domingo, 12 de junio de 2016

La Tempestad.


  
Como en tu casa, una gigantesca escalinata dorada asciende desde la sala al dormitorio de tus padres. Los escalones brillan y podemos oír la respiración profunda de esos titanes soñando. La escalera culmina en un portal enorme que se me antoja impenetrable. Todos los secretos están guardados detrás de esa puerta y un fulgor espectral emana como un ojo demoníaco desde el hueco de la cerradura. Bebemos en silencio y no me mirás a los ojos, divertís la mirada en las tacitas de té de porcelana que descansan en el aparador; única herencia familiar que cuidás con recelo. No sé qué hacer y el café ya se enfrió. Entonces me mirás a los ojos y nos tenemos que ir. Cuando me mirás a los ojos es porque nos tenemos que ir. No sé por qué, pero tus padres despertaron. Y ahora bajan las escaleras, tu padre de traje, tu madre sosteniendo su elegante vestido de seda canela para no tropezar; y sus cuerpos brillan entre los escalones de oro. Demasiado lindo para ser real.  Me empujás hacia la oscuridad de la noche. En el patio, la clepsidra que construimos mide el tiempo en sincronía. El cielo se tiñe de a ratos con el color de los relámpagos. Te quiero, me decís y se te frunce el ceño y nunca vi criatura más linda en la tierra. Miras las matas de pasto que pisamos en ese jardín desnudo de flores. Te quiero decís y, cuando querés seguir hablando un trueno hace vibrar las paredes que nos sostienen. Como un terremoto. Y el sonido de un cristal estrellándose contra el suelo en el interior de tu hogar llama nuestra atención hacia la ventana. Pero las cortinas rojas, tan rojas de seda tan roja, pulcras y rojas nos impiden mirar al interior. Comienza a llover y ya no te puedo escuchar. La brisa se torna rápidamente en una ventisca atroz. Nadie hubiese esperado semejante tempestad, leo en tus labios.
Y ahora estamos en tu casa, la escalera, su brillo tan obsceno irrita mis ojos y vos no me mirás. Mirás a la escalera, y su brillo tan obsceno no me permite ver lo mismo. Por eso recorro la fina terminación de tu pelo con mis dedos y finjo que entiendo. Intento verlo. Invento verlo, los vidrios repartidos por toda la escena. Esa araña de cristal, esa araña de colores plateados y gemas incrustadas. Ahora yace rota en el suelo, sus partes desperdigadas por la sala. ¿Qué hacés? Me decís y realmente no sé qué hago. Mis manos recogen los vidrios y yo no sé qué hago, pero los cristales se incrustan en mi cuerpo, y duele y sangra en demasía pero no puedo parar, casi siento un placer inexplicable al revolcarme entre los vestigios del candelabro. Me siento parte de todo, siento que pertenezco, linda. Apurate que vienen mis padres, me decís. Y los escucho abrir la puerta secreta, quiero echar un vistazo a esa habitación de ensueño, pero tenemos que irnos, no sé por qué, pero tus padres bajan las escaleras con sus rostros celestiales repletos de ojos y de plumas y tenemos que irnos.
Corrés con una ternura que no entiendo, como si la noche sólo fuera un escenario donde poder bailar. Irradiás tanta calma. Me llevás de la mano hasta la plaza y te miro mientras te divertís en las hamacas. Vos no me mirás, mirás al cielo dónde las nubes otorgan textura a la oscuridad. Te balanceás cada vez más alto, cada vez más lejos de mí. Y quiero poder volar como vos, pero las raíces me atan a la tierra. Solo un viento así, como el de este sueño, puede alejarme de tu gravedad. El viento atrae consigo un color inexplicable. Los olores de la ciudad han tomado forma y ya no te veo entre la lluvia. El poder de la tormenta se acrecienta y no tenemos paraguas ni un barquito en el que flotar. Una certidumbre atroz agobia mis neuronas. Ya viene. Lo cubre todo, como una tenue bruma fagocitando los recuerdos, como esa niebla que se impregna en el cuerpo, y el hedor de mil muertos calcinados en la caldera emerge de las entrañas de esa colosal máquina que es La Tempestad.
La lluvia cae, al igual que los escombros. En la seguridad de tu castillo solo nuestros errores pueden dañarnos. Sorteamos los trozos más peligrosos mientras buscamos una escoba con la que barrerlo todo bajo el sillón. No me mirás, cuidas con recelo que la habitación de tus padres nunca se abra, y yo hago lo mismo, ahora que el café se ha acabado y la lluvia monopoliza el paisaje, no quiero que tus padres nos arrojen al arroyo. Pero tenemos que irnos, me decís, y no sé por qué, pero tenemos que irnos ya.
Una taza de café flota en la corriente. Quiero café. Demasiado café te va a hacer mal, decís. Solo una taza más, respondo. Una taza de café flota en la corriente y quiero nadar a buscarla. Pero no puedo abandonarte a la intemperie del invierno. Y cuando ya no te miro me soltás la mano para poder bailar. Y ahora bailás con alguien mientras caigo y me revuelco en el pantano. Otra vez, otra vez cayendo entre los incisivos dientes de ese monstruo que es La Tempestad.  Como un cadáver floto a la deriva. Y ahora creo que conozco esas enfermedades que los doctores no pueden tratar, porque te miro girar y lo único que puedo esperar es que tus ojos de luna se crucen con los míos, y así, que me envíes, una vez más, a la inmensidad de la noche donde reina la soledad, cuya única forma es La Tempestad. Pero no me mirás, solo bailas y tus pies se mueven con una soltura incomprensible, y cada paso se me antoja matemático, y no podría hacerlo mejor, nada podría hacer mejor que caer al agua y flotar como si estuviera muerta. Desde la obertura hasta el ocaso bailás sin parar con ella, la mirás a los ojos y no se tienen que ir, y ella no sabe por qué, pero es la persona más afortunada de la inundación. Decido no mirar atrás y continuar mi solitario nado. Buceo en búsqueda de la otra orilla y espero encontrar el final del laberinto. Pero vuelvo siempre al mismo lugar. Tus padres bajan las escaleras y quiero rendirles pleitesía en su palacio de cristal, lista para recibir el fusilamiento de esos ojos de oro y mi esqueleto desdeñado siempre arrojado a las afluentes de ese rio claustrofóbico que es la helada maquinaria de tus reproches, pero nadie hay entonces que me diga que nos tenemos que ir. Me hundo y tus padres se hunden conmigo. Flotan las flores muertas del ático, los juguetes perdidos, la locura. Los artefactos que componen la tormenta onírica de La Tempestad. Que ahora nos muestra sus adentros como si deseara verse inofensiva, honesta. Pero no hay nada más que ver. Es solo lluvia, ríos de lluvia, océanos de lluvia impostergables que arrugan la ropa y la piel y los rostros. Me gustaría hundirme hasta el oscuro fondo y abismo que es el tiempo, pero prefiero verte bailar.
De regreso a ese hogar que llamamos La Tempestad. Te espero con los boletos en la mano y miro la clepsidra tomar el rastro de los minutos que me tienen aprisionado. Los sobrevivientes de la inundación pasean por la sala infestada de musgos, de tanto en tanto me miran y amagan con hablarme, pero se contienen y solo cuando nuestros ojos se cruzan comprendo que son irrelevantes. Pienso en escapar. Que no me atrapen al desnudo, sola, ellos, los gusanos que jamás eclosionarán. Y tal vez vos seas parte de ellos, de todo esto, por eso me dejás esperando y la clepsidra me tortura con su galante demostración de derroche. Que se la lleven los tifones, que trague tanta agua que su tiempo llegue, y vos no llegas. No espero más que una reciprocidad. Los hombres bajan y suben las escaleras, por momentos pretenden un acercamiento, pero se detienen a mitad de camino, me miran y vuelven a sus murmullos secretos. Vuelvo a contemplar la clepsidra. Cómo podés llegar tarde a tu casa, le pregunto al gato. Siempre igual vos, le digo al gatito. El gato no me mira y se esfuma entre los cuerpos demoníacos que me miran con desdén, también me abandona como vos me abandonaste en la espera. Los cuerpos irreales de los otros me miran con reproche, insinúan un ademán de acercamiento y de reñida, pero sólo se limitan a mirarme con esos ojos que no dicen nada. Ellos no esperan. No puedo moverme, no puedo abandonar el recinto, sostengo los boletos en mis manos y creo que ya están empapados en el sudor que emana mí desesperación. No puedo dejar la espera ahora que ya han pasado noventa y nueve noches. Llegás y mi pánico se hace trizas. Me entregas un sobre con un mensaje críptico en su interior. Nada más que un envoltorio de caramelo arrugado, con una serie de líneas incoherentes. No entiendo el código, pero sé que significa algo. ¿Qué hacés acá? Me decís con reproche y los hombres se ríen. Mis papás ya vienen, me decís y me mirás a los ojos, y sé que tenemos que irnos, no sé por qué, pero tenemos que irnos.
En la penumbra puedo ver mi aliento evaporarse en el frío. Llueve y el rocío forma pequeños lagos que reflejan la oscuridad de una noche sin luna. Vos girás con dulzura, arqueando tus brazos como si fueran alas. Bebés el agua que brota del cielo y creo que nunca amé a nadie así en mi vida. Intento hacer lo mismo, pero como siempre me sale mal. Hay algo en la lluvia, algo en el agua que sabe diferente. Arsénico o plomo, es el sabor que tiene La Tempestad. La brisa se convierte en tormenta; el agua me tapa y vos bailas, no me mirás a los ojos. Los boletos se me caen al torrente y nadie hay ahí que me diga que estoy haciendo las cosas mal. Nadie en el oscuro fondo y abismo que es el tiempo. El escenario me recuerda a tu casa, con las luces encandilantes y el techo alto con forma de cúpula. Luces blancas centellando y alto parlantes irritando mis tímpanos con su música. Ahora, otra vez. Ella llega y bailas como nunca bailaste conmigo, como si ella fuera tan solo una extensión de tu cuerpo. Y prometo que de mis pechos ya no brotarán más flores con tu nombre. Y prometo hacer como que no me doy cuenta. Y golpeo con la suela de mis zapatos el piso y vos me mirás y entonces tenemos que irnos a casa, y ahora creo que sé por qué tenemos que irnos a casa. Siento la vergüenza que sentís por mí, pero vos no sentís mi malhumor sino las risas de los seres sin rostro. ¿Vas a verme después del final? Te pregunto, con ilusión. Sin embargo, todo lo que recibo como respuesta es el murmullo de los otros cuya única identidad es los otros y en el fondo también son la Tempestad. Y quisiera que me llamaras refugio, ser el lugar donde resguardarse del frío, pero todo lo que veo en tus ojos es el fino temor de la Tempestad. Ese miedo que anidaba en mis ojos, ahora está por toda tu casa. Te quiero, me decís y cada gota de agua te desmiente. No sé si creerte cuando no me mirás, pero si me mirás, eso quiere decir que tenemos que irnos. Y ahora prefiero que no nos miremos y solo contemplarte mientras bailás con alguien más.
Otra vez se activa el mecanismo, bebemos té verde en la cocina y el sutil aroma de los arándanos en los muffins es dulce, demasiado dulce. Todo es demasiado en esta pesadilla. Demasiado y nunca suficiente. Toda la sangre va al desagüe mientras quitamos los cristales que adornan nuestra piel. Cuidás con tu mirada el juego de té que tu abuela te regaló. Entonces la máquina perfecta del tifón azota las aristas de tu casa, todos los altos ventanales estallan y tenemos que volver a empezar. Las olas entran por la puerta y nos tapa el agua. Siento tu mano helada, pero me aferro a ella mientras busco cómo salir de ahí. La trama oculta se devela. Esa confabulación perfecta, demasiado perfecta. Es muy tarde para detener el motor. Ni aunque salga el sol y con él el arco iris, nada nos salvará ya de ser tragados por la bestia que duerme en el interior de La Tempestad. El agua nos llega hasta las rodillas, caminar se dificulta, y tus padres descienden las escaleras doradas y tenemos que irnos, me decís. Pero no hay mucho lugar a dónde ir. Sólo un océano impenetrable monopolizando el paisaje. Entonces cruzamos el jardín, la clepsidra se ha ahogado, las matas de pasto ahora son algas. Musgos y líquenes trepan las paredes de tu hogar. Buceamos hasta que ya es imposible mantenerse sumergidos. El agua nos llega hasta el cuello. Tratando de no soltar tus manos, busco un sostén en ese páramo de agua. Hasta la rama del árbol más alto aparece ahora como una posibilidad. ¿Todavía me querés como antes? Me preguntas, y creo que debería ser yo quien preguntara. Me limito a mirarte directo a tus adorables y temidos ojos y padecer tu dulzura, mientras digo, tenemos que irnos, tus padres ya vienen. Y no sabés por qué, pero tenemos que irnos. Y te llevo conmigo hasta el corazón de La Tempestad.
Tenemos que irnos, me decís. La Tempestad ya viene, te digo. Mis papás ya vienen, me advertís. Tus padres son La Tempestad, concluyo. Y me mirás casi con reproche. Y ahora creo que tenemos que irnos porque rompí el candelabro de cristal. Tu madre y tu padre bajan las escaleras, casi arrastrándose, inescrupulosos seres anfibios, sus ojeras marcadas por el insomnio, los piyamas tan deleznables que me incitan a vomitar; la madera hinchada de las barandas genera un ruido espeluznante que hace temblar mi cuerpo, nuestro cuerpo. Brillan los escalones por culpa de las sanguijuelas adheridas a su superficie. Y ahora creo que tenemos que irnos de casa porque rompí ese inmundo soporte de lámparas adornado y los cristales se han clavado en tu cuerpo, tu cuerpo. Demasiado lindo para ser real. Pero no es por eso, me consolas, nada tiene que ver la sangre inundando los escombros de ese lúgubre mausoleo al que llamas hogar. Ella tiene la culpa de todo, decís, ella nos inunda con sus flores de mierda, nos perfuma con su desdicha. Nadie, nadie más que ella es capaz de destruirlo todo, de arrancar de raíz los árboles y el mar. Ella nos quiere, ella es nieve y terremoto, ella es la ansiedad y la desesperación, ella es los padres y los silencios incómodos, ella es la voz de los pasillos y de los seres queridos, ella es el incendio cayendo sobre mí. Ella es la escisión y la unión del universo, ella es perfecta. Y, como todo lo perfecto, es muerte. Sus dientes afilados capaces de borrar la totalidad de las cosas, como una sombra que lo traga todo ella viene. Es el nuevo orden mundial, cuyos múltiples rostros son el mismo rostro. Ella mueve los hilos del destino desde las tinieblas, vigila y castiga y su nombre es La Tempestad.
Mi mirada de súplica, no me arrojes como un deshecho a los engranajes oscuros de La Tempestad, creo que digo. Las grandes sirenas se insinúan en el horizonte. Puedo sentir el aceite de la maquinaria escalando mis vértebras, mis huesos encastrando perfectamente en las hendiduras de la instalación. Levantás la vista, y ya no solo se oye el fragor de la tormenta, con rayos y truenos. También está lo otro. No me arrojes al océano, te pido una vez más. Solo sonreís y te aferrás a mi mano. Me mirás a los ojos, y ya no creo que eso signifique que tengamos que irnos. Tu mirada tan grande, tan cerca de la mía, tan real que dudo que esto acabe con solo despertar.

Un jardín con flores de mierda.


El jardín hoy está gris. De vez en cuando se filtran haces de celeste entre las nubes, pero ella solo contempla la forma uniforme del gris. Grises son las flores y grises somos nosotros. Grises las sombras y grises las hojas de los árboles. Me suelta la mano y temo, temo que sus ojos atraigan, otra vez, la sequía; sin embargo, se limpia en su pantalón antes de volver a tomármela, con suavidad. Lo hace varias veces. Cada vez mi temor es peor y más abstracto, más inútil. Entonces me mira sin sonreír con sus ojos grises como cemento y me dice que todo está bien. Bien, bien nunca es la respuesta correcta. Distante, abre el cuaderno, se recuesta en el árido suelo ahora desnudo de flores  y olvida mi existencia, escribe o dibuja, como si saber la diferencia fuera relevante.
Tomo fugaces vistas al cuaderno cuando creo que ella no me ve, cuando creo que ella, por motivos que desconozco, abre su diario secreto por unos minutos para mí.
Había una vez un cervatillo que corría por un bosque. Los árboles eran interminables e uniformes, como si la misma escena se repitiera una y otra vez. Para el animalito no había más que el bosque, sin importar cuánto  corriera, todo era el bosque. Hubo una ocasión en la que corrió durante tres noches sin detenerse, pero solo verde pasto y hojarasca. Por eso ya no corría tanto, se limitaba a permanecer. Atravesaba los días como si fueran un mismo día, interminable, como la arboleda.
Cada tanto echo un fugaz vistazo hacia la verja oxidada que cerca el decaído prado y pienso en irme, en abandonar para siempre este estúpido jardín al que ella se aferra con tanta locura. Soy incapaz de notar las diferencias que ella dice ver, que ella anota en su cuaderno con una devoción cuasi mecánica. Hoy el jardín estás repleto de flores, igual que ayer, igual que mañana. Pero ella sostiene mi mano y nos recostamos en las matas de pasto y acaricio su pelo lacio y corto y la beso en los labios, sintiendo su delicada humedad. Pasan los días y su rostro se deteriora, socavado, asemeja a flores marchitándose. Me suelta la mano para anotar en su  cuaderno que las amapolas están muriendo, y no me la vuelve a tomar luego  de limpiarse. Ahora las dulces amapolas comienzan a morir. Lo hacen los pensamientos. Ella deambula, tratando de hacer bailar a las flores. Nada hay que ella pueda hacer, sin embargo, el sol vuelve a aparecer radiante, y las flores renacen; entonces, inequívocamente sonríe.
Otras veces, el cervatillo parecía correr de un peligro que acechaba, de un peligro invisible e inefable. Corría día y noche, siempre terminando en el mismo lugar. No podía ver al cazador pero lo sentía entre las sombras, por eso debía correr, por eso corría, hasta que, pasado un tiempo, volvía a sentir la seguridad del bosque interminable. Nadie podía cazarlo en su hogar.

El libro dice que hoy el jardín luce flores amarillas, como girasoles, como su primaveral vestido; la luz del sol les da un brillo magnífico. Ella había estado jugando entre las rosas, observando a las mariposas reflotar el aire, inventando nombres y subespecies para su bestiario, para ese cuadernito anillado de hojas lisas y blancas. Una espina del rosal se encarnó de pronto en su dedo índice, pero ella solo sonrío. Dolía un dolor lejano, dijo, un dolor a la expectativa, y ese tipo de dolor no era real. Nos recostamos entre las flores amarillas y aspiramos ese aire pulcro. Dijo que podíamos hacer crecer jazmines si nos lo proponíamos. Permanecimos abrazados hasta la noche, hasta que se durmió y dejó caer su cuaderno en mis brazos.
A veces, el cervatillo saltaba como un antílope. Buscaba construir del bosque un páramo tranquilo, pisoteaba las hojas, percibiendo la integridad de la música en su crujir. Pensaba que podía, incluso, salir hacia un claro en el que el sol diera sobre su pelaje y los rejuveneciera. Esos días eran los menos.
Despertó, la totalidad de su espalda entre las flores, sus enormes ojos de lleno zambullidos en las estrellas. Señaló la luna, pero no pude dejar de mirar sus manos, su dedo índice y la espina. Aprendí a mirar el dedo y no la luna, pues la luna siempre estaría ahí, en los días verdes, y en los días grises. Incluso detrás de las ominosas nubes de los pantanos oscuros. Su dedo, en cambio… ese dedo podía transformarse en recuerdo cuando quisiera, cuando el bestiario estuviera repleto de bestias del fango, o de grises, o cuando de tanto verde, ya no hubiera lugar para mí entre las flores. A veces pienso en el momento en el que la verja se abra y se me ocurra dar un paso firme fuera de aquí. En ese caso podría feliz, o ella podría serlo. Entonces, tal vez, para mí también existiría un jardín de flores, un jardín que solo yo podría ver, pues para los demás siempre tendría los mismos colores, y nadie podría entender jamás aquello que mis anómalos ojos verían. Y no tardaría en quedarme solo, en un jardín de flores y su secreta metamorfosis.

Hace más de tres días que parece llover a cántaros y el jardín está embarrado y se forman charcos en los rincones. Ella no me mira, tampoco hay flores ni mariposas que recolectar. El cuaderno anillado se está empapando a la vera de una banqueta. Ella también se está empapando, se va a resfriar. Te vas a resfriar, le digo. Pero no aparta su mirada fija de la nada, enredaderas oscuras parecen emerger de la tierra árida y comienzan a trepar a través de sus piernecitas. Ella no me habla y creo que nos estamos ahogando. A mi espalda, el viejo portón oxidado está abierto y el viento lo balancea, creando un sonido aterrador. Doy un paso atrás, el portal está cerca, tan cerca que podría irme, podría irme para siempre y dejarla, sola, con sus moscas, en esta cueva oscura, este lodazal lúgubre que ensucia la ropa de asco y mugre, este jardín de flores de mierda que no parece tener fin.
Porque el cazador siempre volvía, con sus trampas, con sus espejitos de desolación. Y el pobre cervatillo corría en círculos por esa gigantesca jaula conocida como bosque. Un día se lastimó una patita contra una rama caída, dejando un rastro de sangre en la huida. Escuchó los disparos, o algo que asemejaba a disparos. El cazador estaba cerca, tan cerca como nunca antes estuvo y el animalito cayó por un barranco, lastimándose con las rocas y las ramas en su caída, hasta una ciénaga.

La lluvia ha cesado. Sus ojos están muertos. He decidido irme hoy. No sé por qué no lo hice antes, todos lo demás ya lo han hecho, el jardín no estaba tan vacío cuando llegué. Tal vez permanecí por amor, ya no estoy tan seguro de eso. Me cansé de la lluvia y del barro que llega hasta las rodillas, me harté del esfuerzo titánico necesario para dar un paso en este jardín de flores rotas. Tal vez los pimpollos vuelvan a florecer. Florecer y volver a morir. Y ella, inerte, incluso dejó tirado su cuaderno.
No importaba cuánto forcejeara, cuánto gritara y gimiera el pobre cervatillo, las fauces grises lo habían atrapado y se hundía, lentamente en el barro de la ciénaga, y lentamente los colores morían. Inútil luchar. Todo tan inútil desde un principio.

jueves, 26 de mayo de 2016

Numeral. Algo.

(Fragmentos para Algo)
-Es gracioso decir que mi película favorita se trata de un pibe que fabrica zapatos, aunque esa no sea mi película favorita.

-Hay una película con Wolverine en la que trata el tema de la inmortalidad. En una parte dice que la muerte es otra enfermedad y que tiene cura.

-Si me fuera a suicidar, te juro que borraría mi Facebook. De solo pensar en la gente escribiendo cosas bonitas o saludándome en mi cumpleaños (...).

-¿Alguna vez tuviste la sensación de haber soñado con la conclusión de un sueño previo? Porque no estoy segura, pero soñé que cambiaba de universidad, me iba a La Plata, pero no era La Plata, porque era lindo y no me perdía. Las clases eran hermosas, las aulas eran radiantes en color, la gente era buena; pero, en un momento, se me ocurrió que ya había soñado con ese lugar, ya había cursado ahí, y perdía la regularidad por todo ese tiempo que pasé sin volver a soñarlo, sin volver a cursar. Sin embargo, cuando desperté, me pareció que era la primera vez que soñaba algo así.
Me deprime pensar en la facultad.

-Todo el tiempo culpándome por no estar, por llegar tarde. Haciendome sentir para el orto, porque eso fue lo que siempre hiciste.

-¿De verdad pensás que el  fondo de las cosas son las raíces? ¿Que tenés que volver a la tierra y el agua y abrazar una idealizada pero aleatoria combinación de elementos que alguien decidió llamar naturaleza para ser feliz?

-¿Nunca te despertaste con la sensación de que la persona que dormía a tu lado había votado a Macri? 

-A veces, cuando mirás al abismo, el abismo se hace el otro.

martes, 1 de diciembre de 2015

Anotaciones sobre un juego indie. Capítulo 28.




1-Son las siete de la mañana y hace dos o tres días que no consumo más que puchos y café porque estoy muy ocupado con este jueguito.
Es un plataformero en el que nuestra protagonista tiene que manipular rayos láser para resolver puzzles. Tiene que bloquear los mortíferos lasers para cruzar de habitación en habitación, tiene que desviar su trayectoria para activar interruptores que abren puertas, y toda la mierda esa.  Y para lograrlo hace uso de humo de cigarrillo.
Kathryn fuma y echa el humo sobre un láser para inhabilitar sus poderes letales.
Kathryn. 
Fuma. 
Y echa el humo. 
Sobre un láser. 
Para inhabilitar. 
Sus poderes. 
Letales.
Fumar es un mecanismo de defensa contra el estrés y demás vejaciones y siniestros. El humo que flota en el aire y contamina nuestros pulmones genera un vínculo, tal vez inexplicable entre uno y el universo.
Es una actividad casi espiritual. Mi lucky strike de las siete cero seis tiene sabor a chakra, a karma, a voluntad cósmica y a todas esas boludeces que suenan bonito.
Creo que todo se fue al carajo cuando dijo que no entendía cómo podía estar estresada una persona que no laburaba.

2-En lo que tal vez sea la escena más icónica de la mítica miniserie de Telefé "El Hacker", Carlin Calvo utiliza la humareda de su Marlboro para detectar la presencia de láser, de otra manera invisible al ojo humano.
Y cuidado, porque, como dice Carlín, si cruzás, te quema.
El láser es una representación de los obstáculos que te atormentan día a día. Es una metáfora de amenazas internas que acechan en cada esquina. El monstruo debajo de la cama, la carencia de oxígeno dentro de los ascensores, las infinitas escaleras mecánicas, el no menos mecánico diálogo con la cajera, la ominosa ventanilla opaca que no te permite ver al empleado con el que tenés que tratar (y no sabés si estás sacando el boleto bien o no); son todos rayos mortales directo a la cara.
¿De verdad pensás que tomar pastillas te convierte en una persona débil?

3-Parece existir una guerra secreta entre el pucho y el  láser. Una guerra invisible para aquellos que no son afectados por ella. Bueno, como todas las guerras.
Y te imagino volviendo en el Roca, cansado de ser el gordo de contaduría, pero cerrando los ojos para no ver los haces de luz, las luces centelleantes que irrumpen los ojos; Apilando guitarras estridentes sobre guitarras estridentes, para acallar los estallidos invisibles en los oídos. Pretendiendo no ver los fantasmas que le meten la traba y le pegan un tiro al pelotudo que tenés al lado.
Simplemente sonriendo, feliz de ser el gordo de contaduría.
Ignorando la posibilidad de ser
                                               El Hacker.

martes, 2 de junio de 2015

Missing ending.


Y que tal vez existan otros días, en los que las luces de la noche se apaguen, y las mareas de Antares dejen de escalar por tus dedos, directo a mis entrañas; pero en este preciso aquí y ahora, en este día que se repite y reitera y reanuda a cada amanecer, la única manera de apagar las luces es cerrando los ojos, y la única manera de sortear las mareas es...

jueves, 27 de noviembre de 2014

Tres poémas chotos para el tetra.


I
Casi más de cuatroscientas cuarenta y cuatro horas edificando castillos
Tirando piedritas blancas en arenas movedizas
A veces salgo a podar las plantas
Pero no dejan de crecer.
Lo van a pasar en la tele
Haceme caso.
Cuando las ramas del tiempo
Alcanzan el abdomen
Casi siento que podría mandarme un Storni
Y darle un cabezazo al fondo del mar.

II
Cuando te fuiste
 dejaste al perro encadenado en el patio.
Con candado y un cacho de carne.
Te llevaste las llaves junto a tus cosas
Junto a cosas mías también
Como las ganas
Como El Ocaso de los Ídolos.
Y todavía pienso en vos
En tu tacto de nube 
y nunca cielo
Y en pececitos de Origami sobre las sábanas
Cada vez que ese perro de mierda ladra
Pidiéndome agua
Y le digo que esto del naufragio era cosa tuya
Cada vez que hojeo el Anticristo
 y creo que te quedaste con la mejor parte
Porque te quedaste con la mejor parte.
A mí ni siquiera me gustan los perros.

III
Yo nunca te mentí
Siempre fui una lámpara en una fábrica de lámparas.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Siempre nos quedará Proxima Centauri.


La noche habla un lenguaje diferente, más espeso. Las palabras se adhieren en la oscuridad.

Acopio de felinos para repeler hechicerías y espectros.









Perdón por los gatos
Los pelos en el aire
Las pulgas
Y el olor a mierda.

jueves, 19 de junio de 2014

Escritor bronce V



Intento de pajarera I
 
Llueve pintura. El cielo se tiñe de nombres pelotudos: fiesta de la cereza, rojo Derby, azul Windsor, blanco dinastía Ming, azul marino, luz negra, negro.

Antes no llovía pintura; antes las casas eran de madera y piedra, y no arco iris. Ahora arco iris parada de tren, azul fantasma.

En tu funeral las lápidas son celestes y las cloacas amarillas, yema de huevo, sol de primavera. Vos lo quisiste así, todo preparado para respawnear y empezar a cagar aguarrás.

Tres días juntando de a poquito litros de sintética, tres días poniéndole color a las amapolas, tres días y ahora volvés con tu sonrisa desnuda, con tus dientes blancos, con tu mirada transparente.

Como si fuera algo memorable, ahora estallan fuegos artificiales y salís bailando de la tumba. Azul discreto, azul salvaje, era de hielo. Y el cielo tan rosa de hadas, tan néctar de damasco, tan torbellino de durazno, tan bahía de coral.

Llueve pintura, pero siempre estás ahí para poner todo en su lugar. Sin maquillaje somos todos más vulnerables.



Intento de pajarera II

Las fronteras de mi imperio culminan en los cantos redondeados de la maceta. Insisten los seres de estómago con el asunto del progreso, pero poco importa si mis raíces no pueden extenderse y monopolizar el asteroide; qué importa ahora si mis hojas son verdes, si la tierra es negra, si la maceta no se rompe.
Creí haberte dicho que soy una planta de interiores. O lo debiste haber leído en la Wikipedia. Los seres vivos no venimos con instructivo, pero no exageres. Error grosero hacerme ver el sol. Ahora tengo sed y bajo el radiante sol de mediodía clamo por agua. Y ahora llueve, y bajo las plateadas nubes oscuras clamo por luz. ¿Inconformismo?
Ahora brilla el astro y pido luz, y pido hidrógeno y helio.
Ahora hay un diluvio y el mundo se desborda, y pido agua, y pido hidrógeno y oxígeno.
¿Qué te hace pensar que me copa ser dejado ante la inundación?


lunes, 3 de marzo de 2014

No sé. Quería publicar algo.


Si abrís mi cabeza en este instante es más probable que te encuentres con una masa grisácea y viscosa emergiendo, decantando muerte, que con ideas de cambio o unicornios fluorescentes. Comprate un cuchillito y vení a averiguarlo.
Recostate, me dijiste con tu voz adherente, y sé que me miraste a los ojos sondeando cada poro, cada minúscula deformidad en mi cuerpo. Cerrá los ojos, me dijiste con tu voz adherente y tus dedos acariciaron mis labios sobrevalorados. Luego me asiste en tus brazos y me llevaste directo a la camilla, me ataste las muñecas, los tobillos y tuve esa ligera sensación de aprehensión que siempre llega demasiado tarde.
Entonces hablaste como si las palabras tuvieran un significado mayor que el tacto, que la vista. Dejá de pensar. No pienses eso. Superá tus miedos. Pensar eso no te va a llevar a ningún lado. Eso decías. La misma mierda de niña normal, puta, heterosexual. La misma mierda con más parafernalia. Abriste la ventana y entró el olor a hospital, entraron los pacientes, los mimos, un imbécil con un violín, la pelota rodadora del desierto, los muebles, los animales, un vestido de casamiento, los ruidos de la calle, los ruidos de la gota de agua estallando al fondo de un recipiente metálico, los pasos sobre el piso de madera, otro imbécil leyendo a Neruda, Aníbal cruzando los Alpes con sus elefantes, un quiero vale cuatro que nadie escuchó, vos cogiendo con alguien más, un tercer imbécil inhalando la G como si fuera una H, las telas de araña, un ejercito de 504 sin luces dispuestos a atropellarme, y siguieron entrando hasta que me quedé dormido.
Si abrías mi cabeza en ese instante, era más probable que te encontraras con una masa grisácea y viscosa emergiendo, decantando muerte, que con fijaciones, ideas de desdicha bailando rumba. Me clavaste el cuchillito en la frente y te fuiste.
Insisto. Soy una jaula sin pájaro.

lunes, 6 de enero de 2014

Materiales Anómalos





-¿En qué pensás? Me decía. Y no sabía por qué insistía en saber en qué pensaba cuando no entendería, cuando no entendería nada de lo que me pasaba, porque algunas cosas no se hicieron para entenderse. O al menos eso pensaba, que no lo entendería. Y porque cuando le dije a ella en qué pensaba no lo entendió, y por qué vas a entenderlo vos ahora que si hay algo que te preocupa es llegar a fin de mes y tus problemas son mesurables y propiedad de alguna entidad.
-Nada. Respondía, como nada te digo ahora y vos arrimás tu cuerpo contra el mío y casi siento que podría dormirme sin pensar en la muerte, y casi que siento que puedo perderme en tus brazos y flotar a la deriva hasta el descanso, y casi que siento que no hay peligro con vos. Te doy la espalda y me rodeas con tu brazo y todos mis adentros colapsan de un silencio que grita por ser voz.
No creo que estemos hechos solo de carne y hueso y contexto social, creo que poseemos pequeñas partículas, materiales anómalos que hacen todo un poco más impredecible. Una micropartícula es lo que te hace especial. Es lo que me gusta pensar, o lo que me gustaba pensar, ya ni sé la verdad.
No sé por qué me metí en esto, con vos, por qué te metí en esto, si sé que no vas a llegar hasta el final o no te voy a permitir hacerlo, porque sé que a veces puedo ser yo quien se regodeé en su miseria y cierre la puerta con llave de una vez y para siempre. Tal vez para vos haya salida mientras voy y pienso en decirte que voy a tirarme al río y que me quieran los renacuajos, que ellos sí que no deben tener prejuicios. O capaz que ellos también, que ellos me miran y me rechazan por despojo. ¿Cómo decirlo ahora que todo está tan bien y un decir podría arruinar la construcción? Mejor callar, seguir cargando con el peso y añadir el de la mentira atroz, que no sea mi voz la que me condene; mi callar sí, a mi silencio le he permitido mucho y le debo tanto más que creo que podría vivir hasta que me trague mi mugre sin decir una sola palabra y qué me importa ahora si ella no lo entendió y vos no sé todavía y ni siquiera sé si voy a decirlo, qué me importan las palabras si puedo abrazarte y ya no sentir el frío inexorable del mundo, del otro mundo que existe más allá de tus brazos fuertes.
-Te amo. Decís.
Y no. No. No son mis palabras ni mi silencio, sino tu frasecita tonta de final de novela romántica la que destruye todo este proyecto.
No es que no te quiera, todo lo contrario, te quiero tanto que no puedo permitirte la entrada a este desahucio. Perdoname, perdoname. Todo este tiempo, todas las salidas, la suave brisa de tus besos, tus decires de una ternura cruel que me dejan deshecho, el calor de tu pene dentro del jean; tantas cosas juntos y no, no, no, no, no puedo mirarte a los ojos y explicarte este asunto de los materiales anómalos con ejemplos a viva piel, como se lo expliqué a ella, la micropartícula que emergió junto a mis lágrimas y trató de magullarla. No podés saberlo y no puedo permitir que continúes con esto sin saberlo. No me ames.
Soy una jaula sin pájaro.