viernes, 29 de marzo de 2019

En cualquier eón que pinte.




A vos la luz te cegó de manera permanente. Solo podías oír sobre la maravilla de los efectos. Las marcas perladas en el horizonte, las cúpulas que surgieron en el sur, los tonos itinerantes en las mareas.  Esperabas que al final de los días todo fuera gris y óxido. Querías verlo, tener tus ojos invadidos por la gloria de colores inexistentes. Pero a vos la primera luz de la mañana te cegó prematuramente.  Como si el futuro de la existencia no te considerase un ser digno de verlo. El primer rayo borró las facciones de tu rostro y caíste al suelo desdeñado. Dolió más la expectativa que el golpe. El suelo también había sufrido cambios, pero no lograbas dar con una definición para dichas variaciones. Antes era todo tan visual, otros sentidos carecían en comparación.
La gente a tu alrededor también padeció mutaciones.  En la gran mayoría, el resultado era la simple y pesarosa muerte. Pero quienes sobrevivieron hablaron de garras, plumas aladas y cueros hirsutos. Nuevas especies para un nuevo mundo, dijeron. Y esas fueron las últimas palabras que escuchaste. Lo que siguió fue un caos de gritos de lujuria y algarabía que se tornaron gradualmente en inconexos gemidos roncos. Cuando la música salvaje se detuvo y te encontraste con nada más que el viento meciendo las hojas en los árboles trataste abrir tus alas, pero no las sentiste en tu espalda, trataste de incorporarte sobre tus patas, aferrandote al barro con tus garras, tus pezuñas, tus dedos, pero no sentiste que tuvieras patas, garras, pezuñas, o dedos.  Con suma resignación te arrastraste hasta una estructura ruinosa, te moviste lentamente a través del pantano, porque todo era ahora un gran pantano húmedo y desolado.
Yaciste entre las rocas y los árboles que poblaron las fangosas tierras por un tiempo indeterminado que consideraste eterno.   Al principio creíste que la ceguera podía llegar a ser una bendición, que tus otros sentidos se volverían más certeros, agudos, que nuevas, inefables habilidades habían sido desbloqueadas solo para vos; sin embargo, no tardaste en notar que tus esperanzas eran vanas, que ahora tu dominio había sido reducido al de un cuerpo inerte y desmembrado.  Presa fácil en un mundo primitivo. El adormecimiento de tus partes y la ceguera convirtieron pensar tu cuerpo en una experiencia similar a pensar lo irresoluto, un gran vórtice negro que te hacía retorcer de dolor y negación. Una larva atroz aguardando eclosionar. Sola, indefensa. Un cadáver en una bolsa esperando ser. Quien realmente eras estaba dentro, y no estaba en ningún lugar.
Te alimentaste del suelo, de las gotas de rocío en las hojas de las plantas. Hincabas tu boca desdentada en la profundidad de los tallos y succionabas. Y te odiabas por ello. El universo había otorgado a la otredad acechante colmillos como dagas y esqueletos firmes. A vos, la gradual perdida de los sentidos y la humillación de quién se arrastra.
Por eso, cuando el depredador llegó lo esperaste con ansias. Una muerte rápida, una muerte como certeza de haber vivido. Cuando el cuerpo duele, pensaste, el cuerpo se torna certeza. Y todo lo que querías de este nuevo mundo era la validación del dolor y la sangre.
Entonces dudaste de la sangre. No supiste qué emanaría de tu piel cuando las fauces te rasgaran y trozaran. Lo que fuera que tu cuerpo secretaría al ser vulnerado, no sería sangre. Y temiste. Temiste a esa muerte voladora que se acercaba zumbando. Y te escondiste entre las flores.
Nunca te había importado demasiado la extinción de una especie determinada. Considerada la magnitud del cosmos, el inicio y el final, la gloria y el ocaso de una criatura no comprendían más que un suspiro. Pero cuando la especie eras vos, era diferente. La entera existencia colapsaría sin tu presencia, pequeño gusano sin patas ni ojos. Fue como un impulso heredado, un instinto de supervivencia, quizás. Algo que no sabías había sido escrito en tu cerebro cuando sufriste la transformación. No solo no sabías quién eras en el ecosistema, ahora tampoco sabías si tu percepción del entorno era realmente tuya, o si la luz había grabado algo más, si te había transformado de otra manera. Anhelabas la muerte más que nada. Este mundo ya no te pertenecía, y ya tampoco te pertenecía el cuerpo que portabas.
Entonces viviste, sin embargo, viviste. Aprendiste, con el tiempo, que tu cuerpo al arrastrarse dejaba una sustancia resinosa que otras criaturas consideraban de sumo valor. Y marchaste junto a ellas. No podías verlas, no podías figurar sus formas, sus marcos y ángulos, los límites de sus cuerpos. No te interesaba, las señales que recibías a través de la integridad de tu corteza eran positivas. Ellas te querían a su alrededor, te protegían del depredador.
Y el tiempo sucedió, aprendiste a distinguir el día de la noche, el débil calor de la suave brisa. Descubriste que de tu boca podías excretar un material conciso, resistente, y te resultó inevitable construir un sarcófago, un monolito en cuyo interior descansar. Y descansaste, sin comida, ni bebida, abandonaste tu cuerpo al candor del encierro. Y no importó.
Cuando despertaste sentiste tus extremidades arder en expectativa. Te cegaban las oscuras paredes del capullo y deseabas ver. Porque de repente sabías que tus ojos podían ver. Tus múltiples ojos añoraban la forma y la textura de los colores y las sombras. La sombría y palpitante crisálida que había sido tu hogar era ahora tu prisión. Así que, sencillamente, abriste tus alas, porque de repente sabías que tenías alas, y te entregaste al mundo exterior.
Vislumbraste el páramo de árboles vibrantes, las rojas frutas que despertaron tu hambre, y decenas de criaturas que habitaban la tierra, compartiendo el territorio y matándose por él.  Todo era como lo recordabas. Pura basura. El nuevo mundo era igual al anterior, ahora con alas y rugidos de bestias en el corazón de la selva. Grandes mamíferos, pequeñas aves, peces símiles. Insectos y artrópodos repitiendo la misma secuencia de actividades, una y otra vez, para siempre. El vacío está lleno de eternidades. Tiempos de labor, ciclos de apareamiento, protección de la lluvia, comida, bebida y deposición. Huida del depredador, depredación. Nacimiento y muerte. Todo tan manufacturado para perpetuar el vacío, el vacío que lo abarca todo.  Te sentías tan disgustada, pequeña monarca, con tu cuerpo frío y desmembrado, con la ceguera torpe que te alejaba del mundo, del día, de la vida. Deseabas tanto pertenecer, poder seguir el camino trazado. Pero cuando volaste y tus alas tuvieron los colores del prado y ya nadie pudo dudar de tu belleza, no dejaste de sentirlo. Porque no podés pertenecer al mundo cuando no perteneces a tu cuerpo.
Huiste, una vez más. Esta vez del páramo. Tus alas te ayudaron a alcanzar alturas impresionantes, rozar las copas de los árboles, sentir la pureza de la brisa lejana. Tal era tu deseo de volar, de escapar, que no atinaste a ver las ramas torcidas y la sinuosa red que se tendía entre ellas. Caíste en la trampa, y ya no importaba cuánto forcejearas, no había escapatoria.
Y eso es lo que no entiendo. Lo que sinceramente no entiendo. Seguís agitando tu cuerpo, tratando de zafarte de las telas. Pero años de evolución debieron enseñarte ya que tus movimientos no hacen más que alertar a la cazadora que dormita en el centro. Aun así, no te resignas, seguís agitando tus alas moteadas, moviendo tu cuerpecito maltrecho. Como si sirviera de algo, como si hubiera otra salida. Como si existiera una alternativa a la resignación.


jueves, 7 de marzo de 2019

Anotaciones postapocalípticas

Se reduce a una mera tendencia a. Un impulso que puede ser frenado y un sistema de herramientas a disposición  de quien desee utilizarlas. Esto es, por supuesto, ignorado por les desdichades habitantes del planeta. Llaman al impulso instinto y han planeado y construido su plena sociedad en torno a él. La directriz absoluta; el impulso denominado instinto, resulta entonces incuestionable. La ilusión de inevitabilidad ha llevado al pueblo a la ruina. Ya que el instinto ha ordenado total aniquilación de la especie.
Es, claro está, una mera tendencia a, un impulso que puede ser frenado. Sin embargo, los cadáveres llenan los senderos y  atiborran los hogares y ya no queda quién pueda exhumarlos.

El café acá tiene el sabor de las más inenarrables catástrofes que azotan el universo. Como si los granos se hubieran alimentado de toda la basura y el desprecio arrojados al espacio exterior.
Alternativamente, solo es un mal café.
Un mal café es probablemente la más inenarrable catástrofe que azota al universo.

¿Qué forma toma el desprecio cuando viaja a través del espacio, recolectando sedimentos y polvo estelar? ¿Qué forma se verá a través de los telescopios que anunciarán su regreso?

La hoja está convencida de que ha logrado, finalmente, abandonar el yugo del árbol y el árbol asegura que se ha deshecho de la hoja. Imperturbable, el otoño hace su trabajo. No le importa.
El crujido bajo tus botas en el parque. El frío de la mañana bajo un pétreo cielo bochornoso. Los primeros días de mayo están enmarcados en la memoria. Una toma perfecta que no puede ser reiterada. Las fotografías que pudimos tomar y no lo hicimos.
Fatal resulta que la realidad empalidezca ante un recuerdo casual.

La cantidad de sombreros en este lugar se ha logrado mantener en cero por años. La aparición de uno podría poner en peligro al ecosistema entero.

Café barato en tazas de plástico y la tragedia del desencanto.

Sos muy joven para ser como yo. 

Peligro de tormenta en un mundo de café instantáneo.

¿Qué te hicieron para que tengas miedo de ser transparente?

La determinación es fácil con mil colchones en el suelo.

Perdón por las incoherencias.

Soy muy joven para ser como yo.

viernes, 30 de noviembre de 2018

Nunca leí esa novela


Despierto desnuda sintiendo el peso de otro cuerpo encima. No puedo verlo. Mantengo mis ojos cerrados. Porque no puedo abrirlos. No puedo, o no quiero. Siento el frío del acero recorrer mi vientre y no puedo detener las lágrimas. No llores, dice, no va a doler. Pero no estoy llorando porque fuera a doler, lloro porque voy a morir. Entonces, cuando estoy a punto de ser brutalmente asesinada, Teneo entra y siento que tengo que darle explicaciones. Pero sé que Teneo no entiende. Y hace tanto que no hablo con él más que de él, que ya no creo que las palabras precisas puedan salir de mi boca.

-¿Pensás mucho en la muerte, Midori? - Dice la señora Ki-duk. -¿Te aterra la muerte?
 Me acomodo en la silla para poder mirarla a los ojos. Sus ojos son tan bellos, enormes. La señora Ki-duk es aún muy atractiva, a pesar de sus años. Emigró con su familia de Corea en los ochenta. Perdió a su esposo en un accidente en la prefectura de Fukushima, se mudó a Tokio y comenzó a ejercer como terapeuta. Tiene una foto de su familia en su escritorio. Y una botella de agua a medio vaciar.
-Por supuesto. El final de la existencia me parece aterrador, no sé por qué a nadie más le parece aterrador. Es como, pum, las conexiones cerebrales se cortan y la conciencia deja de existir. Dejo de percibir el universo. No quiero dejar de percibir el universo. Me gusta el universo. No puedo simplemente aceptar la no existencia.
-¿Y no crees Midori que pensar tanto en la muerte tiene efectos negativos en tu vida?
-Sí, pero primero resolvamos el asunto de las voces. ¿Sabías que hay un país en Sudamérica que se llama Argentina, y está íntegramente habitado por vicuñas?
La señora Ki-duk emite una leve sonrisa.
-No creo que solo vivan vicuñas ahí…
-En el norte tienen un monstruo, un duendecillo de los montes, el Yasy Yateré, que se oye y no se ve. Se oye y no se ve. Es como muy mi problema.
-¿Y vos crees que es uno de estos duendes el que te molesta?
-No lo sé, visité un zoológico cuando tenía cinco. Quizás se escondió en el cargamento de vicuñas y me sigue desde entonces. ¿Pero qué haría una criatura del campo en la metrópolis? Quizás no lo pensé lo suficiente. No, no creo que el Yasy Yateré sea el dueño de las voces.
-Creo que es importante poder darle un nombre a tu problema, Midori. Los nombres atan las cosas a la realidad. ¿Cómo está tu relación con Teneo?

Teneo solo quiere a Teneo. Y esa soy yo, en sus aristas. Escuchando sus monólogos. Evaluando sus comidas en una escala del 9 al 10, y cojiendo. Teneo es como un pequeño sismo, escuchás que todo el mundo habla de él, pero en la cama ni lo sentís. Salimos un tiempo. Dejamos de salir. Dejamos de vernos. Volvimos a vernos. No volvimos a salir. Nos vemos en su casa, vemos una película, comemos, cojemos.

Ahora vemos Love -me-not, una película de Gillite Leung y comemos ramen. Ramen siempre es un 10. La película es una típica comedia romántica de compañeres de habitación. Ella es lesbiana y él gay.  Al final terminan juntes. Porque lo que importa es el amor. Va en contra de todo lo que sé sobre teoría queer, pero al final de cuentas, no soy una teórica queer. Supongo que no se puede reducir la complejidad una persona a una etiqueta. Pero hay que ponerle nombre a las cosas antes de destruirlas. Necesito darle un nombre a las voces. Teneo pasa su mano por mi cuello y me besa.
Teneo es como una escena de sexo de Murakami, excepcionalmente realista, biológico, deshumanizado; no tardás en empezar a pensar cuándo se va a perder un gato, o un mono le va a robar el nombre. Pero después publica una novela nueva y no podés dejar de leerla.

Trato de explicárselo a Teneo: soy la mamá de Perdidos en el Espacio. Y oigo voces tenebrosas perdidas en el espacio entre sonidos. Teneo sonríe.
-Solo es un efecto del ruido. En el silencio no las escuchás ¿no, Kung Fu?
-Vivimos en Tokio, Mothra.- respondo usando su nombre de los foros también- Oigo el Shinkansen a primera hora. Los bocinazos en la avenida. El televisor del vecino de arriba, la Nintendo  del vecino de abajo. Los ruidos de la ducha, el aceite saltando en la cocina. La lluvia. Las botas en la lluvia. Las voces en las calles, la música de los bares y karaokes, el rumor de los árboles en los parques, las risas de los niños. Todo es ruido. Estoy inundada en ruido. Me ahogo y no sé nadar.
-No te preocupes, Kung-fu, yo tenía un problema parecido- dice y Teneo comienza a hablar sin parar sobre tu tema favorito: Teneo.

Kung-Fu es el nombre que usaba en los foros y las redes sociales. Lo saqué de una película, la película que me hizo caer en cuenta de mi sexualidad. Estaba terminando la escuela cuando descubrí mi bisexualidad. Aún vivía Kyoko. Estábamos mirando una comedia de terror llamada Hausu. Trataba de un grupo de amigas que iba a vacacionar a una casa embrujada. Uno de los personajes era una artista marcial llamada Kung-fu. Todas las chicas en la película tenían un nombre que representaba alguna característica de su personalidad. Fanta tenía mucha imaginación, Gorgeous era, bueno, hermosa. Cuando vi a Kungfu en acción todo mi cuerpo se paralizó y un calor comenzó a recorrerlo. Me sentía muy incómoda, Kyoko estaba en la misma habitación. Mi garganta se secó. Llegué entonces a la muy simple conclusión de que me sentía atraída por personas de mi género, tanto como por personas de otros géneros. Me puse un nombre para entender dónde estaba parada. Kyoko se sintió intimidada cuando lo hablamos, y nos alejamos la una de la otra. Cuando la volví a ver su madre me dio un largo abrazo y me llevó hasta su habitación en el hospital. La había atropellado un Toyota que se perdió en la noche sin dar respuesta más que un cuerpecito rompiéndose en el asfalto. No volvió a despertar.

Ese mismo año comenzaron las voces. Sobre el vapor y la furia de la ducha comencé a oír débiles susurros. En el silbido de la pava, el timbre de casa, los truenos en la noche. Un mensaje difuso que comenzaba a tornarse nítido con el paso del tiempo. Me perdía en el ruido. Me descubría con el jabón en la mano, sentada bajo la ducha, tratando de aguzar el oído para discernir algunas palabras. Pero no quería saber cuál era el mensaje. Había algo seductor en la voz, algo que me llamaba y buscaba atraparme, algo que me quería para devorarme. Sentía que saber de qué hablaban las voces significaría el fin de mi vida.
La madrugada era mi único escondite, la madrugada es mi único escondite. El único momento en el que el silencio reina. Bebo café y disfruto de la calma. Pinto, me mancho el cuerpo de acrílico. Trato de dormir. Pero el Shinkansen rasga la tierra a primera hora y el murmullo retorna. Me limita a la noche, al futón sobre el tatami, al silencio.

Comencé a bucear los foros en busca de ayuda. Y encontré gente con el mismo problema que yo. Existían voces escondidas entre el ruido de la ciudad y la naturaleza. Decidí contar mi situación. Al principio, quise usar el alias Kyoko, pero tras pensarlo detenidamente, me decidí por Kung-fu. Así fue cómo conocí a Teneo, que decía tener el mismo problema, y comenzamos a vernos a ayudarnos a superarlo, pero la situación no mejoró ni un poco.

Fue mi jefe quien me recomendó a la señora Ki-duk. Es una señora que usa mucho maquillaje, pero escucha mi voz. Y responde.

¿Estás familiarizada con el concepto de Mantra, Midori? Son palabras, o más bien, simples conjuntos de silabas que no necesitan tener un significado literal. Son un medio para liberar la mente de las ataduras terrenales. Las palabras tienen el poder de crear y el poder de destruir, de dar forma y de cambiar la forma. Si temés a la voz, temés a las palabras, temés al mundo.  Ayudan a los monjes a alcanzar un estado de libertad para lograr la meditación. Pueden ayudarte a vos también. Dale un nombre a lo que susurra detrás del ruido, dale un nombre y encontrarás un motivo.
 Voy a darle un nombre a lo desconocido y una forma a lo que no tiene nombre. Repito las palabras. Me siento en el suelo y espero el amanecer, el Shinkansen corriendo a 320 kilómetros por hora a través de la ciudad. Voy a darle un nombre a lo desconocido y una forma a lo que no tiene nombre. Espero a las voces y las voces vienen.

Ahora sube las escaleras. Le doy nombre para darle forma, le pongo un nombre para darle una explicación. No está en la bruma ni en lo desconocido, flotando en lo incorpóreo. Lo ato a la tierra para poder tocarlo, para poder entenderlo. Le doy forma para no perderme en ese vórtice oscuro. Una bestia oscura de terribles tentáculos y fauces. Le pongo un nombre para poder llamarlo. Repito su nombre, Yogg-Sothoth, el que susurra en la oscuridad.

Y en el silencio de la noche, responde.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

kiri kiri kiri


¿Quién elogió a les amantes en detrimento de les amades?



Cuando Ró murió, Cé tomó mis manos, me miró a los ojos, al profundo abismo violáceo de mis cuencas y dijo que si la vida iba a terminar así, lo único que quedaba era coger. Hacer el amor como cuando ya no importa. Solté sus manos y me alejé con asco. Consideré la propuesta insultante. La muerte de Ró había sido su culpa. La malfunción llegó tras el trasplante. El riñón que le había salvado la vida. Saber que usaría los años que le habían sido regalados para el cortejo y la lujuria me resultaba repugnante. Cé era una criatura repugnante.
Por eso me sorprendió que me dijera todo va a estar bien.  Años después, cuando el cielo se rompió me empujó a la capsula y me dijo todo va a estar bien, Ki, todo va a estar bien. Se postró ante el vidrio de su propia salvación, y me miró a los ojos. Los suyos no tardaron en desprenderse de su rostro mientras su piel era calcinada por los pilares de fuego de toda la galaxia. Desde allí, desde ese pequeño cúmulo separado del resto, del refugio que, antes de su sacrificio, Cé había preparado para salvarse, pude ver el resto.

El cielo se quebró como una pecera y el contenido del mundo comenzó a diluirse. La entera magnitud del universo se introdujo en esa pequeña esfera que llamamos hogar, reclamándola propia, cristalizando materia y espacio. Aquelles con la suerte de haber estado en los baldíos y calles fueron desintegrades por ese haz de luz que lo corrompió todo. Quienes estaban dentro, en el resguardo de sus bunkeres y casas, sin embargo, fueron capaces de ver y sentir el fin de los tiempos; lentamente sus cuerpos se degradaron hasta convertirse en vidriosas rocas, en prístinos cristales, demasiado densos para permitir la existencia, demasiado fundidos en la carne y la sangre para representar una muerte indolora.
Sabíamos que llegaría, lo supimos por años. Pero no nos importó. Solo queríamos ver cómo sería. Tantos años, tantas conjeturas, tantas preparaciones fútiles. Llegamos a pensar que el fin del mundo palidecería en comparación con las magníficas obras de ficción que habíamos logrado. No puedo decir que superó mis expectativas.
Ahora los días brillan en colores esplendorosos, destellos de rojo y azul se reflejan en las superficies y los cristales otorgando texturas caleidoscópicas al paisaje, pero las altas temperaturas, aumentadas por las lunetas, incineran la vida. Las noches son gélidas y las estrellas titilan con potencia allá arriba, en el descielo. Solo los trajes, las máscaras y los tubos de oxígenos permiten la coexistencia con el apocalipsis. Me cuesta pensar que camino por un espacio real en el que personas reales existieron, con vidas reales, proyectos reales. Pero está todo ahí, traslucido. Detrás del vidrio están las calles, los edificios altos, las personas incautas, como estatuas perpetuando la última actividad. Puedo sentirlo debajo del suelo arenoso, un mundo que aun respira. Y sé que no soy la última persona en esta tierra yerma.

Encontré otre superviviente, inconsciente ante el espejo de lo que alguna fue un arroyo. Respiraba, consumiendo oxígeno. Preciado oxígeno. Todo va a estar bien, pensé. Me arrodillé junto al cuerpo, y llevé mis manos al precinto de su máscara. Toqué la suave correa y alcancé el broche de seguridad. Pero no pude.
Ahora duerme en el camastro, en la profundidad del bunker en el que todo huele a antibióticos y orina. Tiendo sus heridas, lo alimento con el contenido de latas sin etiqueta.  Quien preparó este refugio tenía comida para siglos. Llevo años viviendo gracias a los sacrificios de personas que ni siquiera he llegado a conocer. Un pequeño parásito alimentándose de los restos.
A través de los espejismos y las lupas es fácil desorientarse, pero me habla del sur. De pequeños asentamientos, familias dispares. Es joven, no debería confiarme el paradero de su gente. No deberías confiar en mí, le digo. Y ríe. Sus dientes son blancos. Es difícil recordar la pureza del blanco natural entre el gris de las paredes y los retorcidos colores de la superficie que corroen la vista. Me dice que escuchó de una base militar más allá de la explanada. Me habla de reservas de oxígeno y nuevos trajes. Comida en conservas. Combustible. Es imposible atravesar la desolada llanura, le digo, no hay resguardo. Le muestro mis escasas reservas. Tubos de oxígeno y bidones de nafta. Le ofrezco la mitad de mis cosas. Ofrece llevarme al poblado, pero me niego. Prefiero la soledad, todo va a estar bien. Todo va a estar bien, me repito.
Pero no puedo.
Conozco otro lugar, le digo. Otro refugio arroyo arriba. Eso no es suficiente para tu gente y conozco otro lugar. Pero es peligroso. No importa, dice, todo va a estar bien.
Ahora caminamos a través de la superficie espejada de una corriente sin peces, ni agua. Cruzamos la grieta, la quebrada en cuyo fondo yacen las figuras cristalizadas de personas y animales. Vidrios tan trágicos como mortales.
Nuestro oxígeno se agota, dice. Los filtros de nuestras máscaras no van a durar, insiste. Podemos reabastecernos cuando lleguemos, respondo. Ya no podemos regresar, reitera. Nos queda menos de la mitad. Noto que teme. Pero no hay nada que temer. He realizado este trayecto innumerables veces. Lo guio con soltura, con confianza.
Demasiada confianza. Mis pies resbalan y caen a través de un nuevo agujero en la tierra. Toma mi mano. Sostiene mi mano con fuerza y me mira a los ojos. Una persona desconocida es lo que me separa del abismo en este momento. Debajo. Cuerpos sin vida forman letales estalagmitas de esmaltes luminosos. Es un brillo hipnótico. Un brillo que invita a formar parte del mosaico del mundo. Una figura más en el gran vitral. Pero se aferra a mi mano y, haciendo acopio de sus fuerzas, me arrastra de regreso a la superficie. Todo va a estar bien.  Esto es nuevo, digo, tiemblo. Temo. Esta grieta no estaba antes.  El refugio está del otro lado de esta grieta que no estaba antes. Buscamos en ambos lados del horizonte, pero no encontramos forma de cruzar. Mi acompañante se sienta en el suelo, abraza sus rodillas y rompe en llanto. Entre lágrimas y sollozos oigo algo acerca de un hijo, de una familia. Tenés que ir, digo. Vos todavía podés volver. Señalo mi tanque de oxígeno. Mi máscara. Vos podés volver. Termina para mí, pero la vida tiene que seguir para vos. Este es mi sacrificio. Mi aporte al futuro de este planeta. Ríe entre lágrimas. Sus dientes son blancos. Muy blancos. Todo va a estar bien, digo. Todo va a estar bien, dice. Se levanta y lleva sus manos al precinto de su máscara. No, le digo. Vos tenés un hijo, una familia. Vos todavía podés volver.  Toca la suave correa y quita la traba. Todo va a estar bien. Se deshace de la máscara y su cuerpo comienza a cristalizarse. Sonríe. Pero ahora sus dientes son dos piezas de vidrio azuladas. Sus ojos dos pesados lentes perlados y su rostro un cúmulo de cuentas brillantes.
El cuerpo cae al suelo. Tomo la máscara, el tubo de oxígeno y empujo el cadáver a las profundidades de la grieta. Este es su sepulcro. Junto a tantas otras de las personas que se sacrificaron para que pudiera seguir viviendo.

domingo, 15 de julio de 2018

A button you press to stop the chaos, that doesn't work


Llegó en tu peor momento. Eras una boxeadora contra las cuerdas, la capitana de un barco en arenas movedizas. No te quedaba mucho tiempo, solo dos rounds más y estabas fuera. El mundo era un espejo de rostros espectrales y ella vino como algo más que un fantasma, una entidad tangible repleta de ejes y vértices que tocaron la tierra y se mancharon de un barro tan nítido que acariciarla con tus dedos fue la única prueba necesaria de la realidad. Regresaste a la pelea, ganaste por knock-out, desanclaste del fondo de la nada misma.
Y fuiste tan afortunada, ella era una persona muy exigente.  ¿Qué la hizo enamorarse de vos? ¿Acaso un retazo de memoria paleoprotozoica, de aquellos tiempos en los que no eran más que bacterias aguardando a causar la gran oxidación? ¿O tal vez una simple concordancia cósmica de estímulos cerebrales secretos?
Ella simplemente te sentó en la cama y no pudiste hacer más que verla convertirse en parte de tu vida. Era tu heroína y tu damisela en peligro.

Y la ves entrar por la puerta con bolsas de compras y su pesada mochila. Sus ojos, enmascarados, connotan un brillo de dulzura al mirarte. Deja la mochila en una de las sillas del comedor y las bolsas en el suelo antes de correr a abrazarte, a besarte, a recorrer con sus finos dedos la enmarañada extensión de tus cabellos y tus brazos. Hasta la fría cerámica de los zócalos se ilumina con su arribo. Es como la lluvia, tan pequeña, tan bienvenida. Radiante al soltarse y dejarse deslizar como patinando hasta la cocina. Prepara un té, y otro para vos. Tres de azúcar. Una cucharadita de miel y galletitas de avena y chocolate. Susurra su canción y escucha tus problemas surgir en busca de oxígeno. Crees que tus problemas no merecen la pena, crees que no la mereces, pero sus palabras solemnes, su himno de resolución ahoga tus quejas. Le importás, deberías acostumbrarte a importar. Esto es lo que siempre quisiste. Tuviste suerte. Tocó tu hombro y se enamoró de vos, te besó hasta que aprendiste a repetir su nombre en sueños. Tuviste suerte. Otra cucharadita de miel, tus facturas favoritas. Lavan las tazas y los platitos juntas. Se quita el pulóver para no mojar las largas y pesadas mangas tejidas con esmero. La ves y pensás en lo afortunada que sos. Ella es un oasis en un océano de arena, una lamparita que nunca se apaga. Y su cuerpo fluye armonioso, como agua entre las piedras.
Ahora te toma de la mano y te arrastra a la cama, donde te dejás caer con suavidad y tu rostro se transforma felino mientras curvas una sonrisa y la mirás a los ojos. Sus pupilas serenas, como peces danzarines en un arroyo de fervor.  Ella es tu reina y la sacerdotisa de tu templo, la que ceremoniosamente te despoja de tus ataduras, de las vestiduras que te ligan al mundo y las deja caer con suavidad en el suelo. Recorre tu espalda con las yemas de sus dedos, con sus húmedos labios dibuja contornos en tu piel, figuras abstractas, cardinales. Nunca te abrasó un fuego tan suave, tan sutil incendio recorrés serpenteando, rozando sus pechos y su vientre con tus labios, palpitando sus muslos y su clítoris con el canto de tus dedos.  Ella es como el verano. Largas noches de ventanas abiertas. Es perfecta, tan bella y tan cristalina. Ella es lo que siempre quisiste.
Cerrás los ojos cuando estás por alcanzar el clímax y pensás en su nombre, te repetís su nombre y crees que es una persona hermosa. Y realmente es una persona hermosa, pero no sentís un carajo por ella.