En etapas iniciales
creímos que se trataba de una jirafa, la forma difusa que se percibía a través de la lluvia en el televisor fingía
un animal de zoológico. Laberintos de percepción, quizás la expresión de la
histeria colectiva que nos apabullaba fue transformando la imagen hasta
embelesarnos con ilusiones lovecraftianas. Era una jirafa, insistía en denegar
las desfiguraciones que el aparato de rayos catódicos profería con inocencia
¡Inocencia digo! Cómo si acaso alguna vez aquellos instrumentos de dominación
masiva hubiesen sido cándidas herramientas de entretenimiento. ¡Una jirafa! Y
aquel cuerno inapelable constituía un error de juicio, y aquellas escamas
doradas casi tangibles, y aquella cascada de cabello de ébano, y aquellas
estrellas en el cielo nocturno; no, no existía animalito capaz de suscitar
semejante deseo, irrefrenable ansia de escapar de la habitación iluminada por
la lamparita incandescente y la calidez del televisor. Pero no, pero cómo, cómo
dejar el recinto si los ojos inquisidores de la pantalla nos aprisionaban, nos
amordazaban, nos seducían y queríamos llegar al final del sueño, hasta el
mismísimo final de la proyección de aquel filme que, a esas alturas concebíamos
como la revelación de los más recónditos secretos de la cosmogonía. Y luego
nuestras vidas, el otoño, los gatos, la piel inexplorada del terreno que
componía a Gastón, y a Marcos; las runas releídas, remarcadas en el cuerpo de
Midori y luego, un sábado al anochecer, salir a recorrer las calles circulares,
las plataformas invisibles en cuyo contorno se desarrollaba nuestra existencia,
la entera magnitud de nuestras vidas reducidas a los mismos tres acordes, las
calles, las esquinas, los sueños de victoria sepultado junto a los amigos
muertos en un cementerio de libros desconocidos, nuestro imperio incinerado a
cenizas patéticas ante la colosal muestra de pedantería del palacio de
Gilgamesh; y el televisor, siempre el televisor tergiversando las noticias de
recuerdos pasados, recortando las memorias, monopolizando nuestra cosmovisión
hasta el punto de ser nosotros, nosotros mismos el televisor, su verdad, su
sesgada muestra de realidad. Y vivir, creer vivir a través de aquellas señales,
y el ruido blanco, y aquí comienza la transmisión, y el informativo, y el
informativo otra vez, y los dibujitos animados satirizando nuestros miedos, los
miedos ajenos, los miedos apropiados y amamantados con el seno de una jirafa, nuestra mirada ciega subiendo el
volumen, moviendo la antena, sintonizándonos una y otra vez hasta quedar con el
contraste perfecto. Y una persona tocando el timbre a través del monitor. Y la
tevé tenía razón, hay alguien en la puerta, alguien que entra y percibe a una
ameba, dócil y marchita, en la cama, y el sudor de los rostros, el calor y los
mosquitos, y los subterfugios de Esteban connotando una partida, y un miércoles
en el que todo vuelve a comenzar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario