Hace
frío. Me gusta ponerle una cucharadita de café instantáneo al mate
cocido. Veo la taza y sé que falta un rato para el primer sorbo.
Prefiero hervir el agua y luego esperar a que se entibie. Cuando todo
es demasiado cálido o demasiado gélido, siento que mis dientes
pueden caer y hacerse añicos en este piso de cemento. Los
pensamientos nunca se detienen y nunca avanzan tampoco. Ayer pensé
en escribirte, decir que no sos el único motivo de que no se
detengan ni avancen los pensamientos. Los nefastos engranajes de la
maquinaria aun giran impiadosos dentro de mi cerebro. Todo me guía a
un inapelable descenso. Incluso las plantas parecen crecer hacia
abajo. La enredadera repta lentamente por los rincones más fríos
hacia la lamparita de la habitación. Buscan adueñarse de este
espacio húmedo como si ya no existiéramos. Todo se me va de las
manos, como si estuviera tratando de aferrarme a un mundo hecho de
arena.
En
la mesa grande, Isaac escribe en su cuaderno rayado, copia
definiciones del diccionario. Fo. To. Sín. Te. Sis. "Proceso
químico que tiene lugar en las plantas con clorofila y que permite,
gracias a la energía de la luz, transformar un sustrato inorgánico
en materia orgánica rica en energía.". A su lado, en el
aparador, se apilan boletas de luz y de teléfono que nunca serán
pagadas. Mi madre solía coleccionarlas, decía que algún día
podían servir, aunque no recuerdo que hayan servido nunca. Tenía un
cajón especial para las del gas, siempre se quejaba porque le
seguían llegando con el apellido de casada, el apellido de mi padre.
No sé por qué pienso en vos cuando pienso. Pienso que te hablo. Me
pregunto si mi madre pensaba en mi padre cuando pensaba, si tenía
conversaciones imaginarias o esto es solo cosa mía, otro producto de
mis imperfecciones.
Cuando
te fuiste, te llevaste cinco peones blancos y dos alfiles negros que
no te sirven para nada sin el resto de las piezas. De tanto en tanto
vuelvo sobre ese detalle, trato de comprender, dilucidar si fue
simple torpeza de tu parte, o pura malicia de dejarme con la mayor
parte de algo que ya no sirve. Busqué las piezas por días antes de
percatarme del siniestro detalle. Me pregunto qué más te llevaste,
con qué más me dejaste.
Ahora
es cuando se corta la luz, siempre cortan la luz a esta hora. Isaac
busca las velas en la alacena. Y las prende en la mesa, cerca de su
cuaderno. Las sombras fatales no dicen nada, solo son manchas en la
pared plagada de manchas. Las paredes que nunca pintaste y nunca se
quejaron, y nunca me quejé. Isaac debe estudiar. El enorme
diccionario ocupa el lugar de aquel que se sentaba a dictarle para
luego jugar unas escondidas, carreras por el patio y risas
excluyentes. Porque nunca fui yo la del amor y las sonrisas repletas
de dientes de leche. Siempre la bruja, la de las ojeras y las uñas
carcomidas. Aquella que se iba y olvidaba. Aquella que no estaba. En
la oscuridad ahora lo contemplo como por vez primera. Trata de
aprehender conceptos, repitiendo muertas definiciones de ciencias
naturales frente a un espejo de fuego que lo deforma todo. Le dedico
una sonrisa que no ve, pero no importa, porque es algo que no puedo
evitar.
En
soledad, pienso. Te hablo en silencio y aunque no escuches y dejo a
las ideas fluir. O eso digo, porque sé que, aún sin mi permiso, los
pensamientos seguirán brotando, calmándome o torturándome a su
antojo y eso me aterra. Me aterra seguir descubriendo cosas que te
llevaste, cosas con las que me dejaste. En la biblioteca falta el
tomo uno de Visiones Peligrosas, tampoco está El Anticristo, y no
encuentro El llano en llamas por ningún lado. ¿Realmente
necesitabas esos libros? ¿Específicamente esos libros? ¿O los
tomaste al azar?, ignorando el hecho de que buscaría en ellos, en
sus nombres, en sus letras, un código secreto que me explique el por
qué de la tragedia. Nunca hacías nada al azar, nunca te lo permití.
Por
la noche narro a Isaac la vieja historia de aquél hombre que recibe
una misiva de su esposa fallecida, diciendo que lo espera en ese
hermoso y especial lugar y decide ir a su encuentro. No es una
historia romántica, no es una historia bella; es la historia del
fracaso de las cosas, del óxido que lo cubre todo, de las evidentes
fallas en las veneradas piezas de relojería que construyen la vida.
Isaac tiembla cada vez que narro la escena de la chica y el fuego, de
ese mundo permanentemente en llamas y todas las noches me asalta la
idea cada vez más plausible de que ese mundo no es diferente al
nuestro.
Ahora
los sonidos se acrecientan, acercándose a donde no deberían. Pienso
en vos, te pienso, pienso en tu cuerpo y en la vacía promesa de
hacer callar a las armas que siempre me apuntaron y ahora a Isaac
también. Esas armas que, como taladros, nos guían pacientemente
hacia el centro de la tierra donde reina un silencio cuyo trono
peligra. Bajamos siete sótanos más, pero aún se percibe el leve
ondeo de la pólvora en el aire. Me pregunto si Isaac volverá a ver
el cielo, ¿vos crees que Isaac volverá a ver el cielo? Yo creo que
sí, por eso llenamos las paredes de libros, y, aunque falten
algunos, aunque te hayas llevado cucharas de la cocina y tornillos
del escritorio, creo que aún así pensaste en el futuro de nuestro
hijo al hacerlo. Ahora pienso en su futuro, en sus estudios
superiores y la incorporación en el mundo del trabajo. Porque aun
después del fin las instituciones seguirán configuradas para
desarrollar el proceso de socialización de las nuevas generaciones,
garantizando la supervivencia de la sociedad mediante la reproducción
social y cultural de prácticas conservadoras que llevan a las
personas a naturalizar las desgracias y los atropellos cometidos y
pienso en que si no fuera porque moriríamos asfixiados, quemaría
ahora todos los libros e instigaría a nuestro hijo a cavar un hoyo
en la tierra y seguir cavando hasta dónde no llegue el gran aparato
empaquetador buscándolo para convertirlo en otra caja mal sellada en
el gran depósito de cuerpos. Me pregunto de qué sirve luchar cuando
ya perdimos. Entonces miro a Isaac desde el otro lado de la mesa y
creo que todo vale la pena.
No
puedo ver las luces y el fuego desde este sepulcro. Tanto calor y
sigo con frío. Debería ponerme otro abrigo. Las llamas
recalcitrantes no nos afectan, amor; pero los temblores me alcanzan
en carne propia. Por eso aguardo a las seis para decirle a Isaac que
se esconda debajo de la mesa y espero a que los frascos de vidrio del
aparador bailen tres veces. O mejor dicho, espero que no lo hagan,
aunque cada día espero menos. Porque cada día me convenzo más del
fracaso de las cosas, porque las bombas siguen cayendo y creo que
todas las piezas van a quedar obsoletas.