Hay una cámara llena de espejos en el templo de
la casa de las cosas.
Descendiendo por un sendero de barro apenas
iluminado por las estrellas, entre los matorrales vigilados por desvencijados
estandartes de olvidada heráldica, y marismas de inconclusa profundidad, puede encontrarse
el castillo en ruinas de la decadente casa que alguna vez supo gobernar ese
páramo siniestro y los cenagales próximos. Sus herederos aún viven en su
interior, junto a las ratas y los escombros, en la miseria y la maraña de
ladrillos y seda. Se alimentan de musgos, de las arañas y moscas que han sabido
dominar las esquinas, los muebles chamuscados, las ornamentadas lámparas del
techo. Llevan siglos muriendo, han sido velados y llorados una y otra vez hasta
el olvido, pero sobreviven. Meros espectros, vampiros de sol y luna. Ni el más
voraz fuego pudo acabar con la roca y el mármol del opulente palacio de
torreones altos y murallas devastadas en cuyo centro se ubica del templo de los
espejos.
La casa de las cosas es una peste, una plaga que
todo lo corroe y que aún se extiende más allá de los pantanos y hasta las
aldeas. En su propia decadencia actúan invisibles, muertos hasta para ellos
mismos. Se ocultan en las idénticas pinturas que decoran las amplias galerías,
repetidos paisajes y retratos de rostros sin características. Corren al ver la
luz de una antorcha, el fuego es una herida misteriosa en sus cuerpos sin
memoria. Cobardes, sus tesoros fueron saqueados hace ya eones. Pocos motivos
hay para recorrer los pasillos de tierra y humedad.
Sin embargo, si se logra atravesar el laberinto
de numerosos jardines y corrales, más allá de los estropeados murales, las
drenadas fuentes de estatuas decapitadas de similar arquitectura, escondido
entre un bosque de troncos secos, puede encontrarse el herético templo de la
casa de las cosas, donde todo parece haber escapado al fuego, aunque no al
tiempo. Las cortinas que tapan los vitrales son de un tono violeta desteñido,
algunas columnas yacen en ruinas, y las pisadas son marcadas en la espesa capa
de polvo que cubre el suelo. A través de un tragaluz se filtran la
luminiscencia del sol y la luna, dando de lleno en una serie de espejos de
único tamaño. Dispuestos en caótico
orden, es imposible encontrar lógica al bizarro reflejo que esas arcaicas
superficies de plata pulida devuelven.
Un viejo cuento narra que en plenilunio puede
verse, desde el centro de la cámara circular, un espejo oculto cuya imagen
revela la verdadera identidad de quien observa. Es solo un cuento antiguo, una
falacia, pues cuando me miro de lleno en él, solo veo polvo y enredaderas.