lunes, 12 de marzo de 2018

La versión intergaláctica de una persona con el corazón roto





Ya sé que te vas a enojar si llego tarde. ¿Pero alguna vez atravesaste una nave argoniana por tu cuenta? Curiosas criaturas, la gente de Argonia. En algún momento de su longeva historia adoptaron un absurdo culto al laberinto, y eso se refleja en su arquitectura. Todas sus construcciones son un cumulo indescriptible de paredes falsas y puertas inútiles. Abundan las esquinas, constantes ángulos rectos que tornan difusa la navegación. Presta a la confusión el constante verde fluorescente del laberintium con el que erigieron las cúspides eternas de sus ciudades y la entera flota que navegó el océano infinito por eones. Laberintium es el nombre con el que, en nuestra limitada lengua, designamos a ese metal tan resistente como la piedra, y tan leve como el vidrio. En la lengua de los argonianos el material lleva un irreproducible nombre que es tanto un poema como un trabalenguas. O eso dicen. Aun entre los restos de esta arcaica nave los pasillos estrechos convergen en la oscuridad, me atrapan. Me han atrapado, y ni siquiera tuvieron que buscarme para hacerlo. Me infiltré sin necesidad de invitación en este cascaron vacío flotando a la deriva en las mareas de Magallanes. No por mi cuenta, sino por tu absoluta voluntad y la nulidad de la mía. Me siento en el glacial suelo de este eterno bosque de muros y escaleras y contemplo arder la llama dentro del farol. Aún con el equipo correcto no pude evitar extraviarme, y ahora dudo poder cumplir mi promesa de llegar a tiempo. Habrán pasado ya seis horas desde que abrí la escotilla y me adentré en el laberinto, los seis grandes khanes deben estar asolando Samarcanda en el hemisferio sur. El sol se pone en Kew y nada cambia en la pequeña estación espacial orbitando el planeta de agua. ¿Todavía me esperás o dudás de mí?
Soy como una pequeña criatura atrapada en arenas movedizas. Me he convencido de la futilidad de mi lucha contra la fuerza que me empuja hacia las profundidades y ahora solo espero, infinita en resignación. Lentamente se consume la llama, parsimoniosamente se agotan las provisiones, curiosamente, mi paciencia sigue intacta. No es que no me moleste llegar tarde, no es que no lo haya intentado, de hecho, he dado lo mejor de mí. Es solo que fue inevitable perderse. No hay una lógica detrás de la arquitectura, es el producto de la vanidad de entidades muy antiguas, muy poderosas. Pero sé que no creerías si te dijera que me atraparon unas cuantas paredes. Sos incapaz de creer que mis acciones no son el producto de una venganza secreta. Después de todo, yo debería entender de laberintos; todo tumultuoso caos de enmarañados enredos es mi hábitat natural.
Vos me enseñaste los principios básicos de navegación y mapeo de catacumbas. En Creta, Ariadna entregó a Teseo un ovillo de hilo para que este no se perdiera. En casa, vos utilizaste ese mismo ovillo de hilo, y muchos más para construir un meticuloso paisaje de enredaderas y callejones sin salida que yo debía recorrer para ir de una habitación a otra. Apagaste las luces y me entregase una vela. Rociaste de espinas el suelo para que no me detuviera nunca. Y luego hablaste, me guiaste con tu profunda voz hasta el rincón más recóndito de la tumba, y luego a la izquierda, y luego a la izquierda. Cuando la vela se apagó, cuando el tiempo y tu paciencia se agotaron, decidiste que no valía la pena el esfuerzo. Y la voz enmudeció. Aguardé por horas en absoluta oscuridad y silencio. Pero no regresaste. Aguardé la sangrienta y rauda muerte a manos de un minotauro que nunca existió. Sin embargo, en la profundidad de la noche eterna y en la sórdida calma del silencio, aprendí, no a caminar el laberinto, sino a dormir sobre espinas. Me tomó años volver a moverme, volver a tantear el entramado, me tomó mucho más tiempo descubrir que podía morder el hilo hasta romperlo. Entonces regresaste, y de la mano me llevaste, y de la mano me dejé llevar hasta otra trampa, y a otra. No me resultó difícil pensar que vos eras mi culpa. Tampoco fue complicado no hacer nada al respecto. Ahora ni siquiera tenés que fabricar tus propias instalaciones, una entera civilización lo ha hecho por vos.
Curiosas criaturas habitaron Argonia, pero no eran las únicas. En todo su poderío, en su borrachera de ostentación, los argonianos edificaron incongruentes cámaras por millones, pero no lo hicieron para destruir a los suyos, pues, como es sabido, los argonianos podían abrir sus alas a su antojo y echarse a volar. Las grandes prisiones fueron construidas para atrapar a las otras bestias que vivían en su planeta. No es posible saber si fueron pensadas como mecanismos de defensa, pero durante los largos milenios que duró su imperio, el laberinto se convirtió en un símbolo de poder, en un símbolo de dominación. Arrojaban a sus enemigos, a sus esclavos y los observaban fracasar desde el cielo. A fin de cuentas, todo templo fue un gran circo. Se sabían en control, sabían que podían terminar con la tortura con un mero agitar de sus alas, y esa sensación de poder se convirtió en una adicción. Pronto no alcanzaron las bestias de su tierra natal, necesitando saciar esa sed infinita tuvieron que construir imprácticas e impenetrables naves y conquistar las estrellas. Y así lo hicieron, pues eran muy poderosos y nada les era inalcanzable. Es imposible dilucidar si la arquitectura laberíntica de los navíos tenía un propósito o si los numerosos siglos dejados al caos los habían hecho olvidar cualquier otra forma de construcción.
Es cierto, si tuviera alas podría salir volando de aquí. Me reprocharás no tenerlas, pero no hay nada que pueda hacer al respecto. Lo que puedo hacer es trepar las paredes, los altos muros, el frío metal verdoso. ¿Ves? ¿Ves que puedo hacer cosas inteligentes de vez en cuando? El puente debe estar a pocos pasos, desde allí son solo unos pocos metros, apretar un botón, abrir la escotilla y escapar. Aunque quizás ya sea demasiado tarde.
¿Conocés la tragedia de los sabios argonianos? Por supuesto que la conocés, es una historia que te conté innumerables veces. Salieron de Argonia, dejando sus ridículas edificaciones en su camino y un día se esfumaron misteriosamente. Misterioso misterio. Quedaron sus absurdos navíos flotando a la deriva en el espacio profundo, sus torres, corruptas por la erosión se desmoronaron, su planeta madre, una inhóspita tundra plagada de ruinas vacías. Solo que no se esfumaron, quedaron atrapados en sus propios laberintos, y lentamente murieron de hambre. Irónico, ¿no? Eran tan sabios y tan antiguos que olvidaron los estragos que la edad hace en el cuerpo. Y un día agitaron sus alas y las alas no respondieron. ¿Te imaginás sus caras cuando descubrieron que no les iba a ser posible escapar de sus propias trampas?
¿Te imaginás la cara que vas a poner cuando la suposición de que no llegué a tiempo se convierta en una certeza? ¿Te hacés a la idea de quedarte solo, en una metálica capsula orbitando las cenizas de un planeta extinto? Porque tranquilamente podría tropezar en el camino, podría no llegar a reactivar los motores que alimentan las pantanosas aguas de Kew, podría no alcanzar a colocar el combustible en los tanques antes de que el contador llegue a cero o a ikbh, como llamaban en Argonia al número cero. Bueno, quizás eso me lo inventé. De todos modos, podría dejarte sin nada en el universo más que la vana esperanza de que llegue un buque a rescatarte antes de que el oxígeno en la estación espacial llegue a ikbh.
Pero nunca lo hago, siempre llego a reactivar los motores, a recargar el combustible, a salvar el planeta. Y vos siempre me reprochas haber tardado demasiado, y siempre me volvés a enviar al laberinto con la certeza de que voy a traicionarte. Sin embargo, nunca lo hago, porque no hay nadie más en el universo, y la soledad es un laberinto tan complejo que no necesita de paredes ni cuerdas para acorralarte.