miércoles, 16 de noviembre de 2016

Té de Jazmín.


I
-Ahora parto para el sur y vos te quedás. Te quedás con los ruidos del horno. Solo, sin poder ver el sol y disfrutar de las subsiguientes manchas anaranjadas en la visión; te quedás con la mitad fría de la cama, las sábanas blancas; te quedas con los frascos de mermelada vacíos, con la tostada de cara al suelo; te quedás con la noche desahuciada, insomne. Me llevo los sueños.
Me llevo los sueños en la maleta, dijo, y se los llevó. En la pesada valija. Y la comida en la olla. Ya no me miraron sus ojos negros, ni me hablaron sus labios húmedos. Entonces se perdió en el lúgubre pasillo y la puerta se cerró a sus espaldas. Sin decir otra palabra, sin mediar explicaciones, agitó su pelo lacio inundando mi soledad con ese aroma a frutillas tan único, tan ella. Quedó su esencia flotando en éter con su perfume como de mariposas en bosque encantado, como de atardecer en ese bosque, y lentamente anochecer con las sombras acechando en las esquinas, con el ulular de los pájaros entre las ramas desnudas de los árboles muertos, la carcajada fría del invierno. Permanecí de pie frente a la puerta por horas en las que la luz del sol dejó de entrar por la ventana, dando paso a la radiación tibia de la luna. Esperando. Esperando, mirando la puerta y esperando el lento girar del picaporte, pero no, pero nunca. Me dejó con la comida en la olla, emanando fuego y hedores del inframundo; con la cama deshecha, las sábanas en el piso, las almohadas desmembradas; con la impostergable soledad del despechado y el té de jazmín enfriándose en la taza. Sonó el teléfono ciento cuarenta y cuatro veces, entonces supe que no iba a volver, que ya era tarde para tomar el colectivo y bajar a dos cuadras de casa, que se quedaría en lo de una amiga, o en la casa de su madre, o, tal vez, dormiría con otro hombre. Quedó un halito sonoro reflotando en mis interiores, el siempre eterno eco del timbre. Mi cuerpo permaneció inamovible frente a la puerta de algarrobo mientras el timbre retumbaba en mis neuronas. Luego de una serie de instantes eternos, reuní el coraje necesario para abrirla, para buscarla más allá de la seguridad tras las desnudas paredes azules. Ante mí el sombrío pasillo, estático, inmaculado, de paredes desnudas y alfombra en el suelo, con esas puertas homogéneas que me atemorizaron desde el primer día, pero entonces ella; entre tantos hogares de símiles fachadas, admiré su capacidad para reconocer nuestra casita, pecera de cerámica y cortinas grises. Mi vista no alcanzó más allá de la tenue iluminación incandescente, pero tuve la sensación de algo desarrollándose entre las matas de umbría. La imagen de ojos en el pasillo, ojos del pasillo. Giré la llave y trabé la puerta, el azul era reconfortante. En inexorable silencio todos los sentidos se aumentaron, todas las paredes se agigantaron. Las sombras en las esquinas comenzaron a crecer, amparadas por la tenue luminiscencia de un velador; el arroz en la olla se quemó, todos los granitos chamuscados emanando aroma a muerte; el horno comenzó a murmurar palabras incomprensibles; en la lejanía de un departamento contiguo comenzó a escucharse el tedioso sonido de una lenta gota decantando en un recipiente metálico, clic, clic, clic, clic.
Desde entonces la espero. A veces finjo que vuelve y no me importa, la veo de soslayo, mi cara repleta de inexpresión. Ella entra como si nada hubiera pasado y todo fue un sueño, me habla de todos sus errores, de sus miedos, de sus enfermedades adolescentes, me besa y, cuando se voltea con su vestido floreado, entonces también creo que todo es un sueño y las sombras en las esquinas se difuminan, y ella raspa el arroz de la olla y lo tira en la basura, y silencia al horno con una patada a la puerta metálica, pero no logra detener el sórdido clic, clic, clic. Las paredes desproporcionándose continuamente, el sonido del repiqueteo en la desconocida casa vecina, clic, clic, clic, clic, clic, clic. El clic continúa y ella no vuelve. Entonces sé que no es un sueño porque el clic, clic, clic, clic de la gota de agua golpeando el recipiente metálico en la desconocida casa vecina no se detiene y las paredes se contraen, se dilatan, se contraen, se dilatan, jugando, jugando conmigo y cuál de todas las casas vecinas pertenecerá a ese propietario descuidado. Y no vuelve. Clic, clic, clic, clic. Ella no vuelve.

II
Trato de mantener la compostura, pero creo que el horno me habla. Detrás de ese rum, rum, como de motor agonizante, la parte más imponente de la cocina abre su tapa y pronuncia enunciados.  Que la ola polar va a durar hasta el martes, creo que dice, que solo en 1918 se dio un fenómeno de tal magnitud, que el calentamiento global, que la globalización.
-¿qué tiene que ver la globalización?- quisiera saber.
-Preguntale al microondas- responde como si fuera una obviedad, pero el microondas no habla. Ni una sola palabra. Permanece desenchufado mientras el horno me tortura con sus discursos aun crudos (o ya quemados) acerca de los hados siniestros de la postmodernidad.
-Porque la gente ya no cree en nada…
-La gente cree cada vez en más cosas- refuto. -se ha ampliado el margen de lo creíble.
-Verdad y mentira conviven como si fueran una sola.- dice, y la olla emanando vapores soporíferos en una de sus hornallas parece coincidir con él, pues su tapa da una serie de golpecitos. No me atrevo a apagarla, la última comida hecha por mi querida, mi amor, ella. No me atrevo a apagarla, no sé cómo. Nunca antes me había acercado a la cocina, todo este tiempo había aparecido como el laboratorio del alquimista, en el que ella se encerraba y profería recetas secretas, en ilegibles lenguas. Ahora pienso que debí haberme fascinado más por las artes culinarias, porque tengo un paquete de fideos y no sé qué hacer. Y ahora creo que ella, esa mujer que en algún momento fue mi mujer, me abandonó por mi irrefutable inutilidad.
Trato de mantener la compostura, pero no sé quién se encargó todo este tiempo de sacar la basura, y ahora se amontona en el tachito, y no sé por qué no compramos un tacho más grande, y bolsas de esas negras en lugar de estas de supermercado. Un supermercado desconocido.
Trato de mantener la compostura, que no existan signos evidentes del abandono, pero los pelos en la ducha y el clic, clic, clic de la casa vecina y los ruidos en los pasillos. Trato de mantener la compostura, que ella no sepa, que no se entere del dolor que agobia mis entrañas, y entonces cocino, y me corto los dedos y todo sangra, rojo, y mi sangre se confunde con el puré de tomate, tan rojo, y lloro, pero creo que lloro por la cebolla y nada más que por la cebolla, porque mi mujer se fue y no sé qué hacer, pero no puedo dejar que ella lo sepa porque la destruiría, la cambiaría para siempre, ella, tan pura, tan niña. Llevo la comida hacia su habitación, entonces Martina llora en su habitación y sé que sabe. Doy tres golpes en la puerta antes de entrar, suficiente para que esconda sus lágrimas bajo la almohada, termine con sus sollozos y me reciba con una sonrisa de plena luna, porque no debo saber que ella también está destruida, porque ella es ahora la única persona que puede sacarme del naufragio y tiene que ser fuerte, fuerte para arrastrarme de la apática agonía. Martina, la postergada, la invisible niña de rosa y horror, sonríe sus ocho años y me abraza. Y todo este tiempo pensando tan solo en ella, en la mujer que fue mi mujer, tanto tiempo olvidando a nuestra hija y sus dibujos con crayón, sus dientes de leche, su tarea de matemática. Sostengo su manita en mis manos heridas. Su calor me invade, sin embargo, no tarda en regresar el frío; la suelto para no contagiarla y regreso a la cocina.
Desde un principio rechacé la idea de tener un hijo; otra boca a la que alimentar, dejar el trabajo en la revista por uno con el cual realmente llevar dinero a casa, dejar la carrera, pasar más tiempo solo, sobrio, oyendo el llanto de un ser indeseable, de una invasora que llega y se apropia de los tiempos, del lugar, entonces ser relegado a un simple montículo de tierra y sudor ahogándose en televisión al final del día. Quería viajar, conocer el Sudeste Asiático y sus templos budistas, quería fotografiar parajes desolados en la vieja Rusia, y, nunca, nunca, envejecer. Cuando ella me dio la noticia del embarazo, le pedí que abortara, a lo que se negó rotundamente; y así fue como Martina llegó al mundo, después de nueve meses de odio acumulado y silencios incómodos. Nueve meses deseando escapar, urdiendo planes, alimentándome de fantasías de Polinesia y soltería. Traté de encontrar, una y otra vez el error, pero no, pero todas las precauciones, todos los anticonceptivos posibles dispuestos en su correcto lugar, pero entonces, tal vez, un hijo que no era mío, el fruto de la inseminación de otro hombre gestándose en el vientre de mi esposa y la sospecha incomprobable, pero entonces, callar.
No fue sino hasta que cumplió los ocho años que traté de aprender a convivir con Martina. El motivo, la pérdida del trabajo. Uno de los tantos desempleados tras la crisis. Pero ella no, claro, ella nunca, ella ahora nos mantenía. Más tiempo en casa, entender que ese engendro también sufría. Acostumbrarse también a ser otra boca a la que alimentar, un invasor que llega y se apropia de los términos. Y así fue, hasta que desapareció. Ahora Martina es todo lo que me queda.

III
No nos habíamos preocupado lo suficiente, hasta que abrimos la alacena y todo lo que encontramos fue abismo y un kilo de harina. Nació el hambre y la basura amontonándose en los rincones, los platos sucios, hojitas de un verde prístino naciendo de la taza de té, la comida en la olla destilando hedores fétidos y vapores alienígenos. La heladera repleta de nada, el microondas callado, el horno contemplándome.
-Llegó la hora de buscar trabajo- susurra, apenado.
-Así parece.
-¡Llegó la hora de perder el orgullo, de subordinarse ante el vil orden del empleo!. Llegó la hora de ser la empresa, de perder tus intereses y velar por aquellos de la burguesía. Llegó la hora de volver a producir y reproducir el discurso de la hegemonía. Llegó la hora de darse por vencido. Llegó la hora de volver a abandonar a Martina.-Dice una vocecita del otro lado de la cocina. Alguien había enchufado el microondas sin que me diera cuenta.
-No le hagas caso, el microondas es la expresión de la posmodernidad y la comida derretida y reblandecida.- masculla el horno.
-Pero calláte, a mí por lo menos la gente no me usa para suicidarse.
La idea del suicidio no había pasado por mi cabeza hasta ese momento, la emisión de la palabra giró una palanca en lo hondo de mi ser. De todas formas, no tardó en disiparse; no podía dejar a mi hija en las manos de la hambruna.
-El horno tiene razón, tengo que conseguir dinero.- digo.
-El horno no dijo eso- refuta el microondas- el horno dijo que tenés que conseguir trabajo. La guita se puede conseguir de otras formas.
El microondas tiene razón, puedo vender lo que no necesito para seguir viviendo. Voy al dormitorio, solo una guitarra sin cuerdas y la cama, nada que vender, ella se ha llevado los libros, la ropa, no podría vender el ropero, la madera agusanada tras la última inundación. Miro a través de la ventana: saltar. Hubiera sido asequible algunos años atrás, pero no ahora. No ahora porque mientras el mundo avanza hacia arriba, este edificio, al igual que mi vida, es un estanque de estancado estancamiento. Ahora solo puedo ver los pies de la gente desde la ventana, los ladrillos de edificaciones que se elevan hasta la estratósfera y buscan sepultarnos. Ella se lo llevó todo en la maleta, mucho más que sueños y proyectos, se llevó todo el dinero, todo aquello que podría permitirme seguir adelante, ella me sentenció a una muerte lenta, a un hambre atroz que lentamente trepa a través de mis huesos. Pero cómo, cómo pudo llevárselo todo en la maleta. No. Imposible. Debió haber comenzado mucho tiempo atrás, un plan atroz, lentamente hacer desaparecer los artilugios, desnudarme para poder así condenarme a esta lenta agonía. La imagino en el trabajo, lentamente diseñando su estratagema atroz, urdiendo un plan perfecto, previendo mi inutilidad, anticipando mi incapacidad para afrontar los inconvenientes de la vida cotidiana; tanto tiempo encerrado en la redacción, diciendo al mundo desde el papel, proyectando temores y visión en una hoja, tanto tiempo creando mundos no me permitieron notar las otras estructuras que emergían, las noches en las que ella no regresaba, aquellos momentos en los que no contestaba ni me miraba, ni le importaba, ahora todo, cada pequeña mueca callada es signo del abandono, ahora todo es obvio como lo inevitable, como lo ya pasado.
Decido salir, atropellar el pasillo oscuro, decido robar, trabajar, pedir, matar, decido hacer lo que sea necesario por un poco de comida.
-¿A dónde vas?- Me dicen el horno y el microondas al unísono.
-Salgo.
-¿Y Martina?
-Ya vuelvo.
-¿Y si no?- Pregunta el horno.
-Abrigate- dice el microondas.
¿O fue al revés?
No hice caso a ninguno.
Afuera el ocaso perpetuo del pasillo negro. Un sonido grave e intermitente, como de un motor accionando cerniéndose en torno a mí, piel de gallina, escalofríos. Doy dos pasos y al voltear descubro que no me será tan fácil regresar; las puertas idénticas, ni un cartel con el número, pero si esa mujer cruel que fue mi esposa sabía cómo regresar, si ella, que centraba su mente en hacerme sufrir podía reconocer el camino de regreso a casa, entonces yo también puedo. Una idea. Dejar la puerta sin llave y, de ser necesario, ir probando una por una hasta dar con aquella destrabada. Simple. Doy otros dos pasos y la maquinaria se agiganta, parece el generador de un coloso dando vida al monstruo de piedra, magia y decimonónica existencia. Noto figuras en la sombra, ácaros de penumbra que se mueven sin parar por el suelo, pisando la alfombra con suavidad. Con un temor insoslayable camino en dirección al ascensor, lo evado y tomo las escaleras. Emerjo en un callejón sucio y camino hacia la zona comercial. Tres negocios me rechazan por mi vestimenta y no sé de qué carajo están hablando ¿cómo vestirme bien si no tengo dinero con el que comprar ropa? En uno me piden el CV ¿cómo imprimirlo si la impresora no tiene tinta? Y si tuviera los doscientos pesos necesarios para un cartucho, los gastaría en comida. Así paso la mañana, entre rechazos y dolores de estómago. En el último negocio, una escueta librería, me piden experiencia, experiencia a la hora de vender un lápiz, como si eso fuera posible, nada en el mundo nos prepara para vender lápices, es un conocimiento oculto. Regreso resignado, si tuviera fuerzas golpearía algo, o a alguien, pero no, nada más que el deseo de volver a mi hogar junto a Martina. Subo las escaleras y otra vez el frío reptar de una serpiente a través de mi espina dorsal. Hay algo entre tanta oscuridad. Algo que se acerca junto al ruido de tambores, o de la maquinaria trémula, o de los gatos ronroneando. Algo que ha acrecentado su ritmo maniático y pisa mis talones mientras corro, girando el picaporte de cada una de las puertas que no se abren. Siento que me cercan, entonces las figuras en penumbra se empapan de gris diurético, están ahí y me miran, más de diez gatos pardos acechan, inflan sus rabos y tuercen sus orejas, sus pupilas dilatadas, sus cuerpos contraídos, agazapados en la sombra brillan ahora esos pesados ojos amarillos, los tenebrosos ojos del pasillo, y las garras, afiladas uñas de cortar, de apuñalar, adheridas a la alfombra pero listas para zarpar, para asesinar. Agitan sus colas, sus ojos inundados de rencor, de un rencor milenario y atroz con el que nada tengo que ver más que la circunstancia ridícula de compartir el pasillo en este aquí y ahora; mi mano sudando sostiene el picaporte, giro el pomo y uno de los gatos lanza un zarpazo hacia mi pierna, la puerta se abre y logro entrar, dejando a los felinos macabros del otro lado.
En mi ausencia llegaron dos visitantes, hombres de traje azul oscuro, bien peinados, bañados. Su imagen contrasta con todo a nuestro alrededor. Los encuentro sentados, contemplando la taza de pimpollos que alguna vez contuvo té. Uno de ellos, de nariz pronunciada y pelo corto, habla y acompaña con gestos corporales.
-Buenas tardes. Mi nombre es Julio y él es Lucas.- el otro hombre asiente levemente.- somos una pareja, recién casados y estaríamos interesados en adoptar a su hija.
-¿Cómo?- digo, estupefacto.
-Creemos que Martina necesita un mejor hogar.- dice, señalando la herrumbre a nuestro alrededor- No es mi intención ofenderlo, pero dudamos de su capacidad para mantenerla.
Lo pienso un segundo antes de llamar a Martina.
-Nosotros nos encargaríamos de todos los trámites legales, usted no tiene que preocuparse por todo eso…- lo oigo decir. El otro no habla.
Martina llega de su habitación y los mira, inquieta. Está flaquita, se notan sus huesos y eso me corroe, siento náuseas repletas de culpa y cólera. Ella niega en silencio cuando le propongo la posibilidad de una nueva familia.
-Ya escucharon a la nena.
-Es una lástima.- dice el sujeto.- pero debería pensar en lo mejor para ella.
-Ahora los invito a retirarse, si no tienen otro asunto que tratar.- digo, más agresivo de lo que en realidad quiero.
-Oh, nos encantaría- replica Julio- pero usted ya ha visto a los gatos, ¿verdad?
-¿Los gatos?
-Sí, felinos de cuatro patas. Están por todas partes.
-¿Entonces?
-Entonces supongo que no quedará otra que compartir el establecimiento hasta que esos engendros vuelvan a su lugar de origen. En algún momento se van a cansar.
-Supongo- digo, resignado.
Martina muestra unos dibujos de ella a Julio y Lucas se queda en la mesa, mirando hacia la puerta como esperando el momento preciso para poder escapar.
-¿Así que te abandonaron?- dice, de repente.
-No quiero hablar de eso.
-¿Por qué no? A todos nos han abandonado alguna vez. Por algún motivo a vos se te fueron las cosas de las manos, vaya uno a saber por qué. Ahora Martina corre peligro, no solo del hambre, sino de los gatos, y vos insistís en retenerla a tu lado.
-Es todo lo que tengo- respondo entre lágrimas. Sus palabras son un golpe certero a la nuca, diciéndome las cosas que fallé en ver hasta ahora.
-Ya lo veo- ironiza, mirando la habitación.- pero ¿no es extraña la vida? Tu mujer te deja, a vos y a tu hija, solos, apenas con un lugar donde caerse muertos y eso está mal; y vos no querés dejar a tu hija, y eso también está mal. ¿No somos críticos inconformistas? Todo el tiempo mirando, juzgando, y entonces nos pasa, nos toca hacer una obra a nosotros y entonces excusas, muchas excusas que demuestran cómo es que nosotros hacemos lo mismo que los demás, pero de nuestra parte está bien, mientras que de la otra es un crimen de lesa humanidad que nunca prescribe. Obvio, existen grises, como en todo. El secreto está en saber que nunca, nunca en toda nuestra horrible y dolorosa vida, vamos a ser protagonistas para los demás. Solo puede haber un protagonista, y si en nuestra mente, nosotros somos los protagonistas, entonces es lógico pensar que en las otras mentes suceda lo mismo. Me refiero a que cada uno se considera protagonista de su propia historia y ahí no hay lugar para nosotros; muy poco de lo que sucede en el mundo gira en torno a nuestra vida.
-No entiendo- admito.- o entiendo muy poco.
-Lo que quiero decir es que tu mujer dejó a un marido que, casualmente sos vos. Ella no pasó ni un minuto pensando en cómo te sentirías, así como ahora vos no pensás en qué falla de tu parte hizo que ella se fuera.
-Me suena un poco contradictorio todo esto.
-Obvio que es contradictorio; después de todo, esto es un departamento en Buenos Aires, no ciencia de cohetes. Si no hay lugar para contradicciones acá, ¿entonces dónde?.
-Me duele la cabeza.
-Es el hambre. Así empieza.-sentencia.

IV
A estas alturas ya no me interesa la olla que destila sustancias inexorables, creando una nube violácea en toda la cocina, ni los bellos jazmines que brotan de la taza del té ya helado, no me importan las telas de araña en las sillas, en el techo, en las paredes, no me importan las moscas y ratas luchando por un lugar en la bolsa de basura de un supermercado que ya no creo que exista, el horno ya no me habla, tal vez por los humos de la olla y el microondas está desenchufado de nuevo, los novios dan vueltas por la habitación, sus trajes otrora impolutos tienen polvo y están percudidos, de poco me sirve saber que han cortado la luz y el teléfono, que el inodoro se ha marchado en búsqueda de un lugar mejor. Solo temo por los felinos y el hambre. Los gatos rasguñan el cuerpo de la puerta madera, maullando sus penas colmadas hambre y su ira incontenible. Frotan sus garras contra el algarrobo, se trepan al picaporte, o eso es lo que siento; si no estuviera con llave entonces entrarían, pero ellos son capaces de esperar, capaces de soportar la espera. Del otro lado, ante el frío ojo de la oscuridad, el hambre resplandece, iluminando de angustia todas las estrellas en el techo. No emitimos más que el sonido de nuestros temblores; en el silencio de la noche se disuelven las voces, alimentando las lámparas grises del plenilunio. Nosotros no, nosotros no somos capaces de tolerar más espera.
Y por primera vez en un tiempo me escribe, la carta llega por debajo de la puerta. Signos de debilidad en su tinta, envuelta en aire y cursiva. Esa brisa precisa que se desentiende de mis penurias; abyecta enredadera que crece, siempre evadiéndome. No pide disculpas ni se ataja de mi odio obsceno. Dice que me quiere. Amor. Mentira. Me cuenta cómo es que ahora hace las cosas que solíamos hacer, pero mi nombre ya no aparece en las actividades, sino el otro, irreproducible rostro de la tempestad. En el cine vieron las tres películas rusas de las que habla mi estómago vacío, nuestra plaza es ahora su plaza, y pienso en cómo alguna vez fui yo el usurpador de espacios verdes. Ya no se le quema la comida ni tiene que ir temprano a trabajar. Ya no se siente obligada a decir te amo. Imagino que se han borrado las arrugas de su rostro y que ya no necesita maquillaje para verse bonita, ni pantuflas de dinosaurio para sentirse joven. La imagino feliz. Imagino que ya no piensa en nosotros, ni le importa, ni recuerda.
Envía besos que mis añicos cardiovasculares no temen rechazar, vergüenza, asco, vomitar aire de hambre sobre vos, sobre tus cartas, basura. Volvé al pozo de dónde saliste. Volvé. Volvé a tu casa. Volvé con tu familia. Por favor. Envía besos. Besitos. Firma con su nombre. Diana, diosa de la caza. No significa nada, muy pocas cosas significan algo en este momento.
Tomo la carta, la parto a la mitad y fagocito mi parte, la mastico y la trago como puedo, el dolor del papel, el sabor de la tinta, todo directo hacia el estómago que no da tregua. Martina ingiere lo que le toca y sonríe, su pelo está ahora enmarañado y ya no puede ir a la escuela; si no existieran los gatos y sus ojos voluminosos contemplándonos desde las rendijas, habría una salida. En los últimos días, el clic, clic, clic, clic, clic de la casa vecina se ha vuelto más persistente, e, incluso, podría jurar que está dentro de este departamento. Nos recostamos sobre el polvoroso suelo, temblando, incapaces de hacer otra cosa, incapaces incluso de dejar de temblar. Escuchamos los pasos de la parejita, el clic, clic, clic, clic, de la casa vecina y el ronroneo insoportable de los gatos. Vienen a mí memorias y jaquecas.
Recuerdo cuando jugábamos en el patio de la casa de mis padres, y le hablaba de semiótica, de aquella vez que compartí un café con aquél filosofo francés que murió dos años más tarde. La naturaleza de la humanidad es intertextual, todo lo dicho, toda creación humana es solo entendible desde otra creación humana. Todo lo que sea sufrido, todas las depresiones son un suplicio ya vivido; todos los suplicios entendidos desde un solo cerebro, mi suplicio. Hay desfasajes, transformación, entropía. Materiales anómalos introducidos en la cultura permiten algo parecido a la originalidad, la reiteración inmiscuida de conceptos, un enorme aparato de representaciones a nuestra disposición. El universo entero es creación, no descubrimiento. Creación y recreación de la humanidad, de las palabras. Está en los conceptos el verdadero orden, la verdadera realidad. Detrás de capas y capas de símbolos, índices e iconos, nada hay más que absurdo. Al final del oscuro pozo y abismo nada hay más allá de lo que decimos, de lo que ya se ha dicho tantas veces. Pero ella permanecía en silencio, no refutaba ni aceptaba mi teoría. Contemplaba los mensajes en su celular. O tal vez sí me hablaba. Su voz era suave y aromática como jazmines en verano templado. O tal vez no.
Los hombres discuten, aunque no puedo escucharlos bien, creo que uno de ellos quiere llevarse a Martina, mientras que otro insiste en no intervenir y en la futilidad de ese complot, después de todo, los gatos persisten. Creo que los oigo ronronear, pero mucho no me importa. Quiero dormir.
Conocí a Diana en el tren. Ella leía a Sylvia Plath y la observaba cambiar la página con una dulzura deliciosa. Creo que fueron cinco días seguidos, una semana, en las que me sentaba en diagonal y la contemplaba desde la distancia, su cabello lacio moviéndose con exquisita lentitud, de un rojo que desafiaba el fulgor de las estrellas, sus manos, tan pequeñas manos y dedos finos. Cinco días obsesionándome con esa mística imagen, craneando rigurosos planes de nula praxis. Hablarle de Plath, del feminismo tal vez, de literatura, de por qué leía siempre el mismo libro que tampoco era tan largo, que si realmente estaba interesada en la literatura o solo era un plan para no prestar atención a la gente, que si era cosa del destino que ella bajara en Bandfield y yo en Constitución. Pero fue ella quien se acercó. Fue un chiste relacionado con mirarla constantemente. Tal vez no fue un chiste. Y así comenzó todo eso que hoy termina en esta agonía. Casarnos, tener una hija, hablar. Ella antes hablaba más. El hipo de sus palabras vacías besando mi piel que ya nunca volveré a sentir, eco de su risa estridente, tantos "te amo" que ahora carecen de valor. Millones en una moneda fuera de circulación. Tantas cenas a la luz de las velas y ahora mi estómago se retuerce y los jugos gástricos no tienen qué derretir. Todo comenzó en el Roca. Todas las muertes empiezan en el Roca.
No, no fue así, creo que la conocí en la facultad.
Ya no recuerdo.
Pero duele.

V
Veo a los jóvenes, recién casados, abrazarse y besarse como hacía tanto que no sucedía en este recinto. Tanto amor. Entonces entender, aceptar, de una vez y para siempre el abandono de Diana, la compañía de Martina; seguir adelante. Solo quedan los gatos detrás de la puerta, sortearlos, escapar del pasillo eterno, hacia una vida diferente. Queda gente, amor en el mundo, queda futuro. Pienso en mi hija, en el día que traiga un novio a casa, un niño bueno y nada más, el resto que lo busque ella. Pero también, tal vez Martina sea lesbiana, o bisexual, o pansexual, o andá a saber, y un día llega de la mano con otra mujer, una de las dos tiene que tener pelo corto, y me gustaría que mi hija se lo dejara largo, así que la nena esta va a tener que cortarse el pelo, porque sí, porque yo lo digo, así que no me mires así, hincha de Vélez, que esta es mi casa.
Creo que ya estoy delirando.
Acabo de ver al teléfono irse. Seguir los pasos del inodoro.
Sí. Estoy delirando.
Llegó la hora de tomar una decisión. Seguir el camino de la locura o tomar las riendas de la situación y sacar este navío a flote.
Me levanto de mi letargo y los novios se estremecen, voy a la cocina y apago la hornalla, los vapores se difuminan lentamente y la nube de muerte alrededor de la cocina ya no es tan mortal. Arrojo el contenido en cuatro platos y alimento a Martina y a los otros. Nadie se queja de ese engrudo extraño que comemos, que llena nuestro vientre con calor y nos permite seguir viviendo, a pesar del sabor apestoso, a pesar de la contextura inaudita. Luego, lavo la olla. Los restos no se quitan ni con la esponja de acero, que deja algunos despojos en el intento.  Enchufo el microondas y me habla de Zizek, que si vi The Pervert's Guide To Ideology, de la parte en la que hablan de Taxi Driver; el horno también me habla, del clima, de cómo tenemos treinta y cinco grados, infrecuente en Buenos Aires en esta época del año, solo en 1935, 1941, 1979, 1988, 1992, 1993, 1995, 2001, 2007, 2008, 2009 y 2011 hizo semejante calor en este día específico. Los novios toman una escoba y un plumero y me ayudan. En menos de tres horas todo queda impecablemente limpio. Solo dejamos los jazmines de adorno. Abrazo a Martina y ella se aferra a mi cuerpo. Creo que a partir de ahora todo saldrá bien. Hablamos con Lucas y Julio de abrir la puerta e irnos, arremeter contra los gatos; mi pequeña va en búsqueda de su conejo de peluche.
Entonces llegan los golpes en la puerta. Los gatos se han hartado de esperar, así como nosotros. Pero este es el momento para enfrentarlos, porque sé que Diana no vendrá nunca a rescatarnos, porque puedo vivir con eso. Porque estoy listo para morir. Porque ahora creo que no podré vivir sin ella, no realmente, nunca tendré una vida completa sin ella, pero no es la primera vez que estoy preparado para morir. Después de todo, no es la primera vez que ella se va, solamente es la primera vez que no regresa. Esa es la única diferencia, el único detalle que derrumba mis estructuras. Sepultado. Sepultado junto al castillo de naipes que fue mi vida. Fue. Fue. Pero no, pero Martina, debo proteger a Martina de los gatos antropófagos, de los entes de hambre y uñas afiladas que rompieron la puerta de algarrobo con sus garras felinas y ahora vienen por nosotros rasgando la alfombra, orinando las paredes, escudriñándonos con soberbia severidad. Es. Es mi vida. Su vida. Es vida.
Los novios atacan a los gatos, pero son tragados por aquella tormenta interminable de garras y maullidos. Son cientos y vienen hacia Martina. Utilizo mi cuerpo como su escudo, creo que escucho gritar a Julio entre el tumulto, pero es solo un instante; siento las garras en mi cuerpo, los dientes mordiendo, rasgando la ropa, la carne, los maullidos, el olor a orina penetrante. Veo emerger a Lucas, repleto de rasguños y bañado en sangre, toma a un gato blanco y lo estrella contra la pared. El gato no vuelve a levantarse. Llegan más felinos buscando venganza, Lucas toma una silla y los enfrenta. Aprovecho ese giro favorable para mirar a Martina, que me devuelve una mirada asustada, repleta de temblor y miedo de muerte. El horno y el microondas nos vitorean desde la cocina; el horno arroja datos históricos sobre cómo el clima podría favorecernos, el microondas cita a Nietzsche a los gritos. Pero los gatos no tardan en hacer caer a Lucas y volver hacia nosotros.

VI
Y entonces vuelve. Ella vuelve para incendiar el departamento con su aroma a frutillas tan particular; para quitar, para siempre la mugre de la olla y los restos de esponja de metal adheridos; silenciar al horno que grita incoherencias acerca del clima y la globalización, accionando esa perilla oxidada que no giraba; para desenchufar al microondas posmoderno. Ella vuelve y todo se detiene, los gatos abandonan sus uñas a la intemperie de mi sangre, permanecen hendidas en mi cuerpo, sin embargo, no ejercen mayor presión. Ella da unas vueltas alrededor de la casa, levanta a Julio y Lucas del suelo y los deja ir, ensangrentados, agonizando. Va hacia el baño y de alguna manera detiene el clic, clic, clic. Luego de un instante, me mira. Me mira y todavía rigen sus parpados por sobre toda mi existencia. Y de repente ya no es tan difícil tolerar los atropellos, las uñas encastrándose en mi carne, la sangre surgiendo a cántaros, el dolor inhumano.
Se sienta en la mesa sin dejar de mirarme, estrellando esos negros asteroides en mi cuerpo, acerca la taza de flores a sus labios y en un sutil respiro me reprocha haber permitido que el té se enfriara. Bebe otro sorbo antes de arrojarlo todo por la pileta, antes de despreciar las flores ya amarillas, su rostro repleto de asco me deprime y solo puedo sentir la culpa por haber abandonado ese recipiente de infusión a la intemperie. Al regresar de la cocina me mira por un instante mientras los gatos ronronean, entonces da un paso hacia mí. Otro. Otro. Dos pasos más. Los felinos erizan su cuerpo mientras ella se acerca, bufan, maúllan, agitan sus rabos, pero son incapaces de detenerla. Nadie puede detenerla, impulsada, invencible, ser de puro amor. Detiene la perpetua longitud de sus piernas a escasos centímetros y desde el suelo puedo inhalar su aroma a belleza. Extiende sus manos como un ángel, como un querubín, criatura celestial, salvadora. Extiende sus manos gráciles, sus dedos como cuello de cisne, su amor, la perfección, mi amada, mi amor. Su cabello rojo, mi Diana.  Sin mirarme, sus ojos regentes
alejados me asfixian tanto como su mirada proyectando ahogo. Sin mirarme posa una mano en mi hombro y con la otra me mata. Sin decir nada. Toma mis últimas semanas. Toma mi vida, me aniquila. Se lleva a Martina en sus brazos. Sin decir nada. Las veo irse de mí para siempre, la mirada de mi hija, inescrutable rostro repleto de angustia y confusión. Cierra la puerta y ya no sé qué hacer para desear evitar que los gatos devoren mis entrañas.





jueves, 22 de septiembre de 2016

El del gatito


Como todos los días, te sentás en el extremo izquierdo de la mesa, junto a la ventana y mirás al edificio de al lado. Aunque ya sabés que todos los días son los mismos once, contás la cantidad de aparatos de aire acondicionado, solo para asegurarte que el mundo no cambia constantemente, que todavía estás a tiempo. Cuando terminás las tostadas con mermelada de durazno, abandonás la mesa, la ventana y el aire acondicionado.
Tardás mucho en el baño, cada día que pasa tardás más. Como si te costara más ponerte linda, pero yo te veo más linda que la primera vez que nos miramos fijo. Me gustan tus lunares casi imperceptibles, tus tics, tus muecas, tu timbre de voz. Me gusta tu pelo cuando recién te levantás, me gusta verte absorta, contemplando electrodomésticos.
Y me gustaría poder decírtelo, pero no tenés tiempo para hablar conmigo. Porque hay paro de subtes, porque te olvidaste de completar unas planillas, porque tenés ensayo, porque hay un evento especial y vas a llegar tarde.
Hay días enteros que pasan sin que pueda percibir tu aroma. Y no sé donde estás, pero sé que no te importa saber donde estoy yo. Sin embargo, siempre te espero en la cocina para cenar juntos; en el sillón, esperando tus mimos mientras mirás televisión; entre las sabanas para poder sentir el calor de tu cuerpo y poder, por fin, dormir lejos del frío.
Cuando llegás temprano a casa, te acostás en la cama desnuda y mirás a la nada esperando disecarte. Ponés siempre el mismo ultimo EP de Jaime Sin Tierra, esperando. Esperando escuchar una voz que te diga que las cosas pueden ser mejores, pero las palabras siempre son las mismas, siempre son los mismos acordes, las mismas melodías. Y me gusta oírte cantar Dubrubru con esa voz estresada  y armoniosa. "Esta es la primera vez que sueño despierto..." dice tu voz en un suspiro. En esos días, espero a que te duermas para acostarme a tu lado. Me agrada la calidez natural de tu piel, inmutable al paso de los días, y los cambios de animo, la sangre sigue fluyendo.
Otros días volvés más alegre, como si hubieras conocido a otra persona. Como si un nuevo viento soplara sobre tu cuerpo erosionando tus angustias y construyendo castillos de  esperanza y nuevos mundos con nuevas posibilidades. Tal vez es verdad, tal vez conociste a alguien más, por eso tardás tanto en regresar, y ya ni siquiera me saludás.
Busco huecos donde volver a entrar a tu mundo, el que me está abandonando lentamente. Pero mi cuerpo ya no logra captar tu atención, y apenas puedo ver, ya no puedo hacer monadas y bailar por vos. Ya no hay nada en mí que sea de utilidad alguna. Ahora soy un electrodoméstico averiado, soy un mueble repleto de nada , soy una ventana, soy trasparente, un espacio vacío que solía ser alguien. Me gustaría regresar al día en que nos conocimos, cuando las hojas de los árboles caían en los charcos que se formaban en las veredas al  mismo ritmo que las cenizas de tu cigarrillo; cuando el barro había arruinado tu atuendo, por culpa de un automovilista desconsiderado; cuando el viento se había llevado tu paraguas transparente y te estabas mojando. Entonces lanzaste fugaces miradas en todas las direcciones, muerta de vergüenza, y nuestros ojos se cruzaron. Ahí estaba yo, debajo del árbol, contemplándote desde lejos, añorándote. Y así te miré hasta que me recibiste en tus brazos. Me sacaste de esa caja de antibióticos en la que estaba encerrado, abandonado, y me dijiste que estaríamos juntos para siempre. Entonces ya nunca pude dejarte.
Al contemplar la casa sola me asalta una genuina sensación de insignificancia, como al contemplar las estrellas, o el océano. Eso es la casa cuando no estás, porque, cuando no estás, la casa es parte de ese inmenso mundo que nos separa. Ahora hay mares y tifones y autos y puertas y una barrera invisible y muda que nos separa.
Y siento como si las órbitas de los planetas realmente fueran circulares. Así, siempre damos vueltas en torno a lo mismo sin poder acercarnos ni un centímetro.
Me pregunto cuando fue que lo arruiné todo. Y recuerdo aquella vez, que bajo una eterna lluvia salí de casa y deambulé por tres noches entre personas y tachos de basura. Necesitaba tiempo para pensar, necesitaba tiempo para estar solo, para conocer rostros empantanados que nunca volvería a reconocer, porque no podía tolerar que existiera alguien en tu vida más importante que yo. Pero, me di cuenta de que te necesitaba, y decidí volver a casa. Vos estabas ahí, en la puerta, con tu paraguas color cielo, bajo un cielo nublado, esperándome. Tal vez nunca me pudiste perdonar realmente, y esa pequeña herida quebró lentamente nuestro tintero, manchando todo el departamento.
Como todos los días salgo a recorrer los lugares a los que me llevaste, la plaza con los bancos de cemento y los estamentos adolescentes, y esa calle larga de casas idénticas donde vive tu ex-novio. ¿Era la tercera casa a la derecha, o era la quinta a la izquierda? Pero hoy no es como todos los días, hay un pequeño cambio de rutina, hoy esta cerrada la ventana que siempre dejabas abierta para que pudiera entrar.
Y ese simple gesto es todo lo que necesito para entender: me han abandonado.
-Me han abandonado- reitero. Pero las palabras siguen sonando como parte de una canción. Vil final de comedia romántica con canción de Wilco que nadie esperaba. Absurdo e inesperado cliché. Aún así, la verdad se palpa en el viento frío que asfixia mi cuerpo, en el hecho de que voy a morir atropellado por un automovilista y a nadie le va  a importar mi cadáver al costado de la ruta. Porque a nadie le importan los gatos callejeros.

domingo, 12 de junio de 2016

La Tempestad.


  
Como en tu casa, una gigantesca escalinata dorada asciende desde la sala al dormitorio de tus padres. Los escalones brillan y podemos oír la respiración profunda de esos titanes soñando. La escalera culmina en un portal enorme que se me antoja impenetrable. Todos los secretos están guardados detrás de esa puerta y un fulgor espectral emana como un ojo demoníaco desde el hueco de la cerradura. Bebemos en silencio y no me mirás a los ojos, divertís la mirada en las tacitas de té de porcelana que descansan en el aparador; única herencia familiar que cuidás con recelo. No sé qué hacer y el café ya se enfrió. Entonces me mirás a los ojos y nos tenemos que ir. Cuando me mirás a los ojos es porque nos tenemos que ir. No sé por qué, pero tus padres despertaron. Y ahora bajan las escaleras, tu padre de traje, tu madre sosteniendo su elegante vestido de seda canela para no tropezar; y sus cuerpos brillan entre los escalones de oro. Demasiado lindo para ser real.  Me empujás hacia la oscuridad de la noche. En el patio, la clepsidra que construimos mide el tiempo en sincronía. El cielo se tiñe de a ratos con el color de los relámpagos. Te quiero, me decís y se te frunce el ceño y nunca vi criatura más linda en la tierra. Miras las matas de pasto que pisamos en ese jardín desnudo de flores. Te quiero decís y, cuando querés seguir hablando un trueno hace vibrar las paredes que nos sostienen. Como un terremoto. Y el sonido de un cristal estrellándose contra el suelo en el interior de tu hogar llama nuestra atención hacia la ventana. Pero las cortinas rojas, tan rojas de seda tan roja, pulcras y rojas nos impiden mirar al interior. Comienza a llover y ya no te puedo escuchar. La brisa se torna rápidamente en una ventisca atroz. Nadie hubiese esperado semejante tempestad, leo en tus labios.
Y ahora estamos en tu casa, la escalera, su brillo tan obsceno irrita mis ojos y vos no me mirás. Mirás a la escalera, y su brillo tan obsceno no me permite ver lo mismo. Por eso recorro la fina terminación de tu pelo con mis dedos y finjo que entiendo. Intento verlo. Invento verlo, los vidrios repartidos por toda la escena. Esa araña de cristal, esa araña de colores plateados y gemas incrustadas. Ahora yace rota en el suelo, sus partes desperdigadas por la sala. ¿Qué hacés? Me decís y realmente no sé qué hago. Mis manos recogen los vidrios y yo no sé qué hago, pero los cristales se incrustan en mi cuerpo, y duele y sangra en demasía pero no puedo parar, casi siento un placer inexplicable al revolcarme entre los vestigios del candelabro. Me siento parte de todo, siento que pertenezco, linda. Apurate que vienen mis padres, me decís. Y los escucho abrir la puerta secreta, quiero echar un vistazo a esa habitación de ensueño, pero tenemos que irnos, no sé por qué, pero tus padres bajan las escaleras con sus rostros celestiales repletos de ojos y de plumas y tenemos que irnos.
Corrés con una ternura que no entiendo, como si la noche sólo fuera un escenario donde poder bailar. Irradiás tanta calma. Me llevás de la mano hasta la plaza y te miro mientras te divertís en las hamacas. Vos no me mirás, mirás al cielo dónde las nubes otorgan textura a la oscuridad. Te balanceás cada vez más alto, cada vez más lejos de mí. Y quiero poder volar como vos, pero las raíces me atan a la tierra. Solo un viento así, como el de este sueño, puede alejarme de tu gravedad. El viento atrae consigo un color inexplicable. Los olores de la ciudad han tomado forma y ya no te veo entre la lluvia. El poder de la tormenta se acrecienta y no tenemos paraguas ni un barquito en el que flotar. Una certidumbre atroz agobia mis neuronas. Ya viene. Lo cubre todo, como una tenue bruma fagocitando los recuerdos, como esa niebla que se impregna en el cuerpo, y el hedor de mil muertos calcinados en la caldera emerge de las entrañas de esa colosal máquina que es La Tempestad.
La lluvia cae, al igual que los escombros. En la seguridad de tu castillo solo nuestros errores pueden dañarnos. Sorteamos los trozos más peligrosos mientras buscamos una escoba con la que barrerlo todo bajo el sillón. No me mirás, cuidas con recelo que la habitación de tus padres nunca se abra, y yo hago lo mismo, ahora que el café se ha acabado y la lluvia monopoliza el paisaje, no quiero que tus padres nos arrojen al arroyo. Pero tenemos que irnos, me decís, y no sé por qué, pero tenemos que irnos ya.
Una taza de café flota en la corriente. Quiero café. Demasiado café te va a hacer mal, decís. Solo una taza más, respondo. Una taza de café flota en la corriente y quiero nadar a buscarla. Pero no puedo abandonarte a la intemperie del invierno. Y cuando ya no te miro me soltás la mano para poder bailar. Y ahora bailás con alguien mientras caigo y me revuelco en el pantano. Otra vez, otra vez cayendo entre los incisivos dientes de ese monstruo que es La Tempestad.  Como un cadáver floto a la deriva. Y ahora creo que conozco esas enfermedades que los doctores no pueden tratar, porque te miro girar y lo único que puedo esperar es que tus ojos de luna se crucen con los míos, y así, que me envíes, una vez más, a la inmensidad de la noche donde reina la soledad, cuya única forma es La Tempestad. Pero no me mirás, solo bailas y tus pies se mueven con una soltura incomprensible, y cada paso se me antoja matemático, y no podría hacerlo mejor, nada podría hacer mejor que caer al agua y flotar como si estuviera muerta. Desde la obertura hasta el ocaso bailás sin parar con ella, la mirás a los ojos y no se tienen que ir, y ella no sabe por qué, pero es la persona más afortunada de la inundación. Decido no mirar atrás y continuar mi solitario nado. Buceo en búsqueda de la otra orilla y espero encontrar el final del laberinto. Pero vuelvo siempre al mismo lugar. Tus padres bajan las escaleras y quiero rendirles pleitesía en su palacio de cristal, lista para recibir el fusilamiento de esos ojos de oro y mi esqueleto desdeñado siempre arrojado a las afluentes de ese rio claustrofóbico que es la helada maquinaria de tus reproches, pero nadie hay entonces que me diga que nos tenemos que ir. Me hundo y tus padres se hunden conmigo. Flotan las flores muertas del ático, los juguetes perdidos, la locura. Los artefactos que componen la tormenta onírica de La Tempestad. Que ahora nos muestra sus adentros como si deseara verse inofensiva, honesta. Pero no hay nada más que ver. Es solo lluvia, ríos de lluvia, océanos de lluvia impostergables que arrugan la ropa y la piel y los rostros. Me gustaría hundirme hasta el oscuro fondo y abismo que es el tiempo, pero prefiero verte bailar.
De regreso a ese hogar que llamamos La Tempestad. Te espero con los boletos en la mano y miro la clepsidra tomar el rastro de los minutos que me tienen aprisionado. Los sobrevivientes de la inundación pasean por la sala infestada de musgos, de tanto en tanto me miran y amagan con hablarme, pero se contienen y solo cuando nuestros ojos se cruzan comprendo que son irrelevantes. Pienso en escapar. Que no me atrapen al desnudo, sola, ellos, los gusanos que jamás eclosionarán. Y tal vez vos seas parte de ellos, de todo esto, por eso me dejás esperando y la clepsidra me tortura con su galante demostración de derroche. Que se la lleven los tifones, que trague tanta agua que su tiempo llegue, y vos no llegas. No espero más que una reciprocidad. Los hombres bajan y suben las escaleras, por momentos pretenden un acercamiento, pero se detienen a mitad de camino, me miran y vuelven a sus murmullos secretos. Vuelvo a contemplar la clepsidra. Cómo podés llegar tarde a tu casa, le pregunto al gato. Siempre igual vos, le digo al gatito. El gato no me mira y se esfuma entre los cuerpos demoníacos que me miran con desdén, también me abandona como vos me abandonaste en la espera. Los cuerpos irreales de los otros me miran con reproche, insinúan un ademán de acercamiento y de reñida, pero sólo se limitan a mirarme con esos ojos que no dicen nada. Ellos no esperan. No puedo moverme, no puedo abandonar el recinto, sostengo los boletos en mis manos y creo que ya están empapados en el sudor que emana mí desesperación. No puedo dejar la espera ahora que ya han pasado noventa y nueve noches. Llegás y mi pánico se hace trizas. Me entregas un sobre con un mensaje críptico en su interior. Nada más que un envoltorio de caramelo arrugado, con una serie de líneas incoherentes. No entiendo el código, pero sé que significa algo. ¿Qué hacés acá? Me decís con reproche y los hombres se ríen. Mis papás ya vienen, me decís y me mirás a los ojos, y sé que tenemos que irnos, no sé por qué, pero tenemos que irnos.
En la penumbra puedo ver mi aliento evaporarse en el frío. Llueve y el rocío forma pequeños lagos que reflejan la oscuridad de una noche sin luna. Vos girás con dulzura, arqueando tus brazos como si fueran alas. Bebés el agua que brota del cielo y creo que nunca amé a nadie así en mi vida. Intento hacer lo mismo, pero como siempre me sale mal. Hay algo en la lluvia, algo en el agua que sabe diferente. Arsénico o plomo, es el sabor que tiene La Tempestad. La brisa se convierte en tormenta; el agua me tapa y vos bailas, no me mirás a los ojos. Los boletos se me caen al torrente y nadie hay ahí que me diga que estoy haciendo las cosas mal. Nadie en el oscuro fondo y abismo que es el tiempo. El escenario me recuerda a tu casa, con las luces encandilantes y el techo alto con forma de cúpula. Luces blancas centellando y alto parlantes irritando mis tímpanos con su música. Ahora, otra vez. Ella llega y bailas como nunca bailaste conmigo, como si ella fuera tan solo una extensión de tu cuerpo. Y prometo que de mis pechos ya no brotarán más flores con tu nombre. Y prometo hacer como que no me doy cuenta. Y golpeo con la suela de mis zapatos el piso y vos me mirás y entonces tenemos que irnos a casa, y ahora creo que sé por qué tenemos que irnos a casa. Siento la vergüenza que sentís por mí, pero vos no sentís mi malhumor sino las risas de los seres sin rostro. ¿Vas a verme después del final? Te pregunto, con ilusión. Sin embargo, todo lo que recibo como respuesta es el murmullo de los otros cuya única identidad es los otros y en el fondo también son la Tempestad. Y quisiera que me llamaras refugio, ser el lugar donde resguardarse del frío, pero todo lo que veo en tus ojos es el fino temor de la Tempestad. Ese miedo que anidaba en mis ojos, ahora está por toda tu casa. Te quiero, me decís y cada gota de agua te desmiente. No sé si creerte cuando no me mirás, pero si me mirás, eso quiere decir que tenemos que irnos. Y ahora prefiero que no nos miremos y solo contemplarte mientras bailás con alguien más.
Otra vez se activa el mecanismo, bebemos té verde en la cocina y el sutil aroma de los arándanos en los muffins es dulce, demasiado dulce. Todo es demasiado en esta pesadilla. Demasiado y nunca suficiente. Toda la sangre va al desagüe mientras quitamos los cristales que adornan nuestra piel. Cuidás con tu mirada el juego de té que tu abuela te regaló. Entonces la máquina perfecta del tifón azota las aristas de tu casa, todos los altos ventanales estallan y tenemos que volver a empezar. Las olas entran por la puerta y nos tapa el agua. Siento tu mano helada, pero me aferro a ella mientras busco cómo salir de ahí. La trama oculta se devela. Esa confabulación perfecta, demasiado perfecta. Es muy tarde para detener el motor. Ni aunque salga el sol y con él el arco iris, nada nos salvará ya de ser tragados por la bestia que duerme en el interior de La Tempestad. El agua nos llega hasta las rodillas, caminar se dificulta, y tus padres descienden las escaleras doradas y tenemos que irnos, me decís. Pero no hay mucho lugar a dónde ir. Sólo un océano impenetrable monopolizando el paisaje. Entonces cruzamos el jardín, la clepsidra se ha ahogado, las matas de pasto ahora son algas. Musgos y líquenes trepan las paredes de tu hogar. Buceamos hasta que ya es imposible mantenerse sumergidos. El agua nos llega hasta el cuello. Tratando de no soltar tus manos, busco un sostén en ese páramo de agua. Hasta la rama del árbol más alto aparece ahora como una posibilidad. ¿Todavía me querés como antes? Me preguntas, y creo que debería ser yo quien preguntara. Me limito a mirarte directo a tus adorables y temidos ojos y padecer tu dulzura, mientras digo, tenemos que irnos, tus padres ya vienen. Y no sabés por qué, pero tenemos que irnos. Y te llevo conmigo hasta el corazón de La Tempestad.
Tenemos que irnos, me decís. La Tempestad ya viene, te digo. Mis papás ya vienen, me advertís. Tus padres son La Tempestad, concluyo. Y me mirás casi con reproche. Y ahora creo que tenemos que irnos porque rompí el candelabro de cristal. Tu madre y tu padre bajan las escaleras, casi arrastrándose, inescrupulosos seres anfibios, sus ojeras marcadas por el insomnio, los piyamas tan deleznables que me incitan a vomitar; la madera hinchada de las barandas genera un ruido espeluznante que hace temblar mi cuerpo, nuestro cuerpo. Brillan los escalones por culpa de las sanguijuelas adheridas a su superficie. Y ahora creo que tenemos que irnos de casa porque rompí ese inmundo soporte de lámparas adornado y los cristales se han clavado en tu cuerpo, tu cuerpo. Demasiado lindo para ser real. Pero no es por eso, me consolas, nada tiene que ver la sangre inundando los escombros de ese lúgubre mausoleo al que llamas hogar. Ella tiene la culpa de todo, decís, ella nos inunda con sus flores de mierda, nos perfuma con su desdicha. Nadie, nadie más que ella es capaz de destruirlo todo, de arrancar de raíz los árboles y el mar. Ella nos quiere, ella es nieve y terremoto, ella es la ansiedad y la desesperación, ella es los padres y los silencios incómodos, ella es la voz de los pasillos y de los seres queridos, ella es el incendio cayendo sobre mí. Ella es la escisión y la unión del universo, ella es perfecta. Y, como todo lo perfecto, es muerte. Sus dientes afilados capaces de borrar la totalidad de las cosas, como una sombra que lo traga todo ella viene. Es el nuevo orden mundial, cuyos múltiples rostros son el mismo rostro. Ella mueve los hilos del destino desde las tinieblas, vigila y castiga y su nombre es La Tempestad.
Mi mirada de súplica, no me arrojes como un deshecho a los engranajes oscuros de La Tempestad, creo que digo. Las grandes sirenas se insinúan en el horizonte. Puedo sentir el aceite de la maquinaria escalando mis vértebras, mis huesos encastrando perfectamente en las hendiduras de la instalación. Levantás la vista, y ya no solo se oye el fragor de la tormenta, con rayos y truenos. También está lo otro. No me arrojes al océano, te pido una vez más. Solo sonreís y te aferrás a mi mano. Me mirás a los ojos, y ya no creo que eso signifique que tengamos que irnos. Tu mirada tan grande, tan cerca de la mía, tan real que dudo que esto acabe con solo despertar.

Un jardín con flores de mierda.


El jardín hoy está gris. De vez en cuando se filtran haces de celeste entre las nubes, pero ella solo contempla la forma uniforme del gris. Grises son las flores y grises somos nosotros. Grises las sombras y grises las hojas de los árboles. Me suelta la mano y temo, temo que sus ojos atraigan, otra vez, la sequía; sin embargo, se limpia en su pantalón antes de volver a tomármela, con suavidad. Lo hace varias veces. Cada vez mi temor es peor y más abstracto, más inútil. Entonces me mira sin sonreír con sus ojos grises como cemento y me dice que todo está bien. Bien, bien nunca es la respuesta correcta. Distante, abre el cuaderno, se recuesta en el árido suelo ahora desnudo de flores  y olvida mi existencia, escribe o dibuja, como si saber la diferencia fuera relevante.
Tomo fugaces vistas al cuaderno cuando creo que ella no me ve, cuando creo que ella, por motivos que desconozco, abre su diario secreto por unos minutos para mí.
Había una vez un cervatillo que corría por un bosque. Los árboles eran interminables e uniformes, como si la misma escena se repitiera una y otra vez. Para el animalito no había más que el bosque, sin importar cuánto  corriera, todo era el bosque. Hubo una ocasión en la que corrió durante tres noches sin detenerse, pero solo verde pasto y hojarasca. Por eso ya no corría tanto, se limitaba a permanecer. Atravesaba los días como si fueran un mismo día, interminable, como la arboleda.
Cada tanto echo un fugaz vistazo hacia la verja oxidada que cerca el decaído prado y pienso en irme, en abandonar para siempre este estúpido jardín al que ella se aferra con tanta locura. Soy incapaz de notar las diferencias que ella dice ver, que ella anota en su cuaderno con una devoción cuasi mecánica. Hoy el jardín estás repleto de flores, igual que ayer, igual que mañana. Pero ella sostiene mi mano y nos recostamos en las matas de pasto y acaricio su pelo lacio y corto y la beso en los labios, sintiendo su delicada humedad. Pasan los días y su rostro se deteriora, socavado, asemeja a flores marchitándose. Me suelta la mano para anotar en su  cuaderno que las amapolas están muriendo, y no me la vuelve a tomar luego  de limpiarse. Ahora las dulces amapolas comienzan a morir. Lo hacen los pensamientos. Ella deambula, tratando de hacer bailar a las flores. Nada hay que ella pueda hacer, sin embargo, el sol vuelve a aparecer radiante, y las flores renacen; entonces, inequívocamente sonríe.
Otras veces, el cervatillo parecía correr de un peligro que acechaba, de un peligro invisible e inefable. Corría día y noche, siempre terminando en el mismo lugar. No podía ver al cazador pero lo sentía entre las sombras, por eso debía correr, por eso corría, hasta que, pasado un tiempo, volvía a sentir la seguridad del bosque interminable. Nadie podía cazarlo en su hogar.

El libro dice que hoy el jardín luce flores amarillas, como girasoles, como su primaveral vestido; la luz del sol les da un brillo magnífico. Ella había estado jugando entre las rosas, observando a las mariposas reflotar el aire, inventando nombres y subespecies para su bestiario, para ese cuadernito anillado de hojas lisas y blancas. Una espina del rosal se encarnó de pronto en su dedo índice, pero ella solo sonrío. Dolía un dolor lejano, dijo, un dolor a la expectativa, y ese tipo de dolor no era real. Nos recostamos entre las flores amarillas y aspiramos ese aire pulcro. Dijo que podíamos hacer crecer jazmines si nos lo proponíamos. Permanecimos abrazados hasta la noche, hasta que se durmió y dejó caer su cuaderno en mis brazos.
A veces, el cervatillo saltaba como un antílope. Buscaba construir del bosque un páramo tranquilo, pisoteaba las hojas, percibiendo la integridad de la música en su crujir. Pensaba que podía, incluso, salir hacia un claro en el que el sol diera sobre su pelaje y los rejuveneciera. Esos días eran los menos.
Despertó, la totalidad de su espalda entre las flores, sus enormes ojos de lleno zambullidos en las estrellas. Señaló la luna, pero no pude dejar de mirar sus manos, su dedo índice y la espina. Aprendí a mirar el dedo y no la luna, pues la luna siempre estaría ahí, en los días verdes, y en los días grises. Incluso detrás de las ominosas nubes de los pantanos oscuros. Su dedo, en cambio… ese dedo podía transformarse en recuerdo cuando quisiera, cuando el bestiario estuviera repleto de bestias del fango, o de grises, o cuando de tanto verde, ya no hubiera lugar para mí entre las flores. A veces pienso en el momento en el que la verja se abra y se me ocurra dar un paso firme fuera de aquí. En ese caso podría feliz, o ella podría serlo. Entonces, tal vez, para mí también existiría un jardín de flores, un jardín que solo yo podría ver, pues para los demás siempre tendría los mismos colores, y nadie podría entender jamás aquello que mis anómalos ojos verían. Y no tardaría en quedarme solo, en un jardín de flores y su secreta metamorfosis.

Hace más de tres días que parece llover a cántaros y el jardín está embarrado y se forman charcos en los rincones. Ella no me mira, tampoco hay flores ni mariposas que recolectar. El cuaderno anillado se está empapando a la vera de una banqueta. Ella también se está empapando, se va a resfriar. Te vas a resfriar, le digo. Pero no aparta su mirada fija de la nada, enredaderas oscuras parecen emerger de la tierra árida y comienzan a trepar a través de sus piernecitas. Ella no me habla y creo que nos estamos ahogando. A mi espalda, el viejo portón oxidado está abierto y el viento lo balancea, creando un sonido aterrador. Doy un paso atrás, el portal está cerca, tan cerca que podría irme, podría irme para siempre y dejarla, sola, con sus moscas, en esta cueva oscura, este lodazal lúgubre que ensucia la ropa de asco y mugre, este jardín de flores de mierda que no parece tener fin.
Porque el cazador siempre volvía, con sus trampas, con sus espejitos de desolación. Y el pobre cervatillo corría en círculos por esa gigantesca jaula conocida como bosque. Un día se lastimó una patita contra una rama caída, dejando un rastro de sangre en la huida. Escuchó los disparos, o algo que asemejaba a disparos. El cazador estaba cerca, tan cerca como nunca antes estuvo y el animalito cayó por un barranco, lastimándose con las rocas y las ramas en su caída, hasta una ciénaga.

La lluvia ha cesado. Sus ojos están muertos. He decidido irme hoy. No sé por qué no lo hice antes, todos lo demás ya lo han hecho, el jardín no estaba tan vacío cuando llegué. Tal vez permanecí por amor, ya no estoy tan seguro de eso. Me cansé de la lluvia y del barro que llega hasta las rodillas, me harté del esfuerzo titánico necesario para dar un paso en este jardín de flores rotas. Tal vez los pimpollos vuelvan a florecer. Florecer y volver a morir. Y ella, inerte, incluso dejó tirado su cuaderno.
No importaba cuánto forcejeara, cuánto gritara y gimiera el pobre cervatillo, las fauces grises lo habían atrapado y se hundía, lentamente en el barro de la ciénaga, y lentamente los colores morían. Inútil luchar. Todo tan inútil desde un principio.

jueves, 26 de mayo de 2016

Numeral. Algo.

(Fragmentos para Algo)
-Es gracioso decir que mi película favorita se trata de un pibe que fabrica zapatos, aunque esa no sea mi película favorita.

-Hay una película con Wolverine en la que trata el tema de la inmortalidad. En una parte dice que la muerte es otra enfermedad y que tiene cura.

-Si me fuera a suicidar, te juro que borraría mi Facebook. De solo pensar en la gente escribiendo cosas bonitas o saludándome en mi cumpleaños (...).

-¿Alguna vez tuviste la sensación de haber soñado con la conclusión de un sueño previo? Porque no estoy segura, pero soñé que cambiaba de universidad, me iba a La Plata, pero no era La Plata, porque era lindo y no me perdía. Las clases eran hermosas, las aulas eran radiantes en color, la gente era buena; pero, en un momento, se me ocurrió que ya había soñado con ese lugar, ya había cursado ahí, y perdía la regularidad por todo ese tiempo que pasé sin volver a soñarlo, sin volver a cursar. Sin embargo, cuando desperté, me pareció que era la primera vez que soñaba algo así.
Me deprime pensar en la facultad.

-Todo el tiempo culpándome por no estar, por llegar tarde. Haciendome sentir para el orto, porque eso fue lo que siempre hiciste.

-¿De verdad pensás que el  fondo de las cosas son las raíces? ¿Que tenés que volver a la tierra y el agua y abrazar una idealizada pero aleatoria combinación de elementos que alguien decidió llamar naturaleza para ser feliz?

-¿Nunca te despertaste con la sensación de que la persona que dormía a tu lado había votado a Macri? 

-A veces, cuando mirás al abismo, el abismo se hace el otro.

martes, 1 de diciembre de 2015

Anotaciones sobre un juego indie. Capítulo 28.




1-Son las siete de la mañana y hace dos o tres días que no consumo más que puchos y café porque estoy muy ocupado con este jueguito.
Es un plataformero en el que nuestra protagonista tiene que manipular rayos láser para resolver puzzles. Tiene que bloquear los mortíferos lasers para cruzar de habitación en habitación, tiene que desviar su trayectoria para activar interruptores que abren puertas, y toda la mierda esa.  Y para lograrlo hace uso de humo de cigarrillo.
Kathryn fuma y echa el humo sobre un láser para inhabilitar sus poderes letales.
Kathryn. 
Fuma. 
Y echa el humo. 
Sobre un láser. 
Para inhabilitar. 
Sus poderes. 
Letales.
Fumar es un mecanismo de defensa contra el estrés y demás vejaciones y siniestros. El humo que flota en el aire y contamina nuestros pulmones genera un vínculo, tal vez inexplicable entre uno y el universo.
Es una actividad casi espiritual. Mi lucky strike de las siete cero seis tiene sabor a chakra, a karma, a voluntad cósmica y a todas esas boludeces que suenan bonito.
Creo que todo se fue al carajo cuando dijo que no entendía cómo podía estar estresada una persona que no laburaba.

2-En lo que tal vez sea la escena más icónica de la mítica miniserie de Telefé "El Hacker", Carlin Calvo utiliza la humareda de su Marlboro para detectar la presencia de láser, de otra manera invisible al ojo humano.
Y cuidado, porque, como dice Carlín, si cruzás, te quema.
El láser es una representación de los obstáculos que te atormentan día a día. Es una metáfora de amenazas internas que acechan en cada esquina. El monstruo debajo de la cama, la carencia de oxígeno dentro de los ascensores, las infinitas escaleras mecánicas, el no menos mecánico diálogo con la cajera, la ominosa ventanilla opaca que no te permite ver al empleado con el que tenés que tratar (y no sabés si estás sacando el boleto bien o no); son todos rayos mortales directo a la cara.
¿De verdad pensás que tomar pastillas te convierte en una persona débil?

3-Parece existir una guerra secreta entre el pucho y el  láser. Una guerra invisible para aquellos que no son afectados por ella. Bueno, como todas las guerras.
Y te imagino volviendo en el Roca, cansado de ser el gordo de contaduría, pero cerrando los ojos para no ver los haces de luz, las luces centelleantes que irrumpen los ojos; Apilando guitarras estridentes sobre guitarras estridentes, para acallar los estallidos invisibles en los oídos. Pretendiendo no ver los fantasmas que le meten la traba y le pegan un tiro al pelotudo que tenés al lado.
Simplemente sonriendo, feliz de ser el gordo de contaduría.
Ignorando la posibilidad de ser
                                               El Hacker.

martes, 2 de junio de 2015

Missing ending.


Y que tal vez existan otros días, en los que las luces de la noche se apaguen, y las mareas de Antares dejen de escalar por tus dedos, directo a mis entrañas; pero en este preciso aquí y ahora, en este día que se repite y reitera y reanuda a cada amanecer, la única manera de apagar las luces es cerrando los ojos, y la única manera de sortear las mareas es...

jueves, 27 de noviembre de 2014

Tres poémas chotos para el tetra.


I
Casi más de cuatroscientas cuarenta y cuatro horas edificando castillos
Tirando piedritas blancas en arenas movedizas
A veces salgo a podar las plantas
Pero no dejan de crecer.
Lo van a pasar en la tele
Haceme caso.
Cuando las ramas del tiempo
Alcanzan el abdomen
Casi siento que podría mandarme un Storni
Y darle un cabezazo al fondo del mar.

II
Cuando te fuiste
 dejaste al perro encadenado en el patio.
Con candado y un cacho de carne.
Te llevaste las llaves junto a tus cosas
Junto a cosas mías también
Como las ganas
Como El Ocaso de los Ídolos.
Y todavía pienso en vos
En tu tacto de nube 
y nunca cielo
Y en pececitos de Origami sobre las sábanas
Cada vez que ese perro de mierda ladra
Pidiéndome agua
Y le digo que esto del naufragio era cosa tuya
Cada vez que hojeo el Anticristo
 y creo que te quedaste con la mejor parte
Porque te quedaste con la mejor parte.
A mí ni siquiera me gustan los perros.

III
Yo nunca te mentí
Siempre fui una lámpara en una fábrica de lámparas.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Siempre nos quedará Proxima Centauri.


La noche habla un lenguaje diferente, más espeso. Las palabras se adhieren en la oscuridad.

Acopio de felinos para repeler hechicerías y espectros.









Perdón por los gatos
Los pelos en el aire
Las pulgas
Y el olor a mierda.