Ya
sé que te vas a enojar si llego tarde. ¿Pero alguna vez atravesaste una nave
argoniana por tu cuenta? Curiosas criaturas, la gente de Argonia. En algún
momento de su longeva historia adoptaron un absurdo culto al laberinto, y eso
se refleja en su arquitectura. Todas sus construcciones son un cumulo
indescriptible de paredes falsas y puertas inútiles. Abundan las esquinas,
constantes ángulos rectos que tornan difusa la navegación. Presta a la
confusión el constante verde fluorescente del laberintium con el que erigieron
las cúspides eternas de sus ciudades y la entera flota que navegó el océano
infinito por eones. Laberintium es el nombre con el que, en nuestra limitada
lengua, designamos a ese metal tan resistente como la piedra, y tan leve como
el vidrio. En la lengua de los argonianos el material lleva un irreproducible
nombre que es tanto un poema como un trabalenguas. O eso dicen. Aun entre los
restos de esta arcaica nave los pasillos estrechos convergen en la oscuridad,
me atrapan. Me han atrapado, y ni siquiera tuvieron que buscarme para hacerlo.
Me infiltré sin necesidad de invitación en este cascaron vacío flotando a la
deriva en las mareas de Magallanes. No por mi cuenta, sino por tu absoluta
voluntad y la nulidad de la mía. Me siento en el glacial suelo de este eterno
bosque de muros y escaleras y contemplo arder la llama dentro del farol. Aún
con el equipo correcto no pude evitar extraviarme, y ahora dudo poder cumplir
mi promesa de llegar a tiempo. Habrán pasado ya seis horas desde que abrí la
escotilla y me adentré en el laberinto, los seis grandes khanes deben estar
asolando Samarcanda en el hemisferio sur. El sol se pone en Kew y nada cambia
en la pequeña estación espacial orbitando el planeta de agua. ¿Todavía me
esperás o dudás de mí?
Soy
como una pequeña criatura atrapada en arenas movedizas. Me he convencido de la
futilidad de mi lucha contra la fuerza que me empuja hacia las profundidades y
ahora solo espero, infinita en resignación. Lentamente se consume la llama,
parsimoniosamente se agotan las provisiones, curiosamente, mi paciencia sigue
intacta. No es que no me moleste llegar tarde, no es que no lo haya intentado,
de hecho, he dado lo mejor de mí. Es solo que fue inevitable perderse. No hay
una lógica detrás de la arquitectura, es el producto de la vanidad de entidades
muy antiguas, muy poderosas. Pero sé que no creerías si te dijera que me
atraparon unas cuantas paredes. Sos incapaz de creer que mis acciones no son el
producto de una venganza secreta. Después de todo, yo debería entender de
laberintos; todo tumultuoso caos de enmarañados enredos es mi hábitat natural.
Vos
me enseñaste los principios básicos de navegación y mapeo de catacumbas. En
Creta, Ariadna entregó a Teseo un ovillo de hilo para que este no se perdiera.
En casa, vos utilizaste ese mismo ovillo de hilo, y muchos más para construir
un meticuloso paisaje de enredaderas y callejones sin salida que yo debía recorrer
para ir de una habitación a otra. Apagaste las luces y me entregase una vela.
Rociaste de espinas el suelo para que no me detuviera nunca. Y luego hablaste,
me guiaste con tu profunda voz hasta el rincón más recóndito de la tumba, y
luego a la izquierda, y luego a la izquierda. Cuando la vela se apagó, cuando
el tiempo y tu paciencia se agotaron, decidiste que no valía la pena el
esfuerzo. Y la voz enmudeció. Aguardé por horas en absoluta oscuridad y
silencio. Pero no regresaste. Aguardé la sangrienta y rauda muerte a manos de
un minotauro que nunca existió. Sin embargo, en la profundidad de la noche
eterna y en la sórdida calma del silencio, aprendí, no a caminar el laberinto,
sino a dormir sobre espinas. Me tomó años volver a moverme, volver a tantear el
entramado, me tomó mucho más tiempo descubrir que podía morder el hilo hasta
romperlo. Entonces regresaste, y de la mano me llevaste, y de la mano me dejé
llevar hasta otra trampa, y a otra. No me resultó difícil pensar que vos eras
mi culpa. Tampoco fue complicado no hacer nada al respecto. Ahora ni siquiera
tenés que fabricar tus propias instalaciones, una entera civilización lo ha
hecho por vos.
Curiosas
criaturas habitaron Argonia, pero no eran las únicas. En todo su poderío, en su
borrachera de ostentación, los argonianos edificaron incongruentes cámaras por
millones, pero no lo hicieron para destruir a los suyos, pues, como es sabido,
los argonianos podían abrir sus alas a su antojo y echarse a volar. Las grandes
prisiones fueron construidas para atrapar a las otras bestias que vivían en su
planeta. No es posible saber si fueron pensadas como mecanismos de defensa,
pero durante los largos milenios que duró su imperio, el laberinto se convirtió
en un símbolo de poder, en un símbolo de dominación. Arrojaban a sus enemigos,
a sus esclavos y los observaban fracasar desde el cielo. A fin de cuentas, todo
templo fue un gran circo. Se sabían en control, sabían que podían terminar con
la tortura con un mero agitar de sus alas, y esa sensación de poder se convirtió
en una adicción. Pronto no alcanzaron las bestias de su tierra natal,
necesitando saciar esa sed infinita tuvieron que construir imprácticas e
impenetrables naves y conquistar las estrellas. Y así lo hicieron, pues eran
muy poderosos y nada les era inalcanzable. Es imposible dilucidar si la
arquitectura laberíntica de los navíos tenía un propósito o si los numerosos
siglos dejados al caos los habían hecho olvidar cualquier otra forma de
construcción.
Es
cierto, si tuviera alas podría salir volando de aquí. Me reprocharás no
tenerlas, pero no hay nada que pueda hacer al respecto. Lo que puedo hacer es
trepar las paredes, los altos muros, el frío metal verdoso. ¿Ves? ¿Ves que
puedo hacer cosas inteligentes de vez en cuando? El puente debe estar a pocos pasos,
desde allí son solo unos pocos metros, apretar un botón, abrir la escotilla y
escapar. Aunque quizás ya sea demasiado tarde.
¿Conocés
la tragedia de los sabios argonianos? Por supuesto que la conocés, es una
historia que te conté innumerables veces. Salieron de Argonia, dejando sus
ridículas edificaciones en su camino y un día se esfumaron misteriosamente.
Misterioso misterio. Quedaron sus absurdos navíos flotando a la deriva en el
espacio profundo, sus torres, corruptas por la erosión se desmoronaron, su
planeta madre, una inhóspita tundra plagada de ruinas vacías. Solo que no se
esfumaron, quedaron atrapados en sus propios laberintos, y lentamente murieron
de hambre. Irónico, ¿no? Eran tan sabios y tan antiguos que olvidaron los
estragos que la edad hace en el cuerpo. Y un día agitaron sus alas y las alas
no respondieron. ¿Te imaginás sus caras cuando descubrieron que no les iba a
ser posible escapar de sus propias trampas?
¿Te
imaginás la cara que vas a poner cuando la suposición de que no llegué a tiempo
se convierta en una certeza? ¿Te hacés a la idea de quedarte solo, en una
metálica capsula orbitando las cenizas de un planeta extinto? Porque
tranquilamente podría tropezar en el camino, podría no llegar a reactivar los
motores que alimentan las pantanosas aguas de Kew, podría no alcanzar a colocar
el combustible en los tanques antes de que el contador llegue a cero o a ikbh,
como llamaban en Argonia al número cero. Bueno, quizás eso me lo inventé. De
todos modos, podría dejarte sin nada en el universo más que la vana esperanza
de que llegue un buque a rescatarte antes de que el oxígeno en la estación
espacial llegue a ikbh.
Pero
nunca lo hago, siempre llego a reactivar los motores, a recargar el
combustible, a salvar el planeta. Y vos siempre me reprochas haber tardado
demasiado, y siempre me volvés a enviar al laberinto con la certeza de que voy
a traicionarte. Sin embargo, nunca lo hago, porque no hay nadie más en el
universo, y la soledad es un laberinto tan complejo que no necesita de paredes
ni cuerdas para acorralarte.