Ahora es llevada de
la mano a través de un túnel oscuro. Del
otro lado de algún otro lado que es ajeno a aquella negrura se oyen risas.
Risotadas estridentes retumban, desbalanceando las cóncavas paredes de la cueva.
Porque huele a cueva, a humedad y estalactita.
-Quedate tranquila-
le dice. La voz es cálida. Calor y humedad. Piensa en su pelo mal peinado. Qué
dirían ahora las otras si la vieran, de la mano con la voz cálida y el pelo a
la miseria.
-Carla-escucha-Tené
cuidado, Carla. No me sueltes por nada del mundo. Quedate conmigo, Carla. Te vas a lastimar de nuevo.
Ahora siente su
rostro furioso de calor y frío y bruma y recuerda la caída, las rodillas
manchadas de barro y carne. Ahora la cueva huele a óxido y humedad. Puede
sentir el arroyo de sangre recorriendo su mancillado rostro de felina asustada.
Y ahora puede ver la luz y la salida de esa oscura noche que la retiene. Suelta
la mano de esa voz cálida, y echa a correr. Sus pasos producen un eco
desesperado, pero no teme caer, ni teme a las risas, ni las represalias. Solo
teme detenerse. Detenerse por completo. Por eso corre.
Del otro lado,
rostros enmascarados bailan y aúllan en torno a un fuego gigantesco y la abisal
figura de Jacawitz tiende su camino por entre los hilos del entramado nocturno
y se eleva hacia la luna llena y las nubes sin estrellas.
Desnudas bailan en
una laguna cercana, decenas de figuras cuyas caras son veladas por sombras y
máscaras. Veinte voces al unísono la invitan a unirse mientras sus cuerpos
raquíticos se contorsionan en formas imposibles. Ella las ignora y continúa su
carrera. Piensa e imagina un lago de aguas rojas, contaminadas por la sangre
que fluye por los vértices de su cuerpo y sus pies descalzos. De las turbulentas aguas del estanque, brota
un canal que ella costea en su carrera hundiendo sus cada vez más frágiles
pasos en la tierra fangosa.
En algún momento el
bosque dejó de ser bello, invadido por monjes y sacerdotisas que recitan
cánticos secretos a las deidades escondidas en las raíces y las ramas mientras
beben del vino que cae en la tierra y los murmullos de sus bailes hacen temblar
los cimientos, infundiendo el terror en aquellas divinidades primitivas. Y la
arboleda marchita pierde sus últimas hojas amarillentas en un zanjón seco.
Podría arder todo tan rápido, un simple chasquido y mil vidas chamuscadas en la
caldera para coronar un nuevo día en la profundidad de la noche. Error de
cálculo o acción deliberada, el hilo que sostiene la existencia de la pálida
espesura es tan delicado y volátil. Y la sangre que no deja de correr y Carla
corre con ella, corre a través del canal dejando un rastro de sangre que se
pierde entre la hojarasca resquebrajada en el suelo, corre hacia las marismas,
donde se bifurcan los caminos de barro y de ahí hacia la luz, lejos de la
oscuridad y la cueva y la voz cálida que la invita una vez más a perderse en la
oscuridad y la cueva y ese dejo serpentino y seductor que la llevó a la caída y
a la sangre y mugre y fracaso y ya no más, ya nunca más, nunca más con tanta
sangre y mugre y el pelo a la miseria. Imposible dejar de pensar en esa voz que
la condenó a la noche y a la cueva y a la sangre. La sangre que mancha las
paredes de la cueva y el suelo del bosque y las orillas de la ribera.
Allí están las
luces. Cuatro luces que iluminan el prado.
-Acá-Dice una voz
consternada. Y las lámparas convergen en un punto fijo sobre un montículo
agazapado en la ruina, pequeña colina de piel y carne. Carla mengua su carrera.
Se acerca sin hacer ruido por entre los helechos. Tiene sed y hambre y algo más
que no logra discernir, pero más que nada sed.
-¿Qué clase de
monstruo hace algo así?- pregunta la voz y Carla señala la bifurcación y señala
el lodazal, y señala el arroyo y el lago, y el bosque en llamas, y señala la
cueva antes de dejarse caer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario