No. Dijiste que no.
Grandiosas últimas palabras. Te pregunté y dijiste que no necesitabas abrigo, como ahora
que decís que no, que no tenés frío.
Nadie te pregunta más nada. Te ves tan perfecto con esa sonrisita de recién
recibido y ese traje gris. Te dejamos a
solas en la habitación con Gonzalo. Él te contempla en silencio, sin embargo,
comenzará a hablar una vez que abandonemos la habitación.
Está fresco, junto a
la estufa nos reunimos. Está en máximo, de todos modos Aldana apoya la espalda
en el cálido metal y se dirige a nosotros. Hace los ademanes de actriz
frustrada de siempre y procede a no
decir un carajo, como siempre. Pasaron casi tres años desde ese día de junio en
el que te encontramos erguido junto al limonero en el jardín, como un guardián
de mármol, o una decoración de cerámica, convertido en una estatua de hielo, y
ahora por fin volvés a moverte. Fue la última madrugada, fuiste hasta la cocina y abriste la heladera con los
pies descalzos y el resto de la casa oscuras. En estos tres años pasaron muchas
cosas. Se rompió la lamparita de la heladera, por ejemplo. Por eso te
descubrimos, por el ruido cuando las botellas de birra cayeron al suelo. Frío
día de invierno decidiste volver, siempre tan oportuno. Romina tuvo que limpiar
todo ese desastre. Ahora estamos discutiendo qué hacer de tu regreso al mundo
del descongelamiento, pero Aldana se interpone con sus discursos sobre la nada
misma. Un día le pregunté sobre el paradero de un paquete de yerba y me habló
de la supervivencia del más apto. Quizás su cerebro está congelado también,
fosilizado en tiempo pretéritos, repleto de ideas inamovibles y conceptos en
desuso. O eso pensaría, si no hubiera todavía toda una secta dedicada al culto
de Darwin.
Tenés aún escarcha
en el pelo y una película gélida cubre tu cuerpo, te ves celeste bajo la tenue
luz del altar en el que te enclaustramos en los primeros días. Es como un gran
freezer en el que también congelamos tus cosas; el pianito eléctrico, algunas
ropas . Fuiste como un faraón, y para nosotros fue como un sepelio, parecido a
lo que sucedió cuando abuela Berta murió, los primeros días todas las personas
que conocías, todos tus contactos de twitter y de instagram, se acercaban y te
dejaban cubitos de hielo o helados de palito, a tus pies, como ofrenda, un día
hasta vino Gerardo desde el sur con un pedazo de cerro. Lo tiramos a la mierda
a los tres días, obvio. De a poco se fue construyendo ese templo en que te
mantenías centinela día y noche, con tu noble semblante perpetuado en hielo.
Eras tu propio homenaje. Al mes ya no apareció más nadie y los asuntos
retomaron su curso. Romina y Gonzalo se casaron, por eso ahora él te está
hablando ahora, para que no te sientas incómodo después. Capaz que te enojás un
poco, o te ponés triste, pero vos y yo sabemos que no lo querías ni un poco.
La plata no alcanza,
gordo. Gonzalo se compró un hornito eléctrico en cuatrocientas cuotas y todavía
estamos pagando tu postítulo. El que nunca pudiste realizar. Por eso Aldana
quiere que te volvamos a congelar. No le gustaría otra boca a la que alimentar,
dice que te vamos a devolver la vida cuando las cosas estén mejor, que está
quemando peces en el acuario para que no se lleven nuestros recursos. Ya te
dije que no hay que hacerle caso, si los demás lo supieran estaría todo bien y
podrías moverte por toda la casa, con esa gracia robótica de quién comienza a
volver a sentir, podrías ir de a poco hasta el jardín hasta que llegue la
primavera, y entonces vemos.
No creas que la
gente no se puso contenta con tu vuelta, Aldana dejó de hablar imbecilidades un
rato y casi se larga a llorar, Gonzalo sacó la basura de Cigarettes after sex
que escucha siempre y puso algo para bailar, hasta Romina casi sonríe. Yo quise
sacarte una foto con el celular y subirla a las redes sociales, quise
telefonear a los medios, quise abrazarte y besarte y decirte que todo va a
salir bien esta vez. Pero no lo hice. Tuve miedo, negri. Como tengo miedo
ahora, porque creo que te van a volver a congelar, porque creo que todo este
divague, toda esta discusión, reunión familiar en la sala de estar, con la
vieja estufa y café con medialunas de la panadería de Greta no es más que una
puesta de escena. Porque el mundo se tornó gris y la temperatura bajó cuando a
Gonzalo se le acabaron las tres cumbias del año del pedo que tiene en el
celular. Y el siempre eterno ojo vigilante de Romina se postro sobre nosotros y
nos reprendió con la mirada y nos subyugó.
Está celosa, y se
mueve de un lado a otro por la habitación. Sus tacos hacen un ruido de
ultratumba debido a la acústica terrible de esta sala, también hace un
chasquido cada vez que pasa por el largo charco que dejaste en un travesía del
freezer a la cocina, de tu habitación a la cocina. Podría resbalar y romperse
el cuello. Dice qué tanto pueden estar
hablando, como si no hubiera nada de qué hablar después de los tres años que
pasaste siendo la embajada antártica en Argentina. Dice que volviste para
arruinarlo todo, que las cosas por fin estaban saliendo bien y justo tuviste
que volver vos y que siempre fuiste un palo entre las ruedas en todos los
planes que siempre tuvimos. Que no necesitamos tu negatividad y que no hay
progreso con vos y que ser un iglú te sentaba bien. Por eso Romina quiere que
te volvamos a congelar. A mi me gustaría que pudieras hacer tu vida, como antes
de recibirte, irte a la mierda, escabiarte y despertar desnudo en la cama de tu
mejor amiga, desayunar juntos en un silencio falsamente incómodo y falsamente
prometernos que no puede volver a pasar. Me gustaría poder irme yo también,
Aldana me tiene los ovarios llenos matando vegetales en el jardín, porque antes
de la Gran Oxidación estábamos mejor. Me gustaría poder cuestionar las
decisiones que todes toman sin consultarme. Me gustaría poder abrirme una de
esas birras que tiraste ayer en toda tu torpeza. Me gustarían tantas cosas,
pero no voy a hacer nada al respecto.