Sentir que no
soy nada para la ventana que muestra el árbol y desatar mis cordones como si
fueran llaves con las que descerrar una ausencia.
Encender la
náusea y fumarla hasta sentir el plástico de la bomba de mentol atorarse en mi
garganta.
Volver.
Volver a pensar en la ventana que muestra el árbol y la persiana baja ocultando
temores y ramas penetrantes en el cerebro desnudo que quedó en evidencia.
Evidencia y
temor. Sentarse en el umbral de una escena y deconstruir los momentos. Quedarse
con las piezas faltantes al intentar reconstruirlos. Lamentarse una
desinhibición tardía, un lenguaje gestual que no garantiza la completa
comprensión de los diálogos. El silencio es parte de lo verbal; lo otro, lo
dicho es lo que no significa.
Las manos
frías y el detergente humedeciendo. Otra taza de café y la necesidad inminente
de orinar, la necesidad de dormir, la necesidad de terminar los resúmenes de
Raymond Williams, la tiranía del tiempo.
La ventana
que muestra el árbol no me quiere. ¿Por qué no me quiere?