Alguien está
cerrando las puertas de mi hogar. Cambia
las cerraduras, tapia con tablones de madera y clavos, sella con cemento y
ladrillo. Por las tardes cuando
despierto, descubro paredes que antes no estaban. Bloquean el paso, impiden la
libre circulación y son un ultraje a mis propios deseos. Yo no pedí que esto
pasara. La última semana tuve que salir al patio y entrar a la cocina por la
ventanilla. Pero no hay ventana que de al cuarto del lavarropas. Perdí por
completo el acceso y mi única solución es lavar a mano. Odio lavar a mano.
No me quejo porque
me guste quejarme. Solo creo que podrían haberme avisado que esto iba a
suceder. A nadie le gusta que construyan a sus espaldas. Tener tu propia casa convertida
en un proyecto arquitectónico dudoso no es muy agradable. Alguien tiene que
hacerse responsable de todo esto. Y no lo estoy culpando a usted, y tampoco a
él.
La primera vez que
lo vi pensé en preguntarle qué hacía aquí. Hasta entonces había aludido esta
desgracia a fuerzas sobrenaturales y al qué se le va a hacer universal. Un
fantasma vengativo o yokai perverso. Pero no esperaba ver a una persona de
carne y hueso hacer la mezcla en un balde; un hombrecillo bajo y flaquito, con
un gusto particular por el tarareo. Cuando terminó de revolver el contenido del
balde con la cuchara de albañil, aquella primera vez y me miró fijamente a los
ojos, supe que podía decir algo para que se detuviera. Sin embargo, las
palabras precisas nunca acudieron a mi boca. Temí que lo que pudiera llegar a
decir lo hiciera enojar o lo hiciera cometer un error en su trabajo que lo haría
perder su empleo. No dije nada de inmediato y, al pasar el tiempo, las
circunstancias indicadas para tener la conversación parecían nunca manifestarse.
Es así a veces. Preferible callar a decir a destiempo.
Sé que debí haber
puesto el grito en el cielo apenas comenzó esta calamidad. Ahora creo que ya es
tarde. Ahora cada vez que sus ojos diminutos me miran como burlándose, como
desafiando, y pienso en decir que sus servicios no son necesarios, que quizá
hubo un error porque nunca solicité reformas, imagino su voz. Y lleva un ligero
tono de reproche.
-Debió haberlo
dicho antes.- me dice, tratándome de usted.
-¿Por qué no lo
dijo antes?- dice entonces, con un ligero tono de sospecha.
-¿Se aprovechó de
un servicio de reformas ya pago y ahora que ya no lo necesita busca
despedirme?- inquiere, receloso.
-Voy a avisar al
gremio de esta estafa y nunca jamás verá algo reparado en esta casa- amenaza
antes de largarse dejando todo sucio.
No puedo permitir
que eso suceda. Ni él ni yo podemos permitir que se revele que un error ha sido cometido. Si es que un
error ha sido cometido. Porque ni él ni yo somos realmente responsables de todo este asunto.
Espero que usted
pueda resolver este embrollo antes de que sea demasiado tarde. En estos últimos
días el acceso a la mayoría de las habitaciones me ha sido completamente
restringido. Vivo en mi dormitorio con un foquito que tiembla y telas de araña que se acumulan a mi alrededor.
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