Ella entre las
rocas. Su cuerpo pálido y desnudo, como la marea, se baña en incoloras aguas y
aroma a sal. Vierte de sus ojos la gris
matriz de los arrecifes de coral que se pierden en el desvestido fondo. Sus
ojos como resplandecientes perlas reflejan la luz del sol. Pálida y cristalina,
luna impulsora de las mareas que todo lo limpian, de su cuerpo pálido y
desnudo, como la ternura, brotan los ríos y el océano. Ella es la corriente, a
la vez tan sólida y tan vacía, sus escamas se convierten en vellos y piel al
abandonar la orilla. Dorada entre las rocas, asoman sus piernas de mujer y
reprocha al sol por esos infinitos colores que la bañan en arcoíris. Toma unas
prendas anónimas y se disfraza de ciudad. Alejada de la costa es quien no es.
Pocos conocen su identidad real, sus aletas, su templo de coral, amarillo de
peces e hipocampos.
Eventualmente
vuelve, se desnuda y se zambulle. Infinita entre las olas. Entre la más pura
agua pura y sincera como el amor, como sus inacabados vestidos de color y luz.
La observa pero ya
no más. Imposible ocultar la herida emanando arroyos que desembocan en su
desgracia, cristalina de pétalos. Ya nunca va a nadar en aguas turbias. Porque
ahora la ve, entre las olas nadando, mientras su rojo anaranjado de las flores
del cielo se vuelve negro como la inmensidad de los vértices y los pliegues en
las rocas, como una reconocida aleta de delfín deformándose en dientes
infinitos de tiburón arrancando la carne, la sangre, los pelos, los huesos,
como el miedo que escala por la espina congelándolo todo con su beso frío como
los besos. Y rehúye, en la penumbra, entre la cortina de lluvia, ese encuentro
buscado y ahora indeseado, indeseado y amado; porque ahora piensa, en la
lluvia, en su rojo coral, en los ojos de la sirenita tendiéndose sobre las
sábanas, en sus uñas inhalando temores. Impolutas perlas, esculpidas esmeraldas
brillan en la oscuridad y no recuerda haber sido jamás tocado por esas glaucas
manos que se postran inertes sobre las rocas; esas no eran las manos que
tocaban la lluvia, nunca tan verdes ni tan mamíferas manos de pez y sirenita y
escamas. Y cuántas otras máscaras emergen mientras se acerca a la orilla y
largas, tersas piernas surgen y se deshace de las películas y el olor a mar.
La observa irse
entre las rocas, menuda de signos; ya no por amor, sino por la necesidad
imperante de combatir la soledad. Como si fuera incapaz de procesar las
evidencias crueles que bailan en el ambiente, incapaz de admitir que ningún
rostro atlántico llegará jamás a la superficie. En lo profundo de los arrecifes
están las suaves manos que erizaron cada vello en su cuerpo, las revoluciones
secretas; tanto empeño y momentos sepultados en la arena fina, en cofres de
agua, cadáveres desteñidos de caras y amor naufragando entre los peñascos, recuerdos
felices estrellándose entre las rocas mientras la sirenita, indómita, toma su
cuerpo irreal y lo torna real. O no. Espejos. Torbellinos bajo el agua
volteando todos los paradigmas. Descubrirse parte del espejismo, el espejismo;
interminable pesadilla que se reitera.
Perdido y el sol
increpando los ojos exprimidos entre arena y dolor, húmedo y golpeado entre los
restos del naufragio, arañando la corteza de un árbol en búsqueda de alimento.
Arañando los vértices. Recordando cuando llegaron las olas, cuando hundieron
los barcos, cuando arrasaron las huellas, cuando inundaron los pasillos de los
castillos en la ribera. Los recuerdos fluyen. Cómo era el calor. Cómo llegaron.
Cómo subieron las escaleras, estropeando la alfombra. Cómo abrieron la puerta,
cómo tomaron asiento y se lavaron las manchas, las marcas en las paredes. Ahora
el gran océano lo clama todo. La ve vestirse, la ve tomar la llave y
zambullirse en silencio. Otra vez,
infinita entre las olas.