio, Mothra.- respondo usando su nombre de los foros también- Oigo el Shinkansen a primera hora. Los bocinazos en la avenida. El televisor del vecino de arriba, la Nintendo  del vecino de abajo. Los ruidos de la ducha, el aceite saltando en la cocina. La lluvia. Las botas en la lluvia. Las voces en las calles, la música de los bares y karaokes, el rumor de los árboles en los parques, las risas de los niños. Todo es ruido. Estoy inundada en ruido. Me ahogo y no sé nadar.
-No te preocupes, Kung-fu, yo tenía un problema parecido- dice y Teneo comienza a hablar sin parar sobre tu tema favorito: Teneo.

Kung-Fu es el nombre que usaba en los foros y las redes sociales. Lo saqué de una película, la película que me hizo caer en cuenta de mi sexualidad. Estaba terminando la escuela cuando descubrí mi bisexualidad. Aún vivía Kyoko. Estábamos mirando una comedia de terror llamada Hausu. Trataba de un grupo de amigas que iba a vacacionar a una casa embrujada. Uno de los personajes era una artista marcial llamada Kung-fu. Todas las chicas en la película tenían un nombre que representaba alguna característica de su personalidad. Fanta tenía mucha imaginación, Gorgeous era, bueno, hermosa. Cuando vi a Kungfu en acción todo mi cuerpo se paralizó y un calor comenzó a recorrerlo. Me sentía muy incómoda, Kyoko estaba en la misma habitación. Mi garganta se secó. Llegué entonces a la muy simple conclusión de que me sentía atraída por personas de mi género, tanto como por personas de otros géneros. Me puse un nombre para entender dónde estaba parada. Kyoko se sintió intimidada cuando lo hablamos, y nos alejamos la una de la otra. Cuando la volví a ver su madre me dio un largo abrazo y me llevó hasta su habitación en el hospital. La había atropellado un Toyota que se perdió en la noche sin dar respuesta más que un cuerpecito rompiéndose en el asfalto. No volvió a despertar.

Ese mismo año comenzaron las voces. Sobre el vapor y la furia de la ducha comencé a oír débiles susurros. En el silbido de la pava, el timbre de casa, los truenos en la noche. Un mensaje difuso que comenzaba a tornarse nítido con el paso del tiempo. Me perdía en el ruido. Me descubría con el jabón en la mano, sentada bajo la ducha, tratando de aguzar el oído para discernir algunas palabras. Pero no quería saber cuál era el mensaje. Había algo seductor en la voz, algo que me llamaba y buscaba atraparme, algo que me quería para devorarme. Sentía que saber de qué hablaban las voces significaría el fin de mi vida.
La madrugada era mi único escondite, la madrugada es mi único escondite. El único momento en el que el silencio reina. Bebo café y disfruto de la calma. Pinto, me mancho el cuerpo de acrílico. Trato de dormir. Pero el Shinkansen rasga la tierra a primera hora y el murmullo retorna. Me limita a la noche, al futón sobre el tatami, al silencio.

Comencé a bucear los foros en busca de ayuda. Y encontré gente con el mismo problema que yo. Existían voces escondidas entre el ruido de la ciudad y la naturaleza. Decidí contar mi situación. Al principio, quise usar el alias Kyoko, pero tras pensarlo detenidamente, me decidí por Kung-fu. Así fue cómo conocí a Teneo, que decía tener el mismo problema, y comenzamos a vernos a ayudarnos a superarlo, pero la situación no mejoró ni un poco.

Fue mi jefe quien me recomendó a la señora Ki-duk. Es una señora que usa mucho maquillaje, pero escucha mi voz. Y responde.

¿Estás familiarizada con el concepto de Mantra, Midori? Son palabras, o más bien, simples conjuntos de silabas que no necesitan tener un significado literal. Son un medio para liberar la mente de las ataduras terrenales. Las palabras tienen el poder de crear y el poder de destruir, de dar forma y de cambiar la forma. Si temés a la voz, temés a las palabras, temés al mundo.  Ayudan a los monjes a alcanzar un estado de libertad para lograr la meditación. Pueden ayudarte a vos también. Dale un nombre a lo que susurra detrás del ruido, dale un nombre y encontrarás un motivo.
 Voy a darle un nombre a lo desconocido y una forma a lo que no tiene nombre. Repito las palabras. Me siento en el suelo y espero el amanecer, el Shinkansen corriendo a 320 kilómetros por hora a través de la ciudad. Voy a darle un nombre a lo desconocido y una forma a lo que no tiene nombre. Espero a las voces y las voces vienen.

Ahora sube las escaleras. Le doy nombre para darle forma, le pongo un nombre para darle una explicación. No está en la bruma ni en lo desconocido, flotando en lo incorpóreo. Lo ato a la tierra para poder tocarlo, para poder entenderlo. Le doy forma para no perderme en ese vórtice oscuro. Una bestia oscura de terribles tentáculos y fauces. Le pongo un nombre para poder llamarlo. Repito su nombre, Yogg-Sothoth, el que susurra en la oscuridad.

Y en el silencio de la noche, responde.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

kiri kiri kiri


¿Quién elogió a les amantes en detrimento de les amades?



Cuando Ró murió, Cé tomó mis manos, me miró a los ojos, al profundo abismo violáceo de mis cuencas y dijo que si la vida iba a terminar así, lo único que quedaba era coger. Hacer el amor como cuando ya no importa. Solté sus manos y me alejé con asco. Consideré la propuesta insultante. La muerte de Ró había sido su culpa. La malfunción llegó tras el trasplante. El riñón que le había salvado la vida. Saber que usaría los años que le habían sido regalados para el cortejo y la lujuria me resultaba repugnante. Cé era una criatura repugnante.
Por eso me sorprendió que me dijera todo va a estar bien.  Años después, cuando el cielo se rompió me empujó a la capsula y me dijo todo va a estar bien, Ki, todo va a estar bien. Se postró ante el vidrio de su propia salvación, y me miró a los ojos. Los suyos no tardaron en desprenderse de su rostro mientras su piel era calcinada por los pilares de fuego de toda la galaxia. Desde allí, desde ese pequeño cúmulo separado del resto, del refugio que, antes de su sacrificio, Cé había preparado para salvarse, pude ver el resto.

El cielo se quebró como una pecera y el contenido del mundo comenzó a diluirse. La entera magnitud del universo se introdujo en esa pequeña esfera que llamamos hogar, reclamándola propia, cristalizando materia y espacio. Aquelles con la suerte de haber estado en los baldíos y calles fueron desintegrades por ese haz de luz que lo corrompió todo. Quienes estaban dentro, en el resguardo de sus bunkeres y casas, sin embargo, fueron capaces de ver y sentir el fin de los tiempos; lentamente sus cuerpos se degradaron hasta convertirse en vidriosas rocas, en prístinos cristales, demasiado densos para permitir la existencia, demasiado fundidos en la carne y la sangre para representar una muerte indolora.
Sabíamos que llegaría, lo supimos por años. Pero no nos importó. Solo queríamos ver cómo sería. Tantos años, tantas conjeturas, tantas preparaciones fútiles. Llegamos a pensar que el fin del mundo palidecería en comparación con las magníficas obras de ficción que habíamos logrado. No puedo decir que superó mis expectativas.
Ahora los días brillan en colores esplendorosos, destellos de rojo y azul se reflejan en las superficies y los cristales otorgando texturas caleidoscópicas al paisaje, pero las altas temperaturas, aumentadas por las lunetas, incineran la vida. Las noches son gélidas y las estrellas titilan con potencia allá arriba, en el descielo. Solo los trajes, las máscaras y los tubos de oxígenos permiten la coexistencia con el apocalipsis. Me cuesta pensar que camino por un espacio real en el que personas reales existieron, con vidas reales, proyectos reales. Pero está todo ahí, traslucido. Detrás del vidrio están las calles, los edificios altos, las personas incautas, como estatuas perpetuando la última actividad. Puedo sentirlo debajo del suelo arenoso, un mundo que aun respira. Y sé que no soy la última persona en esta tierra yerma.

Encontré otre superviviente, inconsciente ante el espejo de lo que alguna fue un arroyo. Respiraba, consumiendo oxígeno. Preciado oxígeno. Todo va a estar bien, pensé. Me arrodillé junto al cuerpo, y llevé mis manos al precinto de su máscara. Toqué la suave correa y alcancé el broche de seguridad. Pero no pude.
Ahora duerme en el camastro, en la profundidad del bunker en el que todo huele a antibióticos y orina. Tiendo sus heridas, lo alimento con el contenido de latas sin etiqueta.  Quien preparó este refugio tenía comida para siglos. Llevo años viviendo gracias a los sacrificios de personas que ni siquiera he llegado a conocer. Un pequeño parásito alimentándose de los restos.
A través de los espejismos y las lupas es fácil desorientarse, pero me habla del sur. De pequeños asentamientos, familias dispares. Es joven, no debería confiarme el paradero de su gente. No deberías confiar en mí, le digo. Y ríe. Sus dientes son blancos. Es difícil recordar la pureza del blanco natural entre el gris de las paredes y los retorcidos colores de la superficie que corroen la vista. Me dice que escuchó de una base militar más allá de la explanada. Me habla de reservas de oxígeno y nuevos trajes. Comida en conservas. Combustible. Es imposible atravesar la desolada llanura, le digo, no hay resguardo. Le muestro mis escasas reservas. Tubos de oxígeno y bidones de nafta. Le ofrezco la mitad de mis cosas. Ofrece llevarme al poblado, pero me niego. Prefiero la soledad, todo va a estar bien. Todo va a estar bien, me repito.
Pero no puedo.
Conozco otro lugar, le digo. Otro refugio arroyo arriba. Eso no es suficiente para tu gente y conozco otro lugar. Pero es peligroso. No importa, dice, todo va a estar bien.
Ahora caminamos a través de la superficie espejada de una corriente sin peces, ni agua. Cruzamos la grieta, la quebrada en cuyo fondo yacen las figuras cristalizadas de personas y animales. Vidrios tan trágicos como mortales.
Nuestro oxígeno se agota, dice. Los filtros de nuestras máscaras no van a durar, insiste. Podemos reabastecernos cuando lleguemos, respondo. Ya no podemos regresar, reitera. Nos queda menos de la mitad. Noto que teme. Pero no hay nada que temer. He realizado este trayecto innumerables veces. Lo guio con soltura, con confianza.
Demasiada confianza. Mis pies resbalan y caen a través de un nuevo agujero en la tierra. Toma mi mano. Sostiene mi mano con fuerza y me mira a los ojos. Una persona desconocida es lo que me separa del abismo en este momento. Debajo. Cuerpos sin vida forman letales estalagmitas de esmaltes luminosos. Es un brillo hipnótico. Un brillo que invita a formar parte del mosaico del mundo. Una figura más en el gran vitral. Pero se aferra a mi mano y, haciendo acopio de sus fuerzas, me arrastra de regreso a la superficie. Todo va a estar bien.  Esto es nuevo, digo, tiemblo. Temo. Esta grieta no estaba antes.  El refugio está del otro lado de esta grieta que no estaba antes. Buscamos en ambos lados del horizonte, pero no encontramos forma de cruzar. Mi acompañante se sienta en el suelo, abraza sus rodillas y rompe en llanto. Entre lágrimas y sollozos oigo algo acerca de un hijo, de una familia. Tenés que ir, digo. Vos todavía podés volver. Señalo mi tanque de oxígeno. Mi máscara. Vos podés volver. Termina para mí, pero la vida tiene que seguir para vos. Este es mi sacrificio. Mi aporte al futuro de este planeta. Ríe entre lágrimas. Sus dientes son blancos. Muy blancos. Todo va a estar bien, digo. Todo va a estar bien, dice. Se levanta y lleva sus manos al precinto de su máscara. No, le digo. Vos tenés un hijo, una familia. Vos todavía podés volver.  Toca la suave correa y quita la traba. Todo va a estar bien. Se deshace de la máscara y su cuerpo comienza a cristalizarse. Sonríe. Pero ahora sus dientes son dos piezas de vidrio azuladas. Sus ojos dos pesados lentes perlados y su rostro un cúmulo de cuentas brillantes.
El cuerpo cae al suelo. Tomo la máscara, el tubo de oxígeno y empujo el cadáver a las profundidades de la grieta. Este es su sepulcro. Junto a tantas otras de las personas que se sacrificaron para que pudiera seguir viviendo.