martes, 30 de julio de 2019

En el planeta de los sombreros, todas las reinas se llaman Fedora.

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**Algún día de estos voy a terminar este texto.**
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Era algo en el pecho, una ráfaga de calor que se asentaba mientras pensamientos fluían en su cabeza, sin control, lo espantaban. Dormir se dificultaba con tantas cosas, remordimientos de promesas no cumplidas y terrores que asomaban. Todas las cosas que no podía hacer ni decir se aparecían en su cabeza y su corazón ardía. Inútil tratar de escapar de esa voz increpante, a la vez propia y ajena.
Poco había en el universo como el calor humano, las caricias en el pelo, los brazos sobre su cuerpo; artificios para olvidar.

No todo dura para siempre.

Ahora el otro duerme a su lado y pronto amanecerá sobre sus ojos hinchados. La pesada respiración del que descansa es el único tambor en la madrugada. El insomne se levanta en plena oscuridad, se desliza sigilosamente de la cama, liberándose de las sábanas blancas y el colchón. Deja la luz del dormitorio apagada y camina a tientas hasta la cocina. Pone el agua en la pava, la pava en el fuego, lava una taza de cerámica y toma un saquito de té oolong de una caja de madera. Se mueve de un lado a otro entre los límites de la cocina mientras espera, el fuego azul de la hornalla, la puerta blanca de la heladera, los cubiertos plateados resguardados en un cajón. Se mueve entre tropezones descalzos sobre los prístinos azulejos del suelo.  Creyó haberse por fin liberado de los grilletes que lo ataban al tormento, castigo prometeico de tener, una y otra vez que saborear sus miedos. Pero el fuego tibio en su pecho regresó, y regresaron las preocupaciones quejosas. Muerde sus labios. Tuerce los pliegues de la camisa larga. La camisa del otro. El otro es alto, tan alto y fuerte como una casa, como un resguardo de la tormenta. Pero siempre hay goteras, todo el mundo tiene goteras.
Vierte el agua hirviendo en la taza y se arremanga la camisa hasta los codos, no quiere ensuciar y tener que lavar algo que no le pertenece. Lavar la ropa de otra persona es diferente a poner el lavarropas y el centrifugado automático. Requiere un cierto tipo de empeño del que no dispone.
Busca una cucharita en el cajón, pero solo cuchillos. Juró haber visto cucharas antes. No pudieron haber vivido tanto tiempo sin cucharas, pero ahora solo cuchillos. Contempla el filo del cuchillo. Contempla las marcas en sus brazos, forman glifos en la penumbra. Piensa en la muerte.  La temida muerte. Piensa en la suavidad de la carne al cortarse, al perforarse. Piensa en ese otro calor inmundo que agita el cuerpo. Piensa en qué van a decir los vecinos cuando encuentren el cuerpo y las sábanas manchadas de sangre. Piensa que alguien va a tener que lavar esas sábanas o que las van a tener que tirar. Piensa en el otro, el otro es tan alto que no hacen ataúdes para gente así, pero con su cuerpo no van a tener problemas. Unas horas en un horno, un último calor. Piensa en el fuego. En esas cosas que se habían detenido pero quién puede detener a una máquina sin apagarla. Qué diría el otro si lo viera contemplando el filo del puñal. Qué pensaría. Cuáles serían los últimos motivos de charla. No quiere morir. Nunca quiso.

Se recuesta junto al otro.
-Tratá de dormir- le dice con un susurro.- mañana es el evento de Goldblum.
Pone un brazo cálido sobre su espalda y la besa.
-No hay cucharas- responde.
-¿Qué cosa?- murmura el otro dejándose llevar una vez más por el sueño.
-Solo quedan cuchillos en la alacena.
-Tenés que lavar los cubiertos cuando los usas.
-No es eso. Es como si las cucharas hubieran sido reemplazadas por cuchillos.
La única respuesta es la pausada respiración del que duerme.
Trata de dormir, el temprano sol de verano entra por las rendijas de las persianas.

-No quiero ir.- dice, en la cama, mientras piensa qué vestido se va a poner. El dorado, el de las mangas largas. Siempre es el vestido dorado con volados y mangas largas.
-Yo tampoco, querés que nos quedemos y miramos algo- responde el otro mientras trata de elegir los zapatos correctos.
-Pero qué van a decir si no vamos.- cree que los aros perlados irían perfectos con el vestido.
-No me importa lo que digan, me importa que seas feliz. Y si no querés ir no vamos.- se le ocurre que sería una buena ocasión para usar un sombrero. Nunca lo hace y tiene tantos.
-No vine hasta acá para seguir escondiéndome.- replica, con determinación.- Si no me fuerzo a hacer estas cosas… es como si nada hubiera cambiado.
-Un nuevo capítulo no siempre representa un cambio, yo lo considero una continuación.- se le ocurre que no baila hace siglos.
-Pero vos eras feliz, no puedo imaginarte de otra forma.- piensa que si hay alcohol y mesa dulce, no puede ser un mal evento.- Ni me puedo imaginar por qué estás acá.- Agrega.
-Para mí no se trata de escapar la vieja vida, o de evitar un temor inexplicable. Solo quiero que este momento nunca se acabe. Te queda bien el pelo así.
El otro acaricia su cabello y le da un beso en la frente, luego, baja hasta sus labios. Instintivamente busca su lengua. Piensa en cuál sería el instante preciso para buscar con las manos los botones del pantalón, para quitarle la remera y arrojarlo sobre la cama. Solo el timbre lo detiene.
Cuando el otro sale a atender, abre el ropero y mira sus vestidos y trajes. No el rojo, ni el esmoquin negro, definitivamente tiene que ser el dorado. Alguien le dijo una vez que realzaba la luz natural de sus ojos y ahora está convencido de que es lo único bello que tiene. Pero quién lo va a mirar si es una bola de herrumbre y miseria. Una caja de cartón mojada, llena de males y sin esperanza. El calor cansino de su pecho se traslada a su garganta y piensa que podría vomitarlo y ver la forma del mal. Una masa negra y ácida que todo lo derrite. Si tan solo fuera tan fácil. Piensa que se equivocó al intentar todo esto, pero que ahora es tarde para echar marcha atrás y que debió haber muerto cuando le llegó el momento, pero tuvo miedo a lo que podía pasar, miedo y rencor por no poder haber vivido plenamente así que huyó a otra parte, a un mundo sin problemas en el que podría ser feliz. Pero no lo es.
-Era el cartero- dice el otro que regresa a la habitación portando un manojo de sobres.- la vieja de al lado no atiende hace meses y me dejó las boletas a mi para cuando vuelva.
-Por si llega a volver- aventura.
-¿Y a dónde va a ir?- responde el otro, incrédulo.
-Capaz que volvió.
-No conozco a nadie que haya vuelto.
-Pero es posible.
-De ser posible, es posible. Pero a estas alturas no creo que sea volver, sino otra cosa muy distinta. Bueno, no importa, vestite y vamos.

A estas alturas ya no existe volver.

Entran al salón, él radiante con ese vestido dorado y el pelo recogido y el otro con un vestido púrpura y un sombrero de copa. Son saludados e invitados a compartir la mesa con Chang, Torres y Sera, que visten idénticos trajes a cuadros blancos y negros.
-Qué bueno que hayan podido venir- dice Chang, bebiendo una copa de vino.
-Estábamos por quedarnos, pero no queríamos fallarle a Goldblum.
-Le debemos mucho, pero un evento de esta magnitud todas las semanas es estresante- comenta Sera.
-Me pregunto de qué va a hablar esta semana- dice el otro.
-Espero que hable de la escasez de agua en algunos barrios. Esta semana tuvimos que pasarla en la casa que tenemos en la costa. Y son como seis horas de viaje.
-¿Escasez de agua?- inquiere el otro.
-Le comentaba a Sera. Y me dice que en su barrio hubo un éxodo de arañas.
-Es como si se hubieran esfumado.- Dice, haciendo una pantomima. Sera siempre es expresivo con sus manos.
-Esto no puede ser.- dice el otro indignado mientras enciende un puro.
-Vení bebe, vamos a buscar algo para tomar. Dejemos que la gente vieja hable de política.- Le indica Torres, señalando la barra.
Odia que le digan bebe.
Torres lo lleva de la mano. Tiene el cabello recogido en una insondable cantidad de trencitas. Ella huele muy bien, y su piel caoba parece brillar bajo los candelabros de luz artificial. Pero qué no es artificial en estos días. La mesa de las bebidas está rebosante de brebajes y pócimas. Alcohol para olvidar y recordar, alcohol para el calor interior, para realizar las danzas perdidas de las bacantes y sírvase usted mismo. Es todo lo que pueda beber.  Toma una copa de vino mientras Torres coge un frasco de líquido azul.
-Esto es todo lo que está mal- dice, con ligereza y  bebe el contenido en un único, largo trago.- El sabor de todo lo que está mal- susurra, risueña mientras pasa la lengua por sus oscuros labios.
-¿Querés bailar?- invita, extendiendo la mano. Ella se acerca cuando habla. Se acerca demasiado.
-Creo que voy a ver qué hay este año en la mesa dulce.- Replica señalando al otro extremo del salón.
Ella se encoge de hombros.
-No comas mucho.- lo advierte, -nunca se sabe con Goldblum- y, como bailando, se desliza hacia la pista.

Una luz enfoca un punto en el escenario y una figura alta y morena se hace presente. Goldblum.
-Mis queridísimas animas- clama.- Como están hoy mis unos y ceros favoritos. -Hay dos personas besándose con pasión en su respectiva mesa. Más allá, otras cuatro fuman cigarrillos rubios mientras detienen su discusión sobre lo último en snobismo y se voltean para oír mejor al anfitrión. - En Sekai-Rodriguez tuvimos un sueño. Hoy se cumple otro aniversario desde que ese sueño fue cumplido. Valga la redundancia. Nunca fui bueno para esto de dar discursos y parece que ni la eternidad me va a ayudar con eso.- Se ríe en el micrófono. Alguien ríe con él.  La gente baila con furia.-Bailen. ¡Bailen mis queridísimas animas! ¡Porque hoy estamos de fiesta!.
Goldblum continúa su diatriba. No es nada que no haya dicho ya alguna vez. El aniversario es cada vez que a él se le ocurre. Debe ser muy lindo festejar el año nuevo todo el tiempo, pero lo realmente lindo es la suculenta mesa dulce.
No es el lugar más concurrido del salón. Siempre son preferibles los platos exóticos y bebidas complejas al ya conocido sabor de la selva negra. La mesa dulce es un páramo oscuro y secreto donde se puede estar en paz y lemon pie. Chocolate caliente y cremas heladas. El otro baila con Cheng bajo las movedizas luces de colores. Todos están lejos.
Todos están lejos y él a solas con la decepción.
Es como una pesadilla, un suceso esotérico del orden de lo inenanarrable. De esas pocas cosas peores que la muerte.  Como en uno de esos castigos irónicos del purgatorio, la mesa dulce tiene sandía. Cada postre, cada pastel ha sido reemplazado por rodajas de esa fruta acuosa. Rojo y semillas negras en un plato, rojo y semillas negras en una bandeja, así, a través de toda la mesa.
Con miedo, toma una porción. Alguien chasquea la lengua. Hay otra persona compartiendo ese nefasto festín.
Tiene la mirada como en un coma y vestido strapless rojo, su flequillo rubio al rabillo del ojo  y dos mechones que caen por los bordes de su rostro, como una princesa japonesa. Se lleva un cigarro a la boca y exhala. Le mira como si no estuviera, como a un fantasma.
-No esperaba ver a nadie más acá, la sandía los espanta, la sandía me protege de los hombres.- su voz es dulce, pero forzada.
-Perdón, pero qué es todo esto.
-Sandía.
-Pero por qué.
-No sé, hoy es sandía.
-Nunca es sandía- eleva un poco más la voz de lo que le gustaría. Trata de calmarse.- Es la primera vez.
-Así empieza. Con pequeños errores. No pensabas que esto sería para siempre. ¿O sí?
Lo considera. Considera lo fatal pero le hace doler la cabeza. Si está acá es porque no quiere pensar en ello.
-Pero el resto.
-El resto. Qué importa el resto.
-Y vos.
-Espero. Desespero. Dónde voy a despertar mañana. Otra vez una cama desconocida o el frío de la calle.
-Nunca hace frío acá.
-Nunca es sandía.
-¿Por qué sandía?
-No puedo responder a esto.
-La administración puede responder. - masculla, esperanzado.
-Eventualmente iba a pasar.- dice, fumando. Mirá las insípidas rodajas en lujosa vajilla. Toma una y la prueba.- Es aterrador si te lo ponés a pensar. Ya no queda nadie...
-Tengo que hablar con administración.- Comienza a caminar hacia la salida del salón, sin embargo, antes de llegar a la puerta se detiene en seco. Busca al otro. El otro baila con alguien más. Busca a la persona del vestido rojo. Sigue ahí, junto a la pared, con su vestido rojo ceñido al cuerpo, fumando. -¿Venís o no?
Sus ojos despiertan titubeantes. Echa una ojeada al salón, a la mesa dulce, al cigarrillo que se consume entre sus dedos.
-Preferiría no hacerlo.- responde.
Pero él ya no le escucha porque tiene que llegar al edificio de la administración, despejar su mente de esa duda que se instaló y poco a poco corroe las estructuras.
Atraviesa el jardín de flores en el que todo es tan preciso y manufacturado que  la noche carece de olor y sus zapatos resuenan en un eco artificial. Cruza la calle principal hacia la estación de trenes. El tren. El tren siempre llega cuando se lo necesita. Todo tan preciso, tan correcto. Escucha el clic de unos tacos a su espalda. Es la persona del vestido rojo. La mira inquisitivamente
-No conozco a nadie.- se excusa, encogiéndose de hombros. Se quita los zapatos de tacón y comienza a caminar junto a él, descalza.

El tren llega rápido y sin ventanas. Nunca tuvo ventanas. En el interior, una luz roja ilumina los asientos aterciopelados. Cierra los ojos. Su cabeza da tumbos.
-¿Cuándo lo notaste?- le pregunta la persona del vestido rojo.
-La vieja- asegura.- una vecina desapareció.
-Pero si acá no hay adónde ir. ¿No creerás…?
-No funciona así. No se puede volver. ¿Vos?
La persona mira al techo.
-Llegué hace unos meses y lo noté al instante. El tiempo está mal. Me adapté como pude. Incluso aprendí a usar la ducha. Pero se suponía que esto no debía pasar. Se supone que el sistema lo hace todo bien, que está diseñado para durar eternamente.
-¿De qué año…?
-2203.
-¿Y cómo es?
-Gris. Como con canas. Y la gente está cansada. Pero no estaba segurx del fin, así que fui hasta la fundación y descargué mi cabeza. Después de eso me iba a unir a una misión de salvamento, o me iba suicidar, lo que me resultara menos doloroso. No sé si lo hice. ¿Cómo crees…?
Un hombrecillo con una bandeja los interrumpe.
-¿Algo para tomar?
-Té negro.- dice él.
-Té de jazmín y muffins de arándano y chocolate.
El vendedor les acerca unas tazas humeantes y un paquete.
-Qué lo disfruten- dice, antes de abrir trabajosamente la puerta y perderse en el próximo vagón.
La persona comienza a devorar los muffins.- Esto es lo mejor.- dice, con la boca llena.- No sé qué es, pero es genial.- Sus ojos brillan de júbilo con cada bocado. - Allá no hay. Allá las cosas no tienen sabor.
Él da un sorbo a su té. Está dulce, como le gusta. Le gustaría saber dónde está, le gustaría que las ventanillas aparecieran y le mostraran los otros barrios, los otros tiempos, las arquitecturas que perduran en ese pequeño satélite orbitando la Tierra. En esa última computadora prendida del universo.
-¿Decís que no quede nadie? Allá abajo.
-Nadie que mantenga el sistema limpio. Y con el tiempo las cosas van a fallar cada vez más hasta que llegue el momento en el que terminemos habiendo preferido la seguridad de la nada misma a la lenta agonía que nos depara.
-O sea que la humanidad está acabada.
-Estamos acá todavía, y mientras las maquinas incesantes sigan operando en la superficie, mientras los satélites sigan orbitando la Tierra, mientras las misiones lanzadas a la vastedad del universo sigan recorriéndolo, no creo que se pueda decir que la humanidad está acabada. Eventualmente va a llegar algo o alguien que pueda ver las maravillas que creamos y va a decir fua, qué gente de mierda.
-¿Cómo podés estar tan tranquilx sabiendo que estamos acá para siempre, atrapados en una máquina que puede torturarnos a su antojo? Y este tren ya tendría que haber llegado.- Se levanta exaltado- ¿Qué pasa que no llegamos a la administración?- Grita.
-Estoy feliz de haber conocido a alguien, a pesar de los siglos de distancia- dice, ignorándolo por completo- Me alegra poder compartir una merienda con alguien. Me llamo Vxlt. ¿Y vos?
Él se gira a mirarle, indignado. Piensa improperios y se dispone a lanzarlos. El tren se detiene de pronto.  Las puertas se abren. Administración de la Fundación Sekai-Rodriguez. Esperamos que haya tenido un buen viaje. Dice una voz como una computadora.
Vxlt se levanta de su asiento.
-Vamos a ver qué onda todo esto- murmura como para sí. Luego se gira a mirarlo.- ¿Vamos?- Lo invita.

sábado, 6 de julio de 2019

Despojos 16

La forma de la caída de tus pesados párpados. La soledad del cuerpo que tiembla en la cama. Un sollozo de horror y demencia o solo horror o solo demencia y nunca tuve las herramientas necesarias para recomponer algo en vos que nunca supe si estaba roto o solo funcionaba en lenguajes ajenos.
El tejido suave de tus susurros entre las sábanas. Otra taza de café o té. Infusiones miles y meriendas en otra parte. Tus dedos desnudos dibujando dóciles constelaciones en mi pelo, caricia diurna, armónica atmósfera de humo y luz tenue. Una sonrisa prístina de la que me desentendí a destiempo. Porque esto nunca tuvo que ver conmigo. O sí y cómo voy  saberlo si ya decidí que no tenía que ver conmigo. Cómo desoír un gesto tan sincero que rehuia las formas y artificios precisos para comprenderlo. Cómo escribirte ahora en una lista de momentos tergiversados, decorados más allá de lo salvaje primordial que loss atravesaba.
Me descompusiste cada poro, cada epsejo bajado, cada agujero en el techo, cada estrella fugaz en las frazadas. Cómo describirte si interpelaste hasta las conservas en la alacena .Si fuiste todo y no sos nada y la casa son cuatro habitaciones vacías repletas de espectros inertes que no quieren salir no importa cuánto ventile y cuánto incendie las paredes y solo miran sin decir solo miran sin decir.
Cómo escribirte si no sé si vas a entender porque nunca hablamos el mismo idioa o el tiempo tiempo y siempre hablé, siempre hablaste y creo que nunca entendí. Decime a quién culpar. Es más fácil así.

-No sé si puedo querer a alguien. Digo amor, digo que amo ydigo que quiero, pero para mi el amor es algo más poderoso, es inefable. Me preocupo por la gente a mi alrededor pero no puedo quererla como quisiera. Eso me despedaza y prefiero decir que esto no es amor a admitir que es lo mejor que puedo hacer . Cambio las palabras porque de otra forma resultaría insoportable y apenas puedo soportar lo así como es. Amar es exaltar una individualidad, arrancarle del marco y reintroducirla en un contexto de pertenencia, de inclusión. Me preocupo por tantas personas, pero también lo haría si fueran alguien más, otros rostro, otro  conjunto de formas y colores. Si desaparecés de mi vida puede venir alguien más. Y no va a cambiar un carajo.
-¿A mi me querés?- susurró a sus espaldas con dulce inocencia. Su voz permanecía ronca por el llanto, pero no podía ocultar su calidez natural.
-Quiero amarte todos los días. Viniste como una completa desconocida, y te introdujiste en mi vida con una soltura que no me parece de esta galaxia. Sos como un asteroide. Pudiste haber hecho añicos mi atmósfera, pero en realidad sos colores lindos en el cielo. Si  pudiera amar a alguien, con toda la magia, con todo lo inexplicable, quisiera que esa persona fueras vos.

Culpame por cosas que dije hace veinte años.

Llegó como una ducha caliente en pleno invierno. inmediatamente bienvenida, subitamente necesaria. Hablaríamos de formas de suicidarnos. No hablabamos en serio entonces.

Había más cosas. Otras cosas. El temblor de los músculos en medio de un sueño; la manera en que su cabello fluia con artificialidad, un constructo preciso sobre su cara; esa peculiar entonación de los zapatos en el pasillo. El mundo se detenía cuando esperaba los tres golpes de nudillos en la puerta. Posiblemente un juego perverso, o signos de la creciente ansiedad, anticipaba sus golpes que cada vez tardaban más en llegar. Ni siquiera un segundo, o tal vez un segundo. Un segundo es suficiente para la que espera.

Todavía me corto las uñas con los dientes y las escupo al suelo cuando creo que nadie está mirando.

No te des vuelta. Todavía no me dormí. No es necesario que digas nada, solo no te vayas.

Me gustan tus caricias en la espalda. Con vos, no tengo miedo de cerrar los ojos. Tiemblo y no son los espasmos. Te adjudico poderes que  me pueden destruir.

Cuando huis, todo el bosque está en llamas.

En el planeta de los sombreros todas las reinas se llaman Fedora.