Dicen
que Avalon fue la última gran conquista de la humanidad, uno de los más
monumentales genocidios de la historia. Antecedentes de lo que luego fue el
imperialismo colonialista británico pueden verse en la manera en que fueron
administrados los recursos por el pueblo invasor, por la manera en que los
nativos de Avalon fueron despojados de su tierra, y subyugados al poderío de la
fría maquinaria motivada por las ansias expansionistas del engranaje europeo;
fueron despojados de su tierra y sus raíces arrancadas con vehemencia, sus
hojas quemadas, sus frutos, comidos; fueron despojados de sus tierras y
llevados en masa a ciudades lejanas, sin agua, sin minerales en el suelo, sin
alimento más que el sol que disparaba rayos UV a quemarropa; fueron despojados
de su tierra y estacionados, plantados en otras, desconocidas y hostiles;
fueron despojados de su tierra y forzados a ser el postre en un sistema de
relaciones de dominación legitimado por la voz invisible de una clase dominante
escondida e imbuida en el común de la gente que funcionaba como su portavoz,
portavoces de la locura quienes aplaudieron con vehemencia la psicosis asesina
que les era encomendada por esa voz infinita, que luego fue la voz de su dios y
la voz de sus eruditos y la voz de sus políticos, y la voz de sus artistas, y
la voz de sus maestros, y la voz de sus niños, y la voz de nadie, y la voz de
todos y la voz de una voz que nunca dejó de ser la voz de aquellos quienes
pretenden perpetuarse en las sombras, moviendo los hilos desde las tinieblas
buscando justificar todos, y cada uno de sus delitos cometidos contra el
hombre, y contra la naturaleza, humana o no; fueron despojados de su tierra y
saboreados en un festín caníbal de fin de año; fueron despojados de su tierra,
despojados de su tierra y llevados al mundo en un paquete con cinta de seda y
papel de fantasía, en una caja de madera con un moño rosado y arquitectura
artesanal, en una botella de vidrio con el nombre de alguien más o de un lugar,
en un frasco de mermelada producido y reproducido por las reglas del mercado y
la mano invisible tendiéndose y asiendo con ahínco y severidad aquel vidrio
cilindrado que posee la sabía enriquecedora de tostadas, de personas-tostada,
de relaciones siempre cayendo del lado del dulce como una figura de pan
rebanado, relaciones humanas y tostadas. Con manteca. Fueron, señoras y
señores, aunque se muevan en su asiento, y, en un desatino a la sutileza
busquen el teléfono celular para saber la hora, para saber cuánto falta para
que esto acabe y puedan volver al limbo comatoso conocido como cotidianeidad,
fueron, las manzanas del reino de Avalon, despojadas de su tierra y llevadas
directo a su mesa, donde usted las saborea y las disfruta y las lleva directo a
su tracto digestivo. Usted, cómplice de un crimen atroz, busca ahora
argumentar, para salvar su pellejo y su moral, pero no puede, porque se
atraganta, porque las dos semillitas negras en el corazón del fruto ancestral
que ha sido profanado, se atoran en su garganta y usted tose, y luego se olvida
por completo, consumido por los medios de comunicación y las innumerables fotos de gatitos en la
internet, se olvida de ese escozor que lo obligó a salvar a un perro, que lo
llevó a donar en fechas católicas determinadas, dinero para los pobres, que lo
llevó a no consumir soja por temor al glifosato y a la tala indiscriminada y al
despojo de su tierra de los pueblos nativos, se olvida usted señor, de ese
misma incomodidad que sintió hace unos momentos, cuando fue acusado de un abuso
nefasto.
Ahora
el hombre busca, tímidamente, reivindicar a la manzana. Los católicos la han
asignado como aquella fruta proveniente del árbol del conocimiento, aquella
cuyo cuerpo Adán y Eva despedazaron y engulleron para darse cuenta de que
estaban desnudos, a pesar de que, antes del genocidio de Avalon, la manzana era
un fruto escaso en medio oriente; los profesionales de la medicina han llegado
a la conclusión, de que consumirlas en exceso puede hacer mal para el
organismo, sin embargo, dejan pasar por lo bajo prospectos y dietas que
recomiendan su consumo; el mercado, la expresión del cínico aparato
capitalista, ha contribuido, inesperadamente a salvar la manzana, con precios exorbitantes, quince pesos el
kilo de manzanas, pero, aun así, los padres dejan de mandar a sus hijos a la
escuela, dejan de comprar medicamentos para el perro, dejan de viajar en tren,
dejan de cocinar alto guiso, para comprar manzanas, para alimentarse con esa
criatura divina, para llevarse sus entrañas a la boca, ignorando sus
sentimientos, sus sueños degollados por la pálida hoz de la cosechadora
maniática. ¡Patrañas! Estos no son más que tibios artilugios para liberar a su
mente perturbada del disturbio de la inconmensurable cantidad de almas
inocentes que descansan bajo la alfombra de la humanidad.
Siga
masticando, bárbaro, siga acabando con vidas para regocijar su ego insípido,
siga disminuyendo, amparado en teorías científicas impulsadas por el aparato
destructor, su valor al de un ser inferior, siga arguyendo que la falta de
sentimientos permite el descuartizamiento, siga legitimando el genocidio de los
pueblos vegetales, animales y humanos, siga, en su dormitorio, pelando una
manzana, cortándola en cuadraditos y llevándosela a la boca.