**Algún día de estos voy a terminar este texto.**
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Era algo en el
pecho, una ráfaga de calor que se asentaba mientras pensamientos fluían en su
cabeza, sin control, lo espantaban. Dormir se dificultaba con tantas cosas,
remordimientos de promesas no cumplidas y terrores que asomaban. Todas las
cosas que no podía hacer ni decir se aparecían en su cabeza y su corazón ardía.
Inútil tratar de escapar de esa voz increpante, a la vez propia y ajena.
Poco había en el
universo como el calor humano, las caricias en el pelo, los brazos sobre su
cuerpo; artificios para olvidar.
No todo dura para
siempre.
Ahora el otro
duerme a su lado y pronto amanecerá sobre sus ojos hinchados. La pesada
respiración del que descansa es el único tambor en la madrugada. El insomne se
levanta en plena oscuridad, se desliza sigilosamente de la cama, liberándose de
las sábanas blancas y el colchón. Deja la luz del dormitorio apagada y camina a
tientas hasta la cocina. Pone el agua en la pava, la pava en el fuego, lava una
taza de cerámica y toma un saquito de té oolong de una caja de madera. Se mueve
de un lado a otro entre los límites de la cocina mientras espera, el fuego azul
de la hornalla, la puerta blanca de la heladera, los cubiertos plateados
resguardados en un cajón. Se mueve entre tropezones descalzos sobre los
prístinos azulejos del suelo. Creyó
haberse por fin liberado de los grilletes que lo ataban al tormento, castigo
prometeico de tener, una y otra vez que saborear sus miedos. Pero el fuego
tibio en su pecho regresó, y regresaron las preocupaciones quejosas. Muerde sus
labios. Tuerce los pliegues de la camisa larga. La camisa del otro. El otro es
alto, tan alto y fuerte como una casa, como un resguardo de la tormenta. Pero
siempre hay goteras, todo el mundo tiene goteras.
Vierte el agua
hirviendo en la taza y se arremanga la camisa hasta los codos, no quiere
ensuciar y tener que lavar algo que no le pertenece. Lavar la ropa de otra
persona es diferente a poner el lavarropas y el centrifugado automático.
Requiere un cierto tipo de empeño del que no dispone.
Busca una cucharita
en el cajón, pero solo cuchillos. Juró haber visto cucharas antes. No pudieron
haber vivido tanto tiempo sin cucharas, pero ahora solo cuchillos. Contempla el
filo del cuchillo. Contempla las marcas en sus brazos, forman glifos en la
penumbra. Piensa en la muerte. La temida
muerte. Piensa en la suavidad de la carne al cortarse, al perforarse. Piensa en
ese otro calor inmundo que agita el cuerpo. Piensa en qué van a decir los
vecinos cuando encuentren el cuerpo y las sábanas manchadas de sangre. Piensa
que alguien va a tener que lavar esas sábanas o que las van a tener que tirar.
Piensa en el otro, el otro es tan alto que no hacen ataúdes para gente así,
pero con su cuerpo no van a tener problemas. Unas horas en un horno, un último
calor. Piensa en el fuego. En esas cosas que se habían detenido pero quién
puede detener a una máquina sin apagarla. Qué diría el otro si lo viera
contemplando el filo del puñal. Qué pensaría. Cuáles serían los últimos motivos
de charla. No quiere morir. Nunca quiso.
Se recuesta junto
al otro.
-Tratá de dormir-
le dice con un susurro.- mañana es el evento de Goldblum.
Pone un brazo
cálido sobre su espalda y la besa.
-No hay cucharas-
responde.
-¿Qué cosa?-
murmura el otro dejándose llevar una vez más por el sueño.
-Solo quedan
cuchillos en la alacena.
-Tenés que lavar
los cubiertos cuando los usas.
-No es eso. Es como
si las cucharas hubieran sido reemplazadas por cuchillos.
La única respuesta
es la pausada respiración del que duerme.
Trata de dormir, el
temprano sol de verano entra por las rendijas de las persianas.
-No quiero ir.-
dice, en la cama, mientras piensa qué vestido se va a poner. El dorado, el de
las mangas largas. Siempre es el vestido dorado con volados y mangas largas.
-Yo tampoco, querés
que nos quedemos y miramos algo- responde el otro mientras trata de elegir los
zapatos correctos.
-Pero qué van a
decir si no vamos.- cree que los aros perlados irían perfectos con el vestido.
-No me importa lo
que digan, me importa que seas feliz. Y si no querés ir no vamos.- se le ocurre
que sería una buena ocasión para usar un sombrero. Nunca lo hace y tiene tantos.
-No vine hasta acá
para seguir escondiéndome.- replica, con determinación.- Si no me fuerzo a
hacer estas cosas… es como si nada hubiera cambiado.
-Un nuevo capítulo
no siempre representa un cambio, yo lo considero una continuación.- se le
ocurre que no baila hace siglos.
-Pero vos eras
feliz, no puedo imaginarte de otra forma.- piensa que si hay alcohol y mesa
dulce, no puede ser un mal evento.- Ni me puedo imaginar por qué estás acá.-
Agrega.
-Para mí no se
trata de escapar la vieja vida, o de evitar un temor inexplicable. Solo quiero
que este momento nunca se acabe. Te queda bien el pelo así.
El otro acaricia su
cabello y le da un beso en la frente, luego, baja hasta sus labios.
Instintivamente busca su lengua. Piensa en cuál sería el instante preciso para
buscar con las manos los botones del pantalón, para quitarle la remera y
arrojarlo sobre la cama. Solo el timbre lo detiene.
Cuando el otro sale
a atender, abre el ropero y mira sus vestidos y trajes. No el rojo, ni el
esmoquin negro, definitivamente tiene que ser el dorado. Alguien le dijo una
vez que realzaba la luz natural de sus ojos y ahora está convencido de que es
lo único bello que tiene. Pero quién lo va a mirar si es una bola de herrumbre
y miseria. Una caja de cartón mojada, llena de males y sin esperanza. El calor
cansino de su pecho se traslada a su garganta y piensa que podría vomitarlo y
ver la forma del mal. Una masa negra y ácida que todo lo derrite. Si tan solo
fuera tan fácil. Piensa que se equivocó al intentar todo esto, pero que ahora
es tarde para echar marcha atrás y que debió haber muerto cuando le llegó el
momento, pero tuvo miedo a lo que podía pasar, miedo y rencor por no poder
haber vivido plenamente así que huyó a otra parte, a un mundo sin problemas en
el que podría ser feliz. Pero no lo es.
-Era el cartero-
dice el otro que regresa a la habitación portando un manojo de sobres.- la
vieja de al lado no atiende hace meses y me dejó las boletas a mi para cuando
vuelva.
-Por si llega a
volver- aventura.
-¿Y a dónde va a
ir?- responde el otro, incrédulo.
-Capaz que volvió.
-No conozco a nadie
que haya vuelto.
-Pero es posible.
-De ser posible, es
posible. Pero a estas alturas no creo que sea volver, sino otra cosa muy
distinta. Bueno, no importa, vestite y vamos.
A estas alturas ya
no existe volver.
Entran al salón, él
radiante con ese vestido dorado y el pelo recogido y el otro con un vestido
púrpura y un sombrero de copa. Son saludados e invitados a compartir la mesa
con Chang, Torres y Sera, que visten idénticos trajes a cuadros blancos y
negros.
-Qué bueno que
hayan podido venir- dice Chang, bebiendo una copa de vino.
-Estábamos por
quedarnos, pero no queríamos fallarle a Goldblum.
-Le debemos mucho,
pero un evento de esta magnitud todas las semanas es estresante- comenta Sera.
-Me pregunto de qué
va a hablar esta semana- dice el otro.
-Espero que hable
de la escasez de agua en algunos barrios. Esta semana tuvimos que pasarla en la
casa que tenemos en la costa. Y son como seis horas de viaje.
-¿Escasez de agua?-
inquiere el otro.
-Le comentaba a
Sera. Y me dice que en su barrio hubo un éxodo de arañas.
-Es como si se
hubieran esfumado.- Dice, haciendo una pantomima. Sera siempre es expresivo con
sus manos.
-Esto no puede
ser.- dice el otro indignado mientras enciende un puro.
-Vení bebe, vamos a
buscar algo para tomar. Dejemos que la gente vieja hable de política.- Le
indica Torres, señalando la barra.
Odia que le digan
bebe.
Torres lo lleva de
la mano. Tiene el cabello recogido en una insondable cantidad de trencitas.
Ella huele muy bien, y su piel caoba parece brillar bajo los candelabros de luz
artificial. Pero qué no es artificial en estos días. La mesa de las bebidas
está rebosante de brebajes y pócimas. Alcohol para olvidar y recordar, alcohol
para el calor interior, para realizar las danzas perdidas de las bacantes y
sírvase usted mismo. Es todo lo que pueda beber. Toma una copa de vino mientras Torres coge un
frasco de líquido azul.
-Esto es todo lo
que está mal- dice, con ligereza y bebe
el contenido en un único, largo trago.- El sabor de todo lo que está mal-
susurra, risueña mientras pasa la lengua por sus oscuros labios.
-¿Querés bailar?-
invita, extendiendo la mano. Ella se acerca cuando habla. Se acerca demasiado.
-Creo que voy a ver
qué hay este año en la mesa dulce.- Replica señalando al otro extremo del
salón.
Ella se encoge de
hombros.
-No comas mucho.-
lo advierte, -nunca se sabe con Goldblum- y, como bailando, se desliza hacia la
pista.
Una luz enfoca un
punto en el escenario y una figura alta y morena se hace presente. Goldblum.
-Mis queridísimas
animas- clama.- Como están hoy mis unos y ceros favoritos. -Hay dos personas
besándose con pasión en su respectiva mesa. Más allá, otras cuatro fuman
cigarrillos rubios mientras detienen su discusión sobre lo último en snobismo y
se voltean para oír mejor al anfitrión. - En Sekai-Rodriguez tuvimos un sueño.
Hoy se cumple otro aniversario desde que ese sueño fue cumplido. Valga la
redundancia. Nunca fui bueno para esto de dar discursos y parece que ni la
eternidad me va a ayudar con eso.- Se ríe en el micrófono. Alguien ríe con
él. La gente baila con furia.-Bailen.
¡Bailen mis queridísimas animas! ¡Porque hoy estamos de fiesta!.
Goldblum continúa
su diatriba. No es nada que no haya dicho ya alguna vez. El aniversario es cada
vez que a él se le ocurre. Debe ser muy lindo festejar el año nuevo todo el
tiempo, pero lo realmente lindo es la suculenta mesa dulce.
No es el lugar más
concurrido del salón. Siempre son preferibles los platos exóticos y bebidas
complejas al ya conocido sabor de la selva negra. La mesa dulce es un páramo
oscuro y secreto donde se puede estar en paz y lemon pie. Chocolate caliente y
cremas heladas. El otro baila con Cheng bajo las movedizas luces de colores.
Todos están lejos.
Todos están lejos y
él a solas con la decepción.
Es como una
pesadilla, un suceso esotérico del orden de lo inenanarrable. De esas pocas
cosas peores que la muerte. Como en uno de
esos castigos irónicos del purgatorio, la mesa dulce tiene sandía. Cada postre,
cada pastel ha sido reemplazado por rodajas de esa fruta acuosa. Rojo y
semillas negras en un plato, rojo y semillas negras en una bandeja, así, a
través de toda la mesa.
Con miedo, toma una
porción. Alguien chasquea la lengua. Hay otra persona compartiendo ese nefasto
festín.
Tiene la mirada
como en un coma y vestido strapless rojo, su flequillo rubio al rabillo del
ojo y dos mechones que caen por los
bordes de su rostro, como una princesa japonesa. Se lleva un cigarro a la boca
y exhala. Le mira como si no estuviera, como a un fantasma.
-No esperaba ver a
nadie más acá, la sandía los espanta, la sandía me protege de los hombres.- su
voz es dulce, pero forzada.
-Perdón, pero qué
es todo esto.
-Sandía.
-Pero por qué.
-No sé, hoy es
sandía.
-Nunca es sandía-
eleva un poco más la voz de lo que le gustaría. Trata de calmarse.- Es la
primera vez.
-Así empieza. Con
pequeños errores. No pensabas que esto sería para siempre. ¿O sí?
Lo considera.
Considera lo fatal pero le hace doler la cabeza. Si está acá es porque no
quiere pensar en ello.
-Pero el resto.
-El resto. Qué
importa el resto.
-Y vos.
-Espero. Desespero.
Dónde voy a despertar mañana. Otra vez una cama desconocida o el frío de la
calle.
-Nunca hace frío
acá.
-Nunca es sandía.
-¿Por qué sandía?
-No puedo responder
a esto.
-La administración
puede responder. - masculla, esperanzado.
-Eventualmente iba
a pasar.- dice, fumando. Mirá las insípidas rodajas en lujosa vajilla. Toma una
y la prueba.- Es aterrador si te lo ponés a pensar. Ya no queda nadie...
-Tengo que hablar
con administración.- Comienza a caminar hacia la salida del salón, sin embargo,
antes de llegar a la puerta se detiene en seco. Busca al otro. El otro baila
con alguien más. Busca a la persona del vestido rojo. Sigue ahí, junto a la
pared, con su vestido rojo ceñido al cuerpo, fumando. -¿Venís o no?
Sus ojos despiertan
titubeantes. Echa una ojeada al salón, a la mesa dulce, al cigarrillo que se
consume entre sus dedos.
-Preferiría no
hacerlo.- responde.
Pero él ya no le
escucha porque tiene que llegar al edificio de la administración, despejar su
mente de esa duda que se instaló y poco a poco corroe las estructuras.
Atraviesa el jardín
de flores en el que todo es tan preciso y manufacturado que
la noche carece de olor y sus zapatos resuenan en un eco artificial.
Cruza la calle principal hacia la estación de trenes. El tren. El tren siempre
llega cuando se lo necesita. Todo tan preciso, tan correcto. Escucha el clic de
unos tacos a su espalda. Es la persona del vestido rojo. La mira
inquisitivamente
-No conozco a
nadie.- se excusa, encogiéndose de hombros. Se quita los zapatos de tacón y
comienza a caminar junto a él, descalza.
El tren llega
rápido y sin ventanas. Nunca tuvo ventanas. En el interior, una luz roja
ilumina los asientos aterciopelados. Cierra los ojos. Su cabeza da tumbos.
-¿Cuándo lo
notaste?- le pregunta la persona del vestido rojo.
-La vieja-
asegura.- una vecina desapareció.
-Pero si acá no hay
adónde ir. ¿No creerás…?
-No funciona así.
No se puede volver. ¿Vos?
La persona mira al
techo.
-Llegué hace unos
meses y lo noté al instante. El tiempo está mal. Me adapté como pude. Incluso
aprendí a usar la ducha. Pero se suponía que esto no debía pasar. Se supone que
el sistema lo hace todo bien, que está diseñado para durar eternamente.
-¿De qué año…?
-2203.
-¿Y cómo es?
-Gris. Como con
canas. Y la gente está cansada. Pero no estaba segurx del fin, así que fui
hasta la fundación y descargué mi cabeza. Después de eso me iba a unir a una
misión de salvamento, o me iba suicidar, lo que me resultara menos doloroso. No
sé si lo hice. ¿Cómo crees…?
Un hombrecillo con
una bandeja los interrumpe.
-¿Algo para tomar?
-Té negro.- dice
él.
-Té de jazmín y
muffins de arándano y chocolate.
El vendedor les
acerca unas tazas humeantes y un paquete.
-Qué lo disfruten-
dice, antes de abrir trabajosamente la puerta y perderse en el próximo vagón.
La persona comienza
a devorar los muffins.- Esto es lo mejor.- dice, con la boca llena.- No sé qué
es, pero es genial.- Sus ojos brillan de júbilo con cada bocado. - Allá no hay.
Allá las cosas no tienen sabor.
Él da un sorbo a su
té. Está dulce, como le gusta. Le gustaría saber dónde está, le gustaría que
las ventanillas aparecieran y le mostraran los otros barrios, los otros
tiempos, las arquitecturas que perduran en ese pequeño satélite orbitando la
Tierra. En esa última computadora prendida del universo.
-¿Decís que no
quede nadie? Allá abajo.
-Nadie que mantenga
el sistema limpio. Y con el tiempo las cosas van a fallar cada vez más hasta
que llegue el momento en el que terminemos habiendo preferido la seguridad de
la nada misma a la lenta agonía que nos depara.
-O sea que la
humanidad está acabada.
-Estamos acá
todavía, y mientras las maquinas incesantes sigan operando en la superficie,
mientras los satélites sigan orbitando la Tierra, mientras las misiones
lanzadas a la vastedad del universo sigan recorriéndolo, no creo que se pueda
decir que la humanidad está acabada. Eventualmente va a llegar algo o alguien
que pueda ver las maravillas que creamos y va a decir fua, qué gente de mierda.
-¿Cómo podés estar
tan tranquilx sabiendo que estamos acá para siempre, atrapados en una máquina
que puede torturarnos a su antojo? Y este tren ya tendría que haber llegado.-
Se levanta exaltado- ¿Qué pasa que no llegamos a la administración?- Grita.
-Estoy feliz de
haber conocido a alguien, a pesar de los siglos de distancia- dice, ignorándolo
por completo- Me alegra poder compartir una merienda con alguien. Me llamo
Vxlt. ¿Y vos?
Él se gira a
mirarle, indignado. Piensa improperios y se dispone a lanzarlos. El tren se detiene
de pronto. Las puertas se abren.
Administración de la Fundación Sekai-Rodriguez. Esperamos que haya tenido un
buen viaje. Dice una voz como una computadora.
Vxlt se levanta de
su asiento.
-Vamos a ver qué
onda todo esto- murmura como para sí. Luego se gira a mirarlo.- ¿Vamos?- Lo
invita.