viernes, 15 de febrero de 2013

Fragmentos de un Ensayo Sobre Automedicación.




Día I.
Día II.
Día III.
Día IV.
Y varias semanas despues.

Amargo fue nuestro primer cigarro en la vida; amargo era el primer cigarrillo después de la muerte.

Tomé un largo aliento, corrí el pelo de mi cara y repetí: "lo mejor que puedas es suficiente, lo mejor que puedas es suficiente."
Tu vida estaba confeccionada íntegramente en letras de canciones, y a veces me contagiabas. Me había vuelto permeable, susceptible, maduro, sensible, adulto. Me mejoraste y luego me dejaste. Por eso esta vez pensaba que te haría orgulloso, aunque no pudiera ver tu sonrisa de aprobación, la sentiría en mis ojos. Te haría sentir orgulloso de mi. Tomé el tubo de teléfono y suspiré, febrero dormía en placida calma.

El tono de espera. Tuup, Tuup, Tuup.
Tuup, Tuup, Tuup.
Tuup, Tuup, Tuup.
Así, hasta la eternidad. Luego, el contestador automático. Qué decirle a la máquina, a la persona que no escucha, por qué hablar con alguien que no está cuando podría tomar las escaleras y descender hasta el umbral de su guarida y tocar el timbre,
Ti Tu,
Ti Tu,
Ti Tu.
El tono de espera. Sin posibilidad de contestador automático. La gente siempre desaparece cuando se la necesita. No, no desaparece, es solo que nunca estuvo. No te das cuenta de lo caro que están los frascos de mermelada de frambuesa hasta que los necesitás, y tu billetera en el lavarropas, y las personas son iguales, iguales a un frasco de mermelada, y una tostada que siempre cae del lado del dulce, y otra taza de té, y unos chillicientos miligramos más de mierdil, porque estas ideas no van a ningún lado.  Entonces despertar con náuseas, siempre la misma historia, la misma histeria.

La gente en la ventana empezaba a morir, la culpa era del glifosato. Los herbicidas asesinando madreselvas, los alimentos basados en soja llenando las góndolas del supermercado, desplazando a los frascos de mermelada. Y el sonido que estos hacen cuando se caen del estante: klishhhhh.
Auto envenenamiento, autodestrucción, automedicación. Llámele como quiera, tomar todos los días el colectivo hacia la CABA y aspirar con apatía los gases invernadero. ¿Quién no quiere un vivero en sus pulmones?
Cigarrillos, comida con colesterol, soja, mermelada de frambuesa, cine con amigos, clonazepam, marihuana, dormir la siesta. Básicamente piezas de la misma maquinaria, y la gente en la ventana que empezaba a morir.

El niño merodeaba montando su bicicleta; transitó cuatro veces las calles empedradas y lo observé desde el balcón, parte de mí quería que tropezara y muriera, una simple roca entre los rayos de la rueda y listo, sangre y piezas de un cuerpo dislocado. Siempre he odiado a los niños, ese pobre no tenía la culpa de nada. Pero sus ojos inocentes, azules ojos inocentes como los que alguna vez vi en el espejo, me remitieron a esa infancia penosa. Mi padre, su trabajo y las horas frente al televisor, la casa era demasiado grande para mí en ese entonces, y las sombras en los rincones, y los ojos inquisidores de las lámparas incandescentes y luego, el incendio de la fábrica de pirotecnia, los petardos en las subsiguientes navidades, ¿por qué no se callan las explosiones de una buena vez? No hay navidad que dure quince años.  Entonces llegaron los espasmos y corrí al botiquín dentro del espejo del baño e ingerí todas las pastillas que encontré.

>> ¿Cuántas veces más? ¿Cuántos cuadros tendré que quemar hasta que logre edificar un mundo feliz? <<
>> Vení conmigo. <<
>> No es gay. <<
>> Y, no sé porque no lo deja, si no trabaja, si no estudia, solo está tirado en la cama. <<
>> Hace catorce días que estoy en este tren, no sé dónde bajarme. <<
>>¿Pensas que ser un pez me sienta bien? ¿O preferís que sea un brontosaurio?<<

Puede que haya perdido partes de la vida mientras cerraba los ojos. Solo hay fragmentos de lo que me forcé a no percibir. Ahora no son más que mala ficción, cubriendo huecos argumentativos en la vida. Miro al gato. El gato me mira, me dice, me culpa, me inhibe. El gato se va. Gato de mierda.

El perro ladra. Arf, Arf, Arf. Todos los perros ladran y mis vecinos tienen como veinte. Mis vecinos son perros. Gente con cara de perro. Defecan palabras y luego fagocitan sus propias heces. Y se revuelcan en sus aullidos casi tangibles. Perros de mierda.

¿De qué se trataba la muerte? ¿De qué habías dicho que se trataba la muerte? Solías sentarte con las piernas cruzadas y criticar a Carl Jung y a los posteriores estudios de su obra. Abrías un libro, y, con sorprendente destreza, te dedicabas a derruir los paradigmas que habían amparado mi existencia; y entonces solo un cielo despejado podía frustrar tus ánimos de minar ideas y solías matarte por mí, hasta que te volviste inmortal.

¿De qué era que se trataba la muerte? Creo que falté a esa clase y ahora no entiendo un carajo lo que estoy viendo. Deben ser logaritmos, deben ser ecuaciones, deben ser laberintos, deben ser tortugas en frasquitos de detergente, deben ser mermeladas. ¿De eso se trataba la muerte? ¿Mermeladas y logaritmos?
¿De qué era que se trataba la vida? El barro manchaba mis zapatillas mientras corríamos bajo la lluvia. ¿No es mágico el mundo? ¿De qué era que se trataba la vida? ¿De qué habías dicho que se trataba la vida? Creo que falté a esa clase también. Siempre posponiendo el despertador.

Cuando llegué a casa, Alicia también estaba muerta. Estábamos todos muertos, incluso el conejo. Un blíster de medicamentos. Vacío. Como sus ojos.

sábado, 12 de enero de 2013

Clases de vuelo.


-Tantos pétalos de lluvia guardaste en mi garganta que ya creo que soy un árbol y me estoy quedando sin otoños.
-Con el vacío colosal que dejaste en mi corazón, creo que podríamos hacer algo. Cavar una tumba y sepultar a nuestros hijos, tal vez. Ya no los deseo en bolsas de consorcio llenando vertederos.
Decían y flotaban a  la deriva en un rio incansable. Había árboles en la ribera que se mecían con ligereza hipnótica . La bruma y el sol invadían el entonces cielo apático
-Nahír lloró cuando las arcanas dijeron que íbamos a tener un hermanito. Llenó una tina con sus lágrimas y se ahogó.
-Alan también se ahogó ¿Por qué será que siempre terminamos en el agua?
-¿Cuantas veces, no? ¡Cuántas veces nos caímos al agua!
Hubo una suave brisa, conocida entonces como silencio, y los buitres acechaban en el horizonte.
-Perdón, perdón por no haber podido aprender a volar.
-No, perdóname vos por no haberte enseñado a hacerlo.
Dijo, y agitando sus rumorosas alas, emprendió vuelo hacia las aves.

Clases de natación.




Algunos cuerpos simplemente no flotan ni se hunden, tan solo atraviesan el velo acuático y reconocen las estrellas que también existen en las profundidades. El universo es entonces un ambrigrama y la figura se repite espejada en el dorso del mundo. Entonces de eso se trataban los intentos fútiles de tocar el sol durante la inundación; de acariciar la tierra porque no está; de nombrar a la soledad; de hablarle a una tumba como si fuera  a escuchar; de intentar amar a un ser humano. De todas las piedras y plantas en este planeta, justo amar a un ser humano. Como si acaso entonces, la inversa no fuera la misma, la mierda reflejada en las pupilas del otro y mis ojos llenos de cloro no espejan miradas sino que las tragan sin saborearlas. Me estoy ahogando en un blíster de neurosis, y puede que vos solamente me estés llevando hacia la parte honda. Sin embargo, algunos cuerpos simplemente no flotan ni se hunden, tan solo evitan el agua.

Clases de manejo.




-Che, ¿te dije que tengo la habilidad especial para chocar automóviles y salir ileso? Habrá sido allá por el 2009, mi viejo me estaba enseñando a manejar en Brandsen, apenas nos habíamos peleado y River Plate era un equipo de primera división, y uno de los mejores. Así que, te imaginaras hace cuánto fue. Veníamos hablando de la gestión de Cristina Fernández, pero yo estaba más interesado en escuchar Karma Police en el estéreo. Pone cuarta me dijo, y  no encontraba la palanca de cambios, por eso bajé la vista, y  por pelotudo pegué un volantazo. El auto se fue de costado y atravesó una alambrada hasta chocar contra una casita que había a unos metros. Él murió al instante, pero mírame a mí. Choqué cuarenta y dos autos desde entonces. Obvio que siempre manejo solo, vos sos mi primer acompañante. Si te soy sincero, me sorprende, yo pensé que eras feliz. ¿Agarro por 14?

sábado, 5 de enero de 2013

Un viejo que hacia desaparecer nubes/ Días de coma.




Es mi cuerpo. Se siente… equivocado. Al cerrar los ojos puedo percibir una incierta angustia, sensación ilógica de estar descolocado. No sé si floto o me hundo, pero es cómodo. Cómodamente en coma, si retengo la respiración unos minutos tal vez gane la habilidad de volar. Si aprieto mis ojos con fuerza, puedo ver cosas que no existen, no sé si reconozco esos colores realmente, o si los imagino de la misma manera que imaginé toda mi infancia, todos mis sueños pasados que ahora huelen a naftalina. El árbol que nunca planté; esa herida en la rodilla izquierda, al caer de una bicicleta ficticia; los pasteles de tierra, el olor de asfalto mojado en un verano lluvioso, la guerra de bombitas con agua en carnaval, la navidad y la pirotecnia. Cuantos otros mitos que vimos desde detrás de la cortina, ahora se sienten propios, ahora que nadie los quiere. Los doctores veían lo mismo, tal vez, solo que a través de manchas en radiografías, test de Rorschach con mi espina dorsal, columna vertebral, tibia, humero y peroné. Creo que un día nombraron al cúbito y me pareció gracioso. Creo que también estoy inventando eso. A veces invento enfermedades y animales mitológicos para explicar mi anorexia sexual, la desidia, dieciséis horas en cama. Anemia, estrés, angustia, neurosis, histeria, hipogrifo, súcubo, poltergeist, Evangelion. Mi estado de ánimo depende de los demás, de la manera en que los duendes dispongan de los colores en el mundo, de la cantidad de manchas en el gato del vecino, que me mira y sale corriendo como si me tuviera más miedo que yo a él. Absurdo. Hay días más purpúreos que otros, días que perduran el rojo de la decepción, el azul del pánico, el verde de la salida de emergencia. Hay días en blanco, cuando una ameba resbala con un arcoíris de terciopelo, y el mundo es un árbol hechicero. Hay días de celeste, como cuando el niño que dibuja en los recreos se olvida de las nubes, o no tiene sacapuntas, o le robaron la cartuchera. Hay días de negro también, pero el negro es imperfecto, siempre hay halitos de sol y luna traspasando las rendijas de la jaula, el umbral del portal, las puertitas del placard. A veces quisiera oscuridad total. Cerrar los ojos. Abrir los ojos. Probar un sabor de té que esté enamorado de mí.