Llegó en tu peor
momento. Eras una boxeadora contra las cuerdas, la capitana de un barco en
arenas movedizas. No te quedaba mucho tiempo, solo dos rounds más y estabas
fuera. El mundo era un espejo de rostros espectrales y ella vino como algo más
que un fantasma, una entidad tangible repleta de ejes y vértices que tocaron la
tierra y se mancharon de un barro tan nítido que acariciarla con tus dedos fue
la única prueba necesaria de la realidad. Regresaste a la pelea, ganaste por knock-out,
desanclaste del fondo de la nada misma.
Y fuiste tan
afortunada, ella era una persona muy exigente.
¿Qué la hizo enamorarse de vos? ¿Acaso un retazo de memoria
paleoprotozoica, de aquellos tiempos en los que no eran más que bacterias aguardando
a causar la gran oxidación? ¿O tal vez una simple concordancia cósmica de
estímulos cerebrales secretos?
Ella simplemente te
sentó en la cama y no pudiste hacer más que verla convertirse en parte de tu
vida. Era tu heroína y tu damisela en peligro.
Y la ves entrar por
la puerta con bolsas de compras y su pesada mochila. Sus ojos, enmascarados,
connotan un brillo de dulzura al mirarte. Deja la mochila en una de las sillas
del comedor y las bolsas en el suelo antes de correr a abrazarte, a besarte, a
recorrer con sus finos dedos la enmarañada extensión de tus cabellos y tus
brazos. Hasta la fría cerámica de los zócalos se ilumina con su arribo. Es como
la lluvia, tan pequeña, tan bienvenida. Radiante al soltarse y dejarse deslizar
como patinando hasta la cocina. Prepara un té, y otro para vos. Tres de azúcar.
Una cucharadita de miel y galletitas de avena y chocolate. Susurra su canción y
escucha tus problemas surgir en busca de oxígeno. Crees que tus problemas no
merecen la pena, crees que no la mereces, pero sus palabras solemnes, su himno
de resolución ahoga tus quejas. Le importás, deberías acostumbrarte a importar.
Esto es lo que siempre quisiste. Tuviste suerte. Tocó tu hombro y se enamoró de
vos, te besó hasta que aprendiste a repetir su nombre en sueños. Tuviste
suerte. Otra cucharadita de miel, tus facturas favoritas. Lavan las tazas y los
platitos juntas. Se quita el pulóver para no mojar las largas y pesadas mangas
tejidas con esmero. La ves y pensás en lo afortunada que sos. Ella es un oasis
en un océano de arena, una lamparita que nunca se apaga. Y su cuerpo fluye armonioso, como
agua entre las piedras.
Ahora te toma de la
mano y te arrastra a la cama, donde te dejás caer con suavidad y tu rostro se
transforma felino mientras curvas una sonrisa y la mirás a los ojos. Sus
pupilas serenas, como peces danzarines en un arroyo de fervor. Ella es tu reina y la sacerdotisa de tu
templo, la que ceremoniosamente te despoja de tus ataduras, de las vestiduras
que te ligan al mundo y las deja caer con suavidad en el suelo. Recorre tu
espalda con las yemas de sus dedos, con sus húmedos labios dibuja contornos en
tu piel, figuras abstractas, cardinales. Nunca te abrasó un fuego tan suave,
tan sutil incendio recorrés serpenteando, rozando sus pechos y su vientre con
tus labios, palpitando sus muslos y su clítoris con el canto de tus dedos. Ella es como el verano. Largas noches de
ventanas abiertas. Es perfecta, tan bella y tan cristalina. Ella es lo que
siempre quisiste.
Cerrás los ojos
cuando estás por alcanzar el clímax y pensás en su nombre, te repetís su nombre
y crees que es una persona hermosa. Y realmente es una persona hermosa, pero no
sentís un carajo por ella.