Poco a poco
desempolvo angustias otoñales y restablezco el imperio de la desidia. Volver
una vez más a la rutina de las noches sin dormir, de las treinta tazas de café
al día, de los apuntes laberinticos de semiología. Volver a dejar a los gatos
corretear libres por la casa, una caja gigante de cartón a la que decidimos
llamar hogar. Una rutina sin vos, en un hogar sin vos. Porque "vos"
no existió desde un principio; miradas tímidas, roces de dudosa honestidad,
átomos truchos que se rompen antes de ser moléculas. Un mero juego de sombras
exagerando una mancha de té en la cotidianeidad.
Volver a la patética
rutina de escribir sobre gente que no existe, inventar excusas y personas para
explicar una angustia intrínseca y absurda. Volver al día en que todos usábamos
nuestros propios nombres, y las papas fritas también se llamaban de otra manera.
Volver, siempre
volver. Un círculo perfecto quebrantable, pero alejado. Eterno retorno a una
vida que se alimenta de vidas y ficción, deseando ser otra cosa; a una muerte
lenta y pegajosa que mancha la ropa; a los nervios y a los cigarrillos y al
café y al insomnio y a la ligera sensación de ya haber pasado por acá. Siempre
es abril.
No hay comentarios:
Publicar un comentario