Esto es lo que estuve haciendo este tiempo:
https://drive.google.com/open?id=0B3ykQKSeBW_cLUIyX0dGTWNDWHM
Espero que no sea tan choto como me parece. Si alguien pregunta, no está en mis planes hacer una edición de esto en papel, o de cualquier otra cosa.
Con amor, niñita.
miércoles, 16 de noviembre de 2016
Árboles del cielo.
Regina
se sienta en la butaca que da a la ventanilla y piensa en Alan, que
en este momento debería estar llevando a Nieves al colegio en su
auto gris con vidrios polarizados. Piensa en esa cara fría que no
hace por ocultar el hielo trastocado en la transparencia de sus ojos,
esos ojos limpios la estremecen; piensa en su hija, sus rizos
plateados meciéndose como hojas en el viento, sus rizos plateados la
reconfortan y se relame en el rígido asiento semi-cama de esa
lúgubre empresa de ómnibus de larga distancia. Dobla el boleto con
sumo cuidado y lo guarda en el bolsillo de su camisa celeste.
Alan
obliga a Nieves, con una gentileza dolorosa, a ajustarse el cinturón
de seguridad mientras toma 7 y sale del Cruce Varela. La niña ve los
árboles transmutarse en texturas verdosas difusas a medida que el
automóvil adquiere velocidad y sus ojos se desbordan del ritmo, Alan
escucha una pieza en Cello interpretada por Rostropovich y su
conducción vehicular parece condecirse con reglas inherentes al
mundo de la música más que con factores extrínsecos como
regulaciones de tránsito y el tímido lenguaje de los semáforos en
rojo. Su rostro no deja de aparentar una calma perturbadora mientras
la destreza del intérprete rasga con su arco las cuerdas lacias.
Toca muy rápido, maneja muy rápido, piensa Nieves y se cuestiona la
imperante sensación de urgencia que reside en su entorno.
Kushiel,
de las mil alas, desciende de la copa del árbol del conocimiento y
deposita sus pies desnudos sobre una rama inferior. Una gota de sudor
dorada brota de su cuerpo humanoide, como una lágrima que recorre la
perfección de su divinidad y cae en una hoja amarillenta que resiste
las fuerzas del viento. Ángeles y Principados surgen ante el temblor
que provoca su presencia. Todos, en su eternidad, entienden el
problema. Las escamas en sus miradas platinadas comienzan a
desprenderse.
Remiel,
por su parte, agita sus alas y desciende desde la copa del fresno
hasta las raíces que surgen del suelo, donde habitan las nornas,
aquellas dísir que hilan, impostergablemente, las vidas del
universo. Urd se lamenta, como siempre se lamenta; Verdandi contempla
a Remiel con reproche, culpándolo por lo que está sucediendo; y
Skuld ríe a carcajadas, mientras, con dedicación, teje puntos
extravagantes en el tapiz del cosmos. Inspecciona, el ángel del
apocalipsis, con calma aparente, las finas hendiduras en las que se
entrelazan los mitos y separa las infinitas raíces de arena que
nunca dejan de multiplicarse. Existe un lugar al cuál van las cosas
perdidas, piensa.
El
microcosmos propio de la urbe se antoja sereno y displicente ante la
revolución celestial que se desata en el macrocosmos propio de la
divinidad. Martín espera a Ariana en Plaza Libertad y contempla un
cielo sin nubes mientras mira su reloj pulsera cada dos minutos. Es
tan probable que ella jamás se haga presente, tan probable que
lastima, arden los ojos de solo imaginar su ausencia tácitamente
eterna. En ese bosque de edificios, las veredas marcan un paso
oblicuo, directo a las catacumbas subterráneas de Buenos Aires,
donde el calor es inminente, y las demoras siempre están presentes,
donde se manifestarían las ánimas de descender desde su olimpo de
quimeras. Y Remiel descendió hasta el último peldaño de la
existencia, y, cuando las puertas del subte se abrieron, ocultó sus
alas, sus quichicientas alas de ángel y ave y se escabulló entre
los rostros ajados de los proletarios, entre los trajes manchados de
sangre de los abogados, entre las muecas de los carniceros, y las
bombas de los terroristas, entre los crímenes del estado, y toda la
alquimia de estratos sociales y experiencias de vida que convergían
en ese caldero sagrado, donde el trueno de dios decidió comenzar a
buscar las semillas perdidas del Yggdrasil, y donde Kushiel buscaría
también, más tarde, las semillas perdidas del árbol del
conocimiento.
Regina
duerme aquellos sueños que Nieves y su peligrosa infancia habían
postergado. Es un sueño tan pesado y placentero que ni la muerte
sería capaz de interrumpir, ella seguiría en esa cúpula onírica,
inmortal, inamovible. Como ahora que el ómnibus ha atravesado el
último peaje y acelera por la recta invariable del paisaje rural. Y
los árboles, los tranquilos árboles aguardan su momento, el momento
indicado para crecer, para dominar, cuando las enredaderas del cielo
recaigan en la diminuta Tierra y fagociten los minerales sepultados
en las profundidades, y el suelo se abra, dando luz al desconcierto,
a la confusión que atraen consigo las ramas que alcanzan los cuerpos
y los retuercen, que obstruyen las esquinas y tapan al sol con sus
hojas. Y nada, ya nunca nada volverá a recibir luz, y las
superficies humanas serán las profundidades en el mundo de los
árboles, los árboles del cielo, que tanto habían dado, a ángeles
y a personas, pronto, muy pronto, tomarían la decisión final, la de
cobrarse, por fin, una cuota impregnada de muerte.
"Hold
me close and hold me fast... "
Un
hombre de labios finos y sonrisa desfallecida viaja junto a Regina.
Desde el pasillo no puede obtener una vista correcta de la maquinaría
vegetal gestando la conquista mundial, por eso lee, y ya va por la
página 145, cuando comienza a escuchar, cada segundo que pasa con
más claridad, la música que logra escapar de los rosados
auriculares de Regina.
"...When
you kiss me heaven sighs…"
Y
ya jamás podrá volver a concentrarse, no ahora que ha visto a esa
frágil bailarina durmiendo y soñando, con ese cabello magro
revuelto, esos ojos cerrados con ligereza, esos pechos sugiriendose
gracias a una debida inclinación, de correcta angulatura y su
corpiño rojo llamando su atención, seduciéndolo, invitándolo a
formar parte de ese cuerpo durmiente.
El
automóvil se detiene en el mismo momento en el que la música de
Bach deja de sonar. La puerta se abre y cuando los rizos plateados de
Nieves brillan al sol, resplandecen las constelaciones, los lunares
escarpados en su cuerpo fino. No, no hay sol. De repente, ya no hay
más sol que ilumine los ojos dorados de Nieves y su piel pálida y
lunar. Las nubes lo cubrieron todo, anunciando una lluvia
insospechada. La inmensidad de la bóveda celeste se tornó
finalmente negra. Por un segundo, la niña de plata mira a su padre y
esos ojos vacíos se cruzan con los de ella, y entonces, por una vez,
un brillo mortecino parece resentir la profundidad de esas córneas
que por tanto tiempo yacieron dormidas. Ella sonríe un beso al aire
que golpea con suavidad las aristas de su rostro apático. El auto
arranca y comienza la Noche de Walpurgis, ni una lágrima
resiente ese rostro fosilizado que ya se ha olvidado de las posibles
expresiones, cuando mira por el espejo retrovisor a esa niña
pequeña, a esa joven dama que ya sabe valerse, que ya sabe sonreír,
y más que nunca, que ya sabe mentir.
Nieves
recorre las veredas procurando nunca pisar las líneas que separan
las baldosas, las disimiles baldosas que la obligan a caminar como si
bailara, a bailar como si entonces caminara y el mundo no fuera su
escenario sino, solamente, un camino a la escuela marcado por la
soledad de las veredas de aquella calle periférica. Trata de
asegurarse que los temblores no son una reacción al miedo ni a la
muerte. Sonríe a los transeúntes mientras gira y sus piecitos se
mueven a un ritmo que parece condecirse con reglas inherentes a un
universo desconocido. Ella es la impresión de lo infinito en lo
finito.
Kushiel
se embriaga con la belleza del cosmos, recorre las nebulosas y
pulsares, salta de estrella en estrella, asegurandose de nunca
tropezar con materia oscura. Ya no queda más por conocer, las
barreras se extinguieron, se han delimitado las fronteras de lo
divino, el cielo quedó vacío de enigmas. Y mientras el ángel
explora los confines de la galaxia, el árbol del conocimiento
comienza a morir, y sus frutos se antojan secos y fétidos. Solo una
nueva semilla puede salvar al saber corrupto de caer en las manos de
la alquimia, de colapsar sobre sí mismo y hundir al universo en el
eterno azote de la tempestad.
Ahora
Regina acompaña a Alan a la salida de un edificio de cóncavas
paredes.
-¿Qué
hacés acá?- dice él- ya no necesito que me acompañes.- y muestra
la bicicleta azul con la que puede volver a casa sin ayuda de Regina.
-No
me lo dijiste, ¿por qué no me decís las cosas? ¿Por qué ya no me
decís nada?
Sin
habar, Alan sube a la bicicleta y se pierde a través de la bruma y
las calles empedradas. Regina permanece de pie ante el portón
oxidado, sin hablar. Se lleva una mano a la cabeza y recoge un mechón
de su plena cabellera. Una ligera bruma comienza a recubrir el
entorno y la imagen se desvanece. En silencio.
Las
manos del pasajero en el asiento contiguo se depositan sobre la falda
de esa mujer, que no reacciona al contacto sino a estímulos secretos
que parecen provenir de otros mundos. Lentamente desciende con
suavidad hacia esas piernas desnudas y siente el frío calor de la
sangre viajando a través de las venas y las arterias, hacia el
corazón que bombea agitado, agitado como su corazón, y es a ese
otro corazón agitado a dónde quieren llegar sus inquietas manos.
"...Hold
me close and hold me fast..."
Y
lentamente asciende su mano izquierda mientras la derecha ingresa
sutilmente a la penumbra en el interior de la pollera. La mira a los
ojos y ella parece pedirlo, sí, con sus ojos cerrados y su
respiración anómala se lo pide; sus dedos comienzan a caminar por
sobre su ropa interior. Y su otra mano asciende hacia esos pechos
divinos que se esconden dentro de ese corpiño rojo como la llama que
ahora arde en su cuerpo y se prepara para lo inevitable. Saltando
esos cables rosados que emergen y se retuercen hasta llegar a sus
orejas, inclina su cuerpo buscando ese cuello perfumado.
"...this
is la vie en rose…"
Desde
la butaca lindante al otro lado del pasillo, una joven contempla la
escena y de a poco un calor nocivo azota su cuerpo por entero. Pasa
su mano por el cabello planchado y mira en todas direcciones buscando
algún rostro que pueda otorgar explicación alguna, o buscando algún
rostro cómplice que se deleite con la imagen que se sucede ante sus
ojos crédulos.
"...when
you kiss me heaven sighs…"
Nadie
más mira.
Alan
detiene el auto en una calle empedrada, se quita el cinturón de
seguridad y sale del auto. Está nublado. Mira a ambos lados antes de
cruzar la calle mientras tararea una pieza de Chopin que, lentamente,
parece mutar en una lóbrega cumbia santafesina. Se encamina hacia
una cafetería en la que pide un desayuno. Café con leche y
medialunas cubiertas con un velo de sospecha y rellenas de dulce de
leche. Una pareja discute detrás de él.
-Me
tenés harta con tus flores deshojadas- dice la chica del tatuaje de
Sigur Rós en la muñeca, lleva un vestido azul con diminutos lunares
blancos, su pelo negro es corto, más corto que el de Alan.- me
tienen harta tus ojos pulverizados y tu revolución que nunca llega.
La
otra porta una remera negra sin ningún tipo de estampa y mantiene su
melena lacia bien peinada a todo momento, se limita a mirar con unos
ojos amarronados repletos de espanto.
-No
puedo evitar pensar en quién fuiste y en quien ya no conozco y se
acuesta a mi lado todas las noches, fingiendo- dice la que habla.-
Fingiendo.- Remarca. Pero la otra no dice nada.
-Cada
vez más siento que hablo sola, que no estás, porque no estás. Tu
boca me mira, tu cuerpo se mueve, pero estás ensimismada en un mundo
que no conozco. Seguro que con sueños de-
-Callate-
interrumpe la otra.- No sabés nada.
-No
me calles.
-Callate.
-No,
no quiero. Te lo tengo que decir. Me gusta decir lo que siento. No
como vos. Insensible. Así que callate vos y escuchame. O andate.
Andate como siempre.
Alan
termina su desayuno y se va luego de pagar.
-Callate-
Dice una de las dos.
Mira
la hora en su celular y sube al automóvil. Sigue nublado. Con Regina
tuvieron tiempos así. Tuvieron tiempos felices también. Ahora ya
nada sucede, ahora ya no sucede el tiempo. Nada puede hacer para
cambiar las cosas, lenta y quedamente ambos cuerpos se alejan a la
deriva. Un gato mirá a la distancia con una concentración inefable
en el techo de una casa. La espesa montaña de nubes en el cielo y el
minino también recuerdan a los días de otra vida. Fueron esos días
en los que, sin duda, ambos podían ser felices cuando, restando
importancia a la propiedad privada, un gato se posara sobre el tejado
y maullara canciones de cuna del antiguo Egipto. Daría tanto por
regresar por tan solo unos segundos a esos días de cielo nublado y
poder ver al gato con otros ojos y, sin más, adoptarlo, mecerlo en
sus brazos como a un niño despojado. Pero qué tanto amor podía
otorgar a un gato un joven abogado con piedras en lugar de órganos.
Si él lo supiera, si ella lo supiera, si alguien supiera de esa cruz
con la que acarrea desde la infancia, pero el alfa y la omega es
cruel y es indómita. Y el gato es despedazado por sus neuronas
putrefactas que solo pueden concebir podredumbre y figuras retorcidas
como rostros a través de mil espejos. Por eso debe permanecer
indoblegable, irrompible, por eso, y porque ya no recuerda cómo era
ser diferente.
Penélope
mira la taza de café que aún no ha tocado, la sostiene débilmente
y percibe un leve temblor en su mano izquierda. Es capaz de sentir
ese miedo trepar, rodear la tinta cursiva que reza “Sigur Rós” y
guiarse hacia el resto de su cuerpo. Martina trata de esquivar su
mirada, sin embargo, cuando éstas se cruzan, esboza una agónica
sonrisa. Una sonrisa que dice todo. Pero Penélope no es de las
personas que dejen ir todo sin decir las cosas.
-Nunca
me decís qué te pasa.
-No
quería lastimarte, no quiero.
-Por
eso preferís que me quede esperando, esperando. ¿Es que todo se
reduce a eso? Seguir esperando. Cuando te conocí pensé que ya no
tendría que seguir esperando. Pero no, pero tengo que esperar a
verte bien y bonita para poder verte. Porque para lo otro no sirvo,
para lo otro no soy yo la indicada, no soy quien debe verte llorar,
para eso están los brazos fuertes, los hombros conocidos. ¿De qué
te sirvo, Martina?
Si
no querés verme, está bien, lo entiendo; pero no digas que me
evitás por mi bien. Nada me duele más que saber que me estás
mintiendo. Bueno, eso, y saber que no contás conmigo para nada.
¿De
qué te sirvo?
-Últimamente
me siento sola. Siento que se enfrió la relación, que ya no
compartimos juntas los mismos momentos.
Martina
vuelve a mirarla y sonreír. Esa sonrisa, ese puñal. Penélope
devuelve la sonrisa. Admite la derrota, pero necesita las palabras,
necesita saber, necesita de ese punto final, ese término.
-¿Y
entonces?- Musita. Se siente débil, débil y estúpida.
-No
sé.
-Sentís
que se enfrió la relación, que ya no compartimos las mismas cosas
juntas, ¿entonces qué? ¿Qué queda hacer ahora? ¿Cómo seguir?
-No
sé.
-No
puedo volver a mi casa con esa respuesta, no puedo volver y no saber
realmente si tengo que esperar a que estés conectada para saber cómo
estás y cómo te fue en el trabajo, o si eso ya no es de mi
incumbencia.
-No
sé.
-Decime
algo, algo más.
-Siento
que nos estancamos, que no tenemos proyectos en común y no podemos
llegar a ningún lado así. Vos misma me dijiste, no compartís los
mismos proyectos que yo.
Penélope
da un sorbo a su café. Está frío. Le gustaría escupir en la taza
lo que tiene en la boca, pero hace un esfuerzo y traga.
-¿Entonces?-
dice, finalmente.
-No
sé.
-No
me sirve esa respuesta. Necesito que me lo digas, necesito que me
digas que ya no querés estar conmigo.
-Ya
no quiero estar con vos.
Las
clases en la escuela primaria siguen siendo de lo más aburridas,
Nieves dibuja cuando la maestra no la ve. Piensa en su herencia y
tiembla. Desearía poder morir antes, piensa que su padre la
abandonará por haber descubierto ese secreto atroz. Por lo pronto,
todo lo que espera es al timbre y el recreo. Poder luego volver a
casa y sentarse en el sofá a ver dibujitos animados mientras su
padre le prepara el té con galletitas dulces. Espera poder llegar a
ver Hora de Aventura antes de que Alan tome su cuaderno y la obligue
a hacer las cuentas y a escribir, una y otra vez, las letras del
abecedario.
Los
seres bióticos tienen vida; los abióticos, no.
Kushiel
se posa en la cúspide de una torre solitaria en los confines de la
galaxia. Abbadón viene a su encuentro. Juntos danzan entre los
ventanales de la ciudadela arcaica. Sobre los rojizos ladrillos se
había emplazado la capital galáctica, pero tanto, tanto hace ya de
eso. No crecen las plantas, no se erigen los árboles de cristal en
dirección al centro del universo. Ni un vestigio de vida, ni
pergaminos que releer. Es el último lugar por buscar, y la
frustración se posa sobre las delicadas alas, las innumerables alas
del ángel. Siente en su interior las frutas pudrirse, el hedor
fétido que proviene del conocimiento, del árbol del conocimiento
que jamás fue el árbol de la sabiduría; y fue tarde, tan tarde
llegó el preciso instante en el que fue descubierto semejante error.
Ahora ella viene, el baobab devora el asteroide y no queda mucho por
hacer.
Los
seres bióticos son los que tienen vida. Eso lo sabe Remiel más que
nadie. Esos seres abundan, eso también lo sabe. Pero solo uno de
ellos porta la semilla en su interior. Florecerá el árbol de la
vida y el universo permanecerá libre, libre del tormento de la
muerte. Solo un sacrificio más. Recorré en plenitud el conurbano
bonaerense con sus alas de oro. Lo siente cerca, cada vez más cerca.
En
sus sueños, Regina ya no se siente vacía. Sus manos ya no son
ásperas al tacto, su cabello ya no es una enredadera gigantesca,
vuelve a sentirse, por fin, linda.
Bordean
un arroyo, juntos, de la mano. Ella tiene un vestido rosado y él, él
está exactamente igual que el día en el que se conocieron. Una
remera de Joy Division y tres días sin afeitarse. Toman entonces el
colectivo y anochece. Anochece y toman el colectivo. No se ve el
número, ninguno usaba lentes en ese entonces, pero ahora parece que
los necesitan. El número del ramal es ilegible, pero él la empuja y
paga los boletos. Ella sonríe, pues no sueltan sus manos en ningún
momento. Milagrosamente encuentran asientos, aunque ambos están
seguros de que no tardarán en querer bajar. Pero es mejor no bajar,
mejor quedarse, aguardar al final del recorrido, y dormir sentados,
de la mano en un colectivo cuyo recorrido es desconocido y la noche
aciaga no los perturbará en la terminal. Ahora ella corre por las
vías del tren y él la mira desde una corta distancia. Ambos
sonríen. Otra vez. Ella sostiene al gato intruso que entró por la
ventana buscando comida. Lo abraza y el minino ronronea. Entonces, el
colectivo equivocado, las vías del tren. Despertar sola en la
terminal, voltear y no lograr ver a nadie. Necesita los lentes más
que nunca. Los lentes que parecen estar perdidos en un futuro
paralelo que jamás llegará. Es ahora cuando debería despertar.
“Hold
me close and hold me fast…”
La
mujer emite un gemido leve cuando el pene se adentra en su lubricada
vagina, el pasajero la mira atónito, pero ella no despierta,
permanece perdida en su laberinto onírico, incapaz de regresar. Es
probable que ni siquiera el fin del mundo logre despertarla. Con sus
manos apretando sus pechos ahora al descubierto, el hombre empuja su
miembro hasta el fondo. Tarda en encontrarle el ritmo, comienza a
sudar y a emitir gruñidos él también. La besa en sus labios
dormidos. Luego en el cuello, pasa su lengua por ese cuello fino, el
perfume cítrico queda en su boca. Baja una de sus manos a esas
piernas blancas y cristalinas, las acaricia con vehemencia. Su pene
escapa varias veces. Nunca pensó que fuera tan difícil hacerle el
amor a una persona dormida.
“… This
is la vie en rose...”
La
joven del asiento al otro lado del pasillo aprieta sus adolescentes
pezones mientras acaricia su clítoris con un dedo, y se penetra con
otros tres. Un miedo aterrador convive con la excitación del
momento. ¿Qué pasaría si alguien me viera?, piensa, mientras sus
fluidos comienzan a manchar el asiento. Pero no importa, la necesidad
es irrefrenable. Cuando le cuente esto a Nati, lo que va a decir,
piensa. Los ojos de Nati, las tetas de Nati, su pubis sin depilar, su
lengua lamiéndole el clítoris, esa lengua juguetona. Si Nati
supiera.
“…When
you kiss me heaven sighs…”
Alan
es un mentiroso. Hoy no piensa ir al trabajo. Su auto ahora reproduce
Vivaldi y el maneja en dirección a casa. "Vale te amor.
Guille". Dice una pintada en una pared. Más allá, acción
poética enchastra la calle con una frase de Lisandro Aristimuño.
Alan no presta atención a las frases, pero Vale te amor sigue
sacándole una sonrisa.
Detiene
el auto en la puerta de casa y mira la hora. El reloj da la hora
indicada, y Alan decide abandonar a Nieves como parte de un castigo
desconocido. Se quita su traje de abogado tan manchado de burocracia
y piensa en disfrutar sus últimos momentos en el mundo. Busca el
sweater.
Es
un sweater mal tejido el que porta, suvenir de una madre fracaso,
para recordar a un hijo fracaso. En sus últimos días tuvo la idea
loca de probar los sabores de la familia, de jugar con el niño que
ya no era un niño ni recordaba haberlo sido, de tejerle ese sweater
apestoso que, por pura lástima, una vez muerta, bien muerta ella, no
pudo ser arrojado al perro para su deleite. Pero quién tiene la
culpa de esa muerte devastadora, devastadora sin mucha idea de por
qué, sin muchos recuerdos que recordar.
Ella
no debía saberlo, nadie debía saberlo. No debió nunca subir al
desván y abrir el baúl. Niña tonta. Niña curiosa. Todo hubiera
seguido igual, todo hubiera seguido tan monótono de no ser por ella,
por esa tonta curiosidad de niña.
Alan
se sienta en su silla y escribe con precisión mecánica en una
computadora de escritorio. El viejo CPU hace ruidos inexplicables
cada tanto. Piensa en el fin. Piensa en los pájaros.
Los
pájaros surcan el cielo y Penélope llora mientras piensa en
Martina. Lo que daría por volver a sentir esa sonrisa suya, tocar
esa cuerpecito de niña rica, de pendeja hermosa de clase media
jugando a ser parte de la common people.
Los
pájaros surcan el cielo y Martina no llora mientras piensa en
Penélope. Ahora es una mujer libre y solo importa el ahora. Este
preciso instante, vivir su vida que tanto tiempo pospuso para vivir
una mentira junto a Penny. Penélope. Penas.
Nieves
espera y espera y espera. Pero Alan no va a venir a buscarla. Es su
maldición, su maldición por haber descubierto ese secreto tan
oscuro, ese secreto que muy bien no sabe qué es. Pero ella también
tiene un secreto, ella sabe que hay, en su pecho, un color que no
debió nacer. Ahora deambula por las calles empedradas de Florencio
Varela y se mueven como bailando, sus piernitas que parecen ramas.
Extraña los baños de inmersión y esconderse bajo las sábanas de
las pesadillas con el hombre del trueno. Todo comienza a girar
lentamente, como una calesita, y luces de colores danzando en torno a
ella. Ya no puede distinguir el suelo del cielo, el cielo del
infierno.
Hay
una luz en el horizonte, una estrella desaparece, el lucero del alba
lentamente es tragado por ese brillante sol que se hace presente. El
cielo es celeste, celeste con detalles en naranja e índigo, con
detalles en rojo y violeta, con puntos resplandecientes que titilan,
que disminuyen su luminiscencia tímida, de tímida a medrosa, con
una luna en cuarto menguante que promete permanecer al margen,
estática en su pálido gris al mediodía, a la tarde, esperando esa
noche en la que poder volver a brillar sin sol, como solo es posible
cuando todos duermen y Venus ya no se oculta de los calores radiantes
de esa enana roja a la que está atada. Lucifer se desvanece
lentamente del cielo amaneciente, a la vez que Kushiel, el de las dos
alas, la más virtuosa de todas las virtudes, descubre en un sótano
inundado en el conurbano bonaerense, una pequeña pizca de
conocimiento que derribará los paradigmas imperantes en la
configuración del cosmos. Pero está muy lejos, a continentes de
distancia. Es probable que sea demasiado tarde. El glifosato ya no
surte efecto y la irremediable plaga de la tempestad comienza a
engullir las hojas del árbol del conocimiento. Ella lo sabrá todo.
Muy pronto. Y no habrá árbol en el cielo y la tierra cuyas raíces
no sean arrancadas por la colosal tormenta. Sin embargo, los
vegetales llevan siglos esperando este día, el día en el que la
revolución sea inevitable y se levanten en armas contra el orden
natural de las cosas, tragandose de una vez y para siempre, al mundo
entero. Ellos son pacientes, son inamovibles. Regina sueña con ver a
su familia otra vez, acariciar el bello cabello estelar de la dulce y
tierna Nieves, cuya piel remite a su nombre; de esforzarse y ver una
sonrisa de orgullo en el rostro imperturbable de Alan, de volver a
los viejos tiempos en los que podían caminar de la mano, de tomar
una fotografía y sonreír. El hombre en el asiento contiguo eyacula
dentro de la bella Regina. Luego de unos segundos de respirar
agitadamente, cae rendido en su butaca. La joven del otro lado del
pasillo sufre un paro cardíaco en el momento en el que está
alcanzando el clímax. No es la única muerte que sucede en ese
preciso instante, en ese preciso micro; un niño apuñala a su padre
mientras este duerme. Nadie se enterará hasta que el ómnibus se
detenga y todos los pasajeros deberán explicar su comportamiento
errático a las autoridades que no dudarán en encerrar a la mayoría
y realizar pericias psiquiátricas. Tres de ellos tienen antecedentes
penales, y un grupo de jóvenes lleva un bolso repleto de sustancias
ilegales. Pero no importa, porque la fatal y mortal muerte es
inevitable. Eso lo sabe muy bien Alan, quien ahora sufre por el cruel
destino de Nieves, pero también odia, odia a Nieves por conocer su
secreto, por recordarle esos sentimientos que estaban tan muertos y
sepultados ya. Destapa un tercer malbec mientras la televisión sigue
mostrando nada más que lluvia y ruido. Huele la naftalina del
sweater mal tejido y en sus ojos estallan sensaciones y amor, mucho
amor que creía fosilizado y convertido en hidrocarburos para
alimentar el generador incesante de la burocracia. Ahora llora y
sonríe a la vez, como un atardecer repleto de colores. Ahora cree
que el fin de los tiempos no podrá acabar con su mente que, de
pronto, se siente tan joven y peligrosa, ahora siente una esperanza
atroz y cree que Nieves podrá escapar del suplicio universal que
acarrea consigo, del color que debió ser abortado, de ser la fuente
de la vida. Cree en su niña bonita, ella será fuerte; tiene los
labios del padre y la nariz de la madre, tiene cabellos de la luna y
ojos del sol, tiene las semillas y los frutos de los árboles del
cielo. Las emociones lo desbordan. Heredarás la tierra, hija mía,
murmura. ¡Heredarás la tierra!, grita, una y otra vez
mientras salta embelesado por el júbilo hasta que ya no salen
palabras de su boca de labios en cursiva sino un líquido violáceo.
Entonces cae de rodillas y todo a su alrededor gira. Todo gira
también para Nieves, que camina como sin darse cuenta de que el
suelo es ahora lava y cristal, de que el cielo tempestuoso la ha
estado evitando, de que los ángeles reptan hacia su vientre. Nieves
vomita. No es del color del vino ni del color del vómito. Caen
semillas que erosionan las calles de un verde pastoso y el caminar de
la niña se vuelve pesaroso ahora que raíces comienzan a adherirse
al asfalto. Porque brotan ramas y raíces y pimpollos de su menudo
cuerpito, y el dolor la hace estallar. Cruel e inanimado, el corazón
de Remiel padece espasmos mientras presiente la cercanía de las
semillas. Despliega sus alas que oscurecen el cielo ya negro y
recorre a altas velocidades las fangosas calles de Buenos Aires en
otoño. Inquietantes laberintos ha construido el hombre, piensa
mientras pasa una y otra vez por la misma calle de veredas angostas y
árboles que se mecen, violentamente golpeados por el viento. Una
cucaracha es aplastada por un zapato, no se sabe muy bien dónde. El
cadáver es abandonado a la deriva y tardará semanas en
descomponerse. Regina despierta y apaga el celular que repite la
misma canción hace horas. De repente la asalta una tremenda
sensación de urgencia. Mira a través de la ventanilla y los árboles
callados mecen sus alas con pereza. La danza de las hojas es
hipnótica y parece hablarle, sin embargo, ella es incapáz de
comprender. A su lado un hombre duerme, todos los pasajeros yacen en
la profundidad de un sueño, a veces eterno, a veces lúcido. A veces
ambos. Como los sueños borrachos de Alan, lucidos y a la vez
impetuosos, sueña con el día en el que vio a Regina caminar de la
mano junto a ese desconocido de zapatillas rojas, de espalda ancha,
de bicicleta azul; sueña con haber podido perdonarla con suma
sinceridad, sin embargo, algunos crímenes simplemente nunca
prescriben y la condena perdura en la cabeza. Quizás ella sufra
también, quizás tantas cosas hubieran sido diferentes, pero ya es
tan tarde para degustar probabilidades, tan tarde que abruma; y
quisiera poder soñar con simplemente ese rostro de leona, con esos
ojos felinos y sus dientes blanco sonriendo simpatía. Y ahora quiere
perderse entre las ramas de un árbol y olvidar de qué se trataba
todo en un principio. Pero no es el momento indicado para eso. Nunca
lo es. Nieves ya no puede moverse, explotan sus lunares, sus cráteres
y grietas lunares son ahora ramas y raíces, y su cabello plateado es
una copa repleta de hojas verdes prístinas, el dolor es
insoportable, los retoños expelen polen, llamando a las abejas, y
ella grita mientras brota un último pimpollo de su garganta que
florece en la más espléndida de todas las flores. Ahora ya nada hay
en el universo que pueda defenderla del hombre del trueno. Remiel
toma el fruto del árbol de la vida. Asciende, una vez más, a través
de las ramas del Yggdrasil, debajo de cuyas raíces viven las nornas,
aquellas dísir que hilan, dulcemente las vidas del universo. Urd se
lamenta, como siempre, se lamenta; Verdandi toma un hilo rojo del
telar, y lo deja caer con suavidad en las manos de Urd, quien se
lamenta, siempre se lamenta; y Skuld ríe a carcajadas mientras, con
dedicación, teje puntos extravagantes en la matriz del cosmos.
Ariana toma el celular en la oscuridad de la habitación y escribe un
mensaje para Martín. Duda. Su dedo recorre la tecla enviar, formando
pequeños círculos o corazones irregulares. Algo de luz se filtra a
través de las cortinas que oscilan, bailando bizarras danzas. Cierra
los ojos y suspira. Se siente muy estúpida. Se oyen los últimos
truenos antes de la tempestad. Oprime el botón. Llueve. Los pájaros
cantan.
Té de Jazmín.
I
-Ahora
parto para el sur y vos te quedás. Te quedás con los ruidos del
horno. Solo, sin poder ver el sol y disfrutar de las subsiguientes
manchas anaranjadas en la visión; te quedás con la mitad fría de
la cama, las sábanas blancas; te quedas con los frascos de mermelada
vacíos, con la tostada de cara al suelo; te quedás con la noche
desahuciada, insomne. Me llevo los sueños.
Me
llevo los sueños en la maleta, dijo, y se los llevó. En la pesada
valija. Y la comida en la olla. Ya no me miraron sus ojos negros, ni
me hablaron sus labios húmedos. Entonces se perdió en el lúgubre
pasillo y la puerta se cerró a sus espaldas. Sin decir otra palabra,
sin mediar explicaciones, agitó su pelo lacio inundando mi soledad
con ese aroma a frutillas tan único, tan ella. Quedó su esencia
flotando en éter con su perfume como de mariposas en bosque
encantado, como de atardecer en ese bosque, y lentamente anochecer
con las sombras acechando en las esquinas, con el ulular de los
pájaros entre las ramas desnudas de los árboles muertos, la
carcajada fría del invierno. Permanecí de pie frente a la puerta
por horas en las que la luz del sol dejó de entrar por la ventana,
dando paso a la radiación tibia de la luna. Esperando. Esperando,
mirando la puerta y esperando el lento girar del picaporte, pero no,
pero nunca. Me dejó con la comida en la olla, emanando fuego y
hedores del inframundo; con la cama deshecha, las sábanas en el
piso, las almohadas desmembradas; con la impostergable soledad del
despechado y el té de jazmín enfriándose en la taza. Sonó el
teléfono ciento cuarenta y cuatro veces, entonces supe que no iba a
volver, que ya era tarde para tomar el colectivo y bajar a dos
cuadras de casa, que se quedaría en lo de una amiga, o en la casa de
su madre, o, tal vez, dormiría con otro hombre. Quedó un halito
sonoro reflotando en mis interiores, el siempre eterno eco del
timbre. Mi cuerpo permaneció inamovible frente a la puerta de
algarrobo mientras el timbre retumbaba en mis neuronas. Luego de una
serie de instantes eternos, reuní el coraje necesario para abrirla,
para buscarla más allá de la seguridad tras las desnudas paredes
azules. Ante mí el sombrío pasillo, estático, inmaculado, de
paredes desnudas y alfombra en el suelo, con esas puertas homogéneas
que me atemorizaron desde el primer día, pero entonces ella; entre
tantos hogares de símiles fachadas, admiré su capacidad para
reconocer nuestra casita, pecera de cerámica y cortinas grises. Mi
vista no alcanzó más allá de la tenue iluminación incandescente,
pero tuve la sensación de algo desarrollándose entre las matas de
umbría. La imagen de ojos en el pasillo, ojos del pasillo. Giré la
llave y trabé la puerta, el azul era reconfortante. En inexorable
silencio todos los sentidos se aumentaron, todas las paredes se
agigantaron. Las sombras en las esquinas comenzaron a crecer,
amparadas por la tenue luminiscencia de un velador; el arroz en la
olla se quemó, todos los granitos chamuscados emanando aroma a
muerte; el horno comenzó a murmurar palabras incomprensibles; en la
lejanía de un departamento contiguo comenzó a escucharse el tedioso
sonido de una lenta gota decantando en un recipiente metálico, clic,
clic, clic, clic.
Desde
entonces la espero. A veces finjo que vuelve y no me importa, la veo
de soslayo, mi cara repleta de inexpresión. Ella entra como si nada
hubiera pasado y todo fue un sueño, me habla de todos sus errores,
de sus miedos, de sus enfermedades adolescentes, me besa y, cuando se
voltea con su vestido floreado, entonces también creo que todo es un
sueño y las sombras en las esquinas se difuminan, y ella raspa el
arroz de la olla y lo tira en la basura, y silencia al horno con una
patada a la puerta metálica, pero no logra detener el sórdido clic,
clic, clic. Las paredes desproporcionándose continuamente, el sonido
del repiqueteo en la desconocida casa vecina, clic, clic, clic, clic,
clic, clic. El clic continúa y ella no vuelve. Entonces sé que no
es un sueño porque el clic, clic, clic, clic de la gota de agua
golpeando el recipiente metálico en la desconocida casa vecina no se
detiene y las paredes se contraen, se dilatan, se contraen, se
dilatan, jugando, jugando conmigo y cuál de todas las casas vecinas
pertenecerá a ese propietario descuidado. Y no vuelve. Clic, clic,
clic, clic. Ella no vuelve.
II
Trato
de mantener la compostura, pero creo que el horno me habla. Detrás
de ese rum, rum, como de motor agonizante, la parte más imponente de
la cocina abre su tapa y pronuncia enunciados. Que la ola polar
va a durar hasta el martes, creo que dice, que solo en 1918 se dio un
fenómeno de tal magnitud, que el calentamiento global, que la
globalización.
-¿qué
tiene que ver la globalización?- quisiera saber.
-Preguntale
al microondas- responde como si fuera una obviedad, pero el
microondas no habla. Ni una sola palabra. Permanece desenchufado
mientras el horno me tortura con sus discursos aun crudos (o ya
quemados) acerca de los hados siniestros de la postmodernidad.
-Porque
la gente ya no cree en nada…
-La
gente cree cada vez en más cosas- refuto. -se ha ampliado el margen
de lo creíble.
-Verdad
y mentira conviven como si fueran una sola.- dice, y la olla emanando
vapores soporíferos en una de sus hornallas parece coincidir con él,
pues su tapa da una serie de golpecitos. No me atrevo a apagarla, la
última comida hecha por mi querida, mi amor, ella. No me atrevo a
apagarla, no sé cómo. Nunca antes me había acercado a la cocina,
todo este tiempo había aparecido como el laboratorio del alquimista,
en el que ella se encerraba y profería recetas secretas, en
ilegibles lenguas. Ahora pienso que debí haberme fascinado más por
las artes culinarias, porque tengo un paquete de fideos y no sé qué
hacer. Y ahora creo que ella, esa mujer que en algún momento fue mi
mujer, me abandonó por mi irrefutable inutilidad.
Trato
de mantener la compostura, pero no sé quién se encargó todo este
tiempo de sacar la basura, y ahora se amontona en el tachito, y no sé
por qué no compramos un tacho más grande, y bolsas de esas negras
en lugar de estas de supermercado. Un supermercado desconocido.
Trato
de mantener la compostura, que no existan signos evidentes del
abandono, pero los pelos en la ducha y el clic, clic, clic de la casa
vecina y los ruidos en los pasillos. Trato de mantener la compostura,
que ella no sepa, que no se entere del dolor que agobia mis entrañas,
y entonces cocino, y me corto los dedos y todo sangra, rojo, y mi
sangre se confunde con el puré de tomate, tan rojo, y lloro, pero
creo que lloro por la cebolla y nada más que por la cebolla, porque
mi mujer se fue y no sé qué hacer, pero no puedo dejar que ella lo
sepa porque la destruiría, la cambiaría para siempre, ella, tan
pura, tan niña. Llevo la comida hacia su habitación, entonces
Martina llora en su habitación y sé que sabe. Doy tres golpes en la
puerta antes de entrar, suficiente para que esconda sus lágrimas
bajo la almohada, termine con sus sollozos y me reciba con una
sonrisa de plena luna, porque no debo saber que ella también está
destruida, porque ella es ahora la única persona que puede sacarme
del naufragio y tiene que ser fuerte, fuerte para arrastrarme de la
apática agonía. Martina, la postergada, la invisible niña de rosa
y horror, sonríe sus ocho años y me abraza. Y todo este tiempo
pensando tan solo en ella, en la mujer que fue mi mujer, tanto tiempo
olvidando a nuestra hija y sus dibujos con crayón, sus dientes de
leche, su tarea de matemática. Sostengo su manita en mis manos
heridas. Su calor me invade, sin embargo, no tarda en regresar el
frío; la suelto para no contagiarla y regreso a la cocina.
Desde
un principio rechacé la idea de tener un hijo; otra boca a la que
alimentar, dejar el trabajo en la revista por uno con el cual
realmente llevar dinero a casa, dejar la carrera, pasar más tiempo
solo, sobrio, oyendo el llanto de un ser indeseable, de una invasora
que llega y se apropia de los tiempos, del lugar, entonces ser
relegado a un simple montículo de tierra y sudor ahogándose en
televisión al final del día. Quería viajar, conocer el Sudeste
Asiático y sus templos budistas, quería fotografiar parajes
desolados en la vieja Rusia, y, nunca, nunca, envejecer. Cuando ella
me dio la noticia del embarazo, le pedí que abortara, a lo que se
negó rotundamente; y así fue como Martina llegó al mundo, después
de nueve meses de odio acumulado y silencios incómodos. Nueve meses
deseando escapar, urdiendo planes, alimentándome de fantasías de
Polinesia y soltería. Traté de encontrar, una y otra vez el error,
pero no, pero todas las precauciones, todos los anticonceptivos
posibles dispuestos en su correcto lugar, pero entonces, tal vez, un
hijo que no era mío, el fruto de la inseminación de otro hombre
gestándose en el vientre de mi esposa y la sospecha incomprobable,
pero entonces, callar.
No
fue sino hasta que cumplió los ocho años que traté de aprender a
convivir con Martina. El motivo, la pérdida del trabajo. Uno de los
tantos desempleados tras la crisis. Pero ella no, claro, ella nunca,
ella ahora nos mantenía. Más tiempo en casa, entender que ese
engendro también sufría. Acostumbrarse también a ser otra boca a
la que alimentar, un invasor que llega y se apropia de los términos.
Y así fue, hasta que desapareció. Ahora Martina es todo lo que me
queda.
III
No
nos habíamos preocupado lo suficiente, hasta que abrimos la alacena
y todo lo que encontramos fue abismo y un kilo de harina. Nació el
hambre y la basura amontonándose en los rincones, los platos sucios,
hojitas de un verde prístino naciendo de la taza de té, la comida
en la olla destilando hedores fétidos y vapores alienígenos. La
heladera repleta de nada, el microondas callado, el horno
contemplándome.
-Llegó
la hora de buscar trabajo- susurra, apenado.
-Así
parece.
-¡Llegó
la hora de perder el orgullo, de subordinarse ante el vil orden del
empleo!. Llegó la hora de ser la empresa, de perder tus intereses y
velar por aquellos de la burguesía. Llegó la hora de volver a
producir y reproducir el discurso de la hegemonía. Llegó la hora de
darse por vencido. Llegó la hora de volver a abandonar a
Martina.-Dice una vocecita del otro lado de la cocina. Alguien había
enchufado el microondas sin que me diera cuenta.
-No
le hagas caso, el microondas es la expresión de la posmodernidad y
la comida derretida y reblandecida.- masculla el horno.
-Pero
calláte, a mí por lo menos la gente no me usa para suicidarse.
La
idea del suicidio no había pasado por mi cabeza hasta ese momento,
la emisión de la palabra giró una palanca en lo hondo de mi ser. De
todas formas, no tardó en disiparse; no podía dejar a mi hija en
las manos de la hambruna.
-El
horno tiene razón, tengo que conseguir dinero.- digo.
-El
horno no dijo eso- refuta el microondas- el horno dijo que tenés que
conseguir trabajo. La guita se puede conseguir de otras formas.
El
microondas tiene razón, puedo vender lo que no necesito para seguir
viviendo. Voy al dormitorio, solo una guitarra sin cuerdas y la cama,
nada que vender, ella se ha llevado los libros, la ropa, no podría
vender el ropero, la madera agusanada tras la última inundación.
Miro a través de la ventana: saltar. Hubiera sido asequible algunos
años atrás, pero no ahora. No ahora porque mientras el mundo avanza
hacia arriba, este edificio, al igual que mi vida, es un estanque de
estancado estancamiento. Ahora solo puedo ver los pies de la gente
desde la ventana, los ladrillos de edificaciones que se elevan hasta
la estratósfera y buscan sepultarnos. Ella se lo llevó todo en la
maleta, mucho más que sueños y proyectos, se llevó todo el dinero,
todo aquello que podría permitirme seguir adelante, ella me
sentenció a una muerte lenta, a un hambre atroz que lentamente trepa
a través de mis huesos. Pero cómo, cómo pudo llevárselo todo en
la maleta. No. Imposible. Debió haber comenzado mucho tiempo atrás,
un plan atroz, lentamente hacer desaparecer los artilugios,
desnudarme para poder así condenarme a esta lenta agonía. La
imagino en el trabajo, lentamente diseñando su estratagema atroz,
urdiendo un plan perfecto, previendo mi inutilidad, anticipando mi
incapacidad para afrontar los inconvenientes de la vida cotidiana;
tanto tiempo encerrado en la redacción, diciendo al mundo desde el
papel, proyectando temores y visión en una hoja, tanto tiempo
creando mundos no me permitieron notar las otras estructuras que
emergían, las noches en las que ella no regresaba, aquellos momentos
en los que no contestaba ni me miraba, ni le importaba, ahora todo,
cada pequeña mueca callada es signo del abandono, ahora todo es
obvio como lo inevitable, como lo ya pasado.
Decido
salir, atropellar el pasillo oscuro, decido robar, trabajar, pedir,
matar, decido hacer lo que sea necesario por un poco de comida.
-¿A
dónde vas?- Me dicen el horno y el microondas al unísono.
-Salgo.
-¿Y
Martina?
-Ya
vuelvo.
-¿Y
si no?- Pregunta el horno.
-Abrigate-
dice el microondas.
¿O
fue al revés?
No
hice caso a ninguno.
Afuera
el ocaso perpetuo del pasillo negro. Un sonido grave e intermitente,
como de un motor accionando cerniéndose en torno a mí, piel de
gallina, escalofríos. Doy dos pasos y al voltear descubro que no me
será tan fácil regresar; las puertas idénticas, ni un cartel con
el número, pero si esa mujer cruel que fue mi esposa sabía cómo
regresar, si ella, que centraba su mente en hacerme sufrir podía
reconocer el camino de regreso a casa, entonces yo también puedo.
Una idea. Dejar la puerta sin llave y, de ser necesario, ir probando
una por una hasta dar con aquella destrabada. Simple. Doy otros dos
pasos y la maquinaria se agiganta, parece el generador de un coloso
dando vida al monstruo de piedra, magia y decimonónica existencia.
Noto figuras en la sombra, ácaros de penumbra que se mueven sin
parar por el suelo, pisando la alfombra con suavidad. Con un temor
insoslayable camino en dirección al ascensor, lo evado y tomo las
escaleras. Emerjo en un callejón sucio y camino hacia la zona
comercial. Tres negocios me rechazan por mi vestimenta y no sé de
qué carajo están hablando ¿cómo vestirme bien si no tengo dinero
con el que comprar ropa? En uno me piden el CV ¿cómo imprimirlo si
la impresora no tiene tinta? Y si tuviera los doscientos pesos
necesarios para un cartucho, los gastaría en comida. Así paso la
mañana, entre rechazos y dolores de estómago. En el último
negocio, una escueta librería, me piden experiencia, experiencia a
la hora de vender un lápiz, como si eso fuera posible, nada en el
mundo nos prepara para vender lápices, es un conocimiento oculto.
Regreso resignado, si tuviera fuerzas golpearía algo, o a alguien,
pero no, nada más que el deseo de volver a mi hogar junto a Martina.
Subo las escaleras y otra vez el frío reptar de una serpiente a
través de mi espina dorsal. Hay algo entre tanta oscuridad. Algo que
se acerca junto al ruido de tambores, o de la maquinaria trémula, o
de los gatos ronroneando. Algo que ha acrecentado su ritmo maniático
y pisa mis talones mientras corro, girando el picaporte de cada una
de las puertas que no se abren. Siento que me cercan, entonces las
figuras en penumbra se empapan de gris diurético, están ahí y me
miran, más de diez gatos pardos acechan, inflan sus rabos y tuercen
sus orejas, sus pupilas dilatadas, sus cuerpos contraídos,
agazapados en la sombra brillan ahora esos pesados ojos amarillos,
los tenebrosos ojos del pasillo, y las garras, afiladas uñas de
cortar, de apuñalar, adheridas a la alfombra pero listas para
zarpar, para asesinar. Agitan sus colas, sus ojos inundados de
rencor, de un rencor milenario y atroz con el que nada tengo que ver
más que la circunstancia ridícula de compartir el pasillo en este
aquí y ahora; mi mano sudando sostiene el picaporte, giro el pomo y
uno de los gatos lanza un zarpazo hacia mi pierna, la puerta se abre
y logro entrar, dejando a los felinos macabros del otro lado.
En
mi ausencia llegaron dos visitantes, hombres de traje azul oscuro,
bien peinados, bañados. Su imagen contrasta con todo a nuestro
alrededor. Los encuentro sentados, contemplando la taza de pimpollos
que alguna vez contuvo té. Uno de ellos, de nariz pronunciada y pelo
corto, habla y acompaña con gestos corporales.
-Buenas
tardes. Mi nombre es Julio y él es Lucas.- el otro hombre asiente
levemente.- somos una pareja, recién casados y estaríamos
interesados en adoptar a su hija.
-¿Cómo?-
digo, estupefacto.
-Creemos
que Martina necesita un mejor hogar.- dice, señalando la herrumbre a
nuestro alrededor- No es mi intención ofenderlo, pero dudamos de su
capacidad para mantenerla.
Lo
pienso un segundo antes de llamar a Martina.
-Nosotros
nos encargaríamos de todos los trámites legales, usted no tiene que
preocuparse por todo eso…- lo oigo decir. El otro no habla.
Martina
llega de su habitación y los mira, inquieta. Está flaquita, se
notan sus huesos y eso me corroe, siento náuseas repletas de culpa y
cólera. Ella niega en silencio cuando le propongo la posibilidad de
una nueva familia.
-Ya
escucharon a la nena.
-Es
una lástima.- dice el sujeto.- pero debería pensar en lo mejor para
ella.
-Ahora
los invito a retirarse, si no tienen otro asunto que tratar.- digo,
más agresivo de lo que en realidad quiero.
-Oh,
nos encantaría- replica Julio- pero usted ya ha visto a los gatos,
¿verdad?
-¿Los
gatos?
-Sí,
felinos de cuatro patas. Están por todas partes.
-¿Entonces?
-Entonces
supongo que no quedará otra que compartir el establecimiento hasta
que esos engendros vuelvan a su lugar de origen. En algún momento se
van a cansar.
-Supongo-
digo, resignado.
Martina
muestra unos dibujos de ella a Julio y Lucas se queda en la mesa,
mirando hacia la puerta como esperando el momento preciso para poder
escapar.
-¿Así
que te abandonaron?- dice, de repente.
-No
quiero hablar de eso.
-¿Por
qué no? A todos nos han abandonado alguna vez. Por algún motivo a
vos se te fueron las cosas de las manos, vaya uno a saber por qué.
Ahora Martina corre peligro, no solo del hambre, sino de los gatos, y
vos insistís en retenerla a tu lado.
-Es
todo lo que tengo- respondo entre lágrimas. Sus palabras son un
golpe certero a la nuca, diciéndome las cosas que fallé en ver
hasta ahora.
-Ya
lo veo- ironiza, mirando la habitación.- pero ¿no es extraña la
vida? Tu mujer te deja, a vos y a tu hija, solos, apenas con un lugar
donde caerse muertos y eso está mal; y vos no querés dejar a tu
hija, y eso también está mal. ¿No somos críticos inconformistas?
Todo el tiempo mirando, juzgando, y entonces nos pasa, nos toca hacer
una obra a nosotros y entonces excusas, muchas excusas que demuestran
cómo es que nosotros hacemos lo mismo que los demás, pero de
nuestra parte está bien, mientras que de la otra es un crimen de
lesa humanidad que nunca prescribe. Obvio, existen grises, como en
todo. El secreto está en saber que nunca, nunca en toda nuestra
horrible y dolorosa vida, vamos a ser protagonistas para los demás.
Solo puede haber un protagonista, y si en nuestra mente, nosotros
somos los protagonistas, entonces es lógico pensar que en las otras
mentes suceda lo mismo. Me refiero a que cada uno se considera
protagonista de su propia historia y ahí no hay lugar para nosotros;
muy poco de lo que sucede en el mundo gira en torno a nuestra vida.
-No
entiendo- admito.- o entiendo muy poco.
-Lo
que quiero decir es que tu mujer dejó a un marido que, casualmente
sos vos. Ella no pasó ni un minuto pensando en cómo te sentirías,
así como ahora vos no pensás en qué falla de tu parte hizo que
ella se fuera.
-Me
suena un poco contradictorio todo esto.
-Obvio
que es contradictorio; después de todo, esto es un departamento en
Buenos Aires, no ciencia de cohetes. Si no hay lugar para
contradicciones acá, ¿entonces dónde?.
-Me
duele la cabeza.
-Es
el hambre. Así empieza.-sentencia.
IV
A
estas alturas ya no me interesa la olla que destila sustancias
inexorables, creando una nube violácea en toda la cocina, ni los
bellos jazmines que brotan de la taza del té ya helado, no me
importan las telas de araña en las sillas, en el techo, en las
paredes, no me importan las moscas y ratas luchando por un lugar en
la bolsa de basura de un supermercado que ya no creo que exista, el
horno ya no me habla, tal vez por los humos de la olla y el
microondas está desenchufado de nuevo, los novios dan vueltas por la
habitación, sus trajes otrora impolutos tienen polvo y están
percudidos, de poco me sirve saber que han cortado la luz y el
teléfono, que el inodoro se ha marchado en búsqueda de un lugar
mejor. Solo temo por los felinos y el hambre. Los gatos rasguñan el
cuerpo de la puerta madera, maullando sus penas colmadas hambre y su
ira incontenible. Frotan sus garras contra el algarrobo, se trepan al
picaporte, o eso es lo que siento; si no estuviera con llave entonces
entrarían, pero ellos son capaces de esperar, capaces de soportar la
espera. Del otro lado, ante el frío ojo de la oscuridad, el hambre
resplandece, iluminando de angustia todas las estrellas en el techo.
No emitimos más que el sonido de nuestros temblores; en el silencio
de la noche se disuelven las voces, alimentando las lámparas grises
del plenilunio. Nosotros no, nosotros no somos capaces de tolerar más
espera.
Y
por primera vez en un tiempo me escribe, la carta llega por debajo de
la puerta. Signos de debilidad en su tinta, envuelta en aire y
cursiva. Esa brisa precisa que se desentiende de mis penurias;
abyecta enredadera que crece, siempre evadiéndome. No pide disculpas
ni se ataja de mi odio obsceno. Dice que me quiere. Amor. Mentira. Me
cuenta cómo es que ahora hace las cosas que solíamos hacer, pero mi
nombre ya no aparece en las actividades, sino el otro, irreproducible
rostro de la tempestad. En el cine vieron las tres películas
rusas de las que habla mi estómago vacío, nuestra plaza es ahora su
plaza, y pienso en cómo alguna vez fui yo el usurpador de espacios
verdes. Ya no se le quema la comida ni tiene que ir temprano a
trabajar. Ya no se siente obligada a decir te amo. Imagino que se han
borrado las arrugas de su rostro y que ya no necesita maquillaje para
verse bonita, ni pantuflas de dinosaurio para sentirse joven. La
imagino feliz. Imagino que ya no piensa en nosotros, ni le importa,
ni recuerda.
Envía
besos que mis añicos cardiovasculares no temen rechazar, vergüenza,
asco, vomitar aire de hambre sobre vos, sobre tus cartas, basura.
Volvé al pozo de dónde saliste. Volvé. Volvé a tu casa. Volvé
con tu familia. Por favor. Envía besos. Besitos. Firma con su
nombre. Diana, diosa de la caza. No significa nada, muy pocas cosas
significan algo en este momento.
Tomo
la carta, la parto a la mitad y fagocito mi parte, la mastico y la
trago como puedo, el dolor del papel, el sabor de la tinta, todo
directo hacia el estómago que no da tregua. Martina ingiere lo que
le toca y sonríe, su pelo está ahora enmarañado y ya no puede ir a
la escuela; si no existieran los gatos y sus ojos voluminosos
contemplándonos desde las rendijas, habría una salida. En los
últimos días, el clic, clic, clic, clic, clic de la casa vecina se
ha vuelto más persistente, e, incluso, podría jurar que está
dentro de este departamento. Nos recostamos sobre el polvoroso suelo,
temblando, incapaces de hacer otra cosa, incapaces incluso de dejar
de temblar. Escuchamos los pasos de la parejita, el clic, clic, clic,
clic, de la casa vecina y el ronroneo insoportable de los gatos.
Vienen a mí memorias y jaquecas.
Recuerdo
cuando jugábamos en el patio de la casa de mis padres, y le hablaba
de semiótica, de aquella vez que compartí un café con aquél
filosofo francés que murió dos años más tarde. La naturaleza de
la humanidad es intertextual, todo lo dicho, toda creación humana es
solo entendible desde otra creación humana. Todo lo que sea sufrido,
todas las depresiones son un suplicio ya vivido; todos los suplicios
entendidos desde un solo cerebro, mi suplicio. Hay desfasajes,
transformación, entropía. Materiales anómalos introducidos en la
cultura permiten algo parecido a la originalidad, la reiteración
inmiscuida de conceptos, un enorme aparato de representaciones a
nuestra disposición. El universo entero es creación, no
descubrimiento. Creación y recreación de la humanidad, de las
palabras. Está en los conceptos el verdadero orden, la verdadera
realidad. Detrás de capas y capas de símbolos, índices e iconos,
nada hay más que absurdo. Al final del oscuro pozo y abismo nada hay
más allá de lo que decimos, de lo que ya se ha dicho tantas veces.
Pero ella permanecía en silencio, no refutaba ni aceptaba mi teoría.
Contemplaba los mensajes en su celular. O tal vez sí me hablaba. Su
voz era suave y aromática como jazmines en verano templado. O tal
vez no.
Los
hombres discuten, aunque no puedo escucharlos bien, creo que uno de
ellos quiere llevarse a Martina, mientras que otro insiste en no
intervenir y en la futilidad de ese complot, después de todo, los
gatos persisten. Creo que los oigo ronronear, pero mucho no me
importa. Quiero dormir.
Conocí
a Diana en el tren. Ella leía a Sylvia Plath y la observaba cambiar
la página con una dulzura deliciosa. Creo que fueron cinco días
seguidos, una semana, en las que me sentaba en diagonal y la
contemplaba desde la distancia, su cabello lacio moviéndose con
exquisita lentitud, de un rojo que desafiaba el fulgor de las
estrellas, sus manos, tan pequeñas manos y dedos finos. Cinco días
obsesionándome con esa mística imagen, craneando rigurosos planes
de nula praxis. Hablarle de Plath, del feminismo tal vez, de
literatura, de por qué leía siempre el mismo libro que tampoco era
tan largo, que si realmente estaba interesada en la literatura o solo
era un plan para no prestar atención a la gente, que si era cosa del
destino que ella bajara en Bandfield y yo en Constitución. Pero fue
ella quien se acercó. Fue un chiste relacionado con mirarla
constantemente. Tal vez no fue un chiste. Y así comenzó todo eso
que hoy termina en esta agonía. Casarnos, tener una hija, hablar.
Ella antes hablaba más. El hipo de sus palabras vacías besando mi
piel que ya nunca volveré a sentir, eco de su risa estridente,
tantos "te amo" que ahora carecen de valor. Millones en una
moneda fuera de circulación. Tantas cenas a la luz de las velas y
ahora mi estómago se retuerce y los jugos gástricos no tienen qué
derretir. Todo comenzó en el Roca. Todas las muertes empiezan en el
Roca.
No,
no fue así, creo que la conocí en la facultad.
Ya
no recuerdo.
Pero
duele.
V
Veo
a los jóvenes, recién casados, abrazarse y besarse como hacía
tanto que no sucedía en este recinto. Tanto amor. Entonces entender,
aceptar, de una vez y para siempre el abandono de Diana, la compañía
de Martina; seguir adelante. Solo quedan los gatos detrás de la
puerta, sortearlos, escapar del pasillo eterno, hacia una vida
diferente. Queda gente, amor en el mundo, queda futuro. Pienso en mi
hija, en el día que traiga un novio a casa, un niño bueno y nada
más, el resto que lo busque ella. Pero también, tal vez Martina sea
lesbiana, o bisexual, o pansexual, o andá a saber, y un día llega
de la mano con otra mujer, una de las dos tiene que tener pelo corto,
y me gustaría que mi hija se lo dejara largo, así que la nena esta
va a tener que cortarse el pelo, porque sí, porque yo lo digo, así
que no me mires así, hincha de Vélez, que esta es mi casa.
Creo
que ya estoy delirando.
Acabo
de ver al teléfono irse. Seguir los pasos del inodoro.
Sí.
Estoy delirando.
Llegó
la hora de tomar una decisión. Seguir el camino de la locura o tomar
las riendas de la situación y sacar este navío a flote.
Me
levanto de mi letargo y los novios se estremecen, voy a la cocina y
apago la hornalla, los vapores se difuminan lentamente y la nube de
muerte alrededor de la cocina ya no es tan mortal. Arrojo el
contenido en cuatro platos y alimento a Martina y a los otros. Nadie
se queja de ese engrudo extraño que comemos, que llena nuestro
vientre con calor y nos permite seguir viviendo, a pesar del sabor
apestoso, a pesar de la contextura inaudita. Luego, lavo la olla. Los
restos no se quitan ni con la esponja de acero, que deja algunos
despojos en el intento. Enchufo el microondas y me habla de
Zizek, que si vi The Pervert's Guide To Ideology, de la parte en la
que hablan de Taxi Driver; el horno también me habla, del clima, de
cómo tenemos treinta y cinco grados, infrecuente en Buenos Aires en
esta época del año, solo en 1935, 1941, 1979, 1988, 1992, 1993,
1995, 2001, 2007, 2008, 2009 y 2011 hizo semejante calor en este día
específico. Los novios toman una escoba y un plumero y me ayudan. En
menos de tres horas todo queda impecablemente limpio. Solo dejamos
los jazmines de adorno. Abrazo a Martina y ella se aferra a mi
cuerpo. Creo que a partir de ahora todo saldrá bien. Hablamos con
Lucas y Julio de abrir la puerta e irnos, arremeter contra los gatos;
mi pequeña va en búsqueda de su conejo de peluche.
Entonces
llegan los golpes en la puerta. Los gatos se han hartado de esperar,
así como nosotros. Pero este es el momento para enfrentarlos, porque
sé que Diana no vendrá nunca a rescatarnos, porque puedo vivir con
eso. Porque estoy listo para morir. Porque ahora creo que no podré
vivir sin ella, no realmente, nunca tendré una vida completa sin
ella, pero no es la primera vez que estoy preparado para morir.
Después de todo, no es la primera vez que ella se va, solamente es
la primera vez que no regresa. Esa es la única diferencia, el único
detalle que derrumba mis estructuras. Sepultado. Sepultado junto al
castillo de naipes que fue mi vida. Fue. Fue. Pero no, pero Martina,
debo proteger a Martina de los gatos antropófagos, de los entes de
hambre y uñas afiladas que rompieron la puerta de algarrobo con sus
garras felinas y ahora vienen por nosotros rasgando la alfombra,
orinando las paredes, escudriñándonos con soberbia severidad. Es.
Es mi vida. Su vida. Es vida.
Los
novios atacan a los gatos, pero son tragados por aquella tormenta
interminable de garras y maullidos. Son cientos y vienen hacia
Martina. Utilizo mi cuerpo como su escudo, creo que escucho gritar a
Julio entre el tumulto, pero es solo un instante; siento las garras
en mi cuerpo, los dientes mordiendo, rasgando la ropa, la carne, los
maullidos, el olor a orina penetrante. Veo emerger a Lucas, repleto
de rasguños y bañado en sangre, toma a un gato blanco y lo estrella
contra la pared. El gato no vuelve a levantarse. Llegan más felinos
buscando venganza, Lucas toma una silla y los enfrenta. Aprovecho ese
giro favorable para mirar a Martina, que me devuelve una mirada
asustada, repleta de temblor y miedo de muerte. El horno y el
microondas nos vitorean desde la cocina; el horno arroja datos
históricos sobre cómo el clima podría favorecernos, el microondas
cita a Nietzsche a los gritos. Pero los gatos no tardan en hacer caer
a Lucas y volver hacia nosotros.
VI
Y
entonces vuelve. Ella vuelve para incendiar el departamento con su
aroma a frutillas tan particular; para quitar, para siempre la mugre
de la olla y los restos de esponja de metal adheridos; silenciar al
horno que grita incoherencias acerca del clima y la globalización,
accionando esa perilla oxidada que no giraba; para desenchufar al
microondas posmoderno. Ella vuelve y todo se detiene, los gatos
abandonan sus uñas a la intemperie de mi sangre, permanecen hendidas
en mi cuerpo, sin embargo, no ejercen mayor presión. Ella da unas
vueltas alrededor de la casa, levanta a Julio y Lucas del suelo y los
deja ir, ensangrentados, agonizando. Va hacia el baño y de alguna
manera detiene el clic, clic, clic. Luego de un instante, me mira. Me
mira y todavía rigen sus parpados por sobre toda mi existencia. Y de
repente ya no es tan difícil tolerar los atropellos, las uñas
encastrándose en mi carne, la sangre surgiendo a cántaros, el dolor
inhumano.
Se
sienta en la mesa sin dejar de mirarme, estrellando esos negros
asteroides en mi cuerpo, acerca la taza de flores a sus labios y en
un sutil respiro me reprocha haber permitido que el té se enfriara.
Bebe otro sorbo antes de arrojarlo todo por la pileta, antes de
despreciar las flores ya amarillas, su rostro repleto de asco me
deprime y solo puedo sentir la culpa por haber abandonado ese
recipiente de infusión a la intemperie. Al regresar de la cocina me
mira por un instante mientras los gatos ronronean, entonces da un
paso hacia mí. Otro. Otro. Dos pasos más. Los felinos erizan su
cuerpo mientras ella se acerca, bufan, maúllan, agitan sus rabos,
pero son incapaces de detenerla. Nadie puede detenerla, impulsada,
invencible, ser de puro amor. Detiene la perpetua longitud de sus
piernas a escasos centímetros y desde el suelo puedo inhalar su
aroma a belleza. Extiende sus manos como un ángel, como un querubín,
criatura celestial, salvadora. Extiende sus manos gráciles, sus
dedos como cuello de cisne, su amor, la perfección, mi amada, mi
amor. Su cabello rojo, mi Diana. Sin mirarme, sus ojos regentes
alejados
me asfixian tanto como su mirada proyectando ahogo. Sin mirarme posa
una mano en mi hombro y con la otra me mata. Sin decir nada. Toma mis
últimas semanas. Toma mi vida, me aniquila. Se lleva a Martina en
sus brazos. Sin decir nada. Las veo irse de mí para siempre, la
mirada de mi hija, inescrutable rostro repleto de angustia y
confusión. Cierra la puerta y ya no sé qué hacer para desear
evitar que los gatos devoren mis entrañas.
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