I
-Ahora
parto para el sur y vos te quedás. Te quedás con los ruidos del
horno. Solo, sin poder ver el sol y disfrutar de las subsiguientes
manchas anaranjadas en la visión; te quedás con la mitad fría de
la cama, las sábanas blancas; te quedas con los frascos de mermelada
vacíos, con la tostada de cara al suelo; te quedás con la noche
desahuciada, insomne. Me llevo los sueños.
Me
llevo los sueños en la maleta, dijo, y se los llevó. En la pesada
valija. Y la comida en la olla. Ya no me miraron sus ojos negros, ni
me hablaron sus labios húmedos. Entonces se perdió en el lúgubre
pasillo y la puerta se cerró a sus espaldas. Sin decir otra palabra,
sin mediar explicaciones, agitó su pelo lacio inundando mi soledad
con ese aroma a frutillas tan único, tan ella. Quedó su esencia
flotando en éter con su perfume como de mariposas en bosque
encantado, como de atardecer en ese bosque, y lentamente anochecer
con las sombras acechando en las esquinas, con el ulular de los
pájaros entre las ramas desnudas de los árboles muertos, la
carcajada fría del invierno. Permanecí de pie frente a la puerta
por horas en las que la luz del sol dejó de entrar por la ventana,
dando paso a la radiación tibia de la luna. Esperando. Esperando,
mirando la puerta y esperando el lento girar del picaporte, pero no,
pero nunca. Me dejó con la comida en la olla, emanando fuego y
hedores del inframundo; con la cama deshecha, las sábanas en el
piso, las almohadas desmembradas; con la impostergable soledad del
despechado y el té de jazmín enfriándose en la taza. Sonó el
teléfono ciento cuarenta y cuatro veces, entonces supe que no iba a
volver, que ya era tarde para tomar el colectivo y bajar a dos
cuadras de casa, que se quedaría en lo de una amiga, o en la casa de
su madre, o, tal vez, dormiría con otro hombre. Quedó un halito
sonoro reflotando en mis interiores, el siempre eterno eco del
timbre. Mi cuerpo permaneció inamovible frente a la puerta de
algarrobo mientras el timbre retumbaba en mis neuronas. Luego de una
serie de instantes eternos, reuní el coraje necesario para abrirla,
para buscarla más allá de la seguridad tras las desnudas paredes
azules. Ante mí el sombrío pasillo, estático, inmaculado, de
paredes desnudas y alfombra en el suelo, con esas puertas homogéneas
que me atemorizaron desde el primer día, pero entonces ella; entre
tantos hogares de símiles fachadas, admiré su capacidad para
reconocer nuestra casita, pecera de cerámica y cortinas grises. Mi
vista no alcanzó más allá de la tenue iluminación incandescente,
pero tuve la sensación de algo desarrollándose entre las matas de
umbría. La imagen de ojos en el pasillo, ojos del pasillo. Giré la
llave y trabé la puerta, el azul era reconfortante. En inexorable
silencio todos los sentidos se aumentaron, todas las paredes se
agigantaron. Las sombras en las esquinas comenzaron a crecer,
amparadas por la tenue luminiscencia de un velador; el arroz en la
olla se quemó, todos los granitos chamuscados emanando aroma a
muerte; el horno comenzó a murmurar palabras incomprensibles; en la
lejanía de un departamento contiguo comenzó a escucharse el tedioso
sonido de una lenta gota decantando en un recipiente metálico, clic,
clic, clic, clic.
Desde
entonces la espero. A veces finjo que vuelve y no me importa, la veo
de soslayo, mi cara repleta de inexpresión. Ella entra como si nada
hubiera pasado y todo fue un sueño, me habla de todos sus errores,
de sus miedos, de sus enfermedades adolescentes, me besa y, cuando se
voltea con su vestido floreado, entonces también creo que todo es un
sueño y las sombras en las esquinas se difuminan, y ella raspa el
arroz de la olla y lo tira en la basura, y silencia al horno con una
patada a la puerta metálica, pero no logra detener el sórdido clic,
clic, clic. Las paredes desproporcionándose continuamente, el sonido
del repiqueteo en la desconocida casa vecina, clic, clic, clic, clic,
clic, clic. El clic continúa y ella no vuelve. Entonces sé que no
es un sueño porque el clic, clic, clic, clic de la gota de agua
golpeando el recipiente metálico en la desconocida casa vecina no se
detiene y las paredes se contraen, se dilatan, se contraen, se
dilatan, jugando, jugando conmigo y cuál de todas las casas vecinas
pertenecerá a ese propietario descuidado. Y no vuelve. Clic, clic,
clic, clic. Ella no vuelve.
II
Trato
de mantener la compostura, pero creo que el horno me habla. Detrás
de ese rum, rum, como de motor agonizante, la parte más imponente de
la cocina abre su tapa y pronuncia enunciados. Que la ola polar
va a durar hasta el martes, creo que dice, que solo en 1918 se dio un
fenómeno de tal magnitud, que el calentamiento global, que la
globalización.
-¿qué
tiene que ver la globalización?- quisiera saber.
-Preguntale
al microondas- responde como si fuera una obviedad, pero el
microondas no habla. Ni una sola palabra. Permanece desenchufado
mientras el horno me tortura con sus discursos aun crudos (o ya
quemados) acerca de los hados siniestros de la postmodernidad.
-Porque
la gente ya no cree en nada…
-La
gente cree cada vez en más cosas- refuto. -se ha ampliado el margen
de lo creíble.
-Verdad
y mentira conviven como si fueran una sola.- dice, y la olla emanando
vapores soporíferos en una de sus hornallas parece coincidir con él,
pues su tapa da una serie de golpecitos. No me atrevo a apagarla, la
última comida hecha por mi querida, mi amor, ella. No me atrevo a
apagarla, no sé cómo. Nunca antes me había acercado a la cocina,
todo este tiempo había aparecido como el laboratorio del alquimista,
en el que ella se encerraba y profería recetas secretas, en
ilegibles lenguas. Ahora pienso que debí haberme fascinado más por
las artes culinarias, porque tengo un paquete de fideos y no sé qué
hacer. Y ahora creo que ella, esa mujer que en algún momento fue mi
mujer, me abandonó por mi irrefutable inutilidad.
Trato
de mantener la compostura, pero no sé quién se encargó todo este
tiempo de sacar la basura, y ahora se amontona en el tachito, y no sé
por qué no compramos un tacho más grande, y bolsas de esas negras
en lugar de estas de supermercado. Un supermercado desconocido.
Trato
de mantener la compostura, que no existan signos evidentes del
abandono, pero los pelos en la ducha y el clic, clic, clic de la casa
vecina y los ruidos en los pasillos. Trato de mantener la compostura,
que ella no sepa, que no se entere del dolor que agobia mis entrañas,
y entonces cocino, y me corto los dedos y todo sangra, rojo, y mi
sangre se confunde con el puré de tomate, tan rojo, y lloro, pero
creo que lloro por la cebolla y nada más que por la cebolla, porque
mi mujer se fue y no sé qué hacer, pero no puedo dejar que ella lo
sepa porque la destruiría, la cambiaría para siempre, ella, tan
pura, tan niña. Llevo la comida hacia su habitación, entonces
Martina llora en su habitación y sé que sabe. Doy tres golpes en la
puerta antes de entrar, suficiente para que esconda sus lágrimas
bajo la almohada, termine con sus sollozos y me reciba con una
sonrisa de plena luna, porque no debo saber que ella también está
destruida, porque ella es ahora la única persona que puede sacarme
del naufragio y tiene que ser fuerte, fuerte para arrastrarme de la
apática agonía. Martina, la postergada, la invisible niña de rosa
y horror, sonríe sus ocho años y me abraza. Y todo este tiempo
pensando tan solo en ella, en la mujer que fue mi mujer, tanto tiempo
olvidando a nuestra hija y sus dibujos con crayón, sus dientes de
leche, su tarea de matemática. Sostengo su manita en mis manos
heridas. Su calor me invade, sin embargo, no tarda en regresar el
frío; la suelto para no contagiarla y regreso a la cocina.
Desde
un principio rechacé la idea de tener un hijo; otra boca a la que
alimentar, dejar el trabajo en la revista por uno con el cual
realmente llevar dinero a casa, dejar la carrera, pasar más tiempo
solo, sobrio, oyendo el llanto de un ser indeseable, de una invasora
que llega y se apropia de los tiempos, del lugar, entonces ser
relegado a un simple montículo de tierra y sudor ahogándose en
televisión al final del día. Quería viajar, conocer el Sudeste
Asiático y sus templos budistas, quería fotografiar parajes
desolados en la vieja Rusia, y, nunca, nunca, envejecer. Cuando ella
me dio la noticia del embarazo, le pedí que abortara, a lo que se
negó rotundamente; y así fue como Martina llegó al mundo, después
de nueve meses de odio acumulado y silencios incómodos. Nueve meses
deseando escapar, urdiendo planes, alimentándome de fantasías de
Polinesia y soltería. Traté de encontrar, una y otra vez el error,
pero no, pero todas las precauciones, todos los anticonceptivos
posibles dispuestos en su correcto lugar, pero entonces, tal vez, un
hijo que no era mío, el fruto de la inseminación de otro hombre
gestándose en el vientre de mi esposa y la sospecha incomprobable,
pero entonces, callar.
No
fue sino hasta que cumplió los ocho años que traté de aprender a
convivir con Martina. El motivo, la pérdida del trabajo. Uno de los
tantos desempleados tras la crisis. Pero ella no, claro, ella nunca,
ella ahora nos mantenía. Más tiempo en casa, entender que ese
engendro también sufría. Acostumbrarse también a ser otra boca a
la que alimentar, un invasor que llega y se apropia de los términos.
Y así fue, hasta que desapareció. Ahora Martina es todo lo que me
queda.
III
No
nos habíamos preocupado lo suficiente, hasta que abrimos la alacena
y todo lo que encontramos fue abismo y un kilo de harina. Nació el
hambre y la basura amontonándose en los rincones, los platos sucios,
hojitas de un verde prístino naciendo de la taza de té, la comida
en la olla destilando hedores fétidos y vapores alienígenos. La
heladera repleta de nada, el microondas callado, el horno
contemplándome.
-Llegó
la hora de buscar trabajo- susurra, apenado.
-Así
parece.
-¡Llegó
la hora de perder el orgullo, de subordinarse ante el vil orden del
empleo!. Llegó la hora de ser la empresa, de perder tus intereses y
velar por aquellos de la burguesía. Llegó la hora de volver a
producir y reproducir el discurso de la hegemonía. Llegó la hora de
darse por vencido. Llegó la hora de volver a abandonar a
Martina.-Dice una vocecita del otro lado de la cocina. Alguien había
enchufado el microondas sin que me diera cuenta.
-No
le hagas caso, el microondas es la expresión de la posmodernidad y
la comida derretida y reblandecida.- masculla el horno.
-Pero
calláte, a mí por lo menos la gente no me usa para suicidarse.
La
idea del suicidio no había pasado por mi cabeza hasta ese momento,
la emisión de la palabra giró una palanca en lo hondo de mi ser. De
todas formas, no tardó en disiparse; no podía dejar a mi hija en
las manos de la hambruna.
-El
horno tiene razón, tengo que conseguir dinero.- digo.
-El
horno no dijo eso- refuta el microondas- el horno dijo que tenés que
conseguir trabajo. La guita se puede conseguir de otras formas.
El
microondas tiene razón, puedo vender lo que no necesito para seguir
viviendo. Voy al dormitorio, solo una guitarra sin cuerdas y la cama,
nada que vender, ella se ha llevado los libros, la ropa, no podría
vender el ropero, la madera agusanada tras la última inundación.
Miro a través de la ventana: saltar. Hubiera sido asequible algunos
años atrás, pero no ahora. No ahora porque mientras el mundo avanza
hacia arriba, este edificio, al igual que mi vida, es un estanque de
estancado estancamiento. Ahora solo puedo ver los pies de la gente
desde la ventana, los ladrillos de edificaciones que se elevan hasta
la estratósfera y buscan sepultarnos. Ella se lo llevó todo en la
maleta, mucho más que sueños y proyectos, se llevó todo el dinero,
todo aquello que podría permitirme seguir adelante, ella me
sentenció a una muerte lenta, a un hambre atroz que lentamente trepa
a través de mis huesos. Pero cómo, cómo pudo llevárselo todo en
la maleta. No. Imposible. Debió haber comenzado mucho tiempo atrás,
un plan atroz, lentamente hacer desaparecer los artilugios,
desnudarme para poder así condenarme a esta lenta agonía. La
imagino en el trabajo, lentamente diseñando su estratagema atroz,
urdiendo un plan perfecto, previendo mi inutilidad, anticipando mi
incapacidad para afrontar los inconvenientes de la vida cotidiana;
tanto tiempo encerrado en la redacción, diciendo al mundo desde el
papel, proyectando temores y visión en una hoja, tanto tiempo
creando mundos no me permitieron notar las otras estructuras que
emergían, las noches en las que ella no regresaba, aquellos momentos
en los que no contestaba ni me miraba, ni le importaba, ahora todo,
cada pequeña mueca callada es signo del abandono, ahora todo es
obvio como lo inevitable, como lo ya pasado.
Decido
salir, atropellar el pasillo oscuro, decido robar, trabajar, pedir,
matar, decido hacer lo que sea necesario por un poco de comida.
-¿A
dónde vas?- Me dicen el horno y el microondas al unísono.
-Salgo.
-¿Y
Martina?
-Ya
vuelvo.
-¿Y
si no?- Pregunta el horno.
-Abrigate-
dice el microondas.
¿O
fue al revés?
No
hice caso a ninguno.
Afuera
el ocaso perpetuo del pasillo negro. Un sonido grave e intermitente,
como de un motor accionando cerniéndose en torno a mí, piel de
gallina, escalofríos. Doy dos pasos y al voltear descubro que no me
será tan fácil regresar; las puertas idénticas, ni un cartel con
el número, pero si esa mujer cruel que fue mi esposa sabía cómo
regresar, si ella, que centraba su mente en hacerme sufrir podía
reconocer el camino de regreso a casa, entonces yo también puedo.
Una idea. Dejar la puerta sin llave y, de ser necesario, ir probando
una por una hasta dar con aquella destrabada. Simple. Doy otros dos
pasos y la maquinaria se agiganta, parece el generador de un coloso
dando vida al monstruo de piedra, magia y decimonónica existencia.
Noto figuras en la sombra, ácaros de penumbra que se mueven sin
parar por el suelo, pisando la alfombra con suavidad. Con un temor
insoslayable camino en dirección al ascensor, lo evado y tomo las
escaleras. Emerjo en un callejón sucio y camino hacia la zona
comercial. Tres negocios me rechazan por mi vestimenta y no sé de
qué carajo están hablando ¿cómo vestirme bien si no tengo dinero
con el que comprar ropa? En uno me piden el CV ¿cómo imprimirlo si
la impresora no tiene tinta? Y si tuviera los doscientos pesos
necesarios para un cartucho, los gastaría en comida. Así paso la
mañana, entre rechazos y dolores de estómago. En el último
negocio, una escueta librería, me piden experiencia, experiencia a
la hora de vender un lápiz, como si eso fuera posible, nada en el
mundo nos prepara para vender lápices, es un conocimiento oculto.
Regreso resignado, si tuviera fuerzas golpearía algo, o a alguien,
pero no, nada más que el deseo de volver a mi hogar junto a Martina.
Subo las escaleras y otra vez el frío reptar de una serpiente a
través de mi espina dorsal. Hay algo entre tanta oscuridad. Algo que
se acerca junto al ruido de tambores, o de la maquinaria trémula, o
de los gatos ronroneando. Algo que ha acrecentado su ritmo maniático
y pisa mis talones mientras corro, girando el picaporte de cada una
de las puertas que no se abren. Siento que me cercan, entonces las
figuras en penumbra se empapan de gris diurético, están ahí y me
miran, más de diez gatos pardos acechan, inflan sus rabos y tuercen
sus orejas, sus pupilas dilatadas, sus cuerpos contraídos,
agazapados en la sombra brillan ahora esos pesados ojos amarillos,
los tenebrosos ojos del pasillo, y las garras, afiladas uñas de
cortar, de apuñalar, adheridas a la alfombra pero listas para
zarpar, para asesinar. Agitan sus colas, sus ojos inundados de
rencor, de un rencor milenario y atroz con el que nada tengo que ver
más que la circunstancia ridícula de compartir el pasillo en este
aquí y ahora; mi mano sudando sostiene el picaporte, giro el pomo y
uno de los gatos lanza un zarpazo hacia mi pierna, la puerta se abre
y logro entrar, dejando a los felinos macabros del otro lado.
En
mi ausencia llegaron dos visitantes, hombres de traje azul oscuro,
bien peinados, bañados. Su imagen contrasta con todo a nuestro
alrededor. Los encuentro sentados, contemplando la taza de pimpollos
que alguna vez contuvo té. Uno de ellos, de nariz pronunciada y pelo
corto, habla y acompaña con gestos corporales.
-Buenas
tardes. Mi nombre es Julio y él es Lucas.- el otro hombre asiente
levemente.- somos una pareja, recién casados y estaríamos
interesados en adoptar a su hija.
-¿Cómo?-
digo, estupefacto.
-Creemos
que Martina necesita un mejor hogar.- dice, señalando la herrumbre a
nuestro alrededor- No es mi intención ofenderlo, pero dudamos de su
capacidad para mantenerla.
Lo
pienso un segundo antes de llamar a Martina.
-Nosotros
nos encargaríamos de todos los trámites legales, usted no tiene que
preocuparse por todo eso…- lo oigo decir. El otro no habla.
Martina
llega de su habitación y los mira, inquieta. Está flaquita, se
notan sus huesos y eso me corroe, siento náuseas repletas de culpa y
cólera. Ella niega en silencio cuando le propongo la posibilidad de
una nueva familia.
-Ya
escucharon a la nena.
-Es
una lástima.- dice el sujeto.- pero debería pensar en lo mejor para
ella.
-Ahora
los invito a retirarse, si no tienen otro asunto que tratar.- digo,
más agresivo de lo que en realidad quiero.
-Oh,
nos encantaría- replica Julio- pero usted ya ha visto a los gatos,
¿verdad?
-¿Los
gatos?
-Sí,
felinos de cuatro patas. Están por todas partes.
-¿Entonces?
-Entonces
supongo que no quedará otra que compartir el establecimiento hasta
que esos engendros vuelvan a su lugar de origen. En algún momento se
van a cansar.
-Supongo-
digo, resignado.
Martina
muestra unos dibujos de ella a Julio y Lucas se queda en la mesa,
mirando hacia la puerta como esperando el momento preciso para poder
escapar.
-¿Así
que te abandonaron?- dice, de repente.
-No
quiero hablar de eso.
-¿Por
qué no? A todos nos han abandonado alguna vez. Por algún motivo a
vos se te fueron las cosas de las manos, vaya uno a saber por qué.
Ahora Martina corre peligro, no solo del hambre, sino de los gatos, y
vos insistís en retenerla a tu lado.
-Es
todo lo que tengo- respondo entre lágrimas. Sus palabras son un
golpe certero a la nuca, diciéndome las cosas que fallé en ver
hasta ahora.
-Ya
lo veo- ironiza, mirando la habitación.- pero ¿no es extraña la
vida? Tu mujer te deja, a vos y a tu hija, solos, apenas con un lugar
donde caerse muertos y eso está mal; y vos no querés dejar a tu
hija, y eso también está mal. ¿No somos críticos inconformistas?
Todo el tiempo mirando, juzgando, y entonces nos pasa, nos toca hacer
una obra a nosotros y entonces excusas, muchas excusas que demuestran
cómo es que nosotros hacemos lo mismo que los demás, pero de
nuestra parte está bien, mientras que de la otra es un crimen de
lesa humanidad que nunca prescribe. Obvio, existen grises, como en
todo. El secreto está en saber que nunca, nunca en toda nuestra
horrible y dolorosa vida, vamos a ser protagonistas para los demás.
Solo puede haber un protagonista, y si en nuestra mente, nosotros
somos los protagonistas, entonces es lógico pensar que en las otras
mentes suceda lo mismo. Me refiero a que cada uno se considera
protagonista de su propia historia y ahí no hay lugar para nosotros;
muy poco de lo que sucede en el mundo gira en torno a nuestra vida.
-No
entiendo- admito.- o entiendo muy poco.
-Lo
que quiero decir es que tu mujer dejó a un marido que, casualmente
sos vos. Ella no pasó ni un minuto pensando en cómo te sentirías,
así como ahora vos no pensás en qué falla de tu parte hizo que
ella se fuera.
-Me
suena un poco contradictorio todo esto.
-Obvio
que es contradictorio; después de todo, esto es un departamento en
Buenos Aires, no ciencia de cohetes. Si no hay lugar para
contradicciones acá, ¿entonces dónde?.
-Me
duele la cabeza.
-Es
el hambre. Así empieza.-sentencia.
IV
A
estas alturas ya no me interesa la olla que destila sustancias
inexorables, creando una nube violácea en toda la cocina, ni los
bellos jazmines que brotan de la taza del té ya helado, no me
importan las telas de araña en las sillas, en el techo, en las
paredes, no me importan las moscas y ratas luchando por un lugar en
la bolsa de basura de un supermercado que ya no creo que exista, el
horno ya no me habla, tal vez por los humos de la olla y el
microondas está desenchufado de nuevo, los novios dan vueltas por la
habitación, sus trajes otrora impolutos tienen polvo y están
percudidos, de poco me sirve saber que han cortado la luz y el
teléfono, que el inodoro se ha marchado en búsqueda de un lugar
mejor. Solo temo por los felinos y el hambre. Los gatos rasguñan el
cuerpo de la puerta madera, maullando sus penas colmadas hambre y su
ira incontenible. Frotan sus garras contra el algarrobo, se trepan al
picaporte, o eso es lo que siento; si no estuviera con llave entonces
entrarían, pero ellos son capaces de esperar, capaces de soportar la
espera. Del otro lado, ante el frío ojo de la oscuridad, el hambre
resplandece, iluminando de angustia todas las estrellas en el techo.
No emitimos más que el sonido de nuestros temblores; en el silencio
de la noche se disuelven las voces, alimentando las lámparas grises
del plenilunio. Nosotros no, nosotros no somos capaces de tolerar más
espera.
Y
por primera vez en un tiempo me escribe, la carta llega por debajo de
la puerta. Signos de debilidad en su tinta, envuelta en aire y
cursiva. Esa brisa precisa que se desentiende de mis penurias;
abyecta enredadera que crece, siempre evadiéndome. No pide disculpas
ni se ataja de mi odio obsceno. Dice que me quiere. Amor. Mentira. Me
cuenta cómo es que ahora hace las cosas que solíamos hacer, pero mi
nombre ya no aparece en las actividades, sino el otro, irreproducible
rostro de la tempestad. En el cine vieron las tres películas
rusas de las que habla mi estómago vacío, nuestra plaza es ahora su
plaza, y pienso en cómo alguna vez fui yo el usurpador de espacios
verdes. Ya no se le quema la comida ni tiene que ir temprano a
trabajar. Ya no se siente obligada a decir te amo. Imagino que se han
borrado las arrugas de su rostro y que ya no necesita maquillaje para
verse bonita, ni pantuflas de dinosaurio para sentirse joven. La
imagino feliz. Imagino que ya no piensa en nosotros, ni le importa,
ni recuerda.
Envía
besos que mis añicos cardiovasculares no temen rechazar, vergüenza,
asco, vomitar aire de hambre sobre vos, sobre tus cartas, basura.
Volvé al pozo de dónde saliste. Volvé. Volvé a tu casa. Volvé
con tu familia. Por favor. Envía besos. Besitos. Firma con su
nombre. Diana, diosa de la caza. No significa nada, muy pocas cosas
significan algo en este momento.
Tomo
la carta, la parto a la mitad y fagocito mi parte, la mastico y la
trago como puedo, el dolor del papel, el sabor de la tinta, todo
directo hacia el estómago que no da tregua. Martina ingiere lo que
le toca y sonríe, su pelo está ahora enmarañado y ya no puede ir a
la escuela; si no existieran los gatos y sus ojos voluminosos
contemplándonos desde las rendijas, habría una salida. En los
últimos días, el clic, clic, clic, clic, clic de la casa vecina se
ha vuelto más persistente, e, incluso, podría jurar que está
dentro de este departamento. Nos recostamos sobre el polvoroso suelo,
temblando, incapaces de hacer otra cosa, incapaces incluso de dejar
de temblar. Escuchamos los pasos de la parejita, el clic, clic, clic,
clic, de la casa vecina y el ronroneo insoportable de los gatos.
Vienen a mí memorias y jaquecas.
Recuerdo
cuando jugábamos en el patio de la casa de mis padres, y le hablaba
de semiótica, de aquella vez que compartí un café con aquél
filosofo francés que murió dos años más tarde. La naturaleza de
la humanidad es intertextual, todo lo dicho, toda creación humana es
solo entendible desde otra creación humana. Todo lo que sea sufrido,
todas las depresiones son un suplicio ya vivido; todos los suplicios
entendidos desde un solo cerebro, mi suplicio. Hay desfasajes,
transformación, entropía. Materiales anómalos introducidos en la
cultura permiten algo parecido a la originalidad, la reiteración
inmiscuida de conceptos, un enorme aparato de representaciones a
nuestra disposición. El universo entero es creación, no
descubrimiento. Creación y recreación de la humanidad, de las
palabras. Está en los conceptos el verdadero orden, la verdadera
realidad. Detrás de capas y capas de símbolos, índices e iconos,
nada hay más que absurdo. Al final del oscuro pozo y abismo nada hay
más allá de lo que decimos, de lo que ya se ha dicho tantas veces.
Pero ella permanecía en silencio, no refutaba ni aceptaba mi teoría.
Contemplaba los mensajes en su celular. O tal vez sí me hablaba. Su
voz era suave y aromática como jazmines en verano templado. O tal
vez no.
Los
hombres discuten, aunque no puedo escucharlos bien, creo que uno de
ellos quiere llevarse a Martina, mientras que otro insiste en no
intervenir y en la futilidad de ese complot, después de todo, los
gatos persisten. Creo que los oigo ronronear, pero mucho no me
importa. Quiero dormir.
Conocí
a Diana en el tren. Ella leía a Sylvia Plath y la observaba cambiar
la página con una dulzura deliciosa. Creo que fueron cinco días
seguidos, una semana, en las que me sentaba en diagonal y la
contemplaba desde la distancia, su cabello lacio moviéndose con
exquisita lentitud, de un rojo que desafiaba el fulgor de las
estrellas, sus manos, tan pequeñas manos y dedos finos. Cinco días
obsesionándome con esa mística imagen, craneando rigurosos planes
de nula praxis. Hablarle de Plath, del feminismo tal vez, de
literatura, de por qué leía siempre el mismo libro que tampoco era
tan largo, que si realmente estaba interesada en la literatura o solo
era un plan para no prestar atención a la gente, que si era cosa del
destino que ella bajara en Bandfield y yo en Constitución. Pero fue
ella quien se acercó. Fue un chiste relacionado con mirarla
constantemente. Tal vez no fue un chiste. Y así comenzó todo eso
que hoy termina en esta agonía. Casarnos, tener una hija, hablar.
Ella antes hablaba más. El hipo de sus palabras vacías besando mi
piel que ya nunca volveré a sentir, eco de su risa estridente,
tantos "te amo" que ahora carecen de valor. Millones en una
moneda fuera de circulación. Tantas cenas a la luz de las velas y
ahora mi estómago se retuerce y los jugos gástricos no tienen qué
derretir. Todo comenzó en el Roca. Todas las muertes empiezan en el
Roca.
No,
no fue así, creo que la conocí en la facultad.
Ya
no recuerdo.
Pero
duele.
V
Veo
a los jóvenes, recién casados, abrazarse y besarse como hacía
tanto que no sucedía en este recinto. Tanto amor. Entonces entender,
aceptar, de una vez y para siempre el abandono de Diana, la compañía
de Martina; seguir adelante. Solo quedan los gatos detrás de la
puerta, sortearlos, escapar del pasillo eterno, hacia una vida
diferente. Queda gente, amor en el mundo, queda futuro. Pienso en mi
hija, en el día que traiga un novio a casa, un niño bueno y nada
más, el resto que lo busque ella. Pero también, tal vez Martina sea
lesbiana, o bisexual, o pansexual, o andá a saber, y un día llega
de la mano con otra mujer, una de las dos tiene que tener pelo corto,
y me gustaría que mi hija se lo dejara largo, así que la nena esta
va a tener que cortarse el pelo, porque sí, porque yo lo digo, así
que no me mires así, hincha de Vélez, que esta es mi casa.
Creo
que ya estoy delirando.
Acabo
de ver al teléfono irse. Seguir los pasos del inodoro.
Sí.
Estoy delirando.
Llegó
la hora de tomar una decisión. Seguir el camino de la locura o tomar
las riendas de la situación y sacar este navío a flote.
Me
levanto de mi letargo y los novios se estremecen, voy a la cocina y
apago la hornalla, los vapores se difuminan lentamente y la nube de
muerte alrededor de la cocina ya no es tan mortal. Arrojo el
contenido en cuatro platos y alimento a Martina y a los otros. Nadie
se queja de ese engrudo extraño que comemos, que llena nuestro
vientre con calor y nos permite seguir viviendo, a pesar del sabor
apestoso, a pesar de la contextura inaudita. Luego, lavo la olla. Los
restos no se quitan ni con la esponja de acero, que deja algunos
despojos en el intento. Enchufo el microondas y me habla de
Zizek, que si vi The Pervert's Guide To Ideology, de la parte en la
que hablan de Taxi Driver; el horno también me habla, del clima, de
cómo tenemos treinta y cinco grados, infrecuente en Buenos Aires en
esta época del año, solo en 1935, 1941, 1979, 1988, 1992, 1993,
1995, 2001, 2007, 2008, 2009 y 2011 hizo semejante calor en este día
específico. Los novios toman una escoba y un plumero y me ayudan. En
menos de tres horas todo queda impecablemente limpio. Solo dejamos
los jazmines de adorno. Abrazo a Martina y ella se aferra a mi
cuerpo. Creo que a partir de ahora todo saldrá bien. Hablamos con
Lucas y Julio de abrir la puerta e irnos, arremeter contra los gatos;
mi pequeña va en búsqueda de su conejo de peluche.
Entonces
llegan los golpes en la puerta. Los gatos se han hartado de esperar,
así como nosotros. Pero este es el momento para enfrentarlos, porque
sé que Diana no vendrá nunca a rescatarnos, porque puedo vivir con
eso. Porque estoy listo para morir. Porque ahora creo que no podré
vivir sin ella, no realmente, nunca tendré una vida completa sin
ella, pero no es la primera vez que estoy preparado para morir.
Después de todo, no es la primera vez que ella se va, solamente es
la primera vez que no regresa. Esa es la única diferencia, el único
detalle que derrumba mis estructuras. Sepultado. Sepultado junto al
castillo de naipes que fue mi vida. Fue. Fue. Pero no, pero Martina,
debo proteger a Martina de los gatos antropófagos, de los entes de
hambre y uñas afiladas que rompieron la puerta de algarrobo con sus
garras felinas y ahora vienen por nosotros rasgando la alfombra,
orinando las paredes, escudriñándonos con soberbia severidad. Es.
Es mi vida. Su vida. Es vida.
Los
novios atacan a los gatos, pero son tragados por aquella tormenta
interminable de garras y maullidos. Son cientos y vienen hacia
Martina. Utilizo mi cuerpo como su escudo, creo que escucho gritar a
Julio entre el tumulto, pero es solo un instante; siento las garras
en mi cuerpo, los dientes mordiendo, rasgando la ropa, la carne, los
maullidos, el olor a orina penetrante. Veo emerger a Lucas, repleto
de rasguños y bañado en sangre, toma a un gato blanco y lo estrella
contra la pared. El gato no vuelve a levantarse. Llegan más felinos
buscando venganza, Lucas toma una silla y los enfrenta. Aprovecho ese
giro favorable para mirar a Martina, que me devuelve una mirada
asustada, repleta de temblor y miedo de muerte. El horno y el
microondas nos vitorean desde la cocina; el horno arroja datos
históricos sobre cómo el clima podría favorecernos, el microondas
cita a Nietzsche a los gritos. Pero los gatos no tardan en hacer caer
a Lucas y volver hacia nosotros.
VI
Y
entonces vuelve. Ella vuelve para incendiar el departamento con su
aroma a frutillas tan particular; para quitar, para siempre la mugre
de la olla y los restos de esponja de metal adheridos; silenciar al
horno que grita incoherencias acerca del clima y la globalización,
accionando esa perilla oxidada que no giraba; para desenchufar al
microondas posmoderno. Ella vuelve y todo se detiene, los gatos
abandonan sus uñas a la intemperie de mi sangre, permanecen hendidas
en mi cuerpo, sin embargo, no ejercen mayor presión. Ella da unas
vueltas alrededor de la casa, levanta a Julio y Lucas del suelo y los
deja ir, ensangrentados, agonizando. Va hacia el baño y de alguna
manera detiene el clic, clic, clic. Luego de un instante, me mira. Me
mira y todavía rigen sus parpados por sobre toda mi existencia. Y de
repente ya no es tan difícil tolerar los atropellos, las uñas
encastrándose en mi carne, la sangre surgiendo a cántaros, el dolor
inhumano.
Se
sienta en la mesa sin dejar de mirarme, estrellando esos negros
asteroides en mi cuerpo, acerca la taza de flores a sus labios y en
un sutil respiro me reprocha haber permitido que el té se enfriara.
Bebe otro sorbo antes de arrojarlo todo por la pileta, antes de
despreciar las flores ya amarillas, su rostro repleto de asco me
deprime y solo puedo sentir la culpa por haber abandonado ese
recipiente de infusión a la intemperie. Al regresar de la cocina me
mira por un instante mientras los gatos ronronean, entonces da un
paso hacia mí. Otro. Otro. Dos pasos más. Los felinos erizan su
cuerpo mientras ella se acerca, bufan, maúllan, agitan sus rabos,
pero son incapaces de detenerla. Nadie puede detenerla, impulsada,
invencible, ser de puro amor. Detiene la perpetua longitud de sus
piernas a escasos centímetros y desde el suelo puedo inhalar su
aroma a belleza. Extiende sus manos como un ángel, como un querubín,
criatura celestial, salvadora. Extiende sus manos gráciles, sus
dedos como cuello de cisne, su amor, la perfección, mi amada, mi
amor. Su cabello rojo, mi Diana. Sin mirarme, sus ojos regentes
alejados
me asfixian tanto como su mirada proyectando ahogo. Sin mirarme posa
una mano en mi hombro y con la otra me mata. Sin decir nada. Toma mis
últimas semanas. Toma mi vida, me aniquila. Se lleva a Martina en
sus brazos. Sin decir nada. Las veo irse de mí para siempre, la
mirada de mi hija, inescrutable rostro repleto de angustia y
confusión. Cierra la puerta y ya no sé qué hacer para desear
evitar que los gatos devoren mis entrañas.