Regina
se sienta en la butaca que da a la ventanilla y piensa en Alan, que
en este momento debería estar llevando a Nieves al colegio en su
auto gris con vidrios polarizados. Piensa en esa cara fría que no
hace por ocultar el hielo trastocado en la transparencia de sus ojos,
esos ojos limpios la estremecen; piensa en su hija, sus rizos
plateados meciéndose como hojas en el viento, sus rizos plateados la
reconfortan y se relame en el rígido asiento semi-cama de esa
lúgubre empresa de ómnibus de larga distancia. Dobla el boleto con
sumo cuidado y lo guarda en el bolsillo de su camisa celeste.
Alan
obliga a Nieves, con una gentileza dolorosa, a ajustarse el cinturón
de seguridad mientras toma 7 y sale del Cruce Varela. La niña ve los
árboles transmutarse en texturas verdosas difusas a medida que el
automóvil adquiere velocidad y sus ojos se desbordan del ritmo, Alan
escucha una pieza en Cello interpretada por Rostropovich y su
conducción vehicular parece condecirse con reglas inherentes al
mundo de la música más que con factores extrínsecos como
regulaciones de tránsito y el tímido lenguaje de los semáforos en
rojo. Su rostro no deja de aparentar una calma perturbadora mientras
la destreza del intérprete rasga con su arco las cuerdas lacias.
Toca muy rápido, maneja muy rápido, piensa Nieves y se cuestiona la
imperante sensación de urgencia que reside en su entorno.
Kushiel,
de las mil alas, desciende de la copa del árbol del conocimiento y
deposita sus pies desnudos sobre una rama inferior. Una gota de sudor
dorada brota de su cuerpo humanoide, como una lágrima que recorre la
perfección de su divinidad y cae en una hoja amarillenta que resiste
las fuerzas del viento. Ángeles y Principados surgen ante el temblor
que provoca su presencia. Todos, en su eternidad, entienden el
problema. Las escamas en sus miradas platinadas comienzan a
desprenderse.
Remiel,
por su parte, agita sus alas y desciende desde la copa del fresno
hasta las raíces que surgen del suelo, donde habitan las nornas,
aquellas dísir que hilan, impostergablemente, las vidas del
universo. Urd se lamenta, como siempre se lamenta; Verdandi contempla
a Remiel con reproche, culpándolo por lo que está sucediendo; y
Skuld ríe a carcajadas, mientras, con dedicación, teje puntos
extravagantes en el tapiz del cosmos. Inspecciona, el ángel del
apocalipsis, con calma aparente, las finas hendiduras en las que se
entrelazan los mitos y separa las infinitas raíces de arena que
nunca dejan de multiplicarse. Existe un lugar al cuál van las cosas
perdidas, piensa.
El
microcosmos propio de la urbe se antoja sereno y displicente ante la
revolución celestial que se desata en el macrocosmos propio de la
divinidad. Martín espera a Ariana en Plaza Libertad y contempla un
cielo sin nubes mientras mira su reloj pulsera cada dos minutos. Es
tan probable que ella jamás se haga presente, tan probable que
lastima, arden los ojos de solo imaginar su ausencia tácitamente
eterna. En ese bosque de edificios, las veredas marcan un paso
oblicuo, directo a las catacumbas subterráneas de Buenos Aires,
donde el calor es inminente, y las demoras siempre están presentes,
donde se manifestarían las ánimas de descender desde su olimpo de
quimeras. Y Remiel descendió hasta el último peldaño de la
existencia, y, cuando las puertas del subte se abrieron, ocultó sus
alas, sus quichicientas alas de ángel y ave y se escabulló entre
los rostros ajados de los proletarios, entre los trajes manchados de
sangre de los abogados, entre las muecas de los carniceros, y las
bombas de los terroristas, entre los crímenes del estado, y toda la
alquimia de estratos sociales y experiencias de vida que convergían
en ese caldero sagrado, donde el trueno de dios decidió comenzar a
buscar las semillas perdidas del Yggdrasil, y donde Kushiel buscaría
también, más tarde, las semillas perdidas del árbol del
conocimiento.
Regina
duerme aquellos sueños que Nieves y su peligrosa infancia habían
postergado. Es un sueño tan pesado y placentero que ni la muerte
sería capaz de interrumpir, ella seguiría en esa cúpula onírica,
inmortal, inamovible. Como ahora que el ómnibus ha atravesado el
último peaje y acelera por la recta invariable del paisaje rural. Y
los árboles, los tranquilos árboles aguardan su momento, el momento
indicado para crecer, para dominar, cuando las enredaderas del cielo
recaigan en la diminuta Tierra y fagociten los minerales sepultados
en las profundidades, y el suelo se abra, dando luz al desconcierto,
a la confusión que atraen consigo las ramas que alcanzan los cuerpos
y los retuercen, que obstruyen las esquinas y tapan al sol con sus
hojas. Y nada, ya nunca nada volverá a recibir luz, y las
superficies humanas serán las profundidades en el mundo de los
árboles, los árboles del cielo, que tanto habían dado, a ángeles
y a personas, pronto, muy pronto, tomarían la decisión final, la de
cobrarse, por fin, una cuota impregnada de muerte.
"Hold
me close and hold me fast... "
Un
hombre de labios finos y sonrisa desfallecida viaja junto a Regina.
Desde el pasillo no puede obtener una vista correcta de la maquinaría
vegetal gestando la conquista mundial, por eso lee, y ya va por la
página 145, cuando comienza a escuchar, cada segundo que pasa con
más claridad, la música que logra escapar de los rosados
auriculares de Regina.
"...When
you kiss me heaven sighs…"
Y
ya jamás podrá volver a concentrarse, no ahora que ha visto a esa
frágil bailarina durmiendo y soñando, con ese cabello magro
revuelto, esos ojos cerrados con ligereza, esos pechos sugiriendose
gracias a una debida inclinación, de correcta angulatura y su
corpiño rojo llamando su atención, seduciéndolo, invitándolo a
formar parte de ese cuerpo durmiente.
El
automóvil se detiene en el mismo momento en el que la música de
Bach deja de sonar. La puerta se abre y cuando los rizos plateados de
Nieves brillan al sol, resplandecen las constelaciones, los lunares
escarpados en su cuerpo fino. No, no hay sol. De repente, ya no hay
más sol que ilumine los ojos dorados de Nieves y su piel pálida y
lunar. Las nubes lo cubrieron todo, anunciando una lluvia
insospechada. La inmensidad de la bóveda celeste se tornó
finalmente negra. Por un segundo, la niña de plata mira a su padre y
esos ojos vacíos se cruzan con los de ella, y entonces, por una vez,
un brillo mortecino parece resentir la profundidad de esas córneas
que por tanto tiempo yacieron dormidas. Ella sonríe un beso al aire
que golpea con suavidad las aristas de su rostro apático. El auto
arranca y comienza la Noche de Walpurgis, ni una lágrima
resiente ese rostro fosilizado que ya se ha olvidado de las posibles
expresiones, cuando mira por el espejo retrovisor a esa niña
pequeña, a esa joven dama que ya sabe valerse, que ya sabe sonreír,
y más que nunca, que ya sabe mentir.
Nieves
recorre las veredas procurando nunca pisar las líneas que separan
las baldosas, las disimiles baldosas que la obligan a caminar como si
bailara, a bailar como si entonces caminara y el mundo no fuera su
escenario sino, solamente, un camino a la escuela marcado por la
soledad de las veredas de aquella calle periférica. Trata de
asegurarse que los temblores no son una reacción al miedo ni a la
muerte. Sonríe a los transeúntes mientras gira y sus piecitos se
mueven a un ritmo que parece condecirse con reglas inherentes a un
universo desconocido. Ella es la impresión de lo infinito en lo
finito.
Kushiel
se embriaga con la belleza del cosmos, recorre las nebulosas y
pulsares, salta de estrella en estrella, asegurandose de nunca
tropezar con materia oscura. Ya no queda más por conocer, las
barreras se extinguieron, se han delimitado las fronteras de lo
divino, el cielo quedó vacío de enigmas. Y mientras el ángel
explora los confines de la galaxia, el árbol del conocimiento
comienza a morir, y sus frutos se antojan secos y fétidos. Solo una
nueva semilla puede salvar al saber corrupto de caer en las manos de
la alquimia, de colapsar sobre sí mismo y hundir al universo en el
eterno azote de la tempestad.
Ahora
Regina acompaña a Alan a la salida de un edificio de cóncavas
paredes.
-¿Qué
hacés acá?- dice él- ya no necesito que me acompañes.- y muestra
la bicicleta azul con la que puede volver a casa sin ayuda de Regina.
-No
me lo dijiste, ¿por qué no me decís las cosas? ¿Por qué ya no me
decís nada?
Sin
habar, Alan sube a la bicicleta y se pierde a través de la bruma y
las calles empedradas. Regina permanece de pie ante el portón
oxidado, sin hablar. Se lleva una mano a la cabeza y recoge un mechón
de su plena cabellera. Una ligera bruma comienza a recubrir el
entorno y la imagen se desvanece. En silencio.
Las
manos del pasajero en el asiento contiguo se depositan sobre la falda
de esa mujer, que no reacciona al contacto sino a estímulos secretos
que parecen provenir de otros mundos. Lentamente desciende con
suavidad hacia esas piernas desnudas y siente el frío calor de la
sangre viajando a través de las venas y las arterias, hacia el
corazón que bombea agitado, agitado como su corazón, y es a ese
otro corazón agitado a dónde quieren llegar sus inquietas manos.
"...Hold
me close and hold me fast..."
Y
lentamente asciende su mano izquierda mientras la derecha ingresa
sutilmente a la penumbra en el interior de la pollera. La mira a los
ojos y ella parece pedirlo, sí, con sus ojos cerrados y su
respiración anómala se lo pide; sus dedos comienzan a caminar por
sobre su ropa interior. Y su otra mano asciende hacia esos pechos
divinos que se esconden dentro de ese corpiño rojo como la llama que
ahora arde en su cuerpo y se prepara para lo inevitable. Saltando
esos cables rosados que emergen y se retuercen hasta llegar a sus
orejas, inclina su cuerpo buscando ese cuello perfumado.
"...this
is la vie en rose…"
Desde
la butaca lindante al otro lado del pasillo, una joven contempla la
escena y de a poco un calor nocivo azota su cuerpo por entero. Pasa
su mano por el cabello planchado y mira en todas direcciones buscando
algún rostro que pueda otorgar explicación alguna, o buscando algún
rostro cómplice que se deleite con la imagen que se sucede ante sus
ojos crédulos.
"...when
you kiss me heaven sighs…"
Nadie
más mira.
Alan
detiene el auto en una calle empedrada, se quita el cinturón de
seguridad y sale del auto. Está nublado. Mira a ambos lados antes de
cruzar la calle mientras tararea una pieza de Chopin que, lentamente,
parece mutar en una lóbrega cumbia santafesina. Se encamina hacia
una cafetería en la que pide un desayuno. Café con leche y
medialunas cubiertas con un velo de sospecha y rellenas de dulce de
leche. Una pareja discute detrás de él.
-Me
tenés harta con tus flores deshojadas- dice la chica del tatuaje de
Sigur Rós en la muñeca, lleva un vestido azul con diminutos lunares
blancos, su pelo negro es corto, más corto que el de Alan.- me
tienen harta tus ojos pulverizados y tu revolución que nunca llega.
La
otra porta una remera negra sin ningún tipo de estampa y mantiene su
melena lacia bien peinada a todo momento, se limita a mirar con unos
ojos amarronados repletos de espanto.
-No
puedo evitar pensar en quién fuiste y en quien ya no conozco y se
acuesta a mi lado todas las noches, fingiendo- dice la que habla.-
Fingiendo.- Remarca. Pero la otra no dice nada.
-Cada
vez más siento que hablo sola, que no estás, porque no estás. Tu
boca me mira, tu cuerpo se mueve, pero estás ensimismada en un mundo
que no conozco. Seguro que con sueños de-
-Callate-
interrumpe la otra.- No sabés nada.
-No
me calles.
-Callate.
-No,
no quiero. Te lo tengo que decir. Me gusta decir lo que siento. No
como vos. Insensible. Así que callate vos y escuchame. O andate.
Andate como siempre.
Alan
termina su desayuno y se va luego de pagar.
-Callate-
Dice una de las dos.
Mira
la hora en su celular y sube al automóvil. Sigue nublado. Con Regina
tuvieron tiempos así. Tuvieron tiempos felices también. Ahora ya
nada sucede, ahora ya no sucede el tiempo. Nada puede hacer para
cambiar las cosas, lenta y quedamente ambos cuerpos se alejan a la
deriva. Un gato mirá a la distancia con una concentración inefable
en el techo de una casa. La espesa montaña de nubes en el cielo y el
minino también recuerdan a los días de otra vida. Fueron esos días
en los que, sin duda, ambos podían ser felices cuando, restando
importancia a la propiedad privada, un gato se posara sobre el tejado
y maullara canciones de cuna del antiguo Egipto. Daría tanto por
regresar por tan solo unos segundos a esos días de cielo nublado y
poder ver al gato con otros ojos y, sin más, adoptarlo, mecerlo en
sus brazos como a un niño despojado. Pero qué tanto amor podía
otorgar a un gato un joven abogado con piedras en lugar de órganos.
Si él lo supiera, si ella lo supiera, si alguien supiera de esa cruz
con la que acarrea desde la infancia, pero el alfa y la omega es
cruel y es indómita. Y el gato es despedazado por sus neuronas
putrefactas que solo pueden concebir podredumbre y figuras retorcidas
como rostros a través de mil espejos. Por eso debe permanecer
indoblegable, irrompible, por eso, y porque ya no recuerda cómo era
ser diferente.
Penélope
mira la taza de café que aún no ha tocado, la sostiene débilmente
y percibe un leve temblor en su mano izquierda. Es capaz de sentir
ese miedo trepar, rodear la tinta cursiva que reza “Sigur Rós” y
guiarse hacia el resto de su cuerpo. Martina trata de esquivar su
mirada, sin embargo, cuando éstas se cruzan, esboza una agónica
sonrisa. Una sonrisa que dice todo. Pero Penélope no es de las
personas que dejen ir todo sin decir las cosas.
-Nunca
me decís qué te pasa.
-No
quería lastimarte, no quiero.
-Por
eso preferís que me quede esperando, esperando. ¿Es que todo se
reduce a eso? Seguir esperando. Cuando te conocí pensé que ya no
tendría que seguir esperando. Pero no, pero tengo que esperar a
verte bien y bonita para poder verte. Porque para lo otro no sirvo,
para lo otro no soy yo la indicada, no soy quien debe verte llorar,
para eso están los brazos fuertes, los hombros conocidos. ¿De qué
te sirvo, Martina?
Si
no querés verme, está bien, lo entiendo; pero no digas que me
evitás por mi bien. Nada me duele más que saber que me estás
mintiendo. Bueno, eso, y saber que no contás conmigo para nada.
¿De
qué te sirvo?
-Últimamente
me siento sola. Siento que se enfrió la relación, que ya no
compartimos juntas los mismos momentos.
Martina
vuelve a mirarla y sonreír. Esa sonrisa, ese puñal. Penélope
devuelve la sonrisa. Admite la derrota, pero necesita las palabras,
necesita saber, necesita de ese punto final, ese término.
-¿Y
entonces?- Musita. Se siente débil, débil y estúpida.
-No
sé.
-Sentís
que se enfrió la relación, que ya no compartimos las mismas cosas
juntas, ¿entonces qué? ¿Qué queda hacer ahora? ¿Cómo seguir?
-No
sé.
-No
puedo volver a mi casa con esa respuesta, no puedo volver y no saber
realmente si tengo que esperar a que estés conectada para saber cómo
estás y cómo te fue en el trabajo, o si eso ya no es de mi
incumbencia.
-No
sé.
-Decime
algo, algo más.
-Siento
que nos estancamos, que no tenemos proyectos en común y no podemos
llegar a ningún lado así. Vos misma me dijiste, no compartís los
mismos proyectos que yo.
Penélope
da un sorbo a su café. Está frío. Le gustaría escupir en la taza
lo que tiene en la boca, pero hace un esfuerzo y traga.
-¿Entonces?-
dice, finalmente.
-No
sé.
-No
me sirve esa respuesta. Necesito que me lo digas, necesito que me
digas que ya no querés estar conmigo.
-Ya
no quiero estar con vos.
Las
clases en la escuela primaria siguen siendo de lo más aburridas,
Nieves dibuja cuando la maestra no la ve. Piensa en su herencia y
tiembla. Desearía poder morir antes, piensa que su padre la
abandonará por haber descubierto ese secreto atroz. Por lo pronto,
todo lo que espera es al timbre y el recreo. Poder luego volver a
casa y sentarse en el sofá a ver dibujitos animados mientras su
padre le prepara el té con galletitas dulces. Espera poder llegar a
ver Hora de Aventura antes de que Alan tome su cuaderno y la obligue
a hacer las cuentas y a escribir, una y otra vez, las letras del
abecedario.
Los
seres bióticos tienen vida; los abióticos, no.
Kushiel
se posa en la cúspide de una torre solitaria en los confines de la
galaxia. Abbadón viene a su encuentro. Juntos danzan entre los
ventanales de la ciudadela arcaica. Sobre los rojizos ladrillos se
había emplazado la capital galáctica, pero tanto, tanto hace ya de
eso. No crecen las plantas, no se erigen los árboles de cristal en
dirección al centro del universo. Ni un vestigio de vida, ni
pergaminos que releer. Es el último lugar por buscar, y la
frustración se posa sobre las delicadas alas, las innumerables alas
del ángel. Siente en su interior las frutas pudrirse, el hedor
fétido que proviene del conocimiento, del árbol del conocimiento
que jamás fue el árbol de la sabiduría; y fue tarde, tan tarde
llegó el preciso instante en el que fue descubierto semejante error.
Ahora ella viene, el baobab devora el asteroide y no queda mucho por
hacer.
Los
seres bióticos son los que tienen vida. Eso lo sabe Remiel más que
nadie. Esos seres abundan, eso también lo sabe. Pero solo uno de
ellos porta la semilla en su interior. Florecerá el árbol de la
vida y el universo permanecerá libre, libre del tormento de la
muerte. Solo un sacrificio más. Recorré en plenitud el conurbano
bonaerense con sus alas de oro. Lo siente cerca, cada vez más cerca.
En
sus sueños, Regina ya no se siente vacía. Sus manos ya no son
ásperas al tacto, su cabello ya no es una enredadera gigantesca,
vuelve a sentirse, por fin, linda.
Bordean
un arroyo, juntos, de la mano. Ella tiene un vestido rosado y él, él
está exactamente igual que el día en el que se conocieron. Una
remera de Joy Division y tres días sin afeitarse. Toman entonces el
colectivo y anochece. Anochece y toman el colectivo. No se ve el
número, ninguno usaba lentes en ese entonces, pero ahora parece que
los necesitan. El número del ramal es ilegible, pero él la empuja y
paga los boletos. Ella sonríe, pues no sueltan sus manos en ningún
momento. Milagrosamente encuentran asientos, aunque ambos están
seguros de que no tardarán en querer bajar. Pero es mejor no bajar,
mejor quedarse, aguardar al final del recorrido, y dormir sentados,
de la mano en un colectivo cuyo recorrido es desconocido y la noche
aciaga no los perturbará en la terminal. Ahora ella corre por las
vías del tren y él la mira desde una corta distancia. Ambos
sonríen. Otra vez. Ella sostiene al gato intruso que entró por la
ventana buscando comida. Lo abraza y el minino ronronea. Entonces, el
colectivo equivocado, las vías del tren. Despertar sola en la
terminal, voltear y no lograr ver a nadie. Necesita los lentes más
que nunca. Los lentes que parecen estar perdidos en un futuro
paralelo que jamás llegará. Es ahora cuando debería despertar.
“Hold
me close and hold me fast…”
La
mujer emite un gemido leve cuando el pene se adentra en su lubricada
vagina, el pasajero la mira atónito, pero ella no despierta,
permanece perdida en su laberinto onírico, incapaz de regresar. Es
probable que ni siquiera el fin del mundo logre despertarla. Con sus
manos apretando sus pechos ahora al descubierto, el hombre empuja su
miembro hasta el fondo. Tarda en encontrarle el ritmo, comienza a
sudar y a emitir gruñidos él también. La besa en sus labios
dormidos. Luego en el cuello, pasa su lengua por ese cuello fino, el
perfume cítrico queda en su boca. Baja una de sus manos a esas
piernas blancas y cristalinas, las acaricia con vehemencia. Su pene
escapa varias veces. Nunca pensó que fuera tan difícil hacerle el
amor a una persona dormida.
“… This
is la vie en rose...”
La
joven del asiento al otro lado del pasillo aprieta sus adolescentes
pezones mientras acaricia su clítoris con un dedo, y se penetra con
otros tres. Un miedo aterrador convive con la excitación del
momento. ¿Qué pasaría si alguien me viera?, piensa, mientras sus
fluidos comienzan a manchar el asiento. Pero no importa, la necesidad
es irrefrenable. Cuando le cuente esto a Nati, lo que va a decir,
piensa. Los ojos de Nati, las tetas de Nati, su pubis sin depilar, su
lengua lamiéndole el clítoris, esa lengua juguetona. Si Nati
supiera.
“…When
you kiss me heaven sighs…”
Alan
es un mentiroso. Hoy no piensa ir al trabajo. Su auto ahora reproduce
Vivaldi y el maneja en dirección a casa. "Vale te amor.
Guille". Dice una pintada en una pared. Más allá, acción
poética enchastra la calle con una frase de Lisandro Aristimuño.
Alan no presta atención a las frases, pero Vale te amor sigue
sacándole una sonrisa.
Detiene
el auto en la puerta de casa y mira la hora. El reloj da la hora
indicada, y Alan decide abandonar a Nieves como parte de un castigo
desconocido. Se quita su traje de abogado tan manchado de burocracia
y piensa en disfrutar sus últimos momentos en el mundo. Busca el
sweater.
Es
un sweater mal tejido el que porta, suvenir de una madre fracaso,
para recordar a un hijo fracaso. En sus últimos días tuvo la idea
loca de probar los sabores de la familia, de jugar con el niño que
ya no era un niño ni recordaba haberlo sido, de tejerle ese sweater
apestoso que, por pura lástima, una vez muerta, bien muerta ella, no
pudo ser arrojado al perro para su deleite. Pero quién tiene la
culpa de esa muerte devastadora, devastadora sin mucha idea de por
qué, sin muchos recuerdos que recordar.
Ella
no debía saberlo, nadie debía saberlo. No debió nunca subir al
desván y abrir el baúl. Niña tonta. Niña curiosa. Todo hubiera
seguido igual, todo hubiera seguido tan monótono de no ser por ella,
por esa tonta curiosidad de niña.
Alan
se sienta en su silla y escribe con precisión mecánica en una
computadora de escritorio. El viejo CPU hace ruidos inexplicables
cada tanto. Piensa en el fin. Piensa en los pájaros.
Los
pájaros surcan el cielo y Penélope llora mientras piensa en
Martina. Lo que daría por volver a sentir esa sonrisa suya, tocar
esa cuerpecito de niña rica, de pendeja hermosa de clase media
jugando a ser parte de la common people.
Los
pájaros surcan el cielo y Martina no llora mientras piensa en
Penélope. Ahora es una mujer libre y solo importa el ahora. Este
preciso instante, vivir su vida que tanto tiempo pospuso para vivir
una mentira junto a Penny. Penélope. Penas.
Nieves
espera y espera y espera. Pero Alan no va a venir a buscarla. Es su
maldición, su maldición por haber descubierto ese secreto tan
oscuro, ese secreto que muy bien no sabe qué es. Pero ella también
tiene un secreto, ella sabe que hay, en su pecho, un color que no
debió nacer. Ahora deambula por las calles empedradas de Florencio
Varela y se mueven como bailando, sus piernitas que parecen ramas.
Extraña los baños de inmersión y esconderse bajo las sábanas de
las pesadillas con el hombre del trueno. Todo comienza a girar
lentamente, como una calesita, y luces de colores danzando en torno a
ella. Ya no puede distinguir el suelo del cielo, el cielo del
infierno.
Hay
una luz en el horizonte, una estrella desaparece, el lucero del alba
lentamente es tragado por ese brillante sol que se hace presente. El
cielo es celeste, celeste con detalles en naranja e índigo, con
detalles en rojo y violeta, con puntos resplandecientes que titilan,
que disminuyen su luminiscencia tímida, de tímida a medrosa, con
una luna en cuarto menguante que promete permanecer al margen,
estática en su pálido gris al mediodía, a la tarde, esperando esa
noche en la que poder volver a brillar sin sol, como solo es posible
cuando todos duermen y Venus ya no se oculta de los calores radiantes
de esa enana roja a la que está atada. Lucifer se desvanece
lentamente del cielo amaneciente, a la vez que Kushiel, el de las dos
alas, la más virtuosa de todas las virtudes, descubre en un sótano
inundado en el conurbano bonaerense, una pequeña pizca de
conocimiento que derribará los paradigmas imperantes en la
configuración del cosmos. Pero está muy lejos, a continentes de
distancia. Es probable que sea demasiado tarde. El glifosato ya no
surte efecto y la irremediable plaga de la tempestad comienza a
engullir las hojas del árbol del conocimiento. Ella lo sabrá todo.
Muy pronto. Y no habrá árbol en el cielo y la tierra cuyas raíces
no sean arrancadas por la colosal tormenta. Sin embargo, los
vegetales llevan siglos esperando este día, el día en el que la
revolución sea inevitable y se levanten en armas contra el orden
natural de las cosas, tragandose de una vez y para siempre, al mundo
entero. Ellos son pacientes, son inamovibles. Regina sueña con ver a
su familia otra vez, acariciar el bello cabello estelar de la dulce y
tierna Nieves, cuya piel remite a su nombre; de esforzarse y ver una
sonrisa de orgullo en el rostro imperturbable de Alan, de volver a
los viejos tiempos en los que podían caminar de la mano, de tomar
una fotografía y sonreír. El hombre en el asiento contiguo eyacula
dentro de la bella Regina. Luego de unos segundos de respirar
agitadamente, cae rendido en su butaca. La joven del otro lado del
pasillo sufre un paro cardíaco en el momento en el que está
alcanzando el clímax. No es la única muerte que sucede en ese
preciso instante, en ese preciso micro; un niño apuñala a su padre
mientras este duerme. Nadie se enterará hasta que el ómnibus se
detenga y todos los pasajeros deberán explicar su comportamiento
errático a las autoridades que no dudarán en encerrar a la mayoría
y realizar pericias psiquiátricas. Tres de ellos tienen antecedentes
penales, y un grupo de jóvenes lleva un bolso repleto de sustancias
ilegales. Pero no importa, porque la fatal y mortal muerte es
inevitable. Eso lo sabe muy bien Alan, quien ahora sufre por el cruel
destino de Nieves, pero también odia, odia a Nieves por conocer su
secreto, por recordarle esos sentimientos que estaban tan muertos y
sepultados ya. Destapa un tercer malbec mientras la televisión sigue
mostrando nada más que lluvia y ruido. Huele la naftalina del
sweater mal tejido y en sus ojos estallan sensaciones y amor, mucho
amor que creía fosilizado y convertido en hidrocarburos para
alimentar el generador incesante de la burocracia. Ahora llora y
sonríe a la vez, como un atardecer repleto de colores. Ahora cree
que el fin de los tiempos no podrá acabar con su mente que, de
pronto, se siente tan joven y peligrosa, ahora siente una esperanza
atroz y cree que Nieves podrá escapar del suplicio universal que
acarrea consigo, del color que debió ser abortado, de ser la fuente
de la vida. Cree en su niña bonita, ella será fuerte; tiene los
labios del padre y la nariz de la madre, tiene cabellos de la luna y
ojos del sol, tiene las semillas y los frutos de los árboles del
cielo. Las emociones lo desbordan. Heredarás la tierra, hija mía,
murmura. ¡Heredarás la tierra!, grita, una y otra vez
mientras salta embelesado por el júbilo hasta que ya no salen
palabras de su boca de labios en cursiva sino un líquido violáceo.
Entonces cae de rodillas y todo a su alrededor gira. Todo gira
también para Nieves, que camina como sin darse cuenta de que el
suelo es ahora lava y cristal, de que el cielo tempestuoso la ha
estado evitando, de que los ángeles reptan hacia su vientre. Nieves
vomita. No es del color del vino ni del color del vómito. Caen
semillas que erosionan las calles de un verde pastoso y el caminar de
la niña se vuelve pesaroso ahora que raíces comienzan a adherirse
al asfalto. Porque brotan ramas y raíces y pimpollos de su menudo
cuerpito, y el dolor la hace estallar. Cruel e inanimado, el corazón
de Remiel padece espasmos mientras presiente la cercanía de las
semillas. Despliega sus alas que oscurecen el cielo ya negro y
recorre a altas velocidades las fangosas calles de Buenos Aires en
otoño. Inquietantes laberintos ha construido el hombre, piensa
mientras pasa una y otra vez por la misma calle de veredas angostas y
árboles que se mecen, violentamente golpeados por el viento. Una
cucaracha es aplastada por un zapato, no se sabe muy bien dónde. El
cadáver es abandonado a la deriva y tardará semanas en
descomponerse. Regina despierta y apaga el celular que repite la
misma canción hace horas. De repente la asalta una tremenda
sensación de urgencia. Mira a través de la ventanilla y los árboles
callados mecen sus alas con pereza. La danza de las hojas es
hipnótica y parece hablarle, sin embargo, ella es incapáz de
comprender. A su lado un hombre duerme, todos los pasajeros yacen en
la profundidad de un sueño, a veces eterno, a veces lúcido. A veces
ambos. Como los sueños borrachos de Alan, lucidos y a la vez
impetuosos, sueña con el día en el que vio a Regina caminar de la
mano junto a ese desconocido de zapatillas rojas, de espalda ancha,
de bicicleta azul; sueña con haber podido perdonarla con suma
sinceridad, sin embargo, algunos crímenes simplemente nunca
prescriben y la condena perdura en la cabeza. Quizás ella sufra
también, quizás tantas cosas hubieran sido diferentes, pero ya es
tan tarde para degustar probabilidades, tan tarde que abruma; y
quisiera poder soñar con simplemente ese rostro de leona, con esos
ojos felinos y sus dientes blanco sonriendo simpatía. Y ahora quiere
perderse entre las ramas de un árbol y olvidar de qué se trataba
todo en un principio. Pero no es el momento indicado para eso. Nunca
lo es. Nieves ya no puede moverse, explotan sus lunares, sus cráteres
y grietas lunares son ahora ramas y raíces, y su cabello plateado es
una copa repleta de hojas verdes prístinas, el dolor es
insoportable, los retoños expelen polen, llamando a las abejas, y
ella grita mientras brota un último pimpollo de su garganta que
florece en la más espléndida de todas las flores. Ahora ya nada hay
en el universo que pueda defenderla del hombre del trueno. Remiel
toma el fruto del árbol de la vida. Asciende, una vez más, a través
de las ramas del Yggdrasil, debajo de cuyas raíces viven las nornas,
aquellas dísir que hilan, dulcemente las vidas del universo. Urd se
lamenta, como siempre, se lamenta; Verdandi toma un hilo rojo del
telar, y lo deja caer con suavidad en las manos de Urd, quien se
lamenta, siempre se lamenta; y Skuld ríe a carcajadas mientras, con
dedicación, teje puntos extravagantes en la matriz del cosmos.
Ariana toma el celular en la oscuridad de la habitación y escribe un
mensaje para Martín. Duda. Su dedo recorre la tecla enviar, formando
pequeños círculos o corazones irregulares. Algo de luz se filtra a
través de las cortinas que oscilan, bailando bizarras danzas. Cierra
los ojos y suspira. Se siente muy estúpida. Se oyen los últimos
truenos antes de la tempestad. Oprime el botón. Llueve. Los pájaros
cantan.