Como en tu casa, una
gigantesca escalinata dorada asciende desde la sala al dormitorio de tus
padres. Los escalones brillan y podemos oír la respiración profunda de esos
titanes soñando. La escalera culmina en un portal enorme que se me antoja
impenetrable. Todos los secretos están guardados detrás de esa puerta y un
fulgor espectral emana como un ojo demoníaco desde el hueco de la cerradura.
Bebemos en silencio y no me mirás a los ojos, divertís la mirada en las tacitas
de té de porcelana que descansan en el aparador; única herencia familiar que
cuidás con recelo. No sé qué hacer y el café ya se enfrió. Entonces me mirás a
los ojos y nos tenemos que ir. Cuando me mirás a los ojos es porque nos tenemos
que ir. No sé por qué, pero tus padres despertaron. Y ahora bajan las
escaleras, tu padre de traje, tu madre sosteniendo su elegante vestido de seda
canela para no tropezar; y sus cuerpos brillan entre los escalones de oro.
Demasiado lindo para ser real. Me
empujás hacia la oscuridad de la noche. En el patio, la clepsidra que
construimos mide el tiempo en sincronía. El cielo se tiñe de a ratos con el
color de los relámpagos. Te quiero, me decís y se te frunce el ceño y nunca vi
criatura más linda en la tierra. Miras las matas de pasto que pisamos en ese
jardín desnudo de flores. Te quiero decís y, cuando querés seguir hablando un
trueno hace vibrar las paredes que nos sostienen. Como un terremoto. Y el
sonido de un cristal estrellándose contra el suelo en el interior de tu hogar
llama nuestra atención hacia la ventana. Pero las cortinas rojas, tan rojas de
seda tan roja, pulcras y rojas nos impiden mirar al interior. Comienza a llover
y ya no te puedo escuchar. La brisa se torna rápidamente en una ventisca atroz.
Nadie hubiese esperado semejante tempestad, leo en tus labios.
Y ahora estamos en
tu casa, la escalera, su brillo tan obsceno irrita mis ojos y vos no me mirás.
Mirás a la escalera, y su brillo tan obsceno no me permite ver lo mismo. Por
eso recorro la fina terminación de tu pelo con mis dedos y finjo que entiendo. Intento
verlo. Invento verlo, los vidrios repartidos por toda la escena. Esa araña de
cristal, esa araña de colores plateados y gemas incrustadas. Ahora yace rota en
el suelo, sus partes desperdigadas por la sala. ¿Qué hacés? Me decís y
realmente no sé qué hago. Mis manos recogen los vidrios y yo no sé qué hago,
pero los cristales se incrustan en mi cuerpo, y duele y sangra en demasía pero
no puedo parar, casi siento un placer inexplicable al revolcarme entre los
vestigios del candelabro. Me siento parte de todo, siento que pertenezco,
linda. Apurate que vienen mis padres, me decís. Y los escucho abrir la puerta
secreta, quiero echar un vistazo a esa habitación de ensueño, pero tenemos que
irnos, no sé por qué, pero tus padres bajan las escaleras con sus rostros
celestiales repletos de ojos y de plumas y tenemos que irnos.
Corrés con una
ternura que no entiendo, como si la noche sólo fuera un escenario donde poder
bailar. Irradiás tanta calma. Me llevás de la mano hasta la plaza y te miro
mientras te divertís en las hamacas. Vos no me mirás, mirás al cielo dónde las
nubes otorgan textura a la oscuridad. Te balanceás cada vez más alto, cada vez
más lejos de mí. Y quiero poder volar como vos, pero las raíces me atan a la
tierra. Solo un viento así, como el de este sueño, puede alejarme de tu
gravedad. El viento atrae consigo un color inexplicable. Los olores de la
ciudad han tomado forma y ya no te veo entre la lluvia. El poder de la tormenta
se acrecienta y no tenemos paraguas ni un barquito en el que flotar. Una
certidumbre atroz agobia mis neuronas. Ya
viene. Lo cubre todo, como una tenue bruma fagocitando los recuerdos, como esa
niebla que se impregna en el cuerpo, y el hedor de mil muertos calcinados en la
caldera emerge de las entrañas de esa colosal máquina que es La Tempestad.
La lluvia cae, al
igual que los escombros. En la seguridad de tu castillo solo nuestros errores
pueden dañarnos. Sorteamos los trozos más peligrosos mientras buscamos una
escoba con la que barrerlo todo bajo el sillón. No me mirás, cuidas con recelo
que la habitación de tus padres nunca se abra, y yo hago lo mismo, ahora que el
café se ha acabado y la lluvia monopoliza el paisaje, no quiero que tus padres
nos arrojen al arroyo. Pero tenemos que irnos, me decís, y no sé por qué, pero
tenemos que irnos ya.
Una taza de café
flota en la corriente. Quiero café. Demasiado café te va a hacer mal, decís.
Solo una taza más, respondo. Una taza de café flota en la corriente y quiero
nadar a buscarla. Pero no puedo abandonarte a la intemperie del invierno. Y
cuando ya no te miro me soltás la mano para poder bailar. Y ahora bailás con
alguien mientras caigo y me revuelco en el pantano. Otra vez, otra vez cayendo
entre los incisivos dientes de ese monstruo que es La Tempestad. Como un
cadáver floto a la deriva. Y ahora creo que conozco esas enfermedades que los
doctores no pueden tratar, porque te miro girar y lo único que puedo esperar es
que tus ojos de luna se crucen con los míos, y así, que me envíes, una vez más,
a la inmensidad de la noche donde reina la soledad, cuya única forma es La Tempestad. Pero no me mirás, solo bailas y
tus pies se mueven con una soltura incomprensible, y cada paso se me antoja
matemático, y no podría hacerlo mejor, nada podría hacer mejor que caer al agua
y flotar como si estuviera muerta. Desde la obertura hasta el ocaso bailás sin
parar con ella, la mirás a los ojos y no se tienen que ir, y ella no sabe por
qué, pero es la persona más afortunada de la inundación. Decido no mirar atrás
y continuar mi solitario nado. Buceo en búsqueda de la otra orilla y espero
encontrar el final del laberinto. Pero vuelvo siempre al mismo lugar. Tus
padres bajan las escaleras y quiero rendirles pleitesía en su palacio de
cristal, lista para recibir el fusilamiento de esos ojos de oro y mi esqueleto
desdeñado siempre arrojado a las afluentes de ese rio claustrofóbico que es la
helada maquinaria de tus reproches, pero nadie hay entonces que me diga que nos
tenemos que ir. Me hundo y tus padres se hunden conmigo. Flotan las flores
muertas del ático, los juguetes perdidos, la locura. Los artefactos que
componen la tormenta onírica de La Tempestad.
Que ahora nos muestra sus adentros como si deseara verse inofensiva, honesta.
Pero no hay nada más que ver. Es solo lluvia, ríos de lluvia, océanos de lluvia
impostergables que arrugan la ropa y la piel y los rostros. Me gustaría
hundirme hasta el oscuro fondo y abismo que es el tiempo, pero prefiero verte
bailar.
De regreso a ese
hogar que llamamos La Tempestad. Te
espero con los boletos en la mano y miro la clepsidra tomar el rastro de los
minutos que me tienen aprisionado. Los sobrevivientes de la inundación pasean
por la sala infestada de musgos, de tanto en tanto me miran y amagan con
hablarme, pero se contienen y solo cuando nuestros ojos se cruzan comprendo que
son irrelevantes. Pienso en escapar. Que no me atrapen al desnudo, sola, ellos,
los gusanos que jamás eclosionarán. Y tal vez vos seas parte de ellos, de todo
esto, por eso me dejás esperando y la clepsidra me tortura con su galante
demostración de derroche. Que se la lleven los tifones, que trague tanta agua
que su tiempo llegue, y vos no llegas. No espero más que una reciprocidad. Los
hombres bajan y suben las escaleras, por momentos pretenden un acercamiento,
pero se detienen a mitad de camino, me miran y vuelven a sus murmullos
secretos. Vuelvo a contemplar la clepsidra. Cómo podés llegar tarde a tu casa,
le pregunto al gato. Siempre igual vos, le digo al gatito. El gato no me mira y
se esfuma entre los cuerpos demoníacos que me miran con desdén, también me
abandona como vos me abandonaste en la espera. Los cuerpos irreales de los
otros me miran con reproche, insinúan un ademán de acercamiento y de reñida,
pero sólo se limitan a mirarme con esos ojos que no dicen nada. Ellos no
esperan. No puedo moverme, no puedo abandonar el recinto, sostengo los boletos
en mis manos y creo que ya están empapados en el sudor que emana mí
desesperación. No puedo dejar la espera ahora que ya han pasado noventa y nueve
noches. Llegás y mi pánico se hace trizas. Me entregas un sobre con un mensaje
críptico en su interior. Nada más que un envoltorio de caramelo arrugado, con
una serie de líneas incoherentes. No entiendo el código, pero sé que significa
algo. ¿Qué hacés acá? Me decís con reproche y los hombres se ríen. Mis papás ya
vienen, me decís y me mirás a los ojos, y sé que tenemos que irnos, no sé por
qué, pero tenemos que irnos.
En la penumbra puedo
ver mi aliento evaporarse en el frío. Llueve y el rocío forma pequeños lagos
que reflejan la oscuridad de una noche sin luna. Vos girás con dulzura,
arqueando tus brazos como si fueran alas. Bebés el agua que brota del cielo y
creo que nunca amé a nadie así en mi vida. Intento hacer lo mismo, pero como
siempre me sale mal. Hay algo en la lluvia, algo en el agua que sabe diferente.
Arsénico o plomo, es el sabor que tiene La
Tempestad. La brisa se convierte en tormenta; el agua me tapa y vos
bailas, no me mirás a los ojos. Los boletos se me caen al torrente y nadie hay
ahí que me diga que estoy haciendo las cosas mal. Nadie en el oscuro fondo y
abismo que es el tiempo. El escenario me recuerda a tu casa, con las luces
encandilantes y el techo alto con forma de cúpula. Luces blancas centellando y
alto parlantes irritando mis tímpanos con su música. Ahora, otra vez. Ella
llega y bailas como nunca bailaste conmigo, como si ella fuera tan solo una
extensión de tu cuerpo. Y prometo que de mis pechos ya no brotarán más flores
con tu nombre. Y prometo hacer como que no me doy cuenta. Y golpeo con la suela
de mis zapatos el piso y vos me mirás y entonces tenemos que irnos a casa, y
ahora creo que sé por qué tenemos que irnos a casa. Siento la vergüenza que
sentís por mí, pero vos no sentís mi malhumor sino las risas de los seres sin
rostro. ¿Vas a verme después del final? Te pregunto, con ilusión. Sin embargo,
todo lo que recibo como respuesta es el murmullo de los otros cuya única
identidad es los otros y en el fondo
también son la Tempestad. Y quisiera que
me llamaras refugio, ser el lugar donde resguardarse del frío, pero todo lo que
veo en tus ojos es el fino temor de la
Tempestad. Ese miedo que anidaba en mis ojos, ahora está por toda tu
casa. Te quiero, me decís y cada gota de agua te desmiente. No sé si creerte
cuando no me mirás, pero si me mirás, eso quiere decir que tenemos que irnos. Y
ahora prefiero que no nos miremos y solo contemplarte mientras bailás con
alguien más.
Otra vez se activa
el mecanismo, bebemos té verde en la cocina y el sutil aroma de los arándanos
en los muffins es dulce, demasiado dulce. Todo es demasiado en esta pesadilla.
Demasiado y nunca suficiente. Toda la sangre va al desagüe mientras quitamos los
cristales que adornan nuestra piel. Cuidás con tu mirada el juego de té que tu
abuela te regaló. Entonces la máquina perfecta del tifón azota las aristas de
tu casa, todos los altos ventanales estallan y tenemos que volver a empezar.
Las olas entran por la puerta y nos tapa el agua. Siento tu mano helada, pero
me aferro a ella mientras busco cómo salir de ahí. La trama oculta se devela.
Esa confabulación perfecta, demasiado perfecta. Es muy tarde para detener el
motor. Ni aunque salga el sol y con él el arco iris, nada nos salvará ya de ser
tragados por la bestia que duerme en el interior de La Tempestad. El agua nos llega hasta las rodillas, caminar se
dificulta, y tus padres descienden las escaleras doradas y tenemos que irnos,
me decís. Pero no hay mucho lugar a dónde ir. Sólo un océano impenetrable
monopolizando el paisaje. Entonces cruzamos el jardín, la clepsidra se ha
ahogado, las matas de pasto ahora son algas. Musgos y líquenes trepan las
paredes de tu hogar. Buceamos hasta que ya es imposible mantenerse sumergidos.
El agua nos llega hasta el cuello. Tratando de no soltar tus manos, busco un
sostén en ese páramo de agua. Hasta la rama del árbol más alto aparece ahora
como una posibilidad. ¿Todavía me querés como antes? Me preguntas, y creo que
debería ser yo quien preguntara. Me limito a mirarte directo a tus adorables y
temidos ojos y padecer tu dulzura, mientras digo, tenemos que irnos, tus padres
ya vienen. Y no sabés por qué, pero tenemos que irnos. Y te llevo conmigo hasta
el corazón de La Tempestad.
Tenemos que irnos,
me decís. La Tempestad ya viene, te
digo. Mis papás ya vienen, me advertís. Tus padres son La Tempestad, concluyo. Y me mirás casi con reproche. Y ahora
creo que tenemos que irnos porque rompí el candelabro de cristal. Tu madre y tu
padre bajan las escaleras, casi arrastrándose, inescrupulosos seres anfibios,
sus ojeras marcadas por el insomnio, los piyamas tan deleznables que me incitan
a vomitar; la madera hinchada de las barandas genera un ruido espeluznante que
hace temblar mi cuerpo, nuestro cuerpo. Brillan los escalones por culpa de las
sanguijuelas adheridas a su superficie. Y ahora creo que tenemos que irnos de
casa porque rompí ese inmundo soporte de lámparas adornado y los cristales se
han clavado en tu cuerpo, tu cuerpo. Demasiado lindo para ser real. Pero no es
por eso, me consolas, nada tiene que ver la sangre inundando los escombros de
ese lúgubre mausoleo al que llamas hogar. Ella tiene la culpa de todo, decís,
ella nos inunda con sus flores de mierda, nos perfuma con su desdicha. Nadie,
nadie más que ella es capaz de destruirlo todo, de arrancar de raíz los árboles
y el mar. Ella nos quiere, ella es nieve y terremoto, ella es la ansiedad y la
desesperación, ella es los padres y los silencios incómodos, ella es la voz de
los pasillos y de los seres queridos, ella es el incendio cayendo sobre mí.
Ella es la escisión y la unión del universo, ella es perfecta. Y, como todo lo
perfecto, es muerte. Sus dientes afilados capaces de borrar la totalidad de las
cosas, como una sombra que lo traga todo ella viene. Es el nuevo orden mundial,
cuyos múltiples rostros son el mismo rostro. Ella mueve los hilos del destino
desde las tinieblas, vigila y castiga y su nombre es La Tempestad.
Mi mirada de
súplica, no me arrojes como un deshecho a los engranajes oscuros de La Tempestad, creo que digo. Las grandes
sirenas se insinúan en el horizonte. Puedo sentir el aceite de la maquinaria
escalando mis vértebras, mis huesos encastrando perfectamente en las hendiduras
de la instalación. Levantás la vista, y ya no solo se oye el fragor de la
tormenta, con rayos y truenos. También está lo otro. No me arrojes al océano,
te pido una vez más. Solo sonreís y te aferrás a mi mano. Me mirás a los ojos,
y ya no creo que eso signifique que tengamos que irnos. Tu mirada tan grande,
tan cerca de la mía, tan real que dudo que esto acabe con solo despertar.