Luego, sentado sobre
la noche gélida pensé. Un último tren abandonaba el andén en búsqueda del calor
que las vías prometían en su recorrido circular. El eco de mi juventud resonaba
en mi estomago mientras mis ideas vagaban entre la absurda realidad del ser
humano y el frío de mierda que circundaba mi entorno. No. Ambos eran parte del
mismo problema.
En algún momento,
algún pelotudo estableció que el frío en realidad no existe, es solo una mera
ausencia de calor. Entonces la ausencia de calor me helaba la sangre, mejor
dicho, me ausentaba de calor la sangre y formulé un paralelismo entre lo que
dijo ese señor y mi situación: la soledad no existe, solo es ausencia de
compañía. La situación era diferente, la soledad si existía. Como teorizar con
objetos arrojados al vacío, como si realmente fuéramos a arrojar algo al vacío
en algún momento de nuestras vidas. La soledad es ese vacío; igual que el bosón
de Higgs, un constructo teórico formulado para explicar una teoría que, de otra
forma, no tendría sentido. La materia posee masa por culpa y gracias a esos
duendes que inventó Higgs, las personas buscan compañía para evitar la soledad,
una sílfide que, de seguro, algún sujeto inventó para poder ponerla.
¿Quién ha visto a la
soledad? ¿Cómo se mide si no en comparación a la compañía? Quien es capaz de
argumentar su soledad, en realidad no esta solo. Los solos son los otros, los
que no dicen. Algo así me dijo Alejandra alguna vez.
Me estaba cagando de
ausencia de calor, recordé a mi madre cuando me decía que me abrigara. Tenía
razón. Pero el frío no existe.