martes, 13 de febrero de 2018

cake




La caja pesa más que ella y cree que si hace un esfuerzo podría meter su cuerpo entero dentro. Para ello tendría que quitar la tapa y vaciar el contenido antes, pero no puede hacerlo. ¿Qué dirían si descubrieran que fue abierta? Dijeron que esperara, que la vendrían a buscar. No sabe si a la caja o a ella. Se sienta en el banco de la plaza vacía de árboles y personas. Un columpio roto, el rumor de un vehículo perdiéndose en la distancia, las nubes apilándose como una avalancha, esas piedritas blancas en el suelo. Agita levemente sus alas. Espera que no llueva, el agua podría arruinarlo todo y también su pelo. Deposita sus ojos sobre la caja rectangular, casi tan alta como un niño, o tan alta como un niño no muy alto. El cartón podría arruinarse con las gotas del cielo, de ese inevitable bochorno, ahora inevitable bochorno. La tapa tiene un moño rojo, podría ser un regalo. Le dijeron que la vendrían a buscar, pero no sabe si a la caja o a ella.

Se parece a uno de esos regalos que le hacía Pastel cuando niñas, grandes cajas adornadas con volados y envueltas en papel de seda y cintas de colores. La presentación siempre era mejor que el objeto; a veces flores muertas del jardín, a veces piedras, piedritas de colores del fondo del pozo cavado a vivas uñas en el patio. Pastel se presentaba en el living maquillada de barro y lombrices y mamá les prohibía salir de casa para siempre. Para siempre nunca eran más de dos días entonces. Y los presentes volvían a aparecer bajo su cama. Ella guardaba las rocas sin rencor y tiraba las flores a la basura. Tenía un cajón en la cómoda repleto de piedritas, las verdes le gustaban más que las demás. Pastel también guardaba cosas en la cómoda, cintas de colores, lápices sin punta. Mamá tenía colillas de cigarrillos en el cajón de arriba de todo. Y una torre hecha con frascos de café instantáneo que llegaba hasta la luna. Sin embargo, nadie nunca escaló la torre hasta la luna, de haberlo hecho, habría sucumbido ante la presión de la atmósfera o el frío del espacio. Dicen que en el espacio te congelás, pero el abuelo se prendió fuego. A veces las cosas no son como en los libros.

Le dijeron que la vendrían a buscar, pero ahora llueve y qué van a decir si se moja todo y se echa a perder. Por eso toma la caja y, haciendo fuerza con más que nada las piernas camina casi como arrastrándose hasta el techito de un quiosco. El hombre alto como más de tres cajas apiladas que atiende el quiosco le dice algo, pero ya no se oye nada. El agua se estrella con estrepito contra el asfalto y el techito y la percepción de la realidad se torna ardua. Desde ahí no se puede ver la plaza, y no puede ver nada más que lluvia, como con la vieja tele cuando el gato la usaba para dormir su siesta de catorce horas y nadie podía ver nada. Tiene que volver al banquito, le dijeron que la vendrían a buscar, a ella o a la caja, pero ella no puede ver más allá de la tormenta, y espera que la caja tampoco pueda ver nada. Espera que la caja no pueda hablar tampoco, porque una caja de cartón parlante es pésima compañía en medio del diluvio.

sábado, 3 de febrero de 2018

Como una medusa al sol






If there was an answer, a meaning, would it make you any happier?
-The beginner's guide



Acá arriba no sentís nada y todo es blanco, muy blanco. Las paredes blancas sin vértices parecen moverse gradualmente, por eso es preciso mantener los ojos cerrados o la vista fija en la única puerta que da al pasillo. Nadie quiere perderse en una cámara circular y nunca más encontrarse. El suelo es blanco y ligeramente frío. No puedo discernir el material del que está compuesto, pero es áspero al tacto; puedo notar formas y relieves bajo mis pies, pero las luces son demasiado intensas para dejarme ver. Las luces blancas. ¿Por qué es todo tan blanco? El techo también es blanco. Hablé con Velázquez sobre el asunto este de por qué tanto blanco, pero desestimó mis quejas. Ahora me observa por la ventanilla de la única puerta que da al pasillo. Un grupo de personas con ropas blancas me observa, tomando notas en libretas de hojas blancas. Tengo que marcar los botones en un orden preciso. Pienso en un número de teléfono. El número de alguien en particular. Cuatro. Nueve. Cinco. Tres. Uno. Tenés 0 mensajes nuevos. La brisa del verano. Trenes que arrancan y se detienen. Aviones que aterrizan y despegan, surcan el cielo, unen la tierra.  Un pequeño y húmedo destello de otoño meciendo las hojas en los árboles del parque.  Cinco. Ocho. Tres. Sábanas vacías. El calor de una noche de febrero. Pájaros murmurando el amanecer. Apagones y velas blancas. Lámparas rotas. Todo va a estar bien. Seis. Siete. Uno. Tres. Nada. Nadie.
Salgo de la sala casi arrastrándome, mis pies se sienten pesados, los dedos en mis manos como diez gotas de agua diluyéndose en el océano. Una fina línea de sudor brota desde mi sien y es lo único que altera el meticuloso paisaje. El rostro taciturno de Velázquez me contempla. Los siete rostros taciturnos de Velázquez me contemplan.
-Tiene que olvidarse de pensar. Es la única manera.- Su voz es un susurro repleto de frustración, porque acá arriba todo se oye a través de un muro invisible, el murmullo de una maquinaria secreta que intenta taparlo todo,  pero no puede esconder el pánico que comienza a asolar los rostros.
-Lo sé. Pero si fuera tan fácil- Digo.
-Todo depende de usted.
Lo sé. Conozco cada una de las palabras porque acá arriba no sentís nada y todos los días son el mismo día.
-Mañana volveremos a intentarlo.
A través de una puerta al final del pasillo, de a una a la vez las personas van abandonando el recinto. Caminan lentamente, a pasos calculados, dejando el correcto espacio  de un brazo entre cada una de ellas. Hago lo mismo en último lugar. Las luces se apagan automáticamente detrás de mí. Afuera, en los grandes salones circulares, no hay mucho para hacer. Alguien riega las plantas en el claustro de hidroponía. Los vegetales y las flores que mantienen a flote la empresa. Alguien más repara los tubos halógenos averiados, o los reemplaza por otros. Mantener el correcto grado de iluminación es una tarea vital. Es preciso mantener el blanco más puro en los laboratorios o el proyecto corre peligro de echarse a perder. Quizás. Supongo. Otra persona se encarga de ordenar las barracas, los baños y las duchas para que el resto tenga más tiempo de teorizar y ensayar. Más arriba, a la derecha del comedor, hay una sala con juegos de mesa y una biblioteca con un catálogo considerable de libros. Sin embargo, ya nadie juega y nadie lee por aquí. Solo quedan los experimentos que siempre cambian y nunca cambian. Ese es el juego, alguien, usualmente Velázquez, aparece con una nueva idea sobre las recamaras circulares. Son seis en total, similares a una pecera, aunque tres fueron perdidas en el accidente de hace un año. Sucedió en un instante, como un milagro ruin, todas las superficies se iluminaron y refulgieron de rojo y fuego y un aullido estridente desgarró el susurro permanente de la instalación. Sin embargo, no tardó en apagarse, y, cuando se el humo se disipó, el rostro calmado de Velázquez se posó sobre mí, y no tarde en reemplazar a Cristaldo. De las restantes, la de los botones es la que más usamos. Palavecino está convencida de que esa sala es la clave, aunque solo sea por descarte, superstición o vana esperanza. El pensamiento mágico reina en estos últimos días. Por supuesto, no todes coinciden.  Sierra y Benavidez sugieren que las tres válvulas presentes en otra, representan a la sagrada trinidad, y que la fe nos llevará a la redención. No hace mucho, realizaron una muestra con las conclusiones de su investigación. Ese día se detuvieron todas las actividades para la exhibición. Por supuesto, no pudieron convencer a Velázquez. La otra cámara, la tercera, está más apartada, sujeta en medio de las que fueron atrapadas por el fuego. Ya casi no entramos allí, a menos que alguien aparezca con un proyecto novedoso. De todos modos, no hay mucho para ver. En el centro del recinto cuelga un péndulo que desciende paulatinamente hasta rozar el suelo, y luego asciende a su posición original con la misma tranquilidad. El suceso ocurre tres veces al día. En un momento, surgió una hipótesis que conectaba esa cámara a la cámara del pozo, y, para los más osados, eso conectaba las seis cámaras, y su totalidad era necesaria para resolver el problema. Lamentablemente, esto fue imposible de corroborar cuando el pozo se perdió en el accidente.
Evidentemente, no conozco suficiente sobre el mundo científico para poder aportar algo más que mi cuerpo como conejillo de indias. Al ser la única persona que se ofreció voluntariamente a reemplazar al difunto y calcinado Cristaldo, se me trata con cuidado especial. La persona a cargo de la operación, Velázquez, teme el caos que podría desencadenarse al no aparecer alguien que se someta a las pruebas voluntariamente. Si nadie quiere hacerlo y alguien tiene que hacerlo, entonces se recurriría a métodos crueles de selección y una rebelión podría surgir entre quienes rechacen completamente los designios. Por eso se me conceden ciertos privilegios, los mejores aposentos, las mejores comidas y acceso irrestricto a todos los niveles de la división. Deambulo por las instalaciones hasta que los alto parlantes dicen mi nombre. Las palabras me encajan de nuevo a este lugar. Mi nombre es el lazo atado al cuello, y Velázquez sostiene el otro extremo.

-¿Cómo se siente hoy?- me pregunta Velázquez, cuando llego a su oficina personal, otra sala circular, blanca, como una mañana muy blanca, y una sola silla en el medio. Me acomodo en ella, mientras Velázquez deambula lentamente por el recinto, sus pasos son el único eco en el lugar.
-Como todos los días. Los sentimientos no varían aquí arriba.
-¿Arriba?- Inquiere.
-¿Estamos arriba, verdad? Este es el último piso.
-Ah… por supuesto.- Susurra.- En ese sentido estamos arriba. Pero no diría que los sentimientos no varían. La desesperación es como el blanco, sus matices son difíciles de notar cuando predomina, sin embargo si se agudiza la vista, pueden notarse las variaciones. Cada día que pasa, me convenzo de que el acontecimiento se acerca, y necesitamos encontrar la solución. Pero usted sigue pensando. ¿Por qué se aferra tanto a lo que su cabeza tiene para decir? Si aquí no hay más que el blanco, y el blanco lo es todo, ¿por qué no permitir el blanco también en los pensamientos? El blanco es la clave.
-¿Cómo llegó a la conclusión de que el blanco es la clave? La epifanía también es pensamiento, Velázquez.- Respondo, y me mira con algo que asemeja a la pena en los ojos- El blanco es otra deidad a la que rendirle culto, una seguridad a la que aferrarse. Las seguridades no pueden otorgar calma al pensamiento, porque provienen de él.
-El escéptico cuestiona al dios aunque no exista. La única realidad incuestionable es la del cuerpo, nuestros cuerpos sangran, duelen, y dejan de funcionar. El acontecimiento lo clamará todo, ya tomó las primeras tres cámaras y continúa su marcha. Tal vez no suceda hoy, ni suceda mañana, pero en algún momento, sus días dejarán de ser el mismo. Necesitamos la solución. -sentencia y abandona su propia recámara. Ningún eco se oye.

En los pisos inferiores predomina el gris. El blanco se descascara constantemente. Los depósitos rebalsan de oscuridad y cajas vacías o repletas de artilugios descompuestos. De tanto en tanto atravieso los laberínticos canales de multiformes paredes de cables y plástico. Hay murmullos, corredores sin salida, puertas automáticas averiadas. Cordones y alambres se pierden por las rejillas del suelo, por los ductos de ventilación. Creo que cada vez son más los pisos inferiores. El trayecto se siente en cada ocasión más prolongado. A veces bajo al último subsuelo, donde tienen guardada a Kyrat, una especie de súper computadora capaz de sentir y funcionar como una persona. La uso para jugar Okami en un emulador de ps2. A veces me habla. Se queja de la humedad, de la soledad. Suelo contemplar lo absurdamente fatal que es haber sido creada para una finalidad que no podía alcanzar, poder sentirse de lleno en el fracaso de las cosas. Discutimos lo profundamente inhumano que es ser abandonada por no ser capaz. En lo trágico de su desgracia, Kyrat se oye más cercana a la imagen que tengo de la humanidad. Suele ser una compañía más agradable que aquella de las personas de gorro de punta y batas blancas, exudando teorías absurdas sobre el fin del mundo. En toda su artificialidad, Kyrat es un producto natural de aquellas teorías absurdas sobre el fin del mundo. En etapas iniciales, quienes ostentaban el poder decidieron que una maquina era la solución perfecta al problema, porque una computadora era incapaz de pensar como un ser humano. Entonces crearon una computadora capaz de pensar como un ser humano y la desecharon cuando no cumplió las expectativas. Ella suele preguntarme  por la vida en la Tierra. Ese charco fangoso.
Y cómo es. Y pienso en los edificios del centro, en el departamento de Vi, en la gata que me odiaba y me mordía los dedos de las manos cuando quería acariciarla, en las meriendas desnudes, muffins de arándano y café en la cama, en su cama grande.  Respondo que los parques nacionales, que las montañas, que los paisajes, que los ecosistemas, que la fauna marina, que los templos en Bután que nunca visité y solo conocí por fotos de internet.
Y el amor. Amor eran las decisiones, las mil y un tazas de té que dejé enfriando demasiado tiempo, las galaxias, las explosiones, y también eran sustancias químicas jugando en el cerebro. Lo bello.
Y si la vida era tan bella por qué entonces pasar tanto tiempo reproduciendo lo no bello. Ni idea.
Por qué relegar al tiempo libre lo divino. No más clases de filosofía, por favor. 
Y no era la comunión la mejor opción. Skip.
No fue siempre la comunión la mejor opción. Skip.
Por qué evitar la comunión si era la mejor opción. Skip, skip.
Cuando todo pase. Si todo pasa.
Porque todo está destinado a dejar de suceder, las variables no son infinitas y podría calcularlas si tan solo -no te olvides de guardar el juego-. Ctrl F5. 
¿Me vas a venir a buscar? Pienso todo el tiempo en qué haría si todo esto acabara, estoy tan acostumbrade al proceso, que la sola idea de ver una luz no artificial, beber agua de la lluvia o percibir otros colores que no sean gris plomo y blanco me aterra. Sinceramente me aterra.
La soledad es una dama cruel.
Tenés 0 mensajes nuevos.
Aquella noche me animé a entrar a mi departamento. Nunca logré deshacerme de las llaves. Estaba todo como la última vez. Las paredes pintadas de azul cielo y las manchas de humedad reptando lentamente desde el techo. La cama deshecha. Las bolsas de basura que debían llevar semanas o meses juntando gérmenes en un rincón, el polvillo constante de una persona descuidada. El espejo vacío del baño. La lamparita rota. Mil ropas apiladas en una silla. La televisión desenchufada, pero la consola conectada, inútil combinación. Todo tan estático, un almohadón negro del sofá en el suelo. La otra silla junto a la pava y una taza de té a medio beber en la mesita de la sala. El saquito de té aún en la taza, enmohecido por el paso del tiempo. Extrañas sustancias blancas flotando en la taza. El teléfono marcaba las veinte y cincuenta y dos del dieciséis de febrero de 1908. Sonreí levemente al pensar que nunca lo configuré correctamente.

-No todo lo que hago o digo es un grito de auxilio, pero no me molesta que vengas a rescatarme.- murmuró Vi una madrugada. Tomándose las rodillas debajo de la mesa me miró con sus ojos que temblaban como dos exhaustas lanzas de vidrio inyectadas de sangre. Luego se levantó sin decir nada y fue directo a la computadora, abrió la misma partida de Civ que llevaba años jugando, y más años pasaron. El mundo cambiaba muy poco entonces, cada hexágono era un pantano desolado y ruin. Los turnos dispuestos para la campaña ya se habían agotado, pero Vi decidió seguir. Continuar, a pesar de la futilidad de la empresa, era un defecto que compartíamos.  La degradación se había convertido en una constante, pero ese mundo se resignaba a extinguirse. Vi seguía clickeando, y, mientras no dejara de hacerlo, ¿quién podía decir que el juego había acabado?
Solía usar ropa de color amarillo, la imagen de su atuendo reposa fija en mi mente, como un infantil dibujo de un deforme y gigantesco sol sonriente pegado a la pared del dormitorio. Vagas ideas de lo que alguna vez fueron los colores aun retornan a mí, y, si el blanco es la clave, y si deshacerme de esos recuerdos es mi deber, entonces creo que el acontecimiento será irrefrenable.  Porque antes del primer acontecimiento todo se sentía tan vivo, incluso la noche parecía bailar. Acabar con los más vívidos recuerdos es un acto atroz, más que cualquier fin del mundo.

El congreso de prestigiosas personas de ciencias se mueve como un bloque hacia mí. Sin mediar palabras es que entonces me arrastran una vez más al estrecho pasillo de las cámaras circulares. Nadie  emite palabra alguna, pero me observan expectantes. La decisión, a fin de cuentas recae sobre mí, pero no puedo evitar pensar que hay motivos ulteriores, que aun al desnudo y al filo del acontecimiento,  escucharé, apenas abra una puerta, el sonido de los lápices escribiendo en las libretas. Las palabras juzgándome como un espécimen de laboratorio, como una persona desterrada a las paredes blancas y la camisa de fuerza del manicomio.
Reconozco la sala como aquella de los botones, Velázquez no se rinde con este recinto. Ve algo que no veo, porque no veo más que blanco y no se me ocurre qué puede ocultar, qué sutil secreto escapa a mi mirada, qué respuesta no alcanzo a oír con mis oídos tapados de frustración. El calor de la duda incondicional perforando mi nuca me aturde. Si supiera, si tuviera una guía más allá de las blancas palabras, de los debates científicos, de las búsquedas de significado, del rechazo al significado. Las verdades y las mentiras bailan de la mano y convergen en un cuerpo único delante del brillante y blanco escenario. Busco una respuesta entre las miradas, pero el congreso de los magos murmura palabras que no van dirigidas a nadie y es que acá arriba no hay certezas y todo es blanco, muy blanco. Las paredes y el suelo brillan incandescentes. Los rígidos labios de Velázquez parecen formar una palabra. Sus ojos se curvan al decir mi nombre. No alcanzo a oír, pero sé que ahora todo el mundo está en silencio.

Tenía ocho años cuando me perdí en aquel enorme supermercado. En un largo pasillo blanco  transitaban personas de rostros difusos, aferradas a metálicos changos, que rebalsaban de productos obtenidos de las góndolas. Recuerdo un inusitado frío que provenía de mi izquierda, donde descansaban productos lácteos. Sin embargo, mi mano se sentía cálida, alguien la sostenía. Aquellas personas parecía hablar en susurros sin motivo alguno, no existía otro sonido más allá de esas débiles voces, y resultaba difícil discernir las palabras. Cuando noté que la otra mano me había soltado, las voces estallaron en quejidos, todo se volvió más grave, pero seguía siendo un ruido vacío, un grito inútil que retumbaba en mi cuerpo. El insoportable ruido se trasladó a mis ojos, mal formes figuras comenzaron a emerger, moviéndose erráticamente a través del lugar. Traté de enfocarme, quise buscar un rostro conocido, pero no había rostros, solo el ruido de las bolsas cayendo en los carritos, el eco mudo de los zapatos, y esas voces, esas voces con dientes que parecían agitarse en torno a mi cuerpo. Me dejé caer en el suelo blanco y mugroso. Me abracé a mis rodillas, quien sostuvo mis manos en otro momento no se encontraba en ningún lugar. Me había dejado en una estantería aleatoria, como a un producto súbitamente indeseado. Los enormes cuerpos colosales de aquellos seres, aquellas cosas desconocidas que designé personas, arremetían contra mi cuerpo, se arremolinaron hasta el colapso. Y, de repente, me agobió una oscuridad asfixiante, como en el fondo del mar. Entonces los alto parlantes dijeron ese nombre que ya no era el mío. Ese nombre que desde ese momento y para siempre se referiría a alguien más.  Y me dejé hundir hasta el fondo del abismo.  

Es el color blanco, el color que me ata y me retiene el que me lo dice todo. Se trata de los colores. Rojo. Azul. Verde. Rojo. Azul. Verde. Vagabundas figuras deambulan por el recinto, parecen formar palabras, enigmas indecisos en un lenguaje inefable. No tiene sentido ahora. Pero si pudiera recordar el significado de los colores, podría conectar los puntos, marcar el correcto orden de los números y descifrar la clave. y terminar con la calamidad. Pienso en los colores. He visto esos colores. El verde prístino de las plantas del departamento de hidropónica que crecen hacia un sol equivocado, el rojo de la sangre que brota de las encías y el óxido que todo lo corrompe. El sueño azul del océano infinito, de las palabras que me anclaron a este océano sin voz. Imagino sus matrices. Los pálpitos frescos, gritos agudos de vida de un vegetal. El cálido y espeso líquido mezclado con saliva que se escurre entre las manos. Y el azul. El azul. No recuerdo el tacto del azul, no recuerdo sus fauces tibias. Se desvanecen, se filtran los pensamientos. Los colores intentan escapar. Y acá arriba todo es blanco, realmente muy blanco, y las paredes son correas que me atrapan y correas que me sostienen. Me adhiero al cemento. Me pierdo y me dejo ir sin llegar a ningún lado. Trato de mantener la calma, pero todo es tan frágil que es fácil perderse. Trato de mantener la calma, la recta final se difumina en el horizonte. Trato. Me concentro en lo que realmente me importa, las inefables hambre y sed que me agobian. Lo que daría por una taza de té o un vaso de agua fresca. Me concentro en las meriendas para no soltarme. Y ahí está. Una cuchara sucia de azúcar (blanca), un saquito de té reciclado,  el dulce sabor a flores de los arándanos. Toma unas bayas del bowl y se las lleva a la boca con suavidad. Sonríe con sus dientes manchados, con sus húmedos labios y su lengua azulada. Esa es la textura que busco.
Rojo. Azul. Verde. Los botones se contonean, susurran y tiemblan. Ahora todo cobrará sentido. Rojo. Azul. Verde. Los botones bailan. Este es el desenlace. Rojo. Azul. Verde. Rojo. Azul. Verde. Nada. Nadie. Nunca. El acontecimiento es inevitable.

Un calmo zumbido desborda la habitación, y en un instante la luz de las cosas se apaga. Este es el  acontecimiento, el momento en el que todo termina de acabar. Velázquez me mira, la estatua que fue Velázquez me mira. Acá arriba ahora todo es negro, excepto por los ojos del pasillo que convergen una gigantesca y monstruosa boca eternizada en una mueca de horror y grito inagotable. Todo se ha detenido, menos mi cuerpo, menos las luces que, como estrellas, se apagan una a la vez asesinando la ilusión de ese blanco puro y siniestro. Esta cámara circular es mi arroyo del búho. Antes de que el grito acabe, puedo realizar un último acto. La botonera emite un silbido que se niega a abandonar el recinto, pero eso ya no me ata. Lentamente abro la puerta, cruzo por entre los brazos agitados en retorcidas figuras, dejo el pasillo, camino con solo el silencio de mis pasos y las luces que se desvanecen como compañía. Sin esfuerzo me lanzo a la última escotilla, floto en el aire como una flor en el agua, como una astronauta averiada en el oscuro pozo que es el espacio. El gran océano se abre ante mis ojos, inusitadamente iluminadas, las aguas y algas y rocas me guían hasta las ruinas sumergidas de la ciudad. Cadáveres de casas y edificios abandonados al imperio de lo ruin y lo pelágico forman arcos y callejones por los que alguna vez nadaron peces y ya ni siquiera eso. Viejos vehículos se oxidan perpetuamente y los grandes carteles publicitarios intentan fructuosamente vender viejos productos a los nuevos habitantes del planeta. Aún no hemos muerto. Y si Kyrat está en lo cierto, y el acontecimiento eventualmente llegará a su fin, ¿Qué pensarán nuestros sucesores de todo esto? ¿Se burlarán de nuestros absurdos intentos de conseguir la inmortalidad? ¿O temerán? ¿Contarán la historia de aquella persona que se libró de las fauces del fin por tiempo suficiente para morir en su viejo hogar?
Bajo por la avenida, autos viejos y colectivos abandonados ya hace mucho se amontonan como buscando protección en la multitud. Nado por kilómetros en un instante, la ausencia de tiempo  lo facilita todo. El cartel que indica la bajada a mi calle aun retiene algunas letras, negándose a dejar de indicar, a dejar de cumplir el propósito para el que fue creado. Y creamos tantas cosas con fines tan nimios, tantos artilugios inútiles que nos sobrevivirán. Finalmente llego al edificio. Aún entre las ruinas parece un palacio depreciado. Atravieso las puertas, subo las escaleras y entro a mi departamento. Todo está como aquella noche, ni la catástrofe puede curar el desorden. Me acerco a la heladera,  la lamparita se rompió hace ya mucho, tomo una fría lata de cerveza y me dejo caer en el sillón. Cierro los ojos antes de tomar el último trago.

Y en un instante todo lo que se detuvo estalla. Las aguas se arremolinan y me arrastran, los peces del abismo se iluminan en figuras bestiales. Un torbellino me lleva hacia el exterior, bajando las escaleras, atravesando las puertas con furias, me empuja a través de la  avenida, por entre el cementerio de vehículos, por el laberinto de arcos y pasajes de cemento y hierro, de regreso a la escotilla, al interior de la instalación, al pasillo del piso más alto y a la botonera y todo es blanco, tan blanco. El grito se ahoga en el pesado murmullo de la maquinaria siniestra y el silbido final se difumina en un simple eco y no sé qué sentir, porque acá arriba no sentís nada, y todo es blanco, como el acontecimiento.
El gremio de alquimistas forma un círculo a mí alrededor y alcanzo oír gritos de júbilo y vitoreo. Las sirenas suenan estridentes y la plataforma abandona lentamente el fondo del océano en dirección a la superficie. Llegan noticias de otras instalaciones; el acontecimiento ha cesado, el enigma ha sido resuelto, la tierra es habitable una vez más. Todes me felicitan y me abrazan, con excepción de Velázquez, que me mira a los ojos y sé que sabe. Sabe de las ruinas y del fin de los tiempos. Sabe que mis intentos fueron un fracaso, sabe que abandoné la misión cuando la creí imposible, sabe que, aunque el acontecimiento haya sido anulado, no fue gracias a mi esfuerzo. Fue alguien más. Alguien más lo hizo.