martes, 12 de septiembre de 2017

Xibalba





Ahora es llevada de la mano a través de un túnel oscuro.  Del otro lado de algún otro lado que es ajeno a aquella negrura se oyen risas. Risotadas estridentes retumban, desbalanceando las cóncavas paredes de la cueva. Porque huele a cueva, a humedad y estalactita.
-Quedate tranquila- le dice. La voz es cálida. Calor y humedad. Piensa en su pelo mal peinado. Qué dirían ahora las otras si la vieran, de la mano con la voz cálida y el pelo a la miseria.
-Carla-escucha-Tené cuidado, Carla. No me sueltes por nada del mundo. Quedate  conmigo, Carla. Te vas a lastimar de nuevo.
Ahora siente su rostro furioso de calor y frío y bruma y recuerda la caída, las rodillas manchadas de barro y carne. Ahora la cueva huele a óxido y humedad. Puede sentir el arroyo de sangre recorriendo su mancillado rostro de felina asustada. Y ahora puede ver la luz y la salida de esa oscura noche que la retiene. Suelta la mano de esa voz cálida, y echa a correr. Sus pasos producen un eco desesperado, pero no teme caer, ni teme a las risas, ni las represalias. Solo teme detenerse. Detenerse por completo. Por eso corre.
Del otro lado, rostros enmascarados bailan y aúllan en torno a un fuego gigantesco y la abisal figura de Jacawitz tiende su camino por entre los hilos del entramado nocturno y se eleva hacia la luna llena y las nubes sin estrellas.
Desnudas bailan en una laguna cercana, decenas de figuras cuyas caras son veladas por sombras y máscaras. Veinte voces al unísono la invitan a unirse mientras sus cuerpos raquíticos se contorsionan en formas imposibles. Ella las ignora y continúa su carrera. Piensa e imagina un lago de aguas rojas, contaminadas por la sangre que fluye por los vértices de su cuerpo y sus pies descalzos.  De las turbulentas aguas del estanque, brota un canal que ella costea en su carrera hundiendo sus cada vez más frágiles pasos en la tierra fangosa.
En algún momento el bosque dejó de ser bello, invadido por monjes y sacerdotisas que recitan cánticos secretos a las deidades escondidas en las raíces y las ramas mientras beben del vino que cae en la tierra y los murmullos de sus bailes hacen temblar los cimientos, infundiendo el terror en aquellas divinidades primitivas. Y la arboleda marchita pierde sus últimas hojas amarillentas en un zanjón seco. Podría arder todo tan rápido, un simple chasquido y mil vidas chamuscadas en la caldera para coronar un nuevo día en la profundidad de la noche. Error de cálculo o acción deliberada, el hilo que sostiene la existencia de la pálida espesura es tan delicado y volátil. Y la sangre que no deja de correr y Carla corre con ella, corre a través del canal dejando un rastro de sangre que se pierde entre la hojarasca resquebrajada en el suelo, corre hacia las marismas, donde se bifurcan los caminos de barro y de ahí hacia la luz, lejos de la oscuridad y la cueva y la voz cálida que la invita una vez más a perderse en la oscuridad y la cueva y ese dejo serpentino y seductor que la llevó a la caída y a la sangre y mugre y fracaso y ya no más, ya nunca más, nunca más con tanta sangre y mugre y el pelo a la miseria. Imposible dejar de pensar en esa voz que la condenó a la noche y a la cueva y a la sangre. La sangre que mancha las paredes de la cueva y el suelo del bosque y las orillas de la ribera.
Allí están las luces. Cuatro luces que iluminan el prado.
-Acá-Dice una voz consternada. Y las lámparas convergen en un punto fijo sobre un montículo agazapado en la ruina, pequeña colina de piel y carne. Carla mengua su carrera. Se acerca sin hacer ruido por entre los helechos. Tiene sed y hambre y algo más que no logra discernir, pero más que nada sed.
-¿Qué clase de monstruo hace algo así?- pregunta la voz y Carla señala la bifurcación y señala el lodazal, y señala el arroyo y el lago, y el bosque en llamas, y señala la cueva antes de dejarse caer.








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