A vos la luz te cegó de manera
permanente. Solo podías oír sobre la maravilla de los efectos. Las marcas
perladas en el horizonte, las cúpulas que surgieron en el sur, los tonos
itinerantes en las mareas. Esperabas que
al final de los días todo fuera gris y óxido. Querías verlo, tener tus ojos
invadidos por la gloria de colores inexistentes. Pero a vos la primera luz de
la mañana te cegó prematuramente. Como
si el futuro de la existencia no te considerase un ser digno de verlo. El
primer rayo borró las facciones de tu rostro y caíste al suelo desdeñado. Dolió
más la expectativa que el golpe. El suelo también había sufrido cambios, pero
no lograbas dar con una definición para dichas variaciones. Antes era todo tan
visual, otros sentidos carecían en comparación.
La gente a tu alrededor también
padeció mutaciones. En la gran mayoría, el resultado era la simple y pesarosa muerte. Pero quienes sobrevivieron hablaron
de garras, plumas aladas y cueros hirsutos. Nuevas especies para un nuevo
mundo, dijeron. Y esas fueron las últimas palabras que escuchaste. Lo que
siguió fue un caos de gritos de lujuria y algarabía que se tornaron gradualmente
en inconexos gemidos roncos. Cuando la música salvaje se detuvo y te encontraste
con nada más que el viento meciendo las hojas en los árboles trataste abrir tus
alas, pero no las sentiste en tu espalda, trataste de incorporarte sobre tus
patas, aferrandote al barro con tus garras, tus pezuñas, tus dedos, pero no
sentiste que tuvieras patas, garras, pezuñas, o dedos. Con suma resignación te arrastraste hasta una
estructura ruinosa, te moviste lentamente a través del pantano, porque todo era
ahora un gran pantano húmedo y desolado.
Yaciste entre las rocas y los
árboles que poblaron las fangosas tierras por un tiempo indeterminado que
consideraste eterno. Al principio
creíste que la ceguera podía llegar a ser una bendición, que tus otros sentidos
se volverían más certeros, agudos, que nuevas, inefables habilidades habían
sido desbloqueadas solo para vos; sin embargo, no tardaste en notar que tus
esperanzas eran vanas, que ahora tu dominio había sido reducido al de un cuerpo
inerte y desmembrado. Presa fácil en un
mundo primitivo. El adormecimiento de tus partes y la ceguera convirtieron
pensar tu cuerpo en una experiencia similar a pensar lo irresoluto, un gran
vórtice negro que te hacía retorcer de dolor y negación. Una larva atroz
aguardando eclosionar. Sola, indefensa. Un cadáver en una bolsa esperando ser.
Quien realmente eras estaba dentro, y no estaba en ningún lugar.
Te alimentaste del suelo, de las
gotas de rocío en las hojas de las plantas. Hincabas tu boca desdentada en la
profundidad de los tallos y succionabas. Y te odiabas por ello. El universo
había otorgado a la otredad acechante colmillos como dagas y esqueletos firmes.
A vos, la gradual perdida de los sentidos y la humillación de quién se
arrastra.
Por eso, cuando el depredador llegó
lo esperaste con ansias. Una muerte rápida, una muerte como certeza de haber
vivido. Cuando el cuerpo duele, pensaste, el cuerpo se torna certeza. Y todo lo
que querías de este nuevo mundo era la validación del dolor y la sangre.
Entonces dudaste de la sangre. No
supiste qué emanaría de tu piel cuando las fauces te rasgaran y trozaran. Lo
que fuera que tu cuerpo secretaría al ser vulnerado, no sería sangre. Y
temiste. Temiste a esa muerte voladora que se acercaba zumbando. Y te
escondiste entre las flores.
Nunca te había importado demasiado
la extinción de una especie determinada. Considerada la magnitud del cosmos, el
inicio y el final, la gloria y el ocaso de una criatura no comprendían más que
un suspiro. Pero cuando la especie eras vos, era diferente. La entera
existencia colapsaría sin tu presencia, pequeño gusano sin patas ni ojos. Fue
como un impulso heredado, un instinto de supervivencia, quizás. Algo que no
sabías había sido escrito en tu cerebro cuando sufriste la transformación. No
solo no sabías quién eras en el ecosistema, ahora tampoco sabías si tu
percepción del entorno era realmente tuya, o si la luz había grabado algo más,
si te había transformado de otra manera. Anhelabas la muerte más que nada. Este
mundo ya no te pertenecía, y ya tampoco te pertenecía el cuerpo que portabas.
Entonces viviste, sin embargo,
viviste. Aprendiste, con el tiempo, que tu cuerpo al arrastrarse dejaba una
sustancia resinosa que otras criaturas consideraban de sumo valor. Y marchaste
junto a ellas. No podías verlas, no podías figurar sus formas, sus marcos y
ángulos, los límites de sus cuerpos. No te interesaba, las señales que recibías
a través de la integridad de tu corteza eran positivas. Ellas te querían a su
alrededor, te protegían del depredador.
Y el tiempo sucedió, aprendiste a
distinguir el día de la noche, el débil calor de la suave brisa. Descubriste
que de tu boca podías excretar un material conciso, resistente, y te resultó
inevitable construir un sarcófago, un monolito en cuyo interior descansar. Y
descansaste, sin comida, ni bebida, abandonaste tu cuerpo al candor del
encierro. Y no importó.
Cuando despertaste sentiste tus
extremidades arder en expectativa. Te cegaban las oscuras paredes del capullo y
deseabas ver. Porque de repente sabías que tus ojos podían ver. Tus múltiples
ojos añoraban la forma y la textura de los colores y las sombras. La sombría y
palpitante crisálida que había sido tu hogar era ahora tu prisión. Así que,
sencillamente, abriste tus alas, porque de repente sabías que tenías alas, y te
entregaste al mundo exterior.
Vislumbraste el páramo de árboles
vibrantes, las rojas frutas que despertaron tu hambre, y decenas de criaturas
que habitaban la tierra, compartiendo el territorio y matándose por él. Todo era como lo recordabas. Pura basura. El
nuevo mundo era igual al anterior, ahora con alas y rugidos de bestias en el
corazón de la selva. Grandes mamíferos, pequeñas aves, peces símiles. Insectos
y artrópodos repitiendo la misma secuencia de actividades, una y otra vez, para
siempre. El vacío está lleno de eternidades. Tiempos de labor, ciclos de
apareamiento, protección de la lluvia, comida, bebida y deposición. Huida del
depredador, depredación. Nacimiento y muerte. Todo tan manufacturado para
perpetuar el vacío, el vacío que lo abarca todo. Te sentías tan disgustada, pequeña monarca,
con tu cuerpo frío y desmembrado, con la ceguera torpe que te alejaba del
mundo, del día, de la vida. Deseabas tanto pertenecer, poder seguir el camino
trazado. Pero cuando volaste y tus alas tuvieron los colores del prado y ya
nadie pudo dudar de tu belleza, no dejaste de sentirlo. Porque no podés
pertenecer al mundo cuando no perteneces a tu cuerpo.
Huiste, una vez más. Esta vez del
páramo. Tus alas te ayudaron a alcanzar alturas impresionantes, rozar las copas
de los árboles, sentir la pureza de la brisa lejana. Tal era tu deseo de volar,
de escapar, que no atinaste a ver las ramas torcidas y la sinuosa red que se
tendía entre ellas. Caíste en la trampa, y ya no importaba cuánto forcejearas,
no había escapatoria.
Y eso es lo que no entiendo. Lo que
sinceramente no entiendo. Seguís agitando tu cuerpo, tratando de zafarte de las
telas. Pero años de evolución debieron enseñarte ya que tus movimientos no
hacen más que alertar a la cazadora que dormita en el centro. Aun así, no te
resignas, seguís agitando tus alas moteadas, moviendo tu cuerpecito maltrecho.
Como si sirviera de algo, como si hubiera otra salida. Como si existiera una alternativa a la
resignación.