Disfrazamos todo con amor. Pretender entender
sentimientos ajenos se llama empatía, tal vez hipocresía. Humanizarse es
humillarse. A nadie le gusta estar solo, decís. Hacemos tantas cosas por evitar
silencios y espacios vacíos. Llenamos las planillas hasta el último item, a
pesar de no comprender los motivos de cada pregunta; arrojamos basura a los
huecos para que nunca se filtre la agonía de una llamada en espera, el vomitivo
tono de espera; pintamos nubes sobre un firmamento azulado; Y luego nos deshacemos
de los restos. El preservativo en el inodoro. Los soretes flotando, metáfora.
Personas descartables, y personas a quienes aferrarse. Somos personas
descartables para las personas a las que nos aferramos. Sutil paradoja. Es como
atarse con todas las fuerzas al asiento de un avión por estrellarse. Podemos
cortar llamadas para atender otras con tanta facilidad. Pero sucumbimos ante el
tono tras el corte. Palabras en la garganta, solas, sin decir.
Escribir sobre el amor es fácil; genera una sensación
de empatía con quien leyera. Un amor tan puro como la corbata y la camisa de la
escuela lo permitan. El amor es una leyenda urbana del siglo XX. Solo queda
prenderse un cigarro después de coger, o simplemente nunca coger. No llames
amor a cualquier cosa que hagas para no quedarte solo.
Prefiero la agonía de diez noches sin dormir tras una
ruptura. Tres meses de duelo, negaciones y rechazo; a convivir con el vacío
tras un orgasmo fingido.
No me idolatres, no te idolatro. No creas que
entendés, ni quieras ayudarme a ser mejor. Ser yo y superarme suenan a
contradicción. Deformación del lenguaje. No necesito dejar de ser para cambiar.
No hay superación, sino cambio sustancial. No avanzo de casilleros porque no
estoy jugando. No soy mejor que ayer, vos sos peor a mis ojos. Cuestión de
perspectiva. Siempre estuvo, pero ahora lo veo, antes solo prestaba atención a
tu pelo. Hay un niño patético llorando bajo la mesa en los pasillos de tu
mente. Un pendejo pelotudo gritando en el closet.
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