-¿En qué
pensás? Me decía. Y no sabía por qué insistía en saber en qué pensaba cuando no
entendería, cuando no entendería nada de lo que me pasaba, porque algunas cosas
no se hicieron para entenderse. O al menos eso pensaba, que no lo entendería. Y
porque cuando le dije a ella en qué pensaba no lo entendió, y por qué vas a
entenderlo vos ahora que si hay algo que te preocupa es llegar a fin de mes y
tus problemas son mesurables y propiedad de alguna entidad.
-Nada.
Respondía, como nada te digo ahora y vos arrimás tu cuerpo contra el mío y casi
siento que podría dormirme sin pensar en la muerte, y casi que siento que puedo
perderme en tus brazos y flotar a la deriva hasta el descanso, y casi que
siento que no hay peligro con vos. Te doy la espalda y me rodeas con tu brazo y
todos mis adentros colapsan de un silencio que grita por ser voz.
No creo que
estemos hechos solo de carne y hueso y contexto social, creo que poseemos
pequeñas partículas, materiales anómalos que hacen todo un poco más
impredecible. Una micropartícula es lo que te hace especial. Es lo que me gusta
pensar, o lo que me gustaba pensar, ya ni sé la verdad.
No sé por qué
me metí en esto, con vos, por qué te metí en esto, si sé que no vas a llegar
hasta el final o no te voy a permitir hacerlo, porque sé que a veces puedo ser
yo quien se regodeé en su miseria y cierre la puerta con llave de una vez y
para siempre. Tal vez para vos haya salida mientras voy y pienso en decirte que
voy a tirarme al río y que me quieran los renacuajos, que ellos sí que no deben
tener prejuicios. O capaz que ellos también, que ellos me miran y me rechazan
por despojo. ¿Cómo decirlo ahora que todo está tan bien y un decir podría
arruinar la construcción? Mejor callar, seguir cargando con el peso y añadir el
de la mentira atroz, que no sea mi voz la que me condene; mi callar sí, a mi
silencio le he permitido mucho y le debo tanto más que creo que podría vivir
hasta que me trague mi mugre sin decir una sola palabra y qué me importa ahora
si ella no lo entendió y vos no sé todavía y ni siquiera sé si voy a decirlo,
qué me importan las palabras si puedo abrazarte y ya no sentir el frío
inexorable del mundo, del otro mundo que existe más allá de tus brazos fuertes.
-Te amo.
Decís.
Y no. No. No
son mis palabras ni mi silencio, sino tu frasecita tonta de final de novela
romántica la que destruye todo este proyecto.
No es que no
te quiera, todo lo contrario, te quiero tanto que no puedo permitirte la
entrada a este desahucio. Perdoname, perdoname. Todo este tiempo, todas las
salidas, la suave brisa de tus besos, tus decires de una ternura cruel que me
dejan deshecho, el calor de tu pene dentro del jean; tantas cosas juntos y no,
no, no, no, no puedo mirarte a los ojos y explicarte este asunto de los
materiales anómalos con ejemplos a viva piel, como se lo expliqué a ella, la
micropartícula que emergió junto a mis lágrimas y trató de magullarla. No podés
saberlo y no puedo permitir que continúes con esto sin saberlo. No me ames.
Soy una jaula
sin pájaro.