viernes, 29 de marzo de 2019

En cualquier eón que pinte.




A vos la luz te cegó de manera permanente. Solo podías oír sobre la maravilla de los efectos. Las marcas perladas en el horizonte, las cúpulas que surgieron en el sur, los tonos itinerantes en las mareas.  Esperabas que al final de los días todo fuera gris y óxido. Querías verlo, tener tus ojos invadidos por la gloria de colores inexistentes. Pero a vos la primera luz de la mañana te cegó prematuramente.  Como si el futuro de la existencia no te considerase un ser digno de verlo. El primer rayo borró las facciones de tu rostro y caíste al suelo desdeñado. Dolió más la expectativa que el golpe. El suelo también había sufrido cambios, pero no lograbas dar con una definición para dichas variaciones. Antes era todo tan visual, otros sentidos carecían en comparación.
La gente a tu alrededor también padeció mutaciones.  En la gran mayoría, el resultado era la simple y pesarosa muerte. Pero quienes sobrevivieron hablaron de garras, plumas aladas y cueros hirsutos. Nuevas especies para un nuevo mundo, dijeron. Y esas fueron las últimas palabras que escuchaste. Lo que siguió fue un caos de gritos de lujuria y algarabía que se tornaron gradualmente en inconexos gemidos roncos. Cuando la música salvaje se detuvo y te encontraste con nada más que el viento meciendo las hojas en los árboles trataste abrir tus alas, pero no las sentiste en tu espalda, trataste de incorporarte sobre tus patas, aferrandote al barro con tus garras, tus pezuñas, tus dedos, pero no sentiste que tuvieras patas, garras, pezuñas, o dedos.  Con suma resignación te arrastraste hasta una estructura ruinosa, te moviste lentamente a través del pantano, porque todo era ahora un gran pantano húmedo y desolado.
Yaciste entre las rocas y los árboles que poblaron las fangosas tierras por un tiempo indeterminado que consideraste eterno.   Al principio creíste que la ceguera podía llegar a ser una bendición, que tus otros sentidos se volverían más certeros, agudos, que nuevas, inefables habilidades habían sido desbloqueadas solo para vos; sin embargo, no tardaste en notar que tus esperanzas eran vanas, que ahora tu dominio había sido reducido al de un cuerpo inerte y desmembrado.  Presa fácil en un mundo primitivo. El adormecimiento de tus partes y la ceguera convirtieron pensar tu cuerpo en una experiencia similar a pensar lo irresoluto, un gran vórtice negro que te hacía retorcer de dolor y negación. Una larva atroz aguardando eclosionar. Sola, indefensa. Un cadáver en una bolsa esperando ser. Quien realmente eras estaba dentro, y no estaba en ningún lugar.
Te alimentaste del suelo, de las gotas de rocío en las hojas de las plantas. Hincabas tu boca desdentada en la profundidad de los tallos y succionabas. Y te odiabas por ello. El universo había otorgado a la otredad acechante colmillos como dagas y esqueletos firmes. A vos, la gradual perdida de los sentidos y la humillación de quién se arrastra.
Por eso, cuando el depredador llegó lo esperaste con ansias. Una muerte rápida, una muerte como certeza de haber vivido. Cuando el cuerpo duele, pensaste, el cuerpo se torna certeza. Y todo lo que querías de este nuevo mundo era la validación del dolor y la sangre.
Entonces dudaste de la sangre. No supiste qué emanaría de tu piel cuando las fauces te rasgaran y trozaran. Lo que fuera que tu cuerpo secretaría al ser vulnerado, no sería sangre. Y temiste. Temiste a esa muerte voladora que se acercaba zumbando. Y te escondiste entre las flores.
Nunca te había importado demasiado la extinción de una especie determinada. Considerada la magnitud del cosmos, el inicio y el final, la gloria y el ocaso de una criatura no comprendían más que un suspiro. Pero cuando la especie eras vos, era diferente. La entera existencia colapsaría sin tu presencia, pequeño gusano sin patas ni ojos. Fue como un impulso heredado, un instinto de supervivencia, quizás. Algo que no sabías había sido escrito en tu cerebro cuando sufriste la transformación. No solo no sabías quién eras en el ecosistema, ahora tampoco sabías si tu percepción del entorno era realmente tuya, o si la luz había grabado algo más, si te había transformado de otra manera. Anhelabas la muerte más que nada. Este mundo ya no te pertenecía, y ya tampoco te pertenecía el cuerpo que portabas.
Entonces viviste, sin embargo, viviste. Aprendiste, con el tiempo, que tu cuerpo al arrastrarse dejaba una sustancia resinosa que otras criaturas consideraban de sumo valor. Y marchaste junto a ellas. No podías verlas, no podías figurar sus formas, sus marcos y ángulos, los límites de sus cuerpos. No te interesaba, las señales que recibías a través de la integridad de tu corteza eran positivas. Ellas te querían a su alrededor, te protegían del depredador.
Y el tiempo sucedió, aprendiste a distinguir el día de la noche, el débil calor de la suave brisa. Descubriste que de tu boca podías excretar un material conciso, resistente, y te resultó inevitable construir un sarcófago, un monolito en cuyo interior descansar. Y descansaste, sin comida, ni bebida, abandonaste tu cuerpo al candor del encierro. Y no importó.
Cuando despertaste sentiste tus extremidades arder en expectativa. Te cegaban las oscuras paredes del capullo y deseabas ver. Porque de repente sabías que tus ojos podían ver. Tus múltiples ojos añoraban la forma y la textura de los colores y las sombras. La sombría y palpitante crisálida que había sido tu hogar era ahora tu prisión. Así que, sencillamente, abriste tus alas, porque de repente sabías que tenías alas, y te entregaste al mundo exterior.
Vislumbraste el páramo de árboles vibrantes, las rojas frutas que despertaron tu hambre, y decenas de criaturas que habitaban la tierra, compartiendo el territorio y matándose por él.  Todo era como lo recordabas. Pura basura. El nuevo mundo era igual al anterior, ahora con alas y rugidos de bestias en el corazón de la selva. Grandes mamíferos, pequeñas aves, peces símiles. Insectos y artrópodos repitiendo la misma secuencia de actividades, una y otra vez, para siempre. El vacío está lleno de eternidades. Tiempos de labor, ciclos de apareamiento, protección de la lluvia, comida, bebida y deposición. Huida del depredador, depredación. Nacimiento y muerte. Todo tan manufacturado para perpetuar el vacío, el vacío que lo abarca todo.  Te sentías tan disgustada, pequeña monarca, con tu cuerpo frío y desmembrado, con la ceguera torpe que te alejaba del mundo, del día, de la vida. Deseabas tanto pertenecer, poder seguir el camino trazado. Pero cuando volaste y tus alas tuvieron los colores del prado y ya nadie pudo dudar de tu belleza, no dejaste de sentirlo. Porque no podés pertenecer al mundo cuando no perteneces a tu cuerpo.
Huiste, una vez más. Esta vez del páramo. Tus alas te ayudaron a alcanzar alturas impresionantes, rozar las copas de los árboles, sentir la pureza de la brisa lejana. Tal era tu deseo de volar, de escapar, que no atinaste a ver las ramas torcidas y la sinuosa red que se tendía entre ellas. Caíste en la trampa, y ya no importaba cuánto forcejearas, no había escapatoria.
Y eso es lo que no entiendo. Lo que sinceramente no entiendo. Seguís agitando tu cuerpo, tratando de zafarte de las telas. Pero años de evolución debieron enseñarte ya que tus movimientos no hacen más que alertar a la cazadora que dormita en el centro. Aun así, no te resignas, seguís agitando tus alas moteadas, moviendo tu cuerpecito maltrecho. Como si sirviera de algo, como si hubiera otra salida. Como si existiera una alternativa a la resignación.


jueves, 7 de marzo de 2019

Anotaciones postapocalípticas

Se reduce a una mera tendencia a. Un impulso que puede ser frenado y un sistema de herramientas a disposición  de quien desee utilizarlas. Esto es, por supuesto, ignorado por les desdichades habitantes del planeta. Llaman al impulso instinto y han planeado y construido su plena sociedad en torno a él. La directriz absoluta; el impulso denominado instinto, resulta entonces incuestionable. La ilusión de inevitabilidad ha llevado al pueblo a la ruina. Ya que el instinto ha ordenado total aniquilación de la especie.
Es, claro está, una mera tendencia a, un impulso que puede ser frenado. Sin embargo, los cadáveres llenan los senderos y  atiborran los hogares y ya no queda quién pueda exhumarlos.

El café acá tiene el sabor de las más inenarrables catástrofes que azotan el universo. Como si los granos se hubieran alimentado de toda la basura y el desprecio arrojados al espacio exterior.
Alternativamente, solo es un mal café.
Un mal café es probablemente la más inenarrable catástrofe que azota al universo.

¿Qué forma toma el desprecio cuando viaja a través del espacio, recolectando sedimentos y polvo estelar? ¿Qué forma se verá a través de los telescopios que anunciarán su regreso?

La hoja está convencida de que ha logrado, finalmente, abandonar el yugo del árbol y el árbol asegura que se ha deshecho de la hoja. Imperturbable, el otoño hace su trabajo. No le importa.
El crujido bajo tus botas en el parque. El frío de la mañana bajo un pétreo cielo bochornoso. Los primeros días de mayo están enmarcados en la memoria. Una toma perfecta que no puede ser reiterada. Las fotografías que pudimos tomar y no lo hicimos.
Fatal resulta que la realidad empalidezca ante un recuerdo casual.

La cantidad de sombreros en este lugar se ha logrado mantener en cero por años. La aparición de uno podría poner en peligro al ecosistema entero.

Café barato en tazas de plástico y la tragedia del desencanto.

Sos muy joven para ser como yo. 

Peligro de tormenta en un mundo de café instantáneo.

¿Qué te hicieron para que tengas miedo de ser transparente?

La determinación es fácil con mil colchones en el suelo.

Perdón por las incoherencias.

Soy muy joven para ser como yo.