sábado, 28 de diciembre de 2019

En el templo de la casa de las cosas

Hay una cámara llena de espejos en el templo de la casa de las cosas.
Descendiendo por un sendero de barro apenas iluminado por las estrellas, entre los matorrales vigilados por desvencijados estandartes de olvidada heráldica, y marismas de inconclusa profundidad, puede encontrarse el castillo en ruinas de la decadente casa que alguna vez supo gobernar ese páramo siniestro y los cenagales próximos. Sus herederos aún viven en su interior, junto a las ratas y los escombros, en la miseria y la maraña de ladrillos y seda. Se alimentan de musgos, de las arañas y moscas que han sabido dominar las esquinas, los muebles chamuscados, las ornamentadas lámparas del techo. Llevan siglos muriendo, han sido velados y llorados una y otra vez hasta el olvido, pero sobreviven. Meros espectros, vampiros de sol y luna. Ni el más voraz fuego pudo acabar con la roca y el mármol del opulente palacio de torreones altos y murallas devastadas en cuyo centro se ubica del templo de los espejos.
La casa de las cosas es una peste, una plaga que todo lo corroe y que aún se extiende más allá de los pantanos y hasta las aldeas. En su propia decadencia actúan invisibles, muertos hasta para ellos mismos. Se ocultan en las idénticas pinturas que decoran las amplias galerías, repetidos paisajes y retratos de rostros sin características. Corren al ver la luz de una antorcha, el fuego es una herida misteriosa en sus cuerpos sin memoria. Cobardes, sus tesoros fueron saqueados hace ya eones. Pocos motivos hay para recorrer los pasillos de tierra y humedad.
Sin embargo, si se logra atravesar el laberinto de numerosos jardines y corrales, más allá de los estropeados murales, las drenadas fuentes de estatuas decapitadas de similar arquitectura, escondido entre un bosque de troncos secos, puede encontrarse el herético templo de la casa de las cosas, donde todo parece haber escapado al fuego, aunque no al tiempo. Las cortinas que tapan los vitrales son de un tono violeta desteñido, algunas columnas yacen en ruinas, y las pisadas son marcadas en la espesa capa de polvo que cubre el suelo. A través de un tragaluz se filtran la luminiscencia del sol y la luna, dando de lleno en una serie de espejos de único tamaño.  Dispuestos en caótico orden, es imposible encontrar lógica al bizarro reflejo que esas arcaicas superficies de plata pulida devuelven.
Un viejo cuento narra que en plenilunio puede verse, desde el centro de la cámara circular, un espejo oculto cuya imagen revela la verdadera identidad de quien observa. Es solo un cuento antiguo, una falacia, pues cuando me miro de lleno en él, solo veo polvo y enredaderas.