domingo, 15 de julio de 2018

A button you press to stop the chaos, that doesn't work


Llegó en tu peor momento. Eras una boxeadora contra las cuerdas, la capitana de un barco en arenas movedizas. No te quedaba mucho tiempo, solo dos rounds más y estabas fuera. El mundo era un espejo de rostros espectrales y ella vino como algo más que un fantasma, una entidad tangible repleta de ejes y vértices que tocaron la tierra y se mancharon de un barro tan nítido que acariciarla con tus dedos fue la única prueba necesaria de la realidad. Regresaste a la pelea, ganaste por knock-out, desanclaste del fondo de la nada misma.
Y fuiste tan afortunada, ella era una persona muy exigente.  ¿Qué la hizo enamorarse de vos? ¿Acaso un retazo de memoria paleoprotozoica, de aquellos tiempos en los que no eran más que bacterias aguardando a causar la gran oxidación? ¿O tal vez una simple concordancia cósmica de estímulos cerebrales secretos?
Ella simplemente te sentó en la cama y no pudiste hacer más que verla convertirse en parte de tu vida. Era tu heroína y tu damisela en peligro.

Y la ves entrar por la puerta con bolsas de compras y su pesada mochila. Sus ojos, enmascarados, connotan un brillo de dulzura al mirarte. Deja la mochila en una de las sillas del comedor y las bolsas en el suelo antes de correr a abrazarte, a besarte, a recorrer con sus finos dedos la enmarañada extensión de tus cabellos y tus brazos. Hasta la fría cerámica de los zócalos se ilumina con su arribo. Es como la lluvia, tan pequeña, tan bienvenida. Radiante al soltarse y dejarse deslizar como patinando hasta la cocina. Prepara un té, y otro para vos. Tres de azúcar. Una cucharadita de miel y galletitas de avena y chocolate. Susurra su canción y escucha tus problemas surgir en busca de oxígeno. Crees que tus problemas no merecen la pena, crees que no la mereces, pero sus palabras solemnes, su himno de resolución ahoga tus quejas. Le importás, deberías acostumbrarte a importar. Esto es lo que siempre quisiste. Tuviste suerte. Tocó tu hombro y se enamoró de vos, te besó hasta que aprendiste a repetir su nombre en sueños. Tuviste suerte. Otra cucharadita de miel, tus facturas favoritas. Lavan las tazas y los platitos juntas. Se quita el pulóver para no mojar las largas y pesadas mangas tejidas con esmero. La ves y pensás en lo afortunada que sos. Ella es un oasis en un océano de arena, una lamparita que nunca se apaga. Y su cuerpo fluye armonioso, como agua entre las piedras.
Ahora te toma de la mano y te arrastra a la cama, donde te dejás caer con suavidad y tu rostro se transforma felino mientras curvas una sonrisa y la mirás a los ojos. Sus pupilas serenas, como peces danzarines en un arroyo de fervor.  Ella es tu reina y la sacerdotisa de tu templo, la que ceremoniosamente te despoja de tus ataduras, de las vestiduras que te ligan al mundo y las deja caer con suavidad en el suelo. Recorre tu espalda con las yemas de sus dedos, con sus húmedos labios dibuja contornos en tu piel, figuras abstractas, cardinales. Nunca te abrasó un fuego tan suave, tan sutil incendio recorrés serpenteando, rozando sus pechos y su vientre con tus labios, palpitando sus muslos y su clítoris con el canto de tus dedos.  Ella es como el verano. Largas noches de ventanas abiertas. Es perfecta, tan bella y tan cristalina. Ella es lo que siempre quisiste.
Cerrás los ojos cuando estás por alcanzar el clímax y pensás en su nombre, te repetís su nombre y crees que es una persona hermosa. Y realmente es una persona hermosa, pero no sentís un carajo por ella.