Si abrís mi cabeza
en este instante es más probable que te encuentres con una masa grisácea y
viscosa emergiendo, decantando muerte, que con ideas de cambio o unicornios
fluorescentes. Comprate un cuchillito y vení a averiguarlo.
Recostate, me
dijiste con tu voz adherente, y sé que me miraste a los ojos sondeando cada
poro, cada minúscula deformidad en mi cuerpo. Cerrá los ojos, me dijiste con tu
voz adherente y tus dedos acariciaron mis labios sobrevalorados. Luego me
asiste en tus brazos y me llevaste directo a la camilla, me ataste las muñecas,
los tobillos y tuve esa ligera sensación de aprehensión que siempre llega
demasiado tarde.
Entonces hablaste
como si las palabras tuvieran un significado mayor que el tacto, que la vista.
Dejá de pensar. No pienses eso. Superá tus miedos. Pensar eso no te va a llevar
a ningún lado. Eso decías. La misma mierda de niña normal, puta, heterosexual.
La misma mierda con más parafernalia. Abriste la ventana y entró el olor a
hospital, entraron los pacientes, los mimos, un imbécil con un violín, la
pelota rodadora del desierto, los muebles, los animales, un vestido de
casamiento, los ruidos de la calle, los ruidos de la gota de agua estallando al
fondo de un recipiente metálico, los pasos sobre el piso de madera, otro
imbécil leyendo a Neruda, Aníbal cruzando los Alpes con sus elefantes, un
quiero vale cuatro que nadie escuchó, vos cogiendo con alguien más, un tercer
imbécil inhalando la G como si fuera una H, las telas de araña, un ejercito de
504 sin luces dispuestos a atropellarme, y siguieron entrando hasta que me
quedé dormido.
Si abrías mi cabeza
en ese instante, era más probable que te encontraras con una masa grisácea y
viscosa emergiendo, decantando muerte, que con fijaciones, ideas de desdicha
bailando rumba. Me clavaste el cuchillito en la frente y te fuiste.
Insisto. Soy una jaula sin pájaro.
Insisto. Soy una jaula sin pájaro.