domingo, 24 de mayo de 2020

Reformas


Alguien está cerrando las puertas de mi hogar.  Cambia las cerraduras, tapia con tablones de madera y clavos, sella con cemento y ladrillo.  Por las tardes cuando despierto, descubro paredes que antes no estaban. Bloquean el paso, impiden la libre circulación y son un ultraje a mis propios deseos. Yo no pedí que esto pasara. La última semana tuve que salir al patio y entrar a la cocina por la ventanilla. Pero no hay ventana que de al cuarto del lavarropas. Perdí por completo el acceso y mi única solución es lavar a mano. Odio lavar a mano.
No me quejo porque me guste quejarme. Solo creo que podrían haberme avisado que esto iba a suceder. A nadie le gusta que construyan a sus espaldas. Tener tu propia casa convertida en un proyecto arquitectónico dudoso no es muy agradable. Alguien tiene que hacerse responsable de todo esto. Y no lo estoy culpando a usted, y tampoco a él.
La primera vez que lo vi pensé en preguntarle qué hacía aquí. Hasta entonces había aludido esta desgracia a fuerzas sobrenaturales y al qué se le va a hacer universal. Un fantasma vengativo o yokai perverso. Pero no esperaba ver a una persona de carne y hueso hacer la mezcla en un balde; un hombrecillo bajo y flaquito, con un gusto particular por el tarareo. Cuando terminó de revolver el contenido del balde con la cuchara de albañil, aquella primera vez y me miró fijamente a los ojos, supe que podía decir algo para que se detuviera. Sin embargo, las palabras precisas nunca acudieron a mi boca. Temí que lo que pudiera llegar a decir lo hiciera enojar o lo hiciera cometer un error en su trabajo que lo haría perder su empleo. No dije nada de inmediato y, al pasar el tiempo, las circunstancias indicadas para tener la conversación parecían nunca manifestarse. Es así a veces. Preferible callar a decir a destiempo.
Sé que debí haber puesto el grito en el cielo apenas comenzó esta calamidad. Ahora creo que ya es tarde. Ahora cada vez que sus ojos diminutos me miran como burlándose, como desafiando, y pienso en decir que sus servicios no son necesarios, que quizá hubo un error porque nunca solicité reformas, imagino su voz. Y lleva un ligero tono de reproche.
-Debió haberlo dicho antes.- me dice, tratándome de usted.
-¿Por qué no lo dijo antes?- dice entonces, con un ligero tono de sospecha.
-¿Se aprovechó de un servicio de reformas ya pago y ahora que ya no lo necesita busca despedirme?- inquiere, receloso.
-Voy a avisar al gremio de esta estafa y nunca jamás verá algo reparado en esta casa- amenaza antes de largarse dejando todo sucio.
No puedo permitir que eso suceda. Ni él ni yo podemos permitir que se revele  que un error ha sido cometido. Si es que un error ha sido cometido. Porque ni él ni yo somos realmente responsables de todo este asunto.
Espero que usted pueda resolver este embrollo antes de que sea demasiado tarde. En estos últimos días el acceso a la mayoría de las habitaciones me ha sido completamente restringido. Vivo en mi dormitorio con un foquito que tiembla y telas de araña que se acumulan a mi alrededor.


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